Era rubia pero nunca adoptó rubio comportamiento. A su paso dejaba el eco liviano de un perfume que viene de muy lejos. Contaba las historias como pocos. Y su ropa se le ceñía en un apego que mis doce años saludaban con devoción tres veces por semana. Era mi maestra de Español. Vista de lejos, ofrecía las hostilidades de su aspecto. De cerca, era un día de campo con queso y uvas. Ella me habló por primera vez del Quijote. Hizo que su lectura se me antojara tanto como el paisaje que me llenaba el ojo, el aprendizaje del nylon bajo el escritorio del salón, la gota de miel para los damnificados del deseo. Dijo que se llamaba Gloria. Así dijo. Y quiso que fuéramos lectores. Un día, conciente de la condición humilde del alumnado de la secundaria “León Felipe”, nos solicitó una lista de títulos de nuestras respectivas bibliotecas. Lista que supuso, con razón, exigua. Tras revisarla, nos iba encomendando la lectura de nuestros libros. Nos iba presentando, uno por uno, a los habitantes de nuestras propias casas. Y Gloria, inocente del animal incendiado al que estaba desencadenando, me recomendó la lectura del Poema de Mio Cid, y luego una opinión por escrito. Ay, Gloria, nunca te di las gracias. Días en que fui Álbar Fáñez, el que Zorita mandó y Martín Antolínez, el burgalés de pro. Muy poco después, como ocurre cuando un libro te lleva a otro, vino a mis manos el Poema de Gilgamesh, como un nuevo umbral de ésos que posponen la verdad verdadera. Me sentaba a leer en el patio de la escuela. Los balonazos zumbaban a centímetros. Los tacos de carne se estaban acabando. Todas las muchachas, con cuadernos blancos abiertos sobre sus rodillas, esperaban. Y yo solamente quería recibir la estampida de palabras. Y eran las once y aquí llegaba: en el capítulo anterior, nuestro héroe estaba en problemas y apareció
, el tiempo es la frontera,
Enkidú. ¿Cómo va Gilgamesh a combatir a Humbaba sin el amigo? Quiero decir, saberse lleno de muerte y compartir la propia conciencia heroica cuando sólo el amigo cree en uno. Tengo un libro abierto ante mí, el Poema de Gilgamesh, y se me vino de golpe mi adolescencia. Los cimientos de mi amor por la palabra escrita. ¿Estoy llorando? Siento en los ojos ese mismo vapor, esa tibieza antigua que me envolvió cuando conocí al que en buena hora ciñó espada. Y no me abandona. Leo en el metro en la fonda en el estudio en el aula, y la sensación persiste. Que no se acabe. Que Enkidú no vaya al infierno. Que no se vaya como la adolescencia. Releo, me demoro en las notas al pie, finjo no comprender. Mi estrategia retardataria surta frutos. Un día sueño que escribo el comienzo de un ensayo sobre la condición del héroe. Y quiero creer, como dijo Paz, que ardemos y no dejamos huella. Y quiero creer que sé lo que digo
, antes que la frontera sea el despertar,
cuando, ya dormido, escribo: Vehículo de la gesta, de la epopeya, el poema registra una relación de travesía. El mito ha sobrevivido en la forma visceral del poema. Toda mitología se avoca a trazar la ruta del origen, el génesis esclarecedor que nos orienta; se avoca asimismo a instalar las lógicas de una cosmogonía necesaria, con el impulso de un soplo fantástico y los rigores de un cuerpo de conocimientos comprobables. Esa cosmogonía será la base sobre la que habrá de edificarse la Ciencia. Toda mitología ofrece pautas con arreglo a las cuales el comportamiento toma forma, se moldea. Determina los galardones del héroe y las condenas del trasgresor. Fecunda las voluntades para el quehacer de su propio culto, se asegura de la permanencia de éste por medio de la introyección de la sagrada idea de tradición. Pospone la indagación reflexiva de frente al misterio abismal o recóndito, a favor del monolito de la fe. Toda mitología representa la idea unificadora en torno a la cual las voluntades sociales, por naturaleza divergentes, se agregan. El tema con que la mitología nos ofrece su versión de la historia es la confrontación perpetua del Bien y el Mal. Los poemas homéricos, el Cid, el Gilgamesh prodigan las acciones heroicas, rinden el testimonio del sacrificio. Notifican la voluntad del que renuncia a su interés individual a favor del colectivo. Por eso la incandescencia de su poesía ha sabido instalarse en la conciencia colectiva, pertenecer a la historia y dar cuenta de ella. El que lee, sabe que clausura el ciclo que milenios atrás echó a andar. Ciclo en el que se cumple la obra, el tiempo se concentra y lo humano se atestigua. El que termina el libro, cierra sus páginas
y la frontera es la consciencia porque
, abarcado por un sentimiento de recuperación, cierro las páginas con la impresión de que una parte selvática me ha sido devuelta. Soy una versión del mismo adolescente, sin Gloria, con glorias interiores. Una vida de libros. El dichoso peso de la tinta. Tengo a Enkidú, a Gustavo, a Álbar Fáñez, a Paco en Alquimista, al gaucho Cruz, a Dán Lee, a Sancho Panza. No estoy solo en un patio. Y vuelvo, como maestro, al aula. Ahora hay poetas jóvenes jugándose la suerte en esa misma hoguera incandescente en cuyo rojo supe pronunciar yo también mi palabra. Recibo las jóvenes letras, las hospedo en mi silencio, si es que aún hay algún significado en ese hecho. Las leeré como si se tratara de mensajes desesperados provenientes de náufragos de hace muchos siglos, así, del mismo modo que quise ser leído yo mismo
, la frontera es la desmemoria,
pero no con el vuelo leve del ojo con que se leen los textos olvidables. ¿Gracias a qué milagro del equilibrio un texto se queda atrapado en los pliegues de la memoria? ¿Es mérito del texto que supo sobrevivir al tiempo o del destino que abre la puerta a libros que llegan en el justo momento en que los necesitas? El hecho es que Gloria nunca me devolvió un comentario de mi escrito. No me preguntó por qué firmé como Martín Antolínez, ni por qué en mi reporte Jimena se llamaba Gloria, ni por qué lloré con la lectura. Me parece bien, Gloria. Aunque incomprensibles, ciertos silencios no son inhabitables. Hay algo de heroico en no decirlo todo. En estos tiempos va quedando poco sitio para los héroes. Quizá lo heroico no sea hoy resistir, como Gilgamesh, o volver, como el Cid, sino escapar. Huir de la palabrería, salir del yo, abdicar de la vida adulta, abolir el recuerdo.
*Texto publicado originalmente en inglés, bajo el título “El héroe, la frontera y la adolescencia recuperada”, en la revista Voices of Mexico, CISAN, UNAM.
