Aves del paraíso
Luisa Etxenike
Nocturna, 2019
Schopenhauer sostenía que hay que esperar que un libro cumpla cien años antes de leerlo. No es que siga a rajatabla su consejo, pero, en relación con mis contemporáneos, apenas salgo del reducido círculo de los ya acreditados tras largo trato de lector con ellos. Por eso la apertura de una novela de la que lo ignoraba todo (tema, enfoque, estilo, hasta autora) es para mí una suerte de riesgo, con el placer y el temor (en este caso a la decepción) que aquel supone. La novela se llama Aves del paraíso, la publica Nocturna y la autora, Luisa Etxenike, no es, ahora lo veo, ninguna desconocida. Novelista, poeta y dramaturga, recibió el Premio Euskadi de Literatura por El ángulo ciego y el Buero Vallejo por La herencia. Solo la influencia de la afirmación de Schopenhauer explica que hasta ahora yo no hubiera reparado en ella.
Si, como yo, uno entra en las páginas de este libro sin conocimiento previo, ve un hombre angustiado. En la literatura abundan los tristes, pero los hay que hacen de su dolor una estable y hasta cierto punto agradable forma de vida y aquellos cuyo sufrimiento es desolador y linda con la locura. Algunos aspectos de este personaje, como el descuido en que tiene su casa o el hecho de dormir en el suelo en ella, lo entroncan con este segundo tipo de personajes. La descripción o el desarrollo de estas existencias suele llevar consigo un estilo de frases y párrafos largos. Piénsese en Beckett o en Bernhard. Aquí, sin embargo, nos encontramos con oraciones, párrafos y capítulos cortos, expresando casi gráficamente la fragmentación y ruina interiores. También la expresión es sencilla. Son rasgos de la voz propia de la escritora. Avanzamos como se conversaba en los salones parisinos, donde cada frase era como un golpe de remos, leve y al mismo tiempo profundo.
El origen de la angustia del protagonista está en la vergüenza que siente. Poco a poco vamos descubriendo que esa emoción tiene que ver con su hijo (es decir, con él como padre) y con el terrorismo. No es culpa lo que siente. Esta es entendida como una elaboración intelectual fácilmente manipulable. La vergüenza es más íntima, hasta el punto de manifestarse somáticamente en el rubor, en la náusea, en la asfixia.
Decía Cicerón que ningún arte está encerrado en sí mismo. Esta novela apunta a la realidad del terrorismo. La conjunción de la existencia angustiada del protagonista con ese hecho bruto y brutal es uno de los hallazgos de la novela, porque son dos ámbitos de textura y tratamiento tan diferentes que juntarlos supone el reto de conjugar lo heterogéneo. El personaje que introduce en la vida del protagonista una guía de aves hace de puente entre ambos mundos, el de una amarga y desequilibrada y avergonzada existencia y el de los asesinatos a sangre fría de personas inocentes. La mirada está puesta aquí en las consecuencias familiares del terrorismo. El protagonista está tan definido por su vergüenza como por su paternidad. He buscado y leído las dos novelas anteriores que comparten atmósfera con esta, El ángulo ciego y Absoluta presencia. También en ellas se exploran los efectos en las relaciones familiares, es decir, íntimas, de un asunto público, el terrorismo.
Los poetas (en sentido amplio) y los historiadores son los que extraen, mediante sus historias, el significado de lo acontecido. Podríamos hablar del relato de lo ocurrido, un relato frente a otros, pero la palabra tiene un tufo relativista que lo vincula a la postverdad. Y no se trata de eso, sino precisamente de lo contrario, de hacer una narración sincera que extraiga el sentido del pasado. Esa es la tarea que, con sencillez y profundidad, acomete Luisa Etxenike.
No podemos terminar sin mencionar las bellas y bien distribuidas ilustraciones, en su mayoría de aves, tomadas de la Zoología del Estado de Nueva York, o la fauna de Nueva York (1842-1844), de James Ellsworth De Kay, ilustraciones que se deben a John William Hill. La sensación de muda, de pérdida de plumaje espiritual del protagonista queda sugerida al mirar las hermosas imágenes, del mismo modo que en Absoluta presencia es la serpiente la que alude, mediante la pérdida de su piel, a la crisis de uno de los personajes. Sin duda a Luisa Etxenike le gustará saber que precisamente James Ellsworth dio nombre a una especie de serpiente llamada Storeria dekayi.