Alicia Leonor (Tamuín, S.L.P., 1968). Radicada en Matamoros, Tamaulipas, desde 1990. Licenciada en Administración de Empresas y Contaduría Pública. Poeta, narradora. Promotora de lectura. Asiste a los talleres del Ateneo Literario José Arrese desde 2014. Participa en el Taller de Apreciación Literaria del Instituto Regional de Bellas Artes de Matamoros. Ha participado en diferentes recitales y festivales de escritores nacionales y del Valle de Texas U.S.A. En “Letras en el Estuario” organizado por ALJA Ediciones. En el 2do Encuentro Internacional de Poetas y Escritores llevado a cabo en San Luis Potosí y Real de Catorce. Sus textos se incluyen en las Antologías Tengo una soledad (ALJA 2015), Ciudad de palabras. Poemas para andar por las calles. (ALJA 2016). Visión de un instante (ALJA 2017). Voces Unidas en Real de Potosí (2019).
–***–
Las frases que inventas
Siempre termino en lo más oscuro del bosque
zambulléndome desnuda en el lago.
La dosis de viento me gusta, los cambios en el paisaje.
Abro los ojos, descubro la vegetación,
no tiene nada que ver con la de ayer.
Gracias al sol, y a las nacientes hojas de los árboles
tengo la certeza de que la vida comenzará de nuevo.
Mi calendario, las hojas, los números, las fechas
siguen el orden y equilibrio de la imaginación.
Sé que empiezan nuevas vidas; pero estoy de paso.
Como la intemperie, miro el cielo esperando la lluvia.
Cansa partirse en dos como la manzana de mi desayuno.
Me reivindica la noche, y elaboro la pócima secreta.
Al amanecer mi sangre se vuelve efervescente,
mis tendones quedan cortos a esa anticipación, ese deseo.
Me doy cuenta de que nada debe depender de un día.
Ni la cordura, ni los horarios, tampoco las frases que inventas.
Lo irreal, lo imposible, son piedras para lanzar al fondo del lago
y recuperar esa imagen impresa, ese anhelo de tatuarse.
Todo es cuestión de tiempo para desaparecer el remolino.
Y volver a atrapar el verdadero reflejo de la palabra.
–***–
Ella
desea ser otra, no sabe correr y siempre usa zapatilla.
De viernes a jueves llora su talón derecho.
Se toma el tiempo para verse sentada frente al peinador.
para verse en todos los espejos de su casa.
Le dicen taciturna y dramática.
Algo le aprieta, la empuja, y sus sonrisas se inclinan cuesta abajo.
Le dicen que su voz suena hueca, que sus ojos solo traen niebla.
Ya no ríe, se pierde sin moverse. Se baña en vino tinto, en llanto
y otras aguas. Se escribe cartas y nunca las envía. Nadie las leerá,
acaso nunca hubo remitente. ¿Para qué escribirse otra carta
si ha olvidado la dirección de la destinataria?
–***–
Siempre
Algo de mí te reclama.
Murmura en mi oído: sé el mezcal que embriague mi lengua,
no quiero oler mis miedos.
Recorre la planicie de mi cuerpo, deseo tu templo.
Sé siempre el umbral que me espera.
Ofrezco este otoño mío al tuyo que comienza
mi sangre con su aroma y su color inconsistente,
mi ascendente en marte, mi canto y mi alarido,
mi silencio moribundo, mi callado renacimiento.
Te ofrezco la armonía de mis caderas, la cadencia de mis letras.
Y te prometo, para siempre, vivir a diario en Venus.
–***–
Soy la equilibrista que flota en la cuerda,
con la oscuridad abordo. Levanto la mirada,
disfruto el hermoso globo blanco que alumbra la noche.
Mi cordura es frangible y mis sueños subjetivos.
Siento el fracaso y no he sido amada,
¿Qué importa si en el otoño caigo herida?
Reposaré mi invierno bajo lluvias sabor a óxido.
Porque soy la equilibrista. Lanzaré al vacío mi pesadumbre.
Me despojare de vaciedades, de falsas poses.
La sombra de la noche me abrazara,
y juntas renaceremos al terminar el invierno.
