Una carta de amor como un disparo. Moncayo Moncayo
Trinidad Ruiz Marcellán
Olifante. Zaragoza, 2019
Suelo citar últimamente a Joan Maragall para libros como el que nos reúne. Por el allá de1905 en el “Diario de Barcelona”, recuerda Besa Camprubí, el artista pondrá un título a sus trabajos que “no esclavizará nada, porque será una mera indicación de lo que se formó en libertad antes que él naciera, y a la cual debe él su nacimiento; y tampoco engañara a nadie, porque, si el artista es sincero al bautizar la obra, su título no dará sino una justa esperanza de ella”.
Parece escrito a ex profeso para Un disparo/como una carta de amor en el poema, o en el título del libro, invertido el orden, no deja de ser la decantación de Traducción del silencio o una carta de amor, breves disparos y atípicos haikus, por citar a la moda, hijos de la intensidad conmovida que el moloso Moncayo, la floresta en los diferentes árboles, van recogiendo. Árboles o motivos, que nada engañan ni ocultan, recordemos a Michael de Montaigne al respecto y su gran importancia cuando habla del título como ocultación del sentido, pues no abrazan siempre el asunto. Aquí, sin embargo, nos proporciona algo más que pistas, confidencias, decantaciones de un dolor que ha ido encontrando motivos en un recorrido que encuentra el tótem del de ese gran monte ventoso cercano a Tarazona, y un poco más allá a Zaragoza, o la interpretación de las especies arbóreas, una a una, cómplices pasivos del dolor destilado, pero también impulso hacia un espacio, si no venturoso, más amable: “Desea/ Lo demás es memoria”.
Orografía, floresta y sentimiento se vinculan en una necesaria dependencia como alivio. Desde ahí ese juego dramático entre la superación del daño o ausencia traumática, la inventiva frente a la adversidad, el diálogo con los pantanos extraños del alma y las ganas de ser, pese a todo, como Malena, en la novela generacional de Almudena Grandes, pues, aunque “El Mar anda siempre por ahí, /concluyendo el hechizo”, ha habido un tiempo anterior y no todo acaba para los fuertes. Memoria del cuerpo, encuentro con el propio “¡Quién echa ahora que mi cuerpo/ empieza a tropezar consigo mismo?”. Árboles, confidencias, catarsis, o la historia de un amor que se ha quebrado y se rompe en un precipicio o “escapar de mi”, de las redes invisibles y “los jeroglíficos de niebla”. Todo se hace resistencia, la del Moncayo o la vida, su interpretación e implicación confidencial, donde los papeles se invierten “Déjame ser árbol y sé humano tú”. No puede ser más explícita la autora. Ha escrito Trinidad Ruiz Marcellán un planto y un canto de supervivencia, para quién sepa leerlo, entenderlo. interpretarlo en su quejido, ejemplo y esperanza.