La edad de Sara

Fragmento del libro de ensayos homónimo

Amira Armenta

Amira Armenta. Nacida en Colombia, es traductora y escritora. Escribe sobre temas de ecología, sociedad, arte y literatura. Colabora con diferentes publicaciones en Internet. Ha publicado anteriormente las novelas Los gatos pardos de la noche (2013), Cantata Profana (2015), y la novela breve, Inquilinos (2019, edición digital). Además, los ensayos, Een nieuwe tong (2001, en holandés), En el patio de atrás (2008), y la biografía, Miguel-Ángel Cárdenas, imágenes de un vídeo artista (2017). Actualmente reside en Berlín. El fragmento que aquí reproducimos pertenece a su libro La edad de Sara, publicada en 2020 por Ilíada Ediciones.

Puede adquirir el libro aquí: La edad de Sara, Ilíada Ediciones

 

Cuenta el Génesis que Sara es la mujer más vieja de la historia. Vivió más de 100 años, pero también fue muy hermosa, y seguramente debió tener una excelente salud, porque a los 90 fue capaz de parir un hijo. Sara sería pues un buen modelo para la gente de estos tiempos en los que todo el mundo quiere vivir más largo, pero seguir siendo joven. De todos modos, aunque no lo pareciera, por su número de años vividos, Sara era una vieja.

Todos decimos que queremos llegar a viejos, pero una vez alcanzada esa edad nos aterramos con lo que nos encontramos. ¿Por qué?

Bueno, porque en realidad nunca nadie ha querido ser viejo. Hoy existe la creencia de que antes, en épocas pasadas, se respetaban y se valoraban más los cabellos plateados y las arrugas de los ancianos pues se suponía que iban asociados con sabiduría y sensatez. No como ahora, dicen, que los viejos son maltratados, encerrados en casas geriátricas a donde no los va a visitar nadie, y en donde pierden su dignidad. No es verdad. Si antes no los encerraban en esas casas eran porque éstas no existían. El tal respeto a las canas podría explicarse, quizás, mejor con argumentos cuantitativos: antes no había tantos viejos como ahora, la esperanza de vida era menor. Y lo escaso se valora más. Hoy, una de cada nueve personas en el mundo es mayor de 60, para un total aproximado de cerca de 1000 millones de sesentones. Hay una página de la ONU que dice que cada dos minutos una persona en el mundo cumple 60 años. Se calcula que en 2050 esta cifra se duplicará (casi 2000 millones), y para 2100 se triplicará (3000 millones).

También en la antigüedad la gente prefería ser joven y seguir siéndolo el mayor tiempo posible. Los jóvenes se burlaban de Sócrates, el hombre más sabio, porque a sus 70 años quería aprender a tocar la flauta. Admiraban su inteligencia, es verdad, pero no dejaban de verlo como a un pobre anciano. No por nada existen desde tiempos inmemoriales toda clase de mitos sobre la fuente de la eterna juventud, y elíxires que prolongan la vida; esas mismas cosas que ofrecen hoy la industria farmacéutica y la cosmética, y que la gente consume con la misma fe, con la misma esperanza de antaño. En todas las épocas, la vejez ha estado asociada con fealdad, tristeza, proximidad del fin; y la juventud con belleza, alegría, futuro (aunque esto sea un estereotipo). Por eso ¿quién quiere ser viejo?

Muchos filósofos han reflexionado sobre el tema de la vejez. Muchos de ellos han llegado a conclusiones felices, elogiosas, que exaltan las virtudes de la edad avanzada por diversas razones. Pero cuando se trata de reflexionar sobre la propia vejez, sobre la vejez individual, a la gente por lo general no le sirve lo que dicen los otros, sea bueno o malo, sino lo que ella misma experimenta. El individuo, aunque haya leído lo que han dicho los pensadores clásicos y modernos sobre el tema, y le suenen teóricamente convincentes las nobles exaltaciones de estos sabios, aunque esté al tanto de la numerosa literatura de autoayuda que se produce hoy para hacerle buena cara al ‘mal tiempo’ del invierno de la vida, no suele, sin embargo, experimentar su propia vejez de acuerdo con la teoría aprendida en las bibliotecas o en Internet, sino de acuerdo con lo que ve a diario cuando se mira en el espejo.

Es difícil decir algo nuevo sobre la vejez, pero lo que sí se puede, y es lo que intento aquí, es decirlo de otra manera. No era de mi interés escribir un tratado, ni un ensayo minucioso, ni una reflexión a base de máximas profundas sobre la senectud. Todo esto ya existe en abundancia. Tampoco quería hacer un poema o una obra de ficción, que también las hay, y muy buenas. Este texto es el resultado de una combinación de pincelazos que a veces parecen un ensayo y a veces una ficción. Haciendo honor a esto último, he introducido el personaje de Sara y algunos otros nombres ficticios más. Sara es una mujer de la Europa de hoy, que acaba de cumplir 60 años, y descubre que ha comenzado la fase de lo que se llama la senectud, un terreno que le es desconocido, aunque bien lo puede imaginar, y a quien en primera instancia no le hace mucha gracia el cuadro que pinta su imaginación.

Esta no es la historia de la vida de una tal Sara, el personaje principal, sino el desarrollo de las consideraciones que se hace una persona desde el momento en que comienza a ser consciente de que algo está degenerando aceleradamente en un mundo, el suyo, que hasta ahora tomaba como estable. En la sociedad en la que vive, su número de años marca el inicio de lo que se llama la ‘tercera edad’, que es otro eufemismo para vejez. En la vida de un ser humano pronto se pasa de la niñez a la adultez. Entre los 18 y los 59 años somos adultos, es una regla no escrita. La edad es relativa, está claro. Para una veinteañera una cincuentona es una vieja, de acuerdo. Pero para la sociedad en general no lo es. Permanecemos más de cuarenta años en esta fase de adultez, lo que representa bastante tiempo para una vida humana, por eso casi llegamos a creer que es para siempre. Los 60 –aún ahora que la gente vive más largo– representan un ingreso en una dimensión nueva, íntimamente desconocida. Por supuesto que conocemos a otros sesentones, pero no tenemos aún esa experiencia en carne propia. Una nueva esfera, pues, cargada con el estigma del deterioro físico (y con un poco de mala suerte, también mental) y la vecindad de la muerte.

Sara entra en los 60 con una sensación de desconcierto. En sus recuerdos, no hace mucho, ella era todavía una niña. ¿Cómo termina alguien como la chica que ella fue convirtiéndose en una anciana? En su desconcierto, Sara se pregunta, por qué nunca nadie nos previene sobre la realidad de esta mutación, que aunque se produce de manera paulatina, pues uno no envejece de un día para otro, puede llegar a hacerse evidente de manera súbita, un día cualquiera en el que algo o alguien nos lo hace notar. Le hubiera gustado estar preparada. Mirar la vejez de los otros no sirve de advertencia porque, de nuevo, la vejez no existe para quienes no la padecen.

Las reflexiones de Sara, su búsqueda teórica sobre lo que se le viene encima, tienen como objetivo encontrar aceptación y sosiego. Porque presiente que más no se puede esperar. Y quiere que esta aceptación y este sosiego no sean dolorosos sino analgésicos. Es consciente de que ‘aceptación’ es sinónimo de resignación, de conformidad, algo que no se digiere muy bien en estas épocas en que la gente, más que nunca en el pasado, es muy exigente. La gente de hoy no se conforma fácilmente, la gente está dispuesta a luchar. Hoy la gente no quiere conformarse con su anunciada vejez porque cree que puede vencerla. No la aceptan sino que se enfrentan a ella. Vivimos en guerra contra las señales del envejecimiento, las arrugas, las canas y todo lo que luzca deteriorado en nuestros cuerpos. Y, como sucede en toda guerra, quienes la pelean viven estresados. Sara se pregunta si esta es una pelea que vale la pena dar.

Este libro es el recorrido mental de Sara desde el momento en que se enfrenta a su nueva realidad hasta el momento en que cree haber encontrado una salida para asumir de manera no demasiado infeliz, no demasiado estresada, su vejez en ciernes. Es decir, para no sucumbir en la infelicidad.

Otro personaje es Salman, un jubilado de 79 años, vecino de Sara. Salman no ha dejado de fumar, y hace oídos sordos a las recomendaciones y reproches de su médico para que deje el tabaco. A menudo lo aflige una tos cavernosa, y por lo que se vio en la última radiografía, el estado de sus pulmones es horripilante. Salman tiene el aspecto del típico anciano matusalénico cargado de años. Alguien de quien cuesta imaginar que alguna vez pudo ser joven. Lleva su vejez a cuesta hasta en los pantalones y la chaqueta que usa. También tiene un perro viejo.

Un personaje más de estas elucubraciones es la siempre ‘joven’, bella y moderna Raquel. Es un año mayor que Sara, pero por su estilo de vida y si uno no se fija bien, por su aspecto, Raquel se quedó en los 35. Bueno, es lo que ella cree.

Si hiciéramos una clasificación de estos tres tipos de viejo, Salman es el viejo en su fase de ‘vejez vetusta’, la fase más fea de la senectud clásica, la del individuo desvalido, deteriorado, descuidado, desprovisto de (casi) toda ilusión. Raquel es la ‘adulta mayor’, representativa de estos tiempos (a gente como ella no se la puede llamar anciana), que por su dinamismo y optimismo, se ve a sí misma y se proyecta como alguien ‘eternamente joven’. Y en cuanto a Sara… por lo pronto Sara se está haciendo la pregunta de si no todas las Raquel terminarán tarde o temprano convertidas en Salman.

Si el objetivo de la vida es ser feliz, entonces mientras estemos vivos tenemos que aplicarnos para lograr este fin. Pero, ¿es creíble la idea de que se puede ser feliz en la última fase de la vida? No tanto porque sea la última sino por los estropicios con que nos viene dada. Uno quisiera que la vida fuera como un tiramisú. Empiezas a comerlo y sabes que se te va a acabar, pero hasta la última cucharada es delicioso. En la vida en cambio, los últimos bocados del postre se ponen amargos.

Hoy día, para alguna gente las porciones de tiramisú se han agrandado (sus vidas son más largas), y esta gente se dedica (por medio de trucos modernos) a tratar de mantenerlo dulce hasta el final. Es la gente como Raquel, para quien, a pesar de su edad cronológica, los primeros rasgos de vetustez todavía están lejanos. Es posible incluso que se muera antes de que le lleguen. Pero las Raquel son una excepción. Lo fatídico es que hoy la gente vive más pero sin conseguir mantener el dulce hasta el último bocado, que será amargo.

De todos modos, hay que reconocer que la vejez, en general, está cambiando de ropaje, y con esto, el concepto de vejez que hemos tenido a lo largo de siglos. Dicen que para 2050 la ciencia habrá logrado hacer de la vejez un asunto del pasado. ¿Será verdad? Quién sabe. Lo que sí es seguro es que de lograrse, a ello solo tendrá acceso una minoría de privilegiados. Mientras tanto, la vejez en su peor ropaje sigue siendo la realidad presente de muchos, y el futuro no muy lejano de la gente de la generación de Sara.

El mundo es gerontófobo. Hasta los mismos viejos desprecian su propia condición. ¿Cómo sobrellevar la vejez en un contexto así? Epicuro, un filósofo de la antigüedad, proponía no preocuparse por cosas que no está en nuestras manos resolver.