"Todos somos deudores de los maestros que llegaron primero"

Entrevista con el escritor cubano Sindo Pacheco

Por Alejandro Langape

Sindo Pacheco - Foto: Ulises Regueiro.

Sindo Pacheco – Foto: Ulises Regueiro.

La relectura de un libro disfrutado mucho tiempo atrás en ocasiones nos deja profundos sinsabores. ¿Cómo pudo impresionarnos tanto un texto que ahora se nos antoja baladí? ¿Cómo han cambiado tanto nuestros juicios de valor? Y de esta guisa, la vuelta a aquel libro podría llevarnos a un montón de cuestionamientos sobre el antaño y hogaño de nuestras vidas. Por suerte, en ocasiones el reencuentro con las páginas disfrutadas tiempo ha nos confirma aquel lejano deleite, el regreso de la misma sensación de lectura placentera. Y esto me ha ocurrido una y otra vez con la obra de mi entrevistado, especialmente con una saga que ya es todo un clásico en la Literatura Cubana, la de las aventuras y amores de Ricardo Armas Salteador y esa Dulcinea tropical llamada María Virginia.

 

Para comenzar este diálogo se impone una aclaración, ¿cuándo Gumersindo Pacheco se convierte en Sindo? ¿Tiene algo que ver con el despegue de su carrera como escritor?

Bueno, antes de salir mi primer libro había publicado textos en revistas y periódicos. Cuando me empiezo a imaginar la cubierta de Oficio de Hormigas, Gumersindo me parecía un nombre muy largo. A mi abuelo, del cual heredé ese nombre, le decían Sindo. A mí, por el contrario, me decían Gume. De modo que decidí adoptar ese seudónimo para el mundo literario, y el Gume  para los amigos de la niñez y de la juventud.

 

1994 es un año tristemente significativo para Cuba, que por entonces vive en toda su crudeza el Período Especial, pero para usted tiene una connotación feliz, es el año en que su María Virginia está de vacaciones recibe el Premio Casa de las Américas. ¿Cuántas lecturas, fracasos y puertas cerradas vivió antes de alcanzar este galardón? ¿Cómo surge esta historia de Ricardo Armas Salteador y su amor por María Virginia?

Antes era muy difícil publicar un primer libro. No existían las editoriales de provincia, y los colchones de manuscritos sobrepasaban las habitaciones de la editoriales nacionales. Para que un autor inédito alcanzara a publicar su ópera prima había que ganar el premio David, el 13 de Marzo o algún otro galardón muy difícil de obtener (casi nunca se publicaban las menciones). Debo aclarar que, aunque se publicó con posterioridad, no es esta historia la primera, sino María Virginia y yo en la luna de Valencia, que mereció el premio Caimán Barbudo en 1990, y fue editada con posterioridad. Se publicó en Colombia como María Virginia, mi amor. El personaje de Ricardo se desprendió de una novela anterior titulada Esos Muchachos, publicada por Gente Nueva.

 

Usted es un hombre que ama profundamente su Cabaiguán y eso se trasluce en su obra. ¿Cuán difícil resultó que un autor de provincias se convirtiera en un referente de la LIJ cubana en la durísima década de los noventa?

No creo que hubiera sido un referente. Incluso, más bien fui un intruso en la LIJ. Yo escribía entonces cuentos para adultos y otras historias, cuyos protagonistas eran adolescentes. Pero no sabía que esa literatura fuera considerada juvenil. Para mí, era sólo literatura. No recuerdo quién me embulló a mandarla a concursar en esa categoría.

 

No sé si alguien se lo ha señalado, pero en su narrativa encuentro puntos de contacto con la del Senel Paz de Un rey en el jardín. ¿Se trata de una influencia consciente o, más bien, de «cercanía» vivencial, quizá dada por haber compartido entornos similares en la infancia y la adolescencia ambos autores? ¿Hay algún autor cubano y/o extranjero del que se considere especialmente deudor?

Conocí a Senel Paz a mediados de los años ochenta, por mediación del chino Heras. Nunca antes nos habíamos visto en Cabaiguán. Pero considero que Un rey en el jardín ejerció una influencia notable en muchos autores de mi generación. Todos somos deudores de los maestros que llegaron primero. Me siento deudor de autores como Cervantes, Rulfo, Mark Twain, etc. De los cubanos, Onelio Jorge, Virgilio Piñera, Lino Novás Calvo, del propio Senel Paz…

 

Con la aparición de una segunda María Virginia inicia usted una serie o saga con estos personajes. Si bien es cierto que muchos autores americanos y europeos utilizaban desde hace mucho tiempo este concepto de serie, en Cuba resultaba toda una novedad en su época e incluso es rara hoy en día (una de las excepciones puede ser Rubén Rodríguez con su Garrancho de Garabulla). ¿Siempre imaginó una segunda parte, nuevas aventuras para sus personajes, o la idea vino después del éxito de la primera entrega?

Otros autores en Cuba tienen más de una obra con los mismos personajes, como Mildre Hernández Barrios, por citar sólo un ejemplo. Ya conté que la primera no fue Maria Virginia está de vacaciones sino María Virginia y yo en la luna de Valencia. Creo que no me propuse hacer una serie, exactamente hablando. Sucedió que el personaje de Ricardo «pedía más». El personaje daba más de una novela, y así empecé la segunda. Muchos amigos me piden que escriba una tercera.

 

Sigo con María Virginia. Sus protagonistas son adolescentes y para ese grupo etario parece estar escrita toda la obra de Sindo. ¿Por qué ese interés en individuos que ya no se consideran a sí mismos niños, pero que tampoco son adultos?

Bueno, eso no es exacto. Los libros para niños y jóvenes sólo debieran decir en la cubierta, como hace el cine: «para todas las edades». No creo que un adulto no pueda pasarla bien con Peter Pan y Wendy, con Momo, o con Las aventuras de Huckleberry Finn. Y, por otra parte, también he escrito cuentos y novelas para adultos, o como debiera decirse: «sólo para adultos» o, mejor aún: «prohibida para menores de 12 años».

 

Ricardo Armas Salteador no es un modelo de conducta y, para más inri, resulta bastante machista, aún en su romántica relación con María Virginia. ¿La crítica apuntó estos detalles? ¿Alguien se acercó a decirle que su héroe necesitaba algunos retoques?

Mira, Ricardo Armas no es más que un reflejo de la época que le tocó vivir. Creo que la sociedad cubana, y la latinoamericana en general, es machista. Esos libros, bien leídos, son una denuncia contra el maltrato a la mujer, aunque sea por rechazo. Ricardo es víctima de las circunstancias que le ha tocado vivir. Pero esos desaciertos lo hacen más humano, más real y convincente. ¿Acaso Peter Pan no estaba lleno de vicios y de vanidades? ¿Acaso el capitán Garfio no es uno de los villanos más nobles de la literatura, que no podía matar a traición, que odiaba a Esmé, su subalterno, porque los niños lo amaban, porque tenía el «buen tono»que él mismo no creía tener? Por suerte, la crítica comprendió que en mis libros más bien se denunciaba el maltrato a la mujer. Sin embargo, una vez hallé en la internet un trabajo de curso de una estudiante que se titulaba: «María Virginia está de vacaciones: una novela sexista». Pienso que la autora no supo leer entre líneas.

 

Otro aspecto polémico es el uso de las llamadas malas palabras, algo que no existía en la LIJ cubana de los noventa y que aún hoy es casi inencontrable. ¿Lo censuraron por ello? ¿Qué cree del empleo de estos y otros vulgarismos en la LIJ?

No creo que toda mala palabra sea un vulgarismo. La mala palabra no existe, sino más bien la palabra mal empleada. Dos ejemplos: te agarras el dedo gordo con la puerta de hierro de tu casa y no vas a exclamar: «extraordinario…, sensacional». Tampoco puedes ofrecer el asiento de una guagua a una señora y decirle: «Siéntese, viejita, carajo». En el caso de mis libros, considero que se trata más bien de una rehabilitación de las llamadas malas palabras. Sé, por anécdotas que me han contado profesores de literatura, en cuyas clases se ha leído ese capítulo, que los muchachos la han pasado muy bien.

 

Talleres Literarios. Casi ningún autor cubano de su generación puede presumir de no haber pasado por ellos y en su saga de María Virginia no falta la mirada crítica a estos espacios. ¿Cuánto le aportaron estos talleres a su literatura? ¿Cuánto de superficialidad y tontería encontró usted allí?

Los talleres literarios son una magnífica herramienta, sobre todo cuando se dan los primeros pasos empatando palabras. Hay que escuchar todas las opiniones, pero saber discernir. El autor es el dueño de su criatura. Del mismo modo que no puede tener oídos sordos a la crítica, tampoco debe hacerle caso a todas las opiniones. En los talleres puede haber superficialidad y tontería como en otros ámbitos de la vida. A mí me ayudaron mucho en mis primeras etapas, y guardo recuerdos muy agradables.

 

La amistad es una presencia constante en su narrativa y se me antoja hermosísima la ingenuidad con la que Ricardo descubre que Fernando es su amigo. ¿Qué representa para Sindo este sentimiento? ¿Qué otros valores quiere transmitir siempre en lo que cuenta?

La amistad es algo que congrega, una especie de complicidad sin la cual no se puede vivir. Es uno de los sentimientos más hermosos y puros. En cuanto a trasmitir valores, no creo que me proponga de antemano algo semejante. Me importa contar una historia que no deje de ser interesante para quien la lee. Si eso es posible, sus valores va a tener por añadidura.

 

La LIJ cubana y muy en especial la narrativa posterior al triunfo de la Revolución, estuvo enfocada al ambiente rural, sin embargo, a partir de los noventa se revierte está situación y los autores prefieren hablar del entorno urbano en que se mueven sus niños y adolescentes. ¿Cree usted que este desplazamiento de escenarios para la LIJ cubana es irreversible? ¿Le parecieron excesivas las referencias a elementos del campo cubano en los ochenta y setenta?

Yo no considero que eso haya sido un enfoque premeditado. La LIJ cubana no puede enfocarse por sí misma en nada. Está formada por autores. Son ellos los que escriben del entorno, sea rural o sea urbano. Eso más bien obedece, en mi opinión, al lugar donde creció el escritor; eso le permite conocer el medio que describe y, siempre que puede, sitúa a sus personajes en ese entorno.

 

La sexualidad en los adolescentes es otro tema que usted ha tocado, ¿cómo manejar estas referencias de forma que sean bien recibidas por sus lectores y no levanten ronchas entre los adultos?

Bueno, la sexualidad puede o no levantar ronchas. No creo que haya temas levanta-ronchas o tabúes. Ronchas levantaron muchos libros infantiles, que luego se volvieron clásicos universales. Me parece que lo mejor es ser sincero. La verdad, por muy dura que parezca, tiene muchas formas posibles de ser expresada. Hay que tratar de hallar el mejor modo de comunicar esos temas tanto a los niños y jóvenes como también a los adultos.

 

Pese a no vivir en Cuba, su obra sigue publicándose regularmente en la Isla y sospecho que no sea por los emolumentos que recibe por concepto de derecho de autor. ¿Qué lo impulsa entonces a seguir entregando títulos a nuestras editoriales?

Creo que es mi deber. Mis lectores naturales viven allá y en una parte de la diáspora. Las editoriales me han pedido esos títulos, y les agradezco mucho esa posibilidad de comunicarme con mis lectores.

 

El humor es palpable en su discurso, ¿cree que resulta imprescindible en la LIJ?, ¿cómo manejarlo para evitar la humorada ripiosa?

No sé a qué llamas «humorada ripiosa». El humor por el humor no creo que tenga gran valor si en el trasfondo no hay un asunto muy serio. En mi caso no es un humor premeditado. Realmente no sé cómo ocurre. Los personajes de mis historias no la están pasando bien, son ridículos y sufren grandemente, al igual que yo con ellos, y a los lectores, sin embargo, les produce mucha gracia.

 

¿Cómo son sus relaciones con los autores de LIJ en la Isla? ¿Que cree de la salud de la literatura para niños, jóvenes y adolescentes que a día de hoy se escribe en Cuba ?

Tengo relaciones con algunos escritores de la LIJ: Enrique Pérez Díaz, Luis Cabrera, Nelson Simón, Nieves Cárdenas, Mildre Hernadez, Maylén Dominguéz, etc. En cuanto a la salud de esa literatura, me parece muy buena, tal vez demasiado enfocada en las familias atípicas o disfuncionales, pero muy poderosa, mucho mejor que en décadas anteriores.

 

No sé si conoce al personaje de Manolito Gafotas, protagonista de una serie de novelas escritas por la española Elvira Lindo. En la saga, Manolito va creciendo en su modesto barrio de Carabanchel hasta llegar a la mayoría de edad. ¿Ocurrirá lo mismo con Ricardo?

Tremenda pregunta. No he pensado siquiera en eso, pero nada se puede soslayar cuando de la creación se trata. No me imagino a Ricardo todo un hombre, formando una familia. Tal vez no quiera crecer como Peter Pan; pero no estoy muy seguro. Le preguntaré a ver si me quiere responder o si prefiere contarle algo nuevo a sus lectores.

 

Supongamos que sus historias de Ricardo Armas y sus amigos son llevadas a la pantalla como las de Manolito Gafotas, ¿cómo imagina al actor ideal para interpretar a Ricardo?, ¿le gusta a Sindo la idea?

Creo que el actor ideal tendría que ser un poco díscolo. Soñador, romántico, tímido, seguro e inseguro a la vez, extrovertido y un poco ridículo para que se parezca más a su personaje. La idea por supuesto que me agrada. Ya se hizo un teleplay que ha gustado mucho a los jóvenes.

 

Usted persistió en enviar la historia de María Virginia en más de una ocasión al mismo concurso en distintas ediciones sin modificar nunca el texto. Un jurado no halló méritos suficientes en la obra, otro la premió. ¿Qué aconseja a los autores jóvenes que en este momento sólo encuentran rechazo hacia sus textos, o, peor aún, enfrentan esas mismas posturas dicotómicas de halago/rechazo que pueden conllevar a la duda y el desconcierto?

Eso ocurrió con el Premio Casa de las Américas. Envié María Virginia está de vacaciones al Premio en el año 1992, y fue declarado desierto. En 1994, mandé los mismos ejemplares con Juan Carlos López, amigo del taller literario y entonces estudiante de Periodismo en la Universidad de La Habana, con la esperanza de que los entregara al día siguiente, que era cuando cerraba el plazo de admisión, y consiguió el premio. Aconsejaría a esos jóvenes que no se apuren. Los fracasos hacen fuertes a los que no se rinden. El triunfo aquí no está en la meta, sino en el camino. Los premios son estimulantes y nos pueden alegrar inmensamente, pero ningún premio convierte a nadie en mejor autor de lo que en ese momento es.

 

Si le pidiera unas palabras de despedida a ese romántico Ricardo, mezcla de Huck y Tom Sawyer, de Quijote y Corsario Negro, ¿qué cree que nos diría?

Voy a responderte con una frase que usó la editora de la última versión, Rebeca Murga, para la contracubierta: «Marineros, alerta, miren el azul, en cualquier momento puede aparecer una botella».