María Elena Espinosa : La actuación y la dirección

Waldo González López

Nos conocimos a finales de los ’60s en una Cuba no tan convulsa ni tan destruida como la de hoy. No recuerdo con exactitud cuándo ni cómo fue, pero enseguida me entrampó la dulzura, «las miradas perdidas» (sic. Fina García Marruz) y el aire ‘donatelliano’ de aquella entonces novel actriz que amaba (y ama) como yo, también entonces novel poeta, los buenos versos, el teatro y el arte en general.

Tales virtudes de María Elena Espinosa, la apasionada Malena, ya entonces me confirmarían que su nombre no es solo el del famoso tango, sino que era (y es) el de aquella entonces chica que cautivaría al entonces joven poeta y ahora mismo cronista —quien teclea con nostalgia esta crónica-presentación— al punto de que, también enseguida, iniciáramos un «noviazgo cultural», en tanto el amor lo alimentábamos, no solo con mis versos, sino con lecturas de la gran poesía hispanoamericana, la asistencia a sus ensayos de una obra de no recuerdo cuál autor que al fin estrenara, como a las mejores salas teatrales y, por supuesto, a la Cinemateca y La Rampa, espacios icónicos para aquellos muchachos enamorados del amor, el arte y la vida.

Poco después, un vecino suyo, el fallecido actor Gerardo Fernández, quien —designado director de la Escuela Nacional de Teatro, en la Escuela Nacional de Arte—, con su juvenilia, bonhomía y entusiasmo característicos, captaría a Malena en un nuevo proyecto, en el que ella me incluyó para dirigir y subdirigir, respectivamente, la Cátedra de Teatro para Niños, donde ella impartiría clases de actuación y montaría obras a los estudiantes y yo, enseñaría una asignatura hasta entonces nunca impartida en Cuba: Historia de la Literatura para Niños.

Cómo no estar alegres, si el nuevo proyecto lo desarrollaríamos en el más importante centro de Enseñanza Cultural de la Isla: la Escuela Nacional de Arte (ENA), del que yo había egresado solo dos años atrás: 1970 y del que numerosos actores y técnicos saldrían muy bien equipados, gracias al sólido equipo profesoral, conformado por actores y directores de Argentina, Uruguay y Chile, entre otros países.

Aunque Malena no había estudiado en la ENA, era tan amante de la interpretación teatral y cinematográfica, como ferviente lectora y cazadora de estrenos que, provista de un sólido bagaje, se vincularía con el para muchos inalcanzable Teatro Estudio, donde actuaría y dirigiría piezas, primero auspiciada por la rigurosa Raquel Revuelta, luego con Víctor Varela, uno de los iniciáticos autores/realizadores de la entonces más novedosa escena que descollaba no oficialmente en la Isla.

Luego, iniciamos la Licenciatura en Literatura Hispanoamericana en la Universidad capitalina, pero al concedernos becas para estudiar teatro en la ex URSS, yo no acepté, pues no quise abandonar la carrera de letras y ella, siempre enamorada de la escena, sí. Ese hecho, decidio la rupture, pues, yo, sabedor de que «la distancia es el olvido», le hablé y decidimos la ruptura.

Claro que, ex novios inteligentes e intelectuales, continuamos la amistad tras su regreso a la Isla, ya graduada en la de nuevo llamada Rusia, cuando (re)conoció a mi esposa Mayra (pues ambas habían estudiado el preuniversitario en la misma aula) y el afecto se enriqueció.

Tiempo después, Malena partiría a España, donde continúa viviendo. Mas, cuando visitaba La Habana para reencontrarse con su hermana Magaly (nuestra primera profesora de Filosofía, en la universidad), nos veríamos, hasta el 2011, cuando Mayra y yo vendríamos a residir a Miami, donde mantenemos la comunicación con nuestra colegamiga.

Mas, recientemente, leí uno de sus razonamientos escritos a partir de su intensa y extensa praxis en el complejo y hermoso arte de la interpretación y, por su honda validez, ahora lo pongo a consideración de los ciberlectores en mi seccion En primera persona, de OtroLunes, importante revista a cargo de mi hermano, el muy conocido narrador y periodista cubano Amir Valle.

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REFLEXIÓN DE LA ACTRIZ Y DIRECTORA ESCÉNICA CUBANA MARÍA ELENA ESPINOSA DELGADO (MALENA)

La Poesía, la Música, la Literatura, La Pintura, el Cine, el Teatro…

El Arte en general es una terapia. Es el espacio de la creatividad que nos permite abrirnos ante lo que sentimos. Y, en especial, el Teatro nos muestra un mundo de posibles sombras emocionales que subyacen en nosotros. Algo es reconocido, vivido y renacido a través de algo que el actor ha vivido, experimentado.

Porque un actor ya lo ha vivido y experimentado todo entrelazado en un rompecabezas de sentimientos y emociones diversas en su adolescencia; ha experimentado la ternura, la ira, el llanto, la risa, el deseo de castigar al otro, el acto de matar un insecto; el amor, la venganza, el dominio, la protección, como una amalgama de sentimientos y emociones que constituyen la clave en el proceso de la construcción del personaje.

En el proceso de trabajo de la construcción del personaje el actor busca, prueba, compara, hace y deshace desentrañando ese oculto lenguaje en que habitan las sombras; aquello que no nos gusta reconocer y que, a la vez, es plataforma e inspiración consciente, o inconsciente, en el trabajo del intérprete consigo mismo entre realidad y ficción.

En esa interrelación se va entretejiendo lo que el actor-hombre va extrayendo de sí mismo entre lo que no soy y soy; entre lo que no hallo y hallo… El que observa reconstruyéndose es observado por sí mismo. Y en ese espacio, en esa plataforma teatral se ha de manifestar la verdad. Una plasmación artística de lo cierto, convincente y extraordinario que ha de plasmarse en forma artística frente a la mirada de su primer espectador conductual: el director. El actor observa y es observado por sí mismo, brindando posibilidades de expresión al renacimiento de sus propias sombras; un actor renaciendo frente a su director en aquel que ha vivido, sufrido, experimentado con el objetivo de expresarse en forma escénica.

El actor es el observador y lo observado de sí mismo; es la expresión, aceptación o rechazo de sus propios contenidos: de sus demonios, sus propias maravillas en el aferrado intento de posesión del otro, que es solo él reconstruyéndose, maquillándose desde otro lugar en el que solo siempre está él. No hay nada afuera que no sea él mismo y sus propias sombras.

Cuando digo que el actor se crece en tal escena y parece que alcanza un clímax de identificación con el personaje, es que ha sucedido algo, y que de alguna manera todos nos vemos reflejados; lo personal se extiende más allá de lo individual para dar cabida a lo metateatral en que todos nos vemos implicados a través de nuestras propias percepciones y reflexiones.

Y ya el actor reencarnado, poseído, brillante en su interpretación, guiado por su director en ese viaje en que el gesto, la emoción, los sentimientos y el movimiento, confluyen en una afinada nota musical con el conjunto de la puesta en escena es que se despliega la magia del poder artístico. Y ahí sucede, quizá entonces, el agradecido aplauso del espectador. Un aplauso ante lo más sublime y terrible de nosotros mismos. Y ahí, en ese instante, después de tantas jornadas de arduo trabajo, ha tenido lugar la respuesta ante un proceso que el actor expresa, un lugar de sentirse él y otro, siendo el mismo.

El actor/intérprete en el proceso de trabajo le ha otorgado una paulatina vida a algo poderoso que irremediablemente estaba sumergido, casi dormido en él, y que estaba esperándole para despertar esas zonas de empoderamiento que yacen en el inconsciente. Y es cuando en el intérprete el gesto, la voz, las emociones o el silencio irradian pura presencia. Una presencia que es total entre él y sus sombras: Un diálogo de espejos.

Porque si no hay nada afuera, solo puede nacer lo que vive en el actor y se refleja en la pantalla de las sombras; ambivalentes y contradictorias sombras en una lucha ardua que el actor emprende con el objetivo de exponerlas a la luz; y desde ese espacio manifestar y cumplir el legado del maestro Konstantin S. Stanislavsky cuando habla del proceso de la reencarnación del personaje.

Y que, a mi modo de ver, dicho proceso no es más que un estado, una zona de máximo poder en que sucede una fabulosa reinterpretación ante el espejo de nuestras propias sombras; un simple diálogo entre el espejo y el actor.

Porque no hay nada afuera: solo sombras: nuestras sombras humanas.

 

Del Autor

Waldo González López

Waldo González López
(Puerto Padre, Las Tunas, Cuba. 1946) Poeta cubano, ensayista, crítico literario y teatral, antólogo y periodista cultural. Graduado de Teatro en la Escuela Nacional de Arte (1971) y Licenciado en Literatura Hispanoamericana, Universidad de La Habana (1979). Hasta el 2011, cuando abandonó la Isla para venir a residir a Miami, integró la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), en sus Asociaciones de Poesía, Literatura para Niños y Teatro.

Laboró en la Escuela Nacional de Arte (donde impartió clases de Historia de la Literatura para Niños y Jóvenes, en la Cátedra de Teatro para niños fundada por él y la actriz y directora escénica María Elena Espinosa, y de Historia del Teatro Universal y del Teatro Cubano, también creó el Archivo de Dramaturgia).

Entre 1990 y 2010, fue periodista cultural de las revistas Bohemia, Mujeres y Muchacha y colaboró con las especializadas Casa de las Américas, Unión, La Gaceta de Cuba, Universidad de La Habana y Biblioteca Nacional José Martí. Recibió importantes reconocimientos por su labor escrituraria y periodística, como, entre otros: Mención del Concurso Plural (México, 1990) por su poemario Salvaje nostalgia; Premio “13 de Marzo” (1976), de la Universidad de La Habana, por su poemario para niños Poemas y canciones y varias Menciones en los Concursos «Ismaelillo», de la UNEAC y «La Edad de Oro», de la Editorial Gente Nueva. En la Isla, publicó una quincena de poemarios, un volumen de ensayo, dos de crítica literaria y otro de crónicas, así como diversas antologías de poesía y poesía para niños, décima y décima para niños, cuento y teatro. Colaboró con publicaciones extranjeras con ensayos, artículos, crónicas y poemas. Sus versos han sido traducidos al inglés y francés y publicados en revistas de EUA y Francia, así como ha publicado poemarios en México y Colombia, y un volumen de ensayos sobre lectura y literatura en Ecuador.