Ciertamente no podría decir que no me he formulado nunca la pregunta. Por el contrario, más de una vez he tratado de encontrar una buena razón que justifique mi tenaz y no siempre apacible relación con la creación literaria. Desde que me recuerdo a mí mismo, recuerdo la atracción que la palabra escrita ha ejercido sobre mí. Al principio fueron, por supuesto, palabras escritas por otros, sobre todo poesía. Luego aventuré mis primeros textos, tímidos poemas casi siempre rimados. ¿Por qué? Porque no podía dejar de escribirlos, porque mi alma de adolescente necesitaba expresar de algún modo sus ansias e inquietudes de entonces. Más tarde comprendí que no valían gran cosa. Antes de comprenderlo, escribí muchos versos que no fueron leídos por nadie más que las muchachas que los habían inspirado. Aun así, muchas de ellas no llegaron a conocerlos nunca. De todas formas, aquello no cuenta.
Y bien, ¿por qué escribo? Bien podría decir que “por amor al arte”, ya que hasta ahora casi no he podido comer de lo que escribo. Aunque ésa en realidad no sería una respuesta del todo justa, ya que mi intención final es vender, hacer que la gente compre mis libros. Es más, no tendría ningún inconveniente en enriquecerme con la ayuda de la literatura. Pero fantasías aparte, sigo buscando razones, tratando de encontrar la verdadera. Para trascender, escribes por tu afán de trascender, me sopla al oído un diablillo amigo. Quizás. En fin de cuentas, tampoco estaría mal trascender mi tiempo vital, aunque fuera un poquitín. Por poner mi granito de arena en el mejoramiento de la raza humana, me susurra al otro oído el lado más noble de mi conciencia. Muy bien; pero suena demasiado generoso para ser auténtico… aunque puede que algo de eso haya. O tal vez todo se explique si declaro que me interesa mucho el destino de la gente, que soy demasiado sensible a la desgracia ajena. Reconozco sentir picazón por saber qué es lo llevan los demás en la cabeza, enterarme de ello para luego en mi mente cruzar sus vidas con las de otros más allá, y así urdir con sus historias otras historias nuevas y darlas a conocer a quienes me rodean.
¿O no será que todo proviene de mi gusto por interconectar palabras, ponerlas a relacionarse entre sí y escuchar cómo “suenan” sobre la hoja escrita? Francamente, me gusta la estela sonora que deja tras de sí un buen párrafo al cruzar como un tornado por delante de mis ojos. Adoro la música del idioma castellano cuando el instrumento está bien afinado y el músico sabe sacarle buenas notas. Y no seré tan inmodesto que me refiera sólo a lo que escribo yo. Creo que todavía se pueden (y que puedo, yo también un poco) decir frases nuevas y hermosas, expresiones tan sencillas como frescas que, además de sonar bien, sean capaces de crear imágenes equivalentes al mejor cuadro del mejor pintor o a la más bella pieza musical. Me gusta leer tales frases de cualquiera que las escriba, y me siento especialmente feliz cuando alguna de ellas sale de mi pequeño taller.
Y como me temo que la pregunta primigenia pueda quedar sin respuesta, trato de resumir ideas, de bucear hasta el fondo. Y vuelvo a preguntarme, o más bien a reflexionar sobre lo mismo para llegar a la conclusión de que no hay ninguna respuesta unívoca o racional a tal interrogante. Aunque si lo pienso bien, creo que hay de todo un poco, incluso de vanidad; así como también -¿por qué no reconocerlo?- de un deseo profundo de que la gente me lea, de que aprecien mi arte. Que lo aprecien y que hablen, aunque sea mal. Y, sobre todo, que me recuerden. ¿Sería esto suficiente para explicarme a mí mismo por qué escribo? Desde luego que no.
Pero cuán poderosa puede llegar a ser esa fuerza que lo obliga a uno a estar sentado en un rincón oscuro, tratando de encadenar palabras para construir una historia que tal vez nadie llegue a leer. Existe, sin duda, alguna suerte de necesidad interior, quizás un afán de autoafirmación, una cierta urgencia de contar y hacerte escuchar, de crear mundos que no fueron pero que bien pudieron ser, o que habitan en tu cabeza y que ambicionas compartir con los demás. Tienes la convicción de que las cosas que te han conmovido a ti habrán también de impresionar al espíritu de tus contemporáneos. Quieres que la gente sufra con tus sufrimientos, que goce con tus alegrías y se contagie con tus miserias humanas. ¿Cómo llamar a esa suerte de desviación de la personalidad, a ese deseo malsano por contaminar a los demás con el flujo de imágenes y sensaciones que destila tu cerebro? Palabra, no sé. O sí. ¿No será VOCACIÓN el término que ando buscando desde el principio de estas líneas?
