(Fragmento)
Las dos novelas de Jorge Ángel Pérez, Cándido habanero (2001) y Fumando espero (2003), apelan a los juegos intertextuales de las citas. Estas se imbrican en el tejido narrativo y le otorgan una densidad semántica particular, aquella en la que las citas, al entrar en una nueva realidad semiótica, cambian su sentido, se refuncionalizan. El humor y el sarcasmo carnavalizan a la alta cultura al tiempo que se sirven de ella para resemantizarla. La vecindad (rabelaisiana) de la filosofía y/o la religión con la escatología, con las zonas últimas del aparato digestivo, producen un efecto degradante y humorístico. En la primera novela, Cándido, el protagonista (narrador en primera persona), está desprovisto de los instrumentos para reconocer a los referentes culturales y esta ignorancia cándida desacraliza la “alta” cultura. En la segunda, el protagonista (también un narrador en primera), es el escritor cubano Virgilio Piñera, y el punto de vista asumido es el del auto-escarnio, desde la realidad degradada de un cuerpo y rostro faltos de atractivo y los padecimientos fisiológicos, estomacales. La importancia del cuerpo en ambas novelas, la fuerte carga erótica (heterosexual y homosexual en la primera y homo en la segunda), constituyen una exaltación de destinos individuales que se definen por su sexualidad. La apología de las vidas privadas, del hombre público (Virgilio Piñera) convertido en hombre privado, la tematización del cuerpo, a partir de una visión anatómica, médica, (que remite a Rabelais y va más allá de él), participa de esa zona de la narrativa de la posmodernidad que cancela los discursos épicos, sociologizantes, buscadores de proyectos identitarios nacionales o totalizadores, y que se detiene más bien en las historias particulares, privadas, de lo local y lo cotidiano: el petit récit sustituye al grand récit. El curso rocambolesco de las anécdotas en estas novelas, la hipérbole y el grotesco, la parodia y el sarcasmo, son visiones lúdicas en que la Historia es telón de fondo y prevalece la historia con la intensa narratividad de episodios desopilantes, excepcionales, en que las consignas son “domar lo horrible” y “convertir lo trágico en cómico”, como le recomienda el jefe de la galera en la cárcel al Cándido habanero de los años 90. Como en las novelas de Ena Lucía Portela, los sujetos en las novelas de Jorge Ángel Pérez tienen identidades escindidas, polimorfas y sus historias se resuelven en la búsqueda de una sexualidad definitoria pero sin fronteras. Incluso en algunas de las prácticas homosexuales de sus personajes, gay o lésbicas, se atraviesan los roles de lo masculino y lo femenino, o estos roles se confunden, se alternan, se traslapan, yendo más allá de las esencialidades definitorias. El cuerpo es un lugar de enunciación y su singularidad se construye a partir de la presencia, al interior de ese lugar, de todo aquello que es exterior, de las interrelaciones de ese lugar con otros lugares. El sujeto ex/céntrico es el resultado de más de un proceso y ocupa más de un lugar simultáneamente en un incesante movimiento a través de las fronteras de su identidad. Esa traslación a nivel del sujeto es metonimia de la traslación en los discursos definitorios de identidades nacionales o regionales, que se construyen en ese movimiento rizomático.
Revista Brasileira do Caribe, Goiânia, vol. VI, nº 11, p. 145-168, 2005