Felipe V de España, rey desde 1700 hasta 1746, sufría de melancolía, palabra que nos suena mucho más apropiada a un rey que depresión, no hay dudas. Su melancólica depresión parece hacer sido lo suficientemente seria para haberle impedido gobernar con eficiencia, España tuvo que declararse en bancarrota en 1739.
Entre otras costumbres de melancólico o deprimido, el triste rey tenía la algo más incómoda para un soberano de negarse a vestirse adecuadamente, o ni siquiera ocuparse de vestirse; cosa que, si nos fijamos en cómo se visten la mayoría de la gente en la actualidad, no tiene por qué ser necesariamente un signo de melancolía, o podría ser exactamente lo contrario, que vivimos en una época muy triste o deprimida.
A pesar de lo embarazoso de esta costumbre suya, el que Felipe quisiera andar por el palacio en calzoncillos o camisa de dormir, si acaso tenía fuerzas para levantarse de la cama, no era para los españoles de entonces la preocupación mayor, sino que el rey “realmente” no podía ocuparse de los asuntos del gobierno.
Afortunadamente su esposa Isabel Farnes era una mujer de acción y tomó las riendas del estado en sus manos. Y no solo se ocupó del estado. Ya fuera por amor, por interés público, o porque simplemente se cansó de dormir al lado de alguien que se negaba a siquiera lavarse la cara una vez a la semana, el caso es que, luego de probar todos los remedios de la época para levantarle el ánimo a Felipe, la reina decidió seguir los consejos del doctor Giuseppe Cervi, partidario de la terapia musical, quien le sugirió que llamase a la corte al famoso castrato italiano Farinelli para que con su voz única trajera de vuelta al monarca desde los reinos de Saturno hasta el suyo.
Isabel prontamente arregló el asunto. Una vez Farinelli estuvo en España, le encargó que cantase esa noche en una habitación adyacente a los aposentos reales.
A la segunda canción, el rey estaba llorando y pidió que trajeran a Farinelli a su lado. No tengo claro si se vistió entonces adecuadamente, si se bañó o incluso abrazó a Isabel. Pero sí que abrumó a Farinelli de elogios, que le pagó un salario de por vida y que desde entonces todas las noches Farinelli cantaría para Felipe e Isabel ocho o nueve arias acompañado de un trío de músicos. Pero, y aquí un detalle curioso, a petición del rey, cantaba las mismas arias cada noche.
No conozco tampoco si Isabel soportó oír las mismas arias noche tras noches por años, o pensó que era preferible dormir con un cochino melancólico que un alegre maniático. Sea lo que sea, Felipe al menos se vistió más acorde a su realeza.
No se puso de repente jubiloso, seamos honestos, ni se volvió un modelo de alegre soberano, la melancolía no lo abandonó toda su vida, pero sería desde entonces más cercana a la melancolía poética, no a la depresión psicótica.
La melancolía ciertamente es hermana la depresión, durante milenios a la depresión clínica se le llamó melancolía, pero tiene hoy connotaciones mucho más positivas. La depresión hunde, la melancolía puede elevar, es compañera de los artistas, y, como en el caso de Felipe, ser convertida por la música en una forma de contemplación, de placer estético, de cura del alma.
Originalmente la melancolía no era asunto del corazón o el cerebro sino del hígado. Nuestra palabra actual proviene del latín melancholǐa, que es un sustantivo, al igual que en las lenguas actuales, pero el cual proviene del griego a partir del adjetivo melas, que quiere decir negro, y el sustantivo kholis, bilis, o sea, bilis negra. El latín tenía una traducción exacta de las palabras griegas y las unió también para formar un sustantivo, que nosotros mantenemos exactamente igual, atrabilis, de atra que significa negro, y bilis que significa precisamente eso, bilis, pero esta palabra no se extendió a los síntomas de la bilis negra, a la melancolía como la entendemos actualmente ni como la entendían los propios griegos y romanos, quedó solo como su significado literal, la bilis negra.
Según la teoría hipocrática de los humores, la bilis negra es uno de los cuatro humores. Los otros tres son la bilis amarilla, la sangre y la flema. Si los humores están bien balanceados hay salud, si se desajustan aparece la enfermedad.
Los humores determinan también, sobre todo desde el filósofo y médico griego Teofrasto, el temperamento de las personas. Así en quienes predomina la sangre son justo eso, sanguíneos; los que tienen mucha flema, flemáticos; los que tienen mucha bilis amarilla, coléricos; y los de mucha bilis negra son melancólicos.
No necesariamente un melancólico en este sentido es un deprimido clínico, un enfermo, es más bien eso, un rasgo del carácter, una determinada correlación de los humores, algo que implícitamente continuamos aceptando. Seguimos diciendo estoy de buen o mal humor, aunque sabemos perfectamente que los humores no determinan como creía Hipócrates, y tras él el resto de Europa y el mundo árabe hasta hace pocos siglos, la salud y el temperamento.
La depresión clínica sería entonces un desbalance muy serio de la bilis negra, como la hipocondría y algunas manías.
Hasta el siglo XV, la melancolía tenía una connotación casi totalmente negativa, malas emociones, irritabilidad, mucho más cercana a lo que asociamos por depresión clínica en la actualidad. Y así la veían los médicos de entonces mayoritariamente, una enfermedad. En la edad media tenía el sentido que ahora más o menos asociamos a bilis negra, mal carácter, hosquedad, andar cavilando sombríamente, o rumiando con un pensamiento obsesivo, además de la pura tristeza de la depresión, el desaliento y abatimiento.
En el siglo XV, no obstante, los artistas e intelectuales empezaron a tener una preponderancia en la sociedad desconocida hasta entonces, era no por gusto el Renacimiento. Y es sabido desde tiempos remotos que los artistas e intelectuales tienen una innata predisposición a la melancolía. En gran medida por ello, no solo la depresión profunda y la hipocondría sino otros estados de ánimo como la introspección, el estar pensativo, la penumbra y lo lúgubre en la acepción más poética, se asociaron también a la palabra melancolía.
El gran humanista del Renacimiento Marsilo Ficino fue quien convirtió en sus escritos el hasta entonces más calamitoso de los humores en el sello del genio. Muy probablemente porque él también fuera melancólico. Pero Ficino no era solamente un melancólico más, sino un genio y un filósofo neoplatónico, y de ambas cosas fue de donde formuló su creencia. El neoplatonismo describe el presenciar de la belleza divina a través de los sentidos como una suerte de “manía” que afecta al artista. Ficino estaba convencido de que, en efecto, era así, tengo la sospecha de que no anda muy equivocado al respecto, pero esta manía depende en gran medida del signo astrológico, cosa en la cual ya tengo más reservas. Saturno, según Ficino, determina el carácter melancólico. En dependencia de la conjunción de Saturno en el momento del nacimiento, el melancólico será o sano y capaz de grandes logros intelectuales y artísticos, o un enfermo condenado a la inercia y la estupidez.
La melancolía se unió pues desde el Renacimiento al temperamento artístico y dejó de ser solo una enfermedad o algo puramente negativo. En la Inglaterra Isabelina era ya una marca de buen gusto y refinamiento estético el ser melancólico. No obstante, la extrema tristeza, el decaimiento del ánimo, la pérdida de interés por todo, la disminución de las capacidades mentales, en otras palabras, el lado clínico del asunto, era también melancolía hasta que los avances de la psicología llamaron a ese estado depresión y no melancolía, como lo entendemos ahora.
Durante el periodo romántico, sobre todo, la melancolía adquirió nuevas connotaciones: una tristeza tierna, sentimental, reflexiva que es una fuente de placer estético, que están ya muy lejos de la atrabilis latina, de la bilis negra que no produce ninguna asociación con la belleza ni la melancolía para nosotros, aunque sí con el mal carácter y lo negativo de la depresión.
Ciertamente hay, qué duda cabe a todo el que lo haya sentido, un placer profundo, incluso sublime y romántico en la melancolía y su pariente cercana la nostalgia. Un paisaje majestuoso, las ruinas, caminar a solas bajo la luna no solo en los bosques o a la orilla de la playa, sino entre las calles de la ciudad vieja, o hasta en la nueva cuando está cargada de los recuerdos de amores y pasiones vividas, de la niñez ida, nos llenan de melancolía y nos elevan de la grisura cotidiana, nos abren si no a la manía de las formas divinas al menos a un atisbo de la profundidad y la belleza del universo, de ser.
Y hay un costo también, sobre todo en el artista genial. La melancolía ha producido algunas de las más grandes obras del arte, la música y la literatura a veces destruyendo al que las crea. A menudo es necesario un sufrimiento personal inmenso para hacer nacer la belleza.
Pero lo contrario es asimismo cierto, esa belleza sufrida, incluso trágica, es capaz de sacarnos de la depresión más profunda, de devolver el sentido a la vida, es la melancolía que eleva, que ennoblece y cura.
El rey Felipe seguramente sentía eso cuando, tal vez abrazando a su esposa, lloraba al oír a Farinelli; y yo ahora, que no estoy especialmente melancólico pero sí tengo algunas de las manías de Felipe por la música, entre otras de melancólico inveterado, y que sí me he bañado hoy, y ayer también por cierto, oigo como él por octava vez la canción que me ha acompañado e inspirado al escribir estas líneas, me entrego a su placer, el placer de la bilis negra.

