(Fragmento)
El paseante Cándido, novela de Jorge Ángel Pérez,24 enuncia una primera versión del individualismo. El texto formula una disidencia conceptual hacia la norma colectivista establecida. El Cándido habanero es un moderno buscón, cínico y hedonista. La tradición axiológica que colocó en algún otro la instancia verificadora de lo justo — fuese Dios o el resto de los hombres—, para no dejar solo al ser humano como juez de sí mismo, sucumbe ante la ética de Cándido. «La ética soy yo», parece remedar este nuevo ser que se ha hecho a sí mismo. No importa cuánta gravedad encierre el ámbito que lo circunda: todos sus caminos conducen al impulso infinito de la carne. Luis XVIII decía «amigos, he perdido el día», para calificar una jornada transcurrida sin otorgar prebendas a sus favoritos. El Cándido ha perdido el día cuando no disfruta. Respecto a la moral oficial, la subversión del Cándido es múltiple: su apuesta esencial por sí mismo, pero también por la lujuria, por la impúdica afirmación del deseo. El culto al cuerpo, la osadía del sexo, la sublimación del comer y el beber, el desconocimiento de alguna entidad transindividual, la «inconciencia» y la «despreocupación», la ausencia de valores como la «corrección», la «buena educación» y el «altruismo» colocan al Cándido en las antípodas de la moral colectivista.
Para el contexto cubano, Cándido expresa un hombre nuevo. Es la representación de una moralidad emergente, que proviene de los valores de mercado, la despolitización de la vida social, la escisión entre la vida privada y el discurso público, 24 Jorge Ángel Pérez. El paseante Cándido, Unión, La Habana, 2000 31 la falta de interés en la vida política, la solución alternativa a los problemas económicos de la vida cotidiana y la posibilidad de independizarse del monopolio estatal del empleo para sobrevivir, e incluso para prosperar. En el modelo de ciudadano expresado por Cándido, la participación no se ejercita desde la condición cívica, sino desde y para el cuerpo. Cuando el cuerpo es el sujeto político, los conceptos de Estado, poder político, ciudadanía, son irrelevantes, pues remiten a una instancia diferente a aquella en que se tematizan las demandas del cuerpo. Sin embargo, ese repliegue de la condición cívica hacia el espacio privado, refiere más a la ausencia de una relación dialógica hacia la política —expresada bajo las formas de la «indiferencia» y la «apatía»— que a algún tipo de individualismo metodológico o posesivo —necesitado este último de la política para la expansión de su espacio privado. Del imperio legal, el cuerpo reclama solo la abstinencia. Para el Cándido la política significa menos que nada. Si nada le da, nada le importa. Él puede vivir bajo cualquier régimen político: sus preocupaciones hacia lo público no cargan gravedad ni sentido de trascendencia. Para él, la ciudad es un vasto estado de naturaleza, agresivo e inhóspito, que es necesario conquistar. El País, la Nación, son como la Atlántida: representaciones platónicas. El cuerpo es el soberano.
