«—Yo, es la primera vez que vengo al Negro-Negro —dijo Santiago—.Vienen muchos pintores y escritores, ¿no?
—Pintores y escritores náufragos —dijo Carlitos—. Cuando yo era un pichón entraba aquí como las beatas a las iglesias. Desde ese rincón, espiaba, escuchaba, cuando reconocía a un escritor me crecía el corazón. Quería estar cerca de los genios, quería que me contagiaran.»
Conversación en La Catedral, Mario Vargas Llosa
El «Negro-Negro» es un bar en el que conversan los personajes de Zavalita y Carlitos en diálogos intrusivos dentro del diálogo mayor que se lleva a cabo en el bar «La Catedral». Si bien un bar con el mismo nombre algún día existió en la ciudad de Lima y hoy ya no existe, los seguidores del afamado autor de Conversación en La Catedral visitan el sitio para decir «aquí estaba ese bar».
En la literatura contemporánea hay historias que ocurren en los bares de grandes urbes. Esos bares fictivos, cuando tienen sus correlatos en las realidades urbanas de ciudades en concreto, saltan a la realidad para convertirse en sello especial de determinados lugares y cobrar cierto fetichismo. Es el caso del Bar Cordano, el Queirolo, o el Bar del Hotel Bolívar del centro de Lima, por los que todo el mundo quiere pasar, para ver el escenario real que aparece en ciertas historias consagradas. Por otro lado, hay otro tipo de bares reales en las ciudades reales que se convierten en lugares a los que concurren los narradores mismos, como el Floridita de La Habana, al que iba mucho Hemingway. De ahí que muchos aspirantes a poetas, y amantes de las letras y la escritura, se empeñen en visitarlos, convencidos de que adquirirán inspiración, o de que podrán reencontrarse con los espíritus de los escritores muertos y combatir así un poco la página en blanco. También, para muchos, asistir a esos bares ‘literarios’ es un simple gesto ceremonial que busca rendir homenaje a una figura especial de la historia de lecturas personales.
En común tienen todas esas cantinas ‘literarias’ el hecho de ser lugares donde se expende alcohol, se escucha música y hay una barra para los bebedores solitarios, o los que están en busca de alguien con quien conversar. También los shishabars de la Europa central ofrecen la pipa árabe, en son de paz y de conversación armoniosa, y acaso nostálgica con sabor a patria lejana. No por nada el cliché relaciona todos esos mágicos lugares con la bohemia y la tertulia intercultural.
Para el caso de los bares fictivos se puede decir que en las historias noveladas ellos adquieren un papel especial. Esos lugares de relajamiento permiten soltar, por ejemplo, los demonios interiores de los personajes, que los vacían en diálogos a través de los cuales se va construyendo la trama de la narración, o incluso se presentan en ellos otras microhistorias, a manera de cajas chinas, como el caso de la novela vargasllosiana, citada aquí en el epígrafe. Conocidos son también los sucesos de los bares subterráneos que visita el Raskolnikov de Crimen y Castigo para huir de la sociedad en la que se siente un disidente; y los bares vanguardistas del Biberkopf de Berlín Alexanderplatz que él visita para buscar refugio a su soledad y apoyo para sus sinceros deseos de reintegrarse al sistema que se empeña en darle las espaldas.
Asombra sobremanera, no obstante, que la magia antropológica urbana pueda pretender convertir y legitimizar en un discurso cultural ‘oficial’ la existencia de bares fundacionales de grupos poéticos o corrientes culturales, en base a realidades textualizadas aposteriori y a un deseo de eternizar en mapeos turísticos (léase planos literarios) lo que ya pereció en la dinámica realidad de las grandes urbes. Y lo peor: entristece pensar que una tragedia social, como la ocurrida en la ciudad alemana de Hanau hace unos días, convierta de la noche a la mañana a un tipo de bar, los shishabars, en el símbolo de la resistencia urbana contra la subrepticia intolerancia cultural que impera hoy en día en los países, en apariencia, más cosmopolitas.
