Juan Manuel Villalobos (Ciudad de México, 1972). Periodista, escritor y editor. Ha escrito la novela La vida frágil de Annette Blanche (Losada, 2005, Madrid), que rescata ahora Ilíada Ediciones bajo el título . Ha coordinado y editado la antología de crónicas Con la sangre despierta (Sexto Piso, 2009, México), y es autor de los libros de relatos Alguien se lo tiene que decir (Tumbona, 2012, México) y Las dos Besson y otras almas (Campo de Niebla, 2018, Buenos Aires). Ha colaborado para diversos diarios y revistas y ha sido editor de ficción de Esquire México. Vivió y trabajó diez años en España y dos en Francia. El fragmento que aquí reproducimos pertenece a su novela Annette Blanche. Una chica del norte, publicada en 2020 por Ilíada Ediciones.
Puede adquirir el libro aquí: Annette Blanche. Una chica del norte, Ilíada Ediciones.
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I
Nací en la costa del sur de México, en un pueblo perdido entre Chetumal y la frontera con Belice que si nombro nadie reconocerá. Se llama Xalcar, y aquí viví los doce primeros años de mi vida. Una desgracia marcó a mi madre y a mí cuando dio a luz, y la estadística tuvo que conformarse con alimentar, sin ella, el estómago de los pueblos que se esparcen por la meseta central y entre las cordilleras, en las faldas de los nevados, en los bordes del Pacífico y en los altiplanos, allá donde la televisión llegó con retraso y la píldora anticonceptiva era tan desconocida como censurada: soy hijo único. Me avergüenza saber que no se debe a una decisión meditada en la alcoba o en el altar, sino a un error médico que dejó a mi madre estéril después del parto. Me apena porque la alegría que mi nacimiento trajo estuvo acompañada de la tristeza que invadió nuestra casa durante varios años. Mi carácter se formó en aquella contrariedad. Se engendró un maleficio propio del espíritu místico de pueblos olvidados y resentidos, sobreviviente a la estirpe india que creció aquí: la salud de mamá empeoró desde entonces y papá vio en el infortunio una oscura premonición, una señal maligna que lo llevó a buscar consuelo en otros brazos. Nunca supe quién de todas las niñas y todos los niños con los que jugué en la infancia alguna vez, de los que me burlé y con los que reí, a quienes deseé o a quienes besé, pudo haber sido mi media hermana; mi medio hermano. No es que hubiese secretos ─ningún pueblo los tiene─; en realidad era un misterio.
Recordaba Xalcar como un lugar luminoso, un puerto pequeño pegado a la costa pacífica del golfo. Los años me han cambiado su ubicación. Xalcar está más abajo, más cerca de Belmopan que de Cozumel. Me sucede a menudo con la geografía y es algo que también me pasa con la vida: lo que pensaba que estaba más cerca, está más lejos o más a la izquierda o más al centro. Si no viera un mapa, seguiría pensando que El Salvador está más abajo, casi pegado al Canal de Panamá, que Ecuador más arriba y Colombia casi tocando Bolivia. Yo siempre pensé que Cuba estaba mucho más lejos de lo que está. En mi vida ocurre lo mismo, sólo que carezco de un mapa. Según sucedan ─o no sucedan─ cosas, las miro de diferente manera, desde una perspectiva distinta. Esta misma mañana, por ejemplo, el sol pelea por hacerse un hueco y trasluce su luz débil por entre las nubes que no permiten su paso. Una luz radiante me haría ver lo que sucedió ayer de otra manera. Anoche, papá se levantó en la madrugada, escuché sus pasos en el pasillo, se acercó a mi habitación, abrió la puerta y dijo con aire asustado: ‘Te quiero, mijo. Y no quiero que te vayas.’
Cuando lo hizo, yo estaba despierto, en la penumbra de mis treinta y un años, bañado en lágrimas y cruzado por dolores irreparables. Cuando papá abrió la puerta, a las dos de la mañana, y escuché sus palabras, me abalancé sobre él como un niño al que sus padres le han anunciado que se divorcian, y susurré ‘te quiero’ con una voz ahogada, sin poder soltarlo por mucho tiempo. Por mucho, mucho tiempo.
Algunas cosas han cambiado en este pueblo apacible desde que me marché. Siento ver que a mi padre la vida lo está venciendo. Se ha jubilado, ha dejado los barcos y su trabajo de sol a sombra como astillero; vendió Robusta, su lancha, perdió a mamá hace ya muchos años y hoy, en mí, ahora que he vuelto, ve su último vestigio de vida. Lo único que le queda. Lo sé, porque papá está enfermo y a mí me sigue llamando igual que siempre: mijito.
Conservo un recuerdo de infancia que es a la vez la imagen viva de lo que el futuro nos depara, de lo que uno de niño o de joven es incapaz de prever o sospechar, incapaz de entender, porque hay cosas cuyo sentido solamente el tiempo nos dejará desvelar y sólo el tiempo, también, nos podrá curar de él. Si el cielo clareaba y acompañaba a mi padre como aprendiz de pescador, desde la península de Yucatán donde desemboca el Golfo de México, detenía a Robusta, recogía las faenas y miraba el horizonte mientras gritaba con el motor en marcha: ‘¡Allá está Cuba! ¿La ves? Allá los llevaré a ti y a mamá un día, cuando Dios lo quiera.’ Y yo movía la cabeza de arriba abajo con una sonrisa boba que me delataba: era incapaz de divisar Cuba a lo lejos. Donde papá veía una isla, yo encontraba dunas; la nostalgia era la medida de sus sueños, la inocencia era la medida de los míos. Era incapaz de entender su extraña fascinación por una isla de la que nada sabíamos, ni él ni yo. O eso creía entonces. Tardé en comprender que las circunstancias que a uno lo moldean, los avatares y las herencias, las palabras de nuestros padres y lo que se nos niega, todo lo que se nos entrega, todo lo que se nos dice y todo lo que se nos evita, nos enseña a buscar nuestros propios reductos de felicidad, espacios reales o imaginarios para soñar, espejos de nuestras metas y de nuestros fracasos. La ilusión, por pequeña que ésta sea, es lo único que tenemos para corroborar nuestro lugar en el mundo.
Nunca fuimos a Cuba; me negué a llevarlo cuando pude, y lo lamento. Yo creía que mi padre pensaba que allá, aquella isla que alcanzaba a imaginar en la distancia o se inventaba para sí, era un edén fortificado, un sitio en el que los astilleros trabajaban siete horas diarias, de lunes a viernes. Cuando volví de Ciudad de México para visitarlo y decirle que me iba a Europa, me dejó clavadas palabras dolorosas que nunca pude olvidar, sin que él siquiera quisiera clavarme nada en el corazón: “A Cuba, mijito, yo quería ir porque de niño tu abuelo me dijo un día: ‘Hay una isla cerca de aquí, llena de diamantes y flores y con los mejores puros del mundo. Esa isla se llama Cuba.’ Yo quería regalarle, aunque no fuera cierto, un diamante a tu madre; un viaje a Cuba.” Retuve las lágrimas y las guardé en un depósito de por vida: cada vez que lo recuerdo emergen solas y vacían el tanque, se me hace un hueco entre el estómago y el pecho y retengo la amargura vacilante que suscita la confusión de sentimientos, mi propia incomprensión y mi perplejidad, mi angustia, ante lo que no puedo explicar y a lo que no supe poner remedio.
Cerca del puerto han levantado una procesadora de sal. Visto de lejos, su patio exterior evoca el sueño taciturno del Iztlaccíhualt y el Popocatépetl multiplicados por decenas: volcanes bonsai blancos de nieve. De día, cuando salgo por el periódico y por el mandado, veo cómo el sol despunta de oriente a poniente, lacerando con sus rayos un paisaje que despierta, soñoliento y desconocido. Miro las luces nuevas de la mañana y veo aquella mole extraña decorando el horizonte; un injerto de un brazo amputado. Me recuerda a las plataformas de perforación petrolera que ilustran los diccionarios o las plantillas; estructuras pentagonales con hélices propulsoras, cadenas de anclaje, compartimiento de motores y lanchas de salvamento en medio del Pérsico o del Caribe; costras del mar que asocio siempre al útero de mi madre. Me repele. Termino siempre vencido, bajando la vista y mirando mis pies.
El mercado, refugio antiguo de amantes melancólicos, ha sido demolido: ‘¡Vinieron unos tanques enormes y tiraron todo!’, me dijo el hijo de Martín, un viejo amigo, que ha visto mi cara de asombro y ha corregido a su niño: ‘Se llaman tractores.’ Luego se ha vuelto hacia mí, cómplice, y me ha dicho: ‘Aquí los tanques todavía no llegan’, mientras rompíamos en una carcajada, como si en ella se escondieran los códigos de una amistad preservada por veinte años: él también estudió en Chiapas. En su lugar han construido una nueva central de abastos pintada con colores pastel quemados por el sol: rosa, amarillo y verde. El techo es de lámina, las paredes de hormigón y el interior está adornado ─es un decir─ con motivos frutales, murales de tunas, papayas, melones y sandías; una imitación muy torpe de los cuadros de Tamayo. Hay también frescos de niños jugando al balón que la humedad y el tiempo se han encargado de escarapelar; es esa mezcla de la cultura mexicana que todos absorbemos como propia sin reparar en su sentido: niños jugando al fútbol y frutas frescas en un mercado que el destino ha dejado en manos del presidente municipal. Dicen los que saben, cuento a Martín entre ellos, que el treinta por ciento de las ganancias totales que el mercado recauda al mes van para los bolsillos de ese hombre que se pasea con su sombrero de copa y a todos saluda a su paso, como si conociera las almas o leyera las manos. A ese hombre al que le gusta el fútbol y mastica la fruta con la boca abierta le sobran razones para estar contento: usufructúa el setenta por ciento de los locales. Por eso ofrece gratis su sonrisa. Aquí sigue ganando el PRI.
Salvo las que dan al noroeste, rumbo a la carretera de Ciudad Huical, las calles han sido pavimentadas, incluso la nuestra, en la que jugué toda mi infancia evitando el lodo y los hoyos. La casa sigue igual, de pie todavía, si acaso un poco más vieja, descuidada y destinada para siempre a ser la última, la 1, de la calle que se atraviesa para ir al mar. La calle sigue sin tener nombre, pero todos la conocen como La Riviera. Desde que murió mamá, en casa no hay quien se haga cargo de ella. Éste es un pueblo costero y en la costa lo que menos importa es el interior de las casas; si la fachada está impecable y hay suficiente espacio para montar la hamaca, la gente se da por satisfecha. De nuestra indolencia se hacen anuncios de cerveza. Antes se recurría al llano y a los nopales y a las caras cubiertas por el sombrero. Ahora el tópico de la pereza mexicana lo comercializa Corona para inundar todo el mundo como otros lo inundaron con coca. Las hamacas no dejan de ser un pretexto. Y a mí también me gustan. Cuando no estoy con papá vigilando su sueño o en la calle viendo el adefesio que tenemos por industria de la sal y amargándome al alba, estoy tumbado en la hamaca color hueso que es mi telaraña estos días de sosiego.
Pese al tiempo y sus rasgos de triste modernidad, Xalcar sigue siendo el mismo pueblo que yo dejé. Desde el portal, y mirando hacia el poniente, el horizonte es idéntico al de hace veinte años: el mar no cambia. Y sin embargo, yo no soy más aquel que entretuvo su infancia corriendo por estas mismas calles y por las mismas plazas, entre los castillos de arena y las lubinas que mi padre pescaba.
Por eso cuando alguien grita ‘¡Juan!’, tardo en reconocer que es a mí a quien llaman, como si aún mi cabeza volara confusa por Xalcar, de la misma forma que las aves a las que este pueblo debe su nombre sobrevuelan la periferia de Chiapas o el Cañón del Sumidero. Apenas darme la vuelta, oigo: ‘¿No eres tú el hijo de Juan, el marinero?’, en esa manera que se tiene en los pueblos de preguntar en negativo. Confundido, tardo en responder que sí. Digo, sin reconocer mi voz que emerge tímida, ausente, sin acostumbrarme a que me detengan en la calle y pregunten por mi nombre: ‘Sí, soy yo.’ Y mis palabras retumban en un eco extraordinario. Me conmueve. Aquí sigo siendo el hijo de Juan. Mientras yo vivía muy lejos deseando conciliar el mundo interno que había en mí, en este pueblo olvidado papá seguía siendo el hombre valiente al que yo conocí y al que por su afición, siendo astillero, llamaban marinero. Cuesta creer que pasa el tiempo y que ahora está enfermo; llegué a pensar que, durante mi ausencia, su mundo en Xalcar no había cambiado; que todo continuaba su marcha sin mayores sobresaltos, con arrugas más profundas y muchas canas más, sin reparar en que simplemente esto era en sí una transformación voraz, que nada podía ser apacible ya; que los canales pronunciados de su frente no sólo me hablaban de los años que habían transcurrido desde la última vez que nos habíamos visto, sino también de su Vejez; y por tanto, de su Vida.
Papá me dobla la edad. Tiene sesenta y un años, pero para un astillero eso significa tener diez más. Cuando volví, hace tres meses, me dijo, postrado en la cama y con los ojos húmedos, feliz de verme otra vez, ‘mijito, me alegra que estés aquí; ¿por cuánto tiempo vienes?’
─Vengo por mucho tiempo, pa. Hay que recuperar a Robusta y hay que viajar a Cuba.
Le brotaron las lágrimas y me brotaron a mí. Nos abrazamos y le di un beso en la frente. Sostuve su cabeza, una nube blanca de pelo, y miré el Cristo en la cruz que colgaba encima de su cama. Encima de la cama de mis padres. La cama en la que murió mamá. Ese Cristo mediaba entre dos generaciones, dos mundos distintos; en cierta medida, opuestos. Sería imposible contarle nada a mi padre, explicarle quién era yo, quien había terminado siendo yo, entender quién era él, quién había sido, sería imposible indagar en nuestros sentimientos, hablar de la vida y de nuestros recuerdos, de lo que fueron, algún día, sus preocupaciones, de las mías hoy en día, pero todavía con un abrazo, cargando a cuestas un mundo incompresible para el otro, podíamos decirnos ‘te quiero’, ‘gracias’, ‘lo siento’. En mi egoísmo, yo venía a buscar consuelo. Ahora quiero ofrecerlo. Entendí que cada uno sufre en silencio y que era falso que el mundo de mi padre hubiese transcurrido sin mayores sobresaltos. ¿Quién era yo para pensarlo? Un hijo que se había marchado y que había buscado otra vida gracias a que él me había mandado a Chiapas a estudiar la secundaria. Gracias a él había podido salir de Xalcar y gracias a él me había hecho adulto. Si eso lo puede decir un hijo. Nunca se lo había dicho. Daba las cosas por sentadas. Él me había abierto la puerta que a nadie se abre en un pueblo con aún analfabetos. Y nunca lo agradecí. Y lo siento.
Hay una silla de madera con asiento de mimbre del lado de su cama. Por las tardes me siento en ella después del crepúsculo y sostengo su mano vieja y lastimada entre las mías. Hablamos poco. Yo me quedo pensando en ese hombre que es mi padre, enamorado del sueño de llevar a su esposa a una isla desconocida y regalarle, en lugar de diamantes, rosas o puros o rones. Me detengo a pensar en lo que me trajo hasta aquí, de vuelta. No sé si me queda tiempo y a él vida para llevarlo a Cuba; no sé si podré algún día recuperar a Robusta y llevarlo hasta el golfo a la tumba de mi madre en Puerto Morelos. En un cementerio lleno de maleza y flores silvestres descansa mamá; se la enterró en ese puerto porque en un último gesto heroico, si cabe, mi padre quiso que durmiera para siempre con mis abuelos. Mamá nació en Puerto Morelos y murió cuando yo apenas tenía trece años. La directora de la escuela donde cursaba segundo de secundaria en Chiapas entró en el salón y preguntó por mí ─en una aula de 70 alumnos no es fácil dar con nadie─. Me condujo al patio y dijo: ‘Llamó tu papá desde Xalcar; me dio instrucciones para que tomes el autobús de las tres; doña Consuelo murió esta mañana’. Doña Consuelo era mi madre y la forma que siempre utilizó papá para referirse a ella con terceras personas. Recuerdo bien su tumba y sé que hay un epitafio que escribió papá, inocente y conmovedor: ‘La flor de una vida. Consuelo Ramírez 1946-1984.’
Me gustaría hacerle saber a mi padre que lo comprendo, que el paso de los años no ha sido en vano; procuro hacerlo con la fuerza de un abrazo. Me gustaría a mí haber tenido un hijo ─ese niño o esa niña que nunca sabré si venía en camino─ que pudiera hacer lo mismo conmigo, abrazarme, que pudiera comprenderme, al que pudiera yo contarle, tal vez en mi propio lecho de muerte, que una mañana hace ya mucho tiempo, me vi en una ciudad desconocida y encontré en su cementerio la tumba de quien fuera mi flor más de dos años, aunque tardara en explicarle qué quiso decir su abuela belga cuando escribió las palabras: ‘Aquí yace mi niña a quien el mundo desamparó. Annette Blanche 1969-1998.’
