
Imagen de portada del libro «Cultura Cubana (1959-2019). Un breve panorama». Pintor: Felipe Alarcón Echenique.
2.1.- Literatura y pensamiento
«… ¿hasta qué grado la revolución cubana inspiró a los escritores como un tópico literario, tanto en Cuba, como en otras regiones del continente? ¿Qué papel desempeñaban las polémicas en torno al “caso Padilla”?, es decir, ¿qué repercusiones literarias tenían las “deserciones” (Vargas Llosa, Fuentes, Octavio Paz) y el apoyo inflexible (Carpentier, García Márquez) o vacilante (Cortázar)? ¿Qué impacto tenían las polémicas concernientes al concepto de la literatura comprometida, la responsabilidad del escritor, la libertad creadora?1»
Adan Elbanowski
La cita anterior no es casualidad. Aunque muchos se resistan a entenderlo, la literatura cubana y todo lo concerniente a su difusión y promoción, a partir de 1959 estuvo marcada, tanto en la isla como en el exilio, por la impronta de la Revolución Cubana y por la influencia que este proyecto social tuvo en América Latina, en la literatura escrita en lengua castellana e, incluso, en el desarrollo y los conflictos del movimiento intelectual internacional en las décadas precedentes.
Hasta ese momento, aunque las obras literarias siempre fueron unreflejo de la sociedad cubana y de su desarrollo, el camino de las letras cubanas y el camino de la historia y la política nacional habían coincidido únicamente en el caso de algunas obras literarias que abordaron esas temáticas desde la ficción o el ensayo, como sucedió, por sólo poner unos ejemplos, con la novela Cecilia Valdés (1839), de Cirilo Villaverde, considerada la primera gran novela costumbrista cubana; con Generales y doctores (1920), de Carlos Loveira, dura crítica novelada sobre las deformaciones políticas y sociales de la naciente República, o con La iglesia católica y la independencia de Cuba(1958), análisis del primer historiador de La Habana, Emilio Roig de Leuchsenring, sobre las relaciones de poder entre la iglesia y la política en Cuba. Pero a partir de 1959, como nunca antes en la historia latinoamericana, la política cobraba tanto protagonismo a la hora de analizar el desarrollo de la literatura y su impacto en las sociedades.Renacía así, con especial fuerza en los predios intelectuales de la izquierda internacional, una de las columnas vertebrales de la célebre polémica epistolar que en Les Temps Modernes habían protagonizado los franceses Jean Paul Sartre y Albert Camus: el compromisopolítico del intelectual y del arte con la sociedad. Polémica que, en el caso de la Revolución Cubana, comenzó siendo una lucha por el poder cultural entre grupos intelectuales enfrentados en sus concepciones sobre el protagonismo de la política en el arte, que Fidel Castro encauzó con sus Palabras a los intelectuales de 1961 hacia un destino claramente politizado: el arte y el artista revolucionario debían ser protagonistas de la nueva época, y tenían la misión de convencer o arrastrar con su ejemplo a los creadores apáticos con el proceso revolucionario.
Ese espíritu militante y combativo de la intelectualidad cubana e internacional permaneció intacto durante los primeros años de la Revolución. El nuevo proyecto social que se desarrollaba en la isla había convertido a Cuba en la luz para millones de latinoamericanos sumidos en dictaduras y gobiernos corruptos que apoyaban descaradamente las estrategias económicas expoliadoras de Estados Unidos y en la esperanza de la izquierda internacional de que en La Habana renacía la posibilidad de una revolución mundial de los pobres contra el imperialismo. Sin embargo, los errores cometidos entre 1961 y 1975 por Fidel Castro y la Política Cultural de la Revolución fueron los verdaderos responsables de que esa euforia se diluyera y de que la intelectualidad de izquierda se dividiera en dos bandos antagónicos: quienes comenzaron a atacar al gobierno cubano considerando que había traicionado los hermosos presupuestos originales de la Revolución Cubana como Faro de las Américas y de los pobres del mundo, y quienes, pese a la evidencia contundente de las represiones contra las libertades de expresión, defendían la tesis de que esos «errores» eran males menores, e incluso normales, en el heroico enfrentamiento de Cuba contra «el gran enemigo de la humanidad», Estados Unidos.
Esa división, sus resonancias en la intelectualidad y los creadores en la isla, y el aprendizaje que hicieron los dirigentes políticos y de la cultura cubana de lo dañinas que habían sido algunas de sus anteriores estrategias, posibilitaron que se hiciera menos fuerte en las décadas siguientes ese espíritu de ciega militancia política del arte y la creación. Y aunque el fantasma de la política siempre estuvo vigilante, las generaciones de escritores de los 80, el 90 y principios del siglo XXI, disfrutaron de un ambiente más permisivo. Aún así, la política y sus avatares históricos ─en unos casos de modo más explícito que en otros ─ marcan hasta hoy los destinos de la literatura que se ha escrito en la isla y en la diáspora.
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Letras en Cuba
Cuando triunfa la Revolución en 1959, cinco generaciones de escritores e intelectuales protagonizaban la cultura: a la cabeza del grupo, la generación de los años 502, luego la naciente oleada de creadores que conformarían la generación del 60y, en número menor aunque no menos importante por su prestigio y aportaciones anteriores, aquellos creadores cuyas obras fueron esenciales en las décadas del 20, el 30 y el 40.
En el primer gran período conflictual de la literatura cubana (1959-1971), aunque se vio influenciado por las polémicas políticas en las cuales se pretendía priorizar la creación como arma ideológica de la Revolución, el escenario era bastante variado como consecuencia natural de las miradas diferentes de estas cinco generaciones.Una de los primeros cambios fundamentales en la esfera de producción y promoción de la literatura fue el traspaso de propiedad de las más importantes editoriales y talleres de impresiónde propietarios privados a propiedad estatal. La creación, en 1959, de la Imprenta Nacional de Cuba, devenida en 1962en Editora Nacional de Cuba, fue un enorme paso de avance en la consolidación del sistema editorial nacional que pretendía lograr el Programa Cultural de la Revolución. Por esa época se crearon las editoriales Universitaria, Pedagógica, Juvenil y Política, además de numerosas editoriales vinculadas a otras instituciones, siendo las más destacadas por su acertada labor Ediciones R, casa editora dependiente del periódico Revolución; la Ediciones Casa, de la Casa de las Américas; el sello editorial UNION de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba y Ediciones El Puente, que como se dijo en capítulos anteriores, tuvo carácter independiente y en ella publicaron varias de las más jóvenes voces del grupo literario El Puente. En 1967 se creó el Instituto Cubano del Libro (ICL), que centralizó a nivel nacional toda la gestión vinculada al libro: edición, producción, distribución, comercialización y promoción.
Así, en un entorno complicado políticamente, pero favorable en la infraestructura cultural creada, se publicaron libros esenciales en todas las tendencias artísticas, entre los cuales vale la pena mencionar las siguientes:
Novela: Bertillón 166 (1960, ganadora de la primera edición del Premio Casa de las Américas 1959), de José Soler Puig, donde se ofrece una mirada crítica hacia la represión batistiana contra el movimiento revolucionario clandestino antes de 1959; El siglo de las luces (1962), de Alejo Carpentier, novela histórica en la cual sigue desarrollando dos de sus concepciones literarias que se contraponen a Lezama Lima, lo «real maravilloso» y el neo-barroco latinoamericano; Pequeñas maniobras (1963), de Virgilio Piñera, donde el tema del escape individualista es el centro de la trama; Paradiso (1966), de José Lezama Lima, libro ejemplar para entender el concepto de este autor sobre el barroco como una expresión puramente americana e ibérica, resultado del mestizaje cultural; Pailock, el prestidigitador (1966), de Ezequiel Vieta (una de las novelas más raras de la literatura cubana, rica en alegorías y transgresiones formales que nada tenían que ver con la estética revolucionaria); Celestino antes del alba (1967), de Reinaldo Arenas, donde aparece ya uno de sus grandes temas: la represión individual de los instintos en un entorno social represivo y retrógrado, y La última mujer y el próximo combate(1971), de Manuel Cofiño, una oda novelada a la Revolución, considerada como una de las máximas representantes del «realismo socialista cubano».
Poesía: Elegía a Jesús Menéndez (1962), Tengo (1964) y Ché Comandante (1967), de Nicolás Guillén, cuya obra es un cántico a la «nueva era» abierta por la Revolución Cubana; Mutismos (1962), de Nancy Morejón, libro publicado por Ediciones El Puente, editorial de uno de los grupos fuertemente censurados en esa época, en el cual a través de unos versos de corte existencialista la poeta reflexiona sobre la soledad, la frustración y la angustia, asuntos considerados «no revolucionarios»; Con las mismas manos (1962), de Roberto Fernández Retamar, poemario cuyo tono elegíaco a favor de la Revolución puede entenderse cuando empieza diciendo: «Con las mismas manos de acariciarte, estoy construyendo una escuela»; Repaso final (1964), de Antón Arrufat, donde la subjetividad del individuo nada tiene que ver con la pretensión oficial de crear un ser moralmente superior; El oscuro esplendor (1966), de Eliseo Diego, en el cual prioriza temas «ajenos» a la Revolución como la soledad del individuo y la muerte; Primer libro de la ciudad (1967), de César López, poemario que inicia una serie de tres libros, considerados clásicos de la poesía cubana; Fuera del juego (1968), de Heberto Padilla, libro que por sus propuestas «no revolucionarias» desencadenó el escándalo represivo conocido internacionalmente como «Caso Padilla».
Cuento: El caballo de coral (1960), de Onelio Jorge Cardoso, considerado el Cuentista Nacional, por sus excelentes reflejos del alma popular cubana; Así en la guerra como en la paz (1960), de Guillermo Cabrera Infante, cuentos que transcurren entre el pasado derrotado y el presente tormentoso de la Revolución; El regreso (1962), de Calvert Casey, donde defendía con vehemencia el derecho a salir de los modelos sociales estereotipados; Los años duros (1966), de Jesús Díaz, cuentos que pretendían alabar la heroicidad revolucionaria, pero fueron censurados por la mirada «no conveniente» sobre la realidad cubana del momento; Biografía de un cimarrón (1966), de Miguel Barnet, libro testimonial que inaugura un género nuevo: la novela testimonio, que el propio autor desarrollará posteriormente en otras obras; Siempre la muerte, su paso breve (1968), de Reynaldo González, pionera en la utilización de la segunda persona en América Latina; Tute de Reyes (1967) y El escudo de hojas secas (1969), de Antonio Benítez Rojo, libros considerados «escapista» por sus personajes individualistas; Condenados de Condado (1968), de Norberto Fuentes, que recoge historias ocurridas durante la campaña militar contra los opositores (bandidos, los llamaba el gobierno) alzados en las montañas del Escambray; Once caballos (1970), de Dora Alonso, donde crea una especie de bestiario para contar historias de animales que se humanizan; o Los pasos en la hierba (1970), de Eduardo Heras León, con cuentos sobre la épica militar revolucionaria que, sin embargo, fue acusado de «libro contrarrevolucionario» por la visión humana que ofrecía de los protagonistas: seres llenos de defectos pero dispuestos a hacer la Revolución;
Ensayo: Historia de una pelea cubana contra los demonios (1959), de Fernando Ortiz; El pensamiento de Martí y nuestra Revolución Socialista, de Juan Marinello (1962, que junto a El libro de los doce, de Carlos Franqui, publicado en 1968, fue una de las columnas teóricas para la validación histórica de la llamada «Generación del Centenario»); Tientos y diferencias (1964), de Alejo Carpentier; en el que pasa revista a toda una época cultural y política, a través de acercamientos ensayísticos y semblanzas de personajes como Jean Cocteau, Picasso, Debussy, Stravinski, Manuel de Falla, Chirico, Le Corbusier; El ingenio (1964), de Manuel Moreno Fraginals, estudio histórico que vincula el desarrollo político y social de Cuba con la industria del azúcar; Cuba: Ejemplo de América (1969), de Carlos Rafael Rodríguez, libro que encabezará la campaña internacional de Cuba como «Faro de las Américas»; La cantidad hechizada (1970), de José Lezama Lima, ensayos donde muestra su concepto de la poesía y de su poética narrativa, ya expuestas por él en las sesiones de los encuentros que llamó «Curso Délfico», y Calibán (1971), de Roberto Fernández Retamar, donde se aborda el problema de la identidad latinoamericana y sus enemigos externos, título que junto a Huracán sobre el azúcar (1960), de Jean Paul Sartré, ¿Revolución en la revolución? (1967), de Regis Debray y Las venas abiertas de América Latina (1971), del escritor y periodista uruguayo Eduardo Galeano, conformaron el panteón de libros míticos utilizados por la izquierda latinoamericana, tomando a la Revolución Cubana como bandera, en sus luchas contra el imperialismo mundial.
Posteriormente ─en lo que el ensayista cubano Ambrosio Fornet ha denominado «Quinquenio gris» (1971-1975), período cuyas nefastas consecuencias para la cultura cubana otros estudios e investigadores extienden hasta el año 1980─se impuso una etapa caracterizada por una singular contradicción: aunque fue uno de los períodos más productivos en toda la historia literaria de las seis décadas de Revolución, la calidad de las obras fue tan escasa que apenas han sobrevivido algunos libros. Fue esa la época en que se consolidó la llamada literatura de «realismo socialista cubano», con libros que elogiaban el proceso revolucionario de modos tan esquemáticos que más que literatura podían considerarse propaganda política. La mayoría de los escritores de prestigio y calidad que produjeron sus obras en este quinquenio o decenio gris, sólo publicarían esas obras años o décadas después. Fue ese el tiempo en que los ministerios y entidades del Estado sugerían, y en algunos casos obligaban, a sus funcionarios más ilustrados a escribir libros en cualquiera de los géneros literarios. Protagonistas de esta «estrategia cultural» fueron el Ministerio de las Fuerzas Armadas (FAR) yel Ministerio del Interior (MININT), instituciones militares que llegaron a competir en aportaciones con los organismos estatales directamente relacionados con la cultura nacional y a superarlas en recursos destinados al fomento y promoción cultural gracias a las jugosas subvenciones que recibía del Estado el ámbito militar.
Encabezados por las revistas Verde Olivo (publicación oficial de las FAR, fundada en 1959) y el premio literario anual «26 de Julio», en varios géneros literarios; y por la revista Moncada (publicación oficial de la Dirección Política del MININT, fundada en 1966)y los también anuales concursos literarios»Aniversario de la Revolución» (llamado «Primero de Enero» durante sus primeros años) y «Abdala», decenas de oficiales comisionados por sus jefaturas para escribir vieron publicadas sus «obras literarias», fomentándose así otros de los fenómenos creativos más controvertidos en la historia de la literatura cubana: la creación y fomento estatal de la literatura de contraespionaje y la literatura policiaca cubana, en la cual los autores estaban llamados a reflejar el enfrentamiento entre los órganos de la seguridad del Estado y la Agencia central de Inteligencia (CIA) de Estados Unidos (novelas de contraespionaje), y de los delicuentes y el pueblo revolucionario (novela y cuento policiacos).Fueronlos géneros por excelencia de esa década. El esquema, elemental y repetitivo en todas esas obras, al tiempo que presentaba una realidad en blanco y negro, muy parcializada y atrincherada ideológicamente, ofrecía una imagen estereotipada de los personajes: el agente revolucionario perfecto vs el espía de la CIA desalmado y lleno de imperfecciones humanas, o el policía culto, humano y revolucionario, buen padre, buen hijo, buen esposo vs el delincuente inculto, desvergonzado y sin ética social ni familiar. Esa estética surgida bajo la lógica militar del «ordeno y cúmplase» estuvo claramente definida desde la concepción del Premio Nacional de Literatura Policiaca «Primero de Enero» del MINIT y la concesión de los galardones, por sólo citar dos casos bien conocidos a obras hoy olvidadas como La ronda de los rubíes, del primer teniente Armando Cristóbal Pérez y La justicia por su mano, del teniente José Lamadrid Vega, ambos oficiales en activo del Ministerio del Interior en ese tiempo. Lo más curioso fue que, pese a ser una fórmula burda que rozaba el terreno de lo increíble, fue consumida por millones de lectores cubanos, ya que además de la propaganda que recibían esos autores y esos libros, cada novela era impresa en decenas de miles de ejemplares que fueron vendidos a precios tan bajos que sólo en casos muy excepcionales superaron el valor de un peso cubano.
De una larguísima lista de obras en ese modalidad narrativa los críticos aseguran que sobrevivieron por sus aportes apenas una decena de títulos, entre ellos: Enigma para un domingo (1970), de Ignacio Cárdenas Acuña, considerado el maestro fundador de la novela policial cubana de calidad; No es tiempo de ceremonias (1974), de Rodolfo Pérez Valero; Los hombres color del silencio (1975), de Alberto Molina; El cuarto círculo, escrita a cuatro manos por Luis Rogelio Nogueras y Guillermo Rodríguez Rivera; Y si muero mañana (1977), de Luis Rogelio Nogueras; Aquí las arenas son más limpias (1978), de Luis Adrián Betancourt y Joy (1978), de Daniel Chavarría.
Entre las obras literarias en otros géneros que se publicaron y sobresalieron en este árido período destacan, por citar algunas de las más renombradas, los libros de cuentos Los testigos (1973), de Joel James Figarola, Campamento de artillería (1973) y Noche de fósforos (1976), de Rafael Soler, Onoloria (1973), de Miguel Collazo, El hilo y la cuerda (1974), de Onelio Jorge Cardoso, Noticias de la quimera (1975), de Eliseo Diego y Acero (1977), de Eduardo Heras León; las novelas El recurso del método (1974), de Alejo Carpentier, El pan dormido (1975), de José Soler Puig y El mar de las lentejas (1979), de Antonio Benítez Rojo; los libros para niños Caballito blanco (1974), de Onelio Jorge Cardoso, El cochero azul (1975), de Dora Alonso y Cuentos de Guane (1975), de Nersys Felipe; el relato testimonial La fiesta de los tiburones (1978), de Reynaldo González; los poemarios Entre y perdone Usted (1973, décimas), de Jesús Orta Ruiz, el «Indio Naborí»; Abrí la verja de hierro (1973), de Fayad Jamis; Por el mar de las Antillas anda un barco de papel: poemas para niños mayores de edad (1977), de Nicolás Guillén; Fragmentos a su imán (1978), de José Lezama Lima, y Cuando una mujer no duerme (1980), de Reina María Rodríguez; y el ensayo Ese sol del mundo moral; para una historia de la eticidad cubana (1975), de Cintio Vitier.
Entre 1980 y 1991, año en que ocupa la presidencia de la UNEAC el escritor Abel Prieto Jiménez (permanecerá en esa responsabilidad hasta que Fidel Castro lo designó Ministro de Cultura en 1997) la Política Cultural de la Revolución inició una serie de cambios estratégicos que coincidieron con el momento en que Fidel Castro y sus funcionarios culturales decidieron establecer nuevas rutas de trabajo en el área internacional para eliminar las consecuencias negativas que para la imagen de la Revolución Cubana habían traído los escándalos y acusaciones de intolerancia revolucionaria a raíz del «Caso Padilla», quien justo ese año, 1980, había recibido la aprobación de las autoridades cubana para emigrar a Estados Unidos. Aunque ya había pasado casi diez años desde que la intelectualidad fuera de la isla ─que en las décadas del 60 y 70 se posicionaron al lado de la triunfante Revolución Cubana─ se viera sacudida por la represión desatada contra este poeta y otros importantes autores cubanos, la llegada de Padilla al exilio, y la amplísima serie de entrevistas que concedió, reavivaron la polémica y colocaron de nuevo al gobierno cubano en el centro de mira de la crítica de las más renombradas instituciones y personalidades de la cultura internacional.
Comenzó así en la isla un proceso de «rescate» o «reintegración social» de personalidades de la cultura cubana que habían estado marginadas, la mayoría de ellas simplemente por su orientación sexual, o por sus «debilidades ideológicas». Fueron terminándose paulatinamente los «castigos» impuestos a escritores que, poco después, encabezarían la nómina de grandes nombres de las letras oficiales cubanas como Antón Arrufat, Eduardo Heras León, César López, Pablo Armando Fernández y Reinaldo González, por sólo mencionar a quienes todavía hoy continúan defendiendo a la Revolución, ya que muchos otros de los «rescatados» no tardaron en tomar la vía del exilio, totalmente desilusionados de un proceso que inicialmente habían apoyado con todas sus fuerzas.
Precisamente en este período, gracias al desarrollo de la industria poligráfica cubana, al resultado de las primeras campañas nacionales de fomento de la lectura, al fortalecimiento estatal de las revistas culturales, a la creación y consolidación del movimiento nacional de talleres literarios,a la amplia red de concursos y premios literarios de carácter nacional y a la ampliación de los planes nacionales de publicación, la llamada Generación del 80 (aunque ellos mismos reconocen que todavía entonces algo traumatizados y autocensurados por la represión de los años anteriores) logró marcar lo que la crítica literaria llamó «el despegue del péndulo». Ese despegue se produjo gracias a la alta creatividad generacional, que se concretó en la publicación de obras que resultan indispensables en la historia de la literatura cubana:los libros de cuentos El jardín de las flores silvestres (1982), de Miguel Mejides, Donjuanes (1986), de Reinaldo Montero, Las llamas en el cielo (1983), de Félix Luis Viera, Se permuta esta casa (1987), de Guillermo Vidal, El diablo son las cosas (1988) de Mirta Yáñez, Hay un gato en la ventana (1989), de Aida Bahr y Habanecer (1992), de Luis Manuel García Méndez; las novelas Un rey en el jardín (1983), de Senel Paz, Los términos de la tierra (1985), de Alejandro Querejeta; Un tema para el griego (1986), de Jorge Luis Hernández, El cumpleaños del fuego (1986), de Francisco López Sacha, Con tu vestido blanco (1987), de Félix Luis Viera y Pasado perfecto (1991,obra que inicia la famosa tetralogía de tema socio–policial), de Leonardo Padura, hoy premio Princesa de Asturias de las Letras); los poemarios Con raro olor a mundo (1981), de Víctor Rodríguez Núñez, Para un cordero blanco (1984), de Reina María Rodríguez, Animal civil (1985), de Raúl Hernández Novás; Epílogos famosos (1985), de Ángel Escobar, Manual de las tentaciones (1987), de Abilio Estévez e Hija de Eva (1991, premio UNEAC 1989) , de María Elena Cruz Varela.
Los miembros de esta generación, en algunos estudios, son llamados los “sinflictivos”, pues se les cuestionaba que sus recreaciones literarias de los problemas de la realidad nacional no fueran lo suficientemente profundas en su aspecto crítico. Esa falta de profundidad, sin embargo, como ya han reconocido algunos escritores de ese grupo, era un resultado lógico: los creadores del 80 habían sido partícipes, siendo niños o adolescentes, de la euforia revolucionaria del 60 y del 70 (lo que les hacía analizar la realidad nacional, las luchas de la Revolución, los avances en materia de justicia popular, con cierta condescencia cómplice), comenzaron a escribir justo en los tiempos en que ocurrían las más terribles represiones y censuras de la década del 70 (lo que los llevó a defenderse mediante la autocensura), y al ser los protagonistas de la creación literaria en esos años (década del 80 y principios del 90) fueron considerados por los estrategas de la Política Cultural de la Revolución como los más idóneos para sustituir a los viejos funcionarios culturales que dirigían las diferentes instituciones culturales; sustitución que comenzó a producirse de modo paulatino y organizado cuando en 1991 un miembro destacado de esa generación, Abel Prieto Jiménez, fue elegido presidente de la UNEAC. Pero es innegable que esa mirada nostálgica sobre el pasado revolucionario, esa autocensura y esa participación como gestores y directivos de la cultura hizo natural que sus incursiones en problemáticas significativas de la realidad nacional fueran siempre desde la complicidad, desde la condescencia y evitando profundizar en las causas que provocaban esa problemática, especialmente cuando esas causas responsabilizaban directamente a la Revolución o a sus dirigentes. Aunque esta postura pueda cuestionarse (y de hecho lo ha sido), lo cierto es que muchas de esas obras abrieron puertas de tolerancia para que la generación siguiente, la del 90, no tuviera los problemas de censura que habrían padecido sin esas propuestas (para utilizar los mismos términos utilizados por algunss críticos) “sinflictivas”, “superficiales”, “colaboracionistas” a la hora de abordar los temas solamente desde las perspectivas más cautelosas y menos peligrosas para no despertar la ira de los censores.
De otras generaciones en este período se publican obras esenciales como los libros de cuentos Casas del Vedado (1983), de María Elena Llanay Cuestión de principio (1986), de Eduardo Heras León; las novelas Un mundo de cosas (1982), de José Soler Puig, La caja está cerrada (1984), de Antón Arrufat, Temporada de ángeles (1984), de Lisandro Otero y Las iniciales de la tierra (1987), de Jesús Díaz; los libros de literatura infantil El valle de la Pájara Pinta (1984), de Dora Alonso, Los Chichiricú del Charco de la Jícara (1988), de Julia Calzadilla y La noche (1989), de Excilia Saldaña; los poemarios Agradecido como un perro (1983), de Rafael Alcides, Ceremonia y ceremoniales (1988), de César López y Para festejar el ascenso de Icaro(1988) de Delfin Prats, y los libros de ensayos El músico que llevo dentro (1980), de Alejo Carpentier y Contradanzas y latigazos (1983), de Reynaldo González.
Posteriormente, entre los años 1991 a 1995, la industria editorial cubana sufrió una de sus peores contracciones económicas, a causa de la crisis nacional que Fidel Castro denominó “Período Especial en Tiempos de Paz”. En ese tiempo, la amplia producción literaria nacional tuvo que visualizarse con la publicación, casi en su totalidad, mediante el sistema conocido como Plaquettes3 o en tiradas demasiado pequeñas e insuficientes4para la enorme creatividad generada en ese quinquenio por las generaciones del 80, del 90 y por las anteriores generaciones. También se vieron afectadas la amplia estructura de eventos literarios (competiciones de talleres literarios en sus niveles municipal, provincial y nacional; encuentros nacionales de narrativa y poesía, celebraciones literarias territoriales, etc.), las subvenciones culturales para el fomento y desarrollo de la literatura, y la publicación de revistas literarias, que se redujeron hasta el punto de sobrevivir únicamente algunas nacionales y provinciales. Como es lógico deducir, esta contracción afectó sobre todo a los jóvenes creadores de la Generación del 90 o “Novísimos”, quienes habían comenzado su andadura en las letras cubanas a partir de la segunda mitad de la década anterior y precisamente en estos años de crisis arribaban a su madurez literaria, protagonizando entre 1985 y 2005 la que hasta la fecha es considerada la mayor eclosión creativa en la historia de la cultura en tiempos de Revolución.
Un dato importante: fue entre 1991 y 1995 cuando se concibieron obras hoy renombradas en la literatura cubana que lamentablemente fueron publicadas, en muchos casos, casi cinco o hasta diez años después de haber sido escritas, llegando a hacerse conocidas originalmente, de modo parcial (en capítulos, fragmentos o cuentos sueltos), por el sistema de Plaquettes.
La tesis de esa promoción o generación, que es la de los nacidos a partir de 1960, era bien sencilla: Fidel y la Revolución les habían enseñado a pensar; Fidel y la Revolución les habían dicho: lee, cultívate, piensa, tienes la libertad y la capacidad para decir lo que piensas… y, entonces, ¿cómo era posible que alguien viniera a pedirles que se conformaran con lo que veían mal?, ¿cómo podía alguien pensar que no harían lo que les habían pedido: pensar y decir lo que pensaban en sus creaciones? En ese empeño surge una de las críticas más fundadas que se ha hecho sobre las obras iniciales de muchos de estos autores: su cercanía a la realidad era tan fuerte que en algunos casos, más que obras literarias, parecían crónicas periodísticas sobre sucesos fundamentales para la sociedad sobre los que, no obstante, en la prensa oficial nada se decía.
Habían irrumpido a finales de la década del 80 en la literatura cubana. Todos muy jóvenes, que parecían empeñados en tocar en sus obras temas hasta entonces tabúes en la isla: temas cotidianos, de sus propias vidas, pero contemplados desde la irreverencia, el desenfado, la rebeldía típica de su juventud. Querían decir que las guerras en Africa no habían sido solo un hecho heroico, y escribieron historias humanas sobre las miserias humanas, ofreciendo la otra cara de la moneda, una cara que el gobierno ocultaba y que aún se quiere ocultar. Querían decir que la juventud cubana no era un todo perfecto, monolítico, jóvenes colmados de virtudes, sin defectos, que asistían a las marchas y participaban en la Revolución, y escribieron sobre los jóvenes drogadictos, los que se suicidaban, slos que abandonaban el país, los que asumían la poética de los rockeros o de otros grupos juveniles de la marginalidad social. Querían decir que muchos de los logros de la Revolución eran falsos, mentiras fabricadas por malos funcionarios mientras la nación se desmoronaba, y escribieron sobre la parte fea y doctrinaria de la educación, el lado oscuro del sistema de salud, la otra cara de ese sistema que descubrieron era imperfecto, aún cuando la mayoría de ellos seguía considerándolo el mejor de los sistemas posibles, un sistema perfectible, mejorable. Querían hablar de males sociales que se ocultaban y eran preocupantes precisamente porque oficialmente no se quería verlos, y escribieron historias sobre la homosexualidad, la intolerancia religiosa, la pérdida de la individualidad, el mundo de los que se iban en balsa de la isla, el jineterismo o prostitución, la falta de libertades para hablar y escribir, y su rechazo generacional a ponerse el disfraz de la doble moral.
Esa postura irreverente los convirtió en un escándalo. Recibieron censuras, incomprensiones; se les marginó más, aún cuando ya ellos mismos se definían como marginales. Esos temas requerían nuevos tratamientos, experimentaciones en los planos lingüísticos, estructurales, rupturas con los estilos y corrientes establecidas; en resumen, les tocó cambiar la narrativa y, en opinión de la mayoría de los críticos, eso hicieron hasta el punto de que el resto de las promociones se alimentaron de sus conquistas y hasta el surgimiento de la llamada «Generación Cero», cuya eclosión real se produjo en 2010 (aunque ellos ubiquen su nacimiento en el 2000), la narrativa cubana atravesó lo que algunos ensayistas catalogaban como “confluencia generacional”, puesto que esos mismos temas, y otros muchos que surgían de la cambiante realidad nacional, fueron abordados por escritores de las promociones del 50, el 60, el 70 y el 80 casi con la misma perspectiva que inauguraron los «Novísimos».
A esa generación pertenecen también obras ya inscritas en la historia de la literatura cubana, entre otras muchas, los libros de cuentos: Confabulación de la araña (1990), de Guillermo Vidal, El derecho al pataleo de los ahorcados (1997), de Ronaldo Menéndez, Sueño de un día de verano (1998), de Angel Santiesteban, El muro de las lamentaciones (1999), de Alberto Garrido, Blasfemia del escriba (2000), de Alberto Guerra Naranjo y Apuntes de Josué 1994 (2001), de Nelton Pérez. También, las novelas Matarile (1993), Las manzanas del paraíso (1998) y La saga del perseguido (2002), de Guillermo Vidal (considerado el mayor renovador de la narrativa cubana en las décadas del 80 y el 90), María Virginia se va de vacaciones (1994), de Gumersindo Pacheco, Cañón de retrocarga (1997), de Alejandro Alvarez, El pájaro: pincel y tinta china (1998), y Djuna y Daniel (2008), de Ena Lucía Portela, La leve gracia de los desnudos (1998), de Alberto Garrido, Prisionero del agua (1998), de Alexis Díaz Pimienta, Inferno (1999), de Jesús David Curbelo; Sibilas en Mercaderes (1999), de Pedro de Jesús, La estrella bocarriba (2001), de Raúl Aguiar, El paseante cándido (2001), Jorge Ángel Pérez, Que en vez de infierno encuentres gloria (2003), de Lorenzo Lunar Cardedo, Fake (2003), de Alberto Garrandés; Todos se van (2006), de Wendy Guerra; Las palabras y los muertos (2006), de Amir Valle, Infidente (2015), de Nelton Pérez y La catedral de los negros (2012), de Marcial Gala. Además, debido a la gran cantidad de poesía escrita en esta promoción, es dificil hacer una selección, por lo cual aquí se menciona solamente los libros que marcaron en distintos momentos el desarrollo de este grupo: Con el terror del equilibrista (1987), de Damaris Calderón, Todas las jaurías del rey (1987), de Alberto Rodríguez Tosca, Algunos pocos conocidos (1987) y Manos de obra (2002), de Sifredo Ariel, El correo de la noche (1989), de Frank Abel Dopico, El tiempo de los fieles (1990), de León Estrada, Los pájaros escritos (1993) de Juan Carlos Flores, Últimas revelaciones en las postales del viajero (1994), de Arístides Vega Chapú, El camión verde (1994), de Alberto Sicilia, Cabeza abajo (1997), de Carlos Augusto Alfonso, El vino del error (1998), de Teresa Melo, Insomnios en la noche del espejo (1999), de Odette Alonso Yodú y A la sombra de los muchachos en flor (2001), de Nelson Simón y Aún nos pertenece el otoño (2002), de Luis Manuel Pérez Boitel.
El término «Generación Cero», aplicado inicialmente a la narrativa cubana más reciente escrita dentro de la Isla, ha sido extendido por algunos críticos para agrupar toda la creación literaria de un grupo de autores que surgieron en el panorama literario nacional a partir del año 2000. Hoy, debido a que muchos representantes de esa generación han emigrado, es un término que incluye también a la literatura de autores no residentes en Cuba. La mayoría de estos escritores rechazan públicamente el vínculo generacional propuesto por uno de ellos, el escritor Orlando Luis Pardo Lazo, pero lo innegable es que se caracterizan porque, a diferencia de la generación del 80 y de los Novísimos, en sus creaciones el realismo ya no tiene el mismo valor, ni los mismos usos. Dos de sus protagonistas, los escritores Ahmel Echevarría y Jorge Enrique Lage, explican así esas diferencias:
«En los 90, sobre todo durante la gran crisis económica (e ideológica) que asoló el país, escribir ficción era un poco como narrar desde los recovecos de una realidad ignorada por la prensa, hurgar bajo los pedazos de una utopía social que se caía a pedazos. Lejos ya de esa urgencia testimonial, la llamada Generación Cero (crecida entre esos destrozos) frecuenta un realismo menos militante, a menudo cortado con elementos surrealistas, del absurdo y de la ciencia-ficción; un realismo, también, mucho más íntimo, más (des)localizado en el Yo, donde los personajes no necesariamente pretenden encarnar dramas y desvelos colectivos.
«Los autores que conforman este mapa ya se han hecho con los premios literarios más importantes de Cuba y tiene varios libros publicados, pero en buena medida son prácticamente desconocidos en el ámbito internacional. Pocos de ellos han logrado acceder a otras editoriales que no sean las cubanas; casi todos viven dentro de la Isla y padecen la desconexión y la precariedad que esto supone. Sin embargo no se han cruzado de brazos: ha sido la primera generación literaria cubana que ha hecho uso del espacio virtual no solo como plataforma de autopromoción hacia dentro o hacia afuera de las fronteras nacionales, sino también como suerte de guerrilla político-literaria pensada para insertarse en un contexto adverso lo mismo con sus ficciones que con sus textos de opinión.
«Generación dispersa, sin proclamas ni proyectos colectivos, su principal punto de encuentro son las páginas de la revista La noria, dirigida desde el oriente del país por los poetas y editores Oscar Cruz (Santiago de Cuba, 1979) y José Ramón Sánchez (Guantánamo, 1972). Suelen reunirlos también diversos coloquios dedicados a la literatura joven, así como presentaciones de libros y tertulias, eventos siempre amparados por asociaciones e instituciones culturales del Estado. Sin embargo, la Cuba en la que viven está cambiando rápidamente y, a diferencia de generaciones o grupos anteriores, cuyas experiencias fueron marcadas por el exilio y la censura, más temprano o más tarde estos escritores podrán fundar sus propios espacios literarios, sus librerías y editoriales independientes, sus columnas en la prensa…5»
Justo ese último párrafo encierra algunos de los cuestionamientos que se le han hecho a esta generación. En primer lugar, se distancian de generaciones precedentes «marcadas por el exilio y la censura»6, pero es importante decir que su literatura ha irrumpido en tiempos menos intolerantes políticamente y que, además, al no estar metida en la realidad como las literaturas anteriores no son en la mayoría de los casos una preocupación para los censores, por lo cual no han sufrido los grandes traumas que padecieron sus colegas de los 70, 80 y Novísimos. Y en segundo lugar, ese alejamiento de las problemáticas en la realidad y su participación activa en la vida cultural cubana a través de las instituciones (que, no obstante, critican), parece contaminar su entendimiento y análisis sobre el futuro de Cuba. Las posibilidades reales de «fundar sus propios espacios literarios, sus librerías y editoriales independientes, sus columnas en la prensa», suenan a los críticos literarios como ingenuidad, pues tales cosas serán muy difíciles de conseguir si en algún momento se elimina la infraestructura cultural creada en el país por la Revolución. Ellos ─quizás el único caso en toda la historia de las letras en el período revolucionario─ son beneficiarios totales de esa política cultural, pues cumplen casi todas las exigencias que los censores han impuesto para la creación literaria y su promoción dentro de la isla. Y a todos los escritores, artistas e intelectuales, incluso a aquellos que son radicalmente enemigos del control estatal del gobierno cubano sobre la cultura, les queda claro que si desaparecen las condiciones creadas por la Política Cultural de la Revolución, la creación literaria y artística en la isla tendría que asumir los retos, dificultades y problemas que los creadores de la diáspora llevan venciendo ya durante casi 6 décadas.
Otros cuestionamientos surgen con el único intento que ha existido hasta la fecha de dar cuerpo crítico a esta generación: la antología Generación Año Cero, publicada en 2013 por Sampsonian Way, de Estados Unidos. En el prólogo a esa selección, el compilador, Orlando Luis Pardo Lazo, asegura que estos autores están «Expulsados o auto-excluidos de algunas instituciones cubanas según sus bizarras biografías»7, lo que en puridad ocurre solamente en el caso del propio Pardo Lazo, Lia Villares, Lizabel Mónica, Lien Carrazana Lau y Jorge Alberto Aguiar, pues el resto de los antologados Gleyvis Coro Montanet, Ahmel Echevarría Peré, Michel Encinosa Fú, Jhortensia Espineta Osuna, Carlos Esquivel, Abel Fernández-Larrea, Raúl Flores, Jorge Enrique Lage, Polina Martínez Shviétsova, Osdany Morales y Erick Mota tienen una activa participación en el entramado cultural oficial cubano, son publicados por las editoriales estatales y, en algunos casos, ocupan puestos de trabajo en sus instituciones culturales. Otro detalle que habría que determinar es que los líderes de esta generación suelen incluir en ella autores con obras claramente asentadas en la generación anterior, la de los Novísimos, como es el caso del narrador Jorge Alberto Aguiar, el narrador y poeta Carlos Esquivel o Michel Encinosa Fú, uno de los máximos representantes de la literatura fantástica en Cuba desde fines de la década del 90.
Aunque en los momentos en que se escriben estas páginas no puede hablarse de un corpus literario de obras probadas por sus aportaciones a las letras cubanas, sino de algunos títulos que ya van asentándose como importantes, sí es necesario mencionar a los nombres más destacados de esta generación y aquellos títulos que son más representativos de esta estética, limitándonos en este capítulo ─para respetar la estructura de este libro─ únicamente a los autores que aún permanecen en la isla, con la excepción de su más conocido representante, el escritor Orlando Luis Pardo, que desde el 2013 salió al exilio.
Orlando Luis Pardo (La Habana, 1971), el autor más crítico y vitriólico de esta generación, postea sus crónicas en el blog Lunes de Post-Revolución y, con mayor asiduidad, en Facebook. Según refieren ellos mismos, junto a Ahmel Echevarría y Jorge Enrique Lage, puso a circular en Cuba la revista electrónica the revolution evening post, que catalogaban como «e-zine de escritura irregular». Su libro más representativo es Boring Home, publicado en la República Checa en el 2009. Para decirlo como lo definen Echevarría y Lage en el artículo citado: «Orlando Luis Pardo disecciona sus obsesiones con Cuba: el ser nacional atrapado entre la tristeza, la soledad, la enfermedad, la locura; de la emigración al exilio interior a la muerte; jóvenes que creen que La Habana, la ciudad que habitan, le hace honor a la primera letra de su nombre, la H: letra muda, una ausencia, un silencio, una constante carencia, la imposibilidad incluso de nombrar al amor…»8.
Dazra Novak (1978), que se resiste a confesar si nació en Cuba o en la antigua RDA, es «una mujer cuya política en la escritura es la política del cuerpo. En sus libros, el cuerpo no solo es visto desde el Eros, sino en las combinaciones cuerpo-parque temático, cuerpo-isla, cuerpo-campo de exterminio, el cuerpo devenido también tribuna y cementerio»9. Sus libros de cuentos Cuerpo reservado (2007) y Cuerpo público (2007), más su novela Making of (2012), la señalan como una de las voces más originales de esa generación.
Otro de los que más aportan por la calidad y originalidad de su estética es Raúl Flores (La Habana, 1977), y para demostrarlo ahí está la variedad sonora y temática de sus libros más importantes: El hombre que vendió el mundo (cuentos, 2001) y las novelas Balada de Jeannette (2007) y Paperback writer (2010). Como promotor, su labor más reconocida fue desempeñarse como coordinador de la revista digital 33 y 1/3, «cuyo propósito era divulgar la obra de autores contemporáneos desconocidos en Cuba, como David Foster Wallace, Rodrigo Fresán, Roberto Bolaño, Haruki Murakami, y un largo etc»10.
Los mundos de Abel Fernández-Larrea (La Habana, 1978) tienen muy poco que ver con la realidad cubana: en Absolut Rötgen (2009) el tema es el desastre nuclear de Chernóbil y su efecto en la vida de los trabajadores de esa Central y en su siguiente libro Héroes de la clase obrera (2013) refleja un «retablo de perdedores que no se reconocen como tal y que son los «héroes» de su segundo libro cuyo escenario es una ciudad norteamericana»11.
Aunque también escribe desde La Habana, la pinareña Agnieska Hernández (1977) aunque se dio a conocer primero como dramaturga y crítica teatral, es una narradora que se acerca en su perspectiva literaria a los Novísimos en sus modos de abordar la realidad. Así, la novela San Lunes. Panóptico en dos estaciones (2009) y el libro de cuentos Sol negro (2011), se suman a los escasos narradores cubanos que han abordado la temática carcelaria: Carlos Montenegro (Hombres sin mujer, novela, 1938), Ángel Santiesteban Prats (Dichosos los que lloran, cuentos, 2006), en su caso particular el mundo de las prisiones cubanas para mujeres en toda su crueldad: «Historias entretejidas a partir del cuerpo, los deseos, las palabras de un grupo de presas, que terminan siendo descarnadas reflexiones sobre el machismo, el poder, el control, la vigilancia y la violencia estatal».
Otra voz sumamente distintiva es la narradora y poeta Anisley Negrín (Santa Clara, 1981) como se evidencia en las demoledoras propuestas de luchas del individuo en un entorno político usualmente adverso de sus libros Diez cajas de fósforos (2009) y Todos vamos a ser canonizados (2012). Mientras que, desde Santiago de Cuba, Yunier Riquenes (Granma, 1982) escribe sus historias sobre los conflictos de la gente del campo cubano, tema venido a menos en la literatura nacional en el que ha hecho valiosos aportes con libros como Lo que me ha dado la noche (Cuba, 2007) y No apto para mayores (2012). Yunier, además, fundó uno de los proyectos culturales digitales más reconocidos por las instituciones culturales en la isla: el sitio web Claustrofobias, «dedicado a promover lo mejor de la literatura cubana más reciente, un proyecto que ha desbordado la plataforma virtual para insertarse en la radio, la televisión y la producción de CD´s de poesía»12.
Justo en ese género, la poesía, destacan autores como Luis Yuseff (Holguín, 1975) con Dolor de la resurrección (2014); Javier Marimón (Matanzas, 1975) con Formas de llamar desde los pinos (2000); Marcelo Morales Cintero (1977) con Materia (2008); Oscar Cruz (Santiago de Cuba, 1979) con Balada del buen muñeco (2013); Jamila Medina Ríos (Holguín, 1981) con Huecos de araña (2009) y Sergio García Zamora (Esperanza, Camagüey, 1986) con El frío de vivir, que se alzó con el prestigioso premio internacional Fundación Loewe en 2016.
Como se dijo al inicio, muchos autores de esta generación, entre ellos la que se considera la más reconocida fuera de la isla, la poeta y narradora Legna Rodríguez Iglesias (Camagüey, 1984), han ingresado a la diáspora y realizan su obra desde Europa o Estados Unidos, como son el caso de Pardo Lazo, Lien Carrazana Lau, Gleyvis Coro Montanet, Osdany Morales y Erick Mota, entre otros.
Mención aparte, por la importancia que el Programa Cultural de la Revolución le ha concedido, es el caso de la literatura escrita para niños y jóvenes. En las primeras décadas constituyó un aspecto muy supervisado, ya que estaba directamente vinculado a la educación de las nuevas generaciones en los preceptos revolucionarios y en la formación del «Hombre Nuevo». Eso hizo que muchos de estos libros, así como los fragmentos incluidos en los libros de texto de educación, tuvieran un marcado contenido propagandista y adoctrinador, lo que hizo más fuerte la percepción existente entre el resto de los escritores de que se trataba de un género menor. A partir de los años 80, este género se fue liberando poco a poco de esas trabas; comenzó un proceso de actualización de sus autores y temáticas gracias a sus contactos frecuentes con la Organización Internacional para el Libro Juvenil, (en inglés: IBBY o International Board on Books for Young People; se regularizó la participación de escritores en eventos internacionales relacionados con la creación literaria para niños y jóvenes y se ampliaron las propuestas editoriales de Gente Nueva, la casa editora especializada en esta literatura, que había sido fundada en 1967 por el poeta Eliseo Diego. A mediados de la década del 90, superada la crisis económica que afectó a la edición de libros en la isla, al trabajo de esta editorial se sumó la aportación que desde cada provincia del país hicieron los sellos provinciales de los Centros Provinciales del Libro y la Literatura, sumándose nuevos nombres, básicamente de autores jóvenes, a los ya considerados clásicos: Dora Alonso, Onelio Jorge Cardoso, Mirta Aguirre, Reneé Méndez Capote y Nersys Felipe.
Una obra mayor preside la historia de este género: La Edad de Oro (1889), de José Martí, que aunque muchos leen como si se tratara de un libro fue concebida originalmente como revista y se considera un clásico del género en lengua española. Sin llegar a ser una modalidad creativa muy cultivada, antes de 1959 se publicaron excelentes títulos como Cuentos de todas las noches (1950), de Emilio Bacardí Moreu, Cuentos populares infantiles (1955), de Concepción T. Alzola y El caballito verde (1956), de Anita Arroyo y Antonio Ortega.
Uno de los más serios acercamientos a este género, que sirve de base a esta mención de la aportación de la literatura infantil y juvenil cubana a las letras nacionales13, es el del crítico e investigador literario Sergio Andricaían, a quien es necesario citar en sus referencias a los «clásicos cubanos»:
«Sin las obras de Dora Alonso (1910), la narrativa cubana para niños distaría mucho de ser lo que es. Porque esta autora ha sido un paradigma para muchos creadores. Títulos suyos como En busca de la gaviota negra (1964), El cochero azul (1975) y El valle de la Pájara Pinta (1984) son modelos de amenidad y calidad estética. Un hito dentro de su producción lo constituye el libro Ponolani (1966), reeditado muchas veces, en el que, a través de viñetas y cuentos populares afrocubanos, recrea el universo campesino que conoció durante su infancia.
«Conocido en España por sus libros Caballito blanco (1974) y Negrita (1984), Onelio Jorge Cardoso (1914-1986) es otro de los 48 maestros de la narrativa infantil cubana. Del mismo modo, el libro Memorias de una cubanita que nació con el siglo (1964), de Renée Méndez Capote (1901-1989), es un excelente exponente de literatura juvenil.
«Hilda Perera ha entregado textos de gran valor centrados en la temática del exilio político o económico; una muestra de ellos son Mai (1983), Kike (1984) y La jaula del unicornio (1990); sin embargo, muchos lectores evocan con nostalgia su libro Cuentos de Apolo (1947) y lo consideran una pieza insuperable.
«En el libro Niños de Viet Nam (1968), Félix Pita Rodríguez (1909-1990) entremezcla poesía y crónica para entregar un testimonio de gran impacto sobre la infancia vietnamita durante los años de la guerra. Otro «clásico» contemporáneo es Las viejitas de las sombrillas (1972), de Manuel Cofiño López (1936-1987), un relato enmarcado dentro de las coordenadas estilísticas del realismo mágico.
«Cuentos de Guane (1975) y Román Elé (1978), de Nersys Felipe Herrera (1936), obras ganadoras del premio internacional Casa de las Américas, cierran este apartado de «clásicos». Traducidos a varios idiomas, ambos libros evocan el universo de los niños de la provincia, con una prosa llena de resonancias afectivas»14.
Entre los nuevos autores destacan Ivette Vian con La Marcorina (1987); Enid Vian con De las rastrirrañas y las miñocorras (1992); Julia Calzadilla con Los chichiricú del charco de la Jícara (1987). Excilia Saldaña con La noche (1989); Luis Cabrera Delgado con Los calamitosos (1993); Antonio Orlando Rodríguez con Mi bicicleta es un hada y otros secretos por el estilo (1992); Alberto Serret con Escrito para Osmani (1987); Alberto Yáñez con Este libro horroroso y sin remedio (1996), y toda la producción de Joel Franz Rosell, autor a quien se dedica espacio más adelante en este capítulo, pues la mayor parte de su obra ha sido escrita y publicada en su ya largo exilio.
De las tres últimas generaciones, la crítica menciona a Gumersindo Pacheco (1952) con su trilogía María Virgina y yo en la luna de Valencia (1989), María Virginia está de vacaciones (1993) y María Virginia, mi amor (1998); a Iliana Prieto Jiménez con La princesa del retrato y el dragón rey (1998); a Enrique Pérez Díaz con ¿Se jubilan las hadas? (1996); Eddy Díaz Souza con Bernardino Soñador y la cafetera mágica (1993); Ariel Ribeaux Diago con El Oro de la Edad (1998); Esther Suárez Durán con El libro del orégano (1995); Teresa Cárdenas Angulo con Cartas al cielo (1997) y Eric González Conde con La familia Tosco (2002), o más recientemente José Manuel Espino, un autor con una larga obra en el género, y su De las sin par andanzas del Guajiriquijote y su escudetero Calvipanzón (2011) y Eldys Baratute con Cucarachas al borde de un ataque de nervios (2010).
De otras generaciones, en el período que abarca 1995 hasta 2016 destacan por sus aportaciones, las novelas El hombre que amaba a los perros (2009), de Leonardo Padura (el más destacado de los escritores cubanos con su saga de novelas negras y obras como La Novela de mi vida, de 2002 y Herejes, de 2013, obras que le permitieron ganar el Premio Princesa de Asturias de las Letras). Luego podrían mencionarse El año 200 (1990, clásico de la ciencia ficción cubana) y El publicano (1998), de Agustín de Rojas, El polvo y el oro (1993), de Julio Travieso, Rajando la leña está (1994), de Cintio Vitier, A Tarzán, con seducción y engaño (1995), de Humberto Arenal, El rey de La Habana (1999), de Pedro Juan Gutiérrez, Al cielo sometidos (2001), de Reynaldo González, Misiones (2002), de Reinaldo Montero, Las voces y los ecos (2003), de Aida Bahr, y Jardín (2002), novela de Dulce María Loynaz publicada en 1951, que volvió a ser conocida por el gran público en Cuba luego de que España le concediera a esta escritora el Premio Cervantes en 1992.
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Letras en la diáspora
Salvo en el caso de autores cubanos que habían decidido emigrar o trabajar fuera de Cuba en los años 40 y 50 y, por esa razón, algunas de sus obras se habían escrito fuera de la isla (el caso más representativo sería el de Eugenio Florit, un clásico de la poesía cubana), el nacimiento de lo que podría llamarse «literatura cubana de la diáspora» ocurrió precisamente con el arribo al exilio de numerosos escritores que salieron del país en esa primera década de la Revolución. Aún así, es importante destacar que no existía en esos primeros años una conciencia de «escritura exiliada» o de «escritor exiliado», como sí ocurriría poco después, pues la mayoría de esos artistas, escritores e intelectuales compartían el criterio de que una Revolución comunista no duraría mucho frente a la hegemonía anticomunista de Estados Unidos, por lo que, a más tardar en cinco años, estarían de regreso en Cuba.
Este período, que creativamente no fue muy amplio, pues muchos de los autores tuvieron que reiniciar sus vidas, garantizando la existencia en trabajos que le impedían dedicarse a la escritura, se caracterizó por la presencia en esas obras de una mirada nostálgica hacia la isla, pero todavía como si se tratara sólo de un espacio lejano, pero aún no perdido; como si fuera un espacio recuperable al que pronto regresarían. Más que en libros publicados, la labor intelectual de los exiliados cubanos se concentró en estos primeros años en la denuncia de lo que sucedía en la isla, a través de obras (artículos, crónicas, entrevistas concedidas a la prensa internacional, cuentos cortos, poemas) en las cuales la nostalgia por el país que les habían arrebatado «los salvajes barbudos de Fidel» se unía a una mirada testimonial marcada por el anticomunismo que predominó en la sociedad cubana en las décadas del 40 y el 50. Pero, contrariamente a esos deseos de regreso, la Revolución Cubana se consolida y perdura hasta la actualidad, con lo cual es lógico entender los cambios producidos en los sueños, la filosofía de vida, los métodos y estéticas creativas, y la actuación intelectual de los creadores que han conformado desde 1959 hasta hoy la literatura cubana de la diáspora.
En cualquier caso, existen numerosos acercamientos ensayísticos que buscan establecer una historiografía de esa parte de la literatura cubana. La propuesta más conectada con la realidad histórica nacional es la que asume como puntos de análisis centrales los tres grandes hitos migratorios del éxodo cubano:
1965, cuando se produjo la salida de miles de cubanos a través de Boca Camarioca, aunque en este grupo los estudios incluyen a creadores que habían salido de Cuba desde 1959 hasta ese año, siendo algunos nombres destacados Carlos Montenegro, Lino Novás Calvo, Lydia Cabrera, Armando Álvarez Bravo, quienes decidieron asentarse en Estados Unidos, o Gastón Baquero (que eligió España), y Nivaria Tejeda y Severo Sarduy (que emigraron a Francia),
1980, cuando ocurrió la hasta hoy más grande escapada de emigrantes desde la isla por el Puerto del Mariel, aunque en este grupo se incluirían a quienes salieron después de ese año y hasta 1994, destacando el conocido grupo «Mariel» (Reinaldo Arenas, Carlos Victoria, René Ariza, Roberto Valero, Juan Abreu, Reinaldo García Ramos, Miguel Correa),
y 1994, con los sucesos conocidos como «Crisis de los Balseros», donde el aluvión de nombres importantes que se lanzaron al exilio hace casi imposible elaborar aquí un listado con los más destacados.
El ensayista Carlos Espinosa Domínguez, en el recuento más riguroso de la literatura cubana en el exilio (El peregrino en comarca ajena, publicado en 2001) establece esta clasificación que respeta en su análisis las divisiones generacionales, pero también hace hincapié en la fecha de llegada del creador al exilio. La única limitante de esta clasificación es que se concentra en la emigración hacia Estados Unidos y que no incluye otro momento importante del éxodo cubano: la sucesiva y creciente huída de creadores hacia otras partes del mundo, básicamente Estados Unidos, Europa y América Latina en las décadas iniciales del siglo XXI.
Otro modo de clasificación, que busca entender la diáspora desde una mirada más apegada al estudio literario es la propuesta por Isabel Álvarez Borland, quien habla de tres grupos predominantes: las narrativas “exílicas, las híbridas y las étnicas”. En el primer grupo, los «exílicos» (Cabrera Infante, Arenas, Novás Valvo, Benítez Rojo), se incluyen a creadores formados intelectualmente en Cuba y cuya obra en el exilio se mantiene en códigos similares a los producidos durante su estancia en la isla, bastante distanciadas esas obras de cualquier tipo de asimilación cultural, proceso natural que ocurre en casi todos los creadores que emigran a otras culturas. En el otro grupo, los «híbridos” (José Kozer, Eliena Rivero, Gustavo Pérez Firmat, Uva de Aragón, Emilio Bejel, etc.) incluye a creadores que arribaron al exilio en etapas muy tempranas de su vida, básicamente siendo adolescentes. Ellos tuvieron que crecer entre dos culturas que, finalmente, lograron mixturizar y por ello se les conoce como Generación “Uno y medio”; una generación bicultural, bilingüe, que crea su obra en español o en inglés de acuerdo al impacto que en su formación como individuo tuvo el tema del que trata la obra, lo cual es lógica consecuencia de una de las marcas más visibles de este grupo: la lucha o confrontación personal con su dualidad cultural. Al tercer grupo, los «étnicos» (Oscar Hijuelos, Cristina García, Achy Obejas y Ana Menéndez, et.al), pertenecen aquellos creadores que llegaron al exilio siendo niños o que nacieron ya en la diáspora, se expresan sentimentalmente en inglés como lengua materna (aunque dominan a la perfección la lengua de sus padres, el español) y se diferencian de los «híbridos» en que para ellos no existe ningún trauma cultural con la sociedad en la que viven, porque se sienten parte de ella y en muchos modos son representantes del «mainstream» norteamericano.
Ya que no es objetivo de este libro el estudio a fondo de todas las terminologías culturales surigidas en la isla o en la diáspora, es preferible concentrarse en la definición más interesante y polémica, que curiosamente unifica la creación literaria cubana en cualquiera de sus orillas: la llamada «literatura postnacional». Según el criterio de uno de los más renombrados ensayistas cubanos de la diáspora, Rafael Rojas:
«¿Qué lugar o qué ciudadanía narran los escritores de la diáspora cubana? Es sugerente pensar que se trata del no lugar de una ciudadanía postnacional, es decir, del territorio de esa «comunidad que viene», desprovista de las figuraciones románticas del espíritu de la nación y aferrada a los ejercicios anónimos del cuerpo de su civilidad.
«Guillermo Cabrera Infante en Londres, María Elena Blanco en Viena, René Vázquez Díaz en Estocolmo, Zoe Valdés en París, Jesús Díaz en Madrid, Eliseo Alberto en México, Carlos Victoria en Miami, Leonardo Padura Fuentes en La Habana… narran el mismo lugar del futuro desde distintos lugares del presente. (…) La nueva fauna social que describe esta narrativa viene siendo algo así como una taxonomía o un carnaval de los sujetos del siglo XXI: macetas, jineteros, balseros, empresarios postcomunistas, disidentes, salseros, rockeros, dealers, emigrantes buscavidas, travestis, expolicías…, es decir, toda una picaresca que, como en la España del Siglo de Oro, anuncia la muerte de un mundo y el nacimiento de otro»15.
La cita anterior sirve para entrar en otro tema interesante: las zonas temáticas o estéticas de esta zona de la literatura cubana. Si ya se ha dicho que en los años iniciales, salvo algunas excepciones, la literatura escrita en el exilio se centró en una especie de grito de denuncia testimonial sobre la implementación en Cuba de un sistema social que esos creadores no querían aceptar (surgieron así, en los trabajos de algunos ensayistas, términos como «novela anticastrista»), posteriormente la creación derivaría en obras que establecían un contrapunteo nostálgico entre las dos geografías (Cuba y el exilio), o que reflejaban las adquisiciones que ese exilio estaba haciendo de la nueva cultura donde habitaba; o que «hablaba en cubano» desde otras lenguas (Dreaming in Cuban, de Cristina García, es el ejemplo más conocido), o que asumían la experiencia de la emigración más como enriquecimiento que como traumática ruptura, o que utilizaban la debacle nacional como tema de denuncia de un sueño prometido e incumplido por la Revolución (tendencia que se extendió por el mundo editorial en la década del 90, protagonizada por Zoé Valdés y su novela La nada cotidiana entre otras muchas novelas)…, hasta llegar, en el presente, a una reconstrucción de la realidad cubana desde una perspectiva más cosmopolita: «lo cubano» puede encontrarse lo mismo en las calles más oscuras durante el invierno en Estocolmo que en un «solar» de Centro Habana.
Además de la fundación de revistas literarias, a las cuales este libro dedica un capítulo en especial, el mayor apoyo que ha recibido la literatura cubana en la diáspora ha venido de las editoriales fundadas por escritores o grupos literarios de exiliados. Esa aparición, que en la última década ha conocido un auge impresionante, fue la respuesta de resistencia a uno de los muros contra los cuales tuvieron y tienen aún hoy que luchar los escritores cubanos fuera de la isla: el desinterés de las grandes editoriales de la lengua española en publicar sus obras, pues como ya se dijo antes, se les considera autores que ya no tienen nada que ofrecer sobre una realidad social, la cubana, que sigue teniendo un gran valor para los mercaderes del libro. No importa que hayan existido y existan autores y obras con un amplio reconocimiento en sectores prestigiosos de la crítica y los estudios académicos. Para los editores, y para la mayor parte de los estudiosos e investigadores de la literatura cubana, eso que se escribe en el exilio no es literatura cubana o ha perdido su pureza al no estar anclada en la isla.
Para que se tenga una idea de cuán abarcadora ha sido la producción editorial cubana en la diáspora16 es necesario decir que sólo en Estados Unidos han destacado las siguientes: encabezando la lista, y considerada la editorial decana de la literatura cubana en el exilio con más de mil títulos publicados, Ediciones Universal (Juan Manuel Salvat17, 1965, dedicada a la venta y distribución de libros, a través de Librería y Distribuidora Universal y en 1968, ya como editorial para asuntos hispanoamericanos con foco en temas y en textos de autores cubanos. Esta editorial, que ha publicado más de mil títulos, cerró en 2013). Le siguen: Editorial Agencia de Informaciones Periodísticas (Miami, 1964 – 1970: Cuadernos de noticia AIP y 1964 – 1988: más de cuarenta títulos de literatura y ensayo político-social); Ediciones Baquiana (Patricio E. Palacios y Maricel Mayor Marsán, 1999, que publica la revista literaria cuatrimestral del mismo nombre y libros de literatura y ensayo literario); Cambridge Brickhouse, Inc (Yanitzia Canetti, 1995, con oficinas en Estados Unidos, México y Argentina y una línea de publicaciones en autores hispanos); Editorial Cubana (Luis Botifoll, 1987, dirigida por el ensayista Jorge Ignacio Rasco, con publicaciones centradas en libros cubanos sobre la historia, la política, la filosofía y la economía); Ediciones del Directorio Magisterial Cubano en el Exilio (profesor Rolando Espinosa, fundador del Colegio de Pedagogos Cubanos en el Exilio); Eliseo Torres Editorial (monografías y trabajos académicos relacionados con la cultura cubana); Editorial Exilio (Víctor Batista Falla y Raimundo Fernández Bonilla, gestora de la revista Exilio, editada en Nueva York, que también publicó algunos libros de autores cubanos); Hispanova de Ediciones (Orlando Rodríguez Sardiñas «Rossardi», Jesús Lago Tourón y Humberto López Morales, 1973, que publica todos los géneros); Imprimatur/Catálogo de Letras (Soren Triff, gestora de la revista Catálogo de Letras, 1994 y 1999, que también ha publicado algunos libros de literatura); Instituto y Biblioteca de la Libertad (Carlos Alberto Montaner, 2003, dedicada a libros de ensayo y análisis político sobre Cuba); La Gota de Agua Ediciones (Rolando D. H. Morelli, edita en internet La Gota de Agua y La Nueva Edad de Oro, revista electrónica para niños, además de publicar libros en los distintos géneros literarios); La Torre de Papel (Carlos A. Díaz Barrios, 1993,para literatura general); Las Américas Publishing Co. (librería hispana y sitio de tertulias surgida en Nueva York los años cincuenta y que entre 1979 y 1984 realizó ediciones bajo la tutela del periodista cubano Pedro Yanes); Linden Lane (Heberto Padilla y Belkis Cuza Malé, 1982, edita la decana de las revistas culturales cubanas en el exilio, Linden Lane Magazine y edita libros de literatura); Linkgua (Radamés Molina Montes, 2003, reimpresiones de obras de autores clásicos cubanos y algunos títulos de autores importantes de la actualidad); Mnemosyne (Frank Wills, 1969, reediciones y copias facsímiles de obras de autores clásicos cubanos o sobre la isla de Cuba); Ollantay Press (Pedro R. Monge Rafuls, 1977, para ensayos sobre el teatro y dramaturgia hispana; edita además la revista teatral Ollantay); Persona Editorial (Matías Montes Huidobro y Yara González Montes, 1987, especializada en el teatro cubano); Senda Nueva de Ediciones (Alberto Gutiérrez de la Solana y Elio Alba Buffill, fundada a mediados de los 70s y hasta 1995, publica autores cubanos clásicos y contemporáneos); SIBI Editorial (Nancy Pérez Crespo y Juan Manuel Pérez Crespo, 1978, para publicaciones históricas, de ensayo social y literatura); Solar Editorial (Juana Rosa Pita y David Lagmanovich, a mediados de los 70s, para poemarios y antologías) Término (Roberto Madrigal, Manuel F. Ballagas y Carlos Espinosa Domínguez, 1984, edita la revista Término y libros de literatura); Agualarga Editores/Dax Books (Raquel Rábade Roque, a principios del siglo XXI, para libros sobre cultura y ciencias sociales); Arcos (Luis Ignacio Larcada, 1986, especializada en poesía, aunque también publica ensayos y relatos); Asociación de Hispanistas de las Américas (Concepción T. Alzola y Gladys Zaldívar, que edita monografías, estudios literarios cubanos y, en algunos casos, poesía); Ediciones de Afuera (Jorge Salcedo, 2005, para poesía); El Almendro (Nicolás Abreu Felippe, 2005, para narrativa); Fondo de Estudios Cubanos (organización JMC Freedom Foundation, para la problemática política y social de los cubanos exiliados y volúmenes sobre historia y literatura de Cuba y del exilio); Instituto Jacques Maritain de Cuba (José Ignacio Rasco, a mediados de los 80s, para ensayo social y monografías históricas sobre Cuba); Nosotros (Alberto Romero, 1999, para autores cubanos, de narrativa y poesía); Nueva Prensa Cubana (Nancy Pérez Crespo, publica artículos de periodistas independientes en Cuba, y libros de temática periodística); Presbyter’s Peartree (José Corrales y Manuel Pereira, 1990, para obras teatrales y ‘libretos’s); Pureplay Press (David Landau, 2001, para historia y cultura cubanas en los campos de la narrativa, la historia, la poesía y los problemas políticos y sociales) y Alexandria Library («Kiko» Arocha, 1995). Además de las anteriores, en la última década han surgido, todas especializadas en literatura cubana, Silueta editorial (Rodolfo Martínez Sotomayor, 2006); La pereza Ediciones (Dago Sasiga y Greity González, 2012); Unos y Otros (Armando Noviola, 2013); Entre Líneas (Pedro Pablo Pérez Santiesteban, 2013); Eriginal Books (Marlene Moleón, 2013) y Neo Club Ediciones (Armando Añel e Idabell Rosales, 2014, proyecto que en este momento encabeza el mundo editorial cubano fuera de la isla).
Se trata de 40 proyectos editoriales, sólo en Estados Unidos, que han publicado en las últimas cinco décadas la mayor parte de los cerca de diez mil títulos de escritores cubanos de la diáspora. La otra cifra corresponde a las editoriales fundadas por cubanos en otras regiones del mundo, entre las cuales destacan, en España, Advana Vieja (Fabio Murrieta y Grace Giselle Piney Roche, 2001); Betania (Felipe Lázaro, 1987); Colibrí (Víctor Batista Falla, 1998); El Puente (José Mario, 1979); Orígenes (Eugenio Suárez Galbán, 1980); Playor (Carlos Alberto Montaner, 1972); Pliegos (César Leante, 1984); Verbum (Pío E. Serrano y Aurora Calviño, 1990): Ediciones San Roque (Alberto Lauro, 1997); Fundación Hispano Cubana (1996, que publica la Revista Hispano Cubana, así como libros de autores exiliados) y, recientemente, Hypermedia Ediciones (Ladislao Aguado, 2014, que luego de tres años en Madrid acaba de asentarse en Miami).
Otras editoriales importantes son: En Francia, Deleatur (Ramón Alejandro, 1996); en Puerto Rico, Plaza Mayor (Patricia Gutiérrez Menoyo, 1990); en México, Ediciones La Otra Cuba (Nedda G. de Anhalt, 1997) y en Alemania, Iliada Ediciones (Amir Valle, 2016).
En su conocido estudio «Las empresas editoriales de los cubanos en el exterior. Ediciones y catálogos»18, el escritor cubano Orlando Rodríguez Sardiñas «Rosardi», añade que:
«Durante varias décadas, los escritores cubanos en el exterior han encontrado un espacio dispuesto para la publicación de sus obras en las diversas editoriales como las que aquí se consignan, así como en otras del mundo hispano, en Hispanoamérica y en España; editoriales con más o menos producción y con mayor o menor presencia y prestigio en el mundo del libro. No obstante, muchos de ellos se han visto forzados a publicar sus textos (narrativa, poesía, ensayo, etc.) en imprentas y estudios de artes gráficas y hasta a crear en muchas ocasiones sus propias firmas editoriales, y distribuir luego personalmente su producción en librerías locales, nacionales e internacionales. Podemos citar algunas empresas como: ABRA ediciones, Nueva York; Interbooks Corporation, Coral Gables; Ediciones Isimir, Miami; San Lázaro Graphics Corp., Miami; Ultra Graphics Corporation, Miami; Editorial Mensaje, Nueva York; Ego Group, Miami; Ediciones Cambio, Miami; Colorama Printing y Saeta Ediciones, Miami; Verso, Nueva York; Nuevos Horizontes Internacionales, Miami; Arte Público Press, Texas; Rodes Print, Miami; Minitman, Miami; Loma Publishers, Miami; Spin Quality Printing, Miami; Ediciones Plaza d’Praha, Miami, y D’Fana Editions, Miami, entre otras muchas más.
«Algunas empresas editoriales no se dan a conocer suficientemente, dada su escasa producción y una limitada distribución de su fondo, como por ejemplo la Editorial Cultural Moderna Poesía, en Miami; la Colección del Chicherekú en el Exilio, de Lydia Cabrera, en Miami; las Ediciones Q-21, de Pablo Le Riverend, en Newark, Nueva Jersey; El Palmar de Rafael Bordao, en Nueva York, y las Ediciones Edarcas, también en Nueva York. En Miami la firma Editorial Cernuda, fundada en sociedad en 1999, publica catorce volúmenes de la Enciclopedia Martiana (…) También en Miami, las Ediciones Itinerantes Paradiso, de Ignacio T. Granados Herrera (…)».
Como es fácil de suponer, la existencia de ese amplio movimiento editorial concentrado en publicar y promover la literatura escrita por cubanos de la diáspora derriba todos los argumentos de quienes durante décadas han pretendido imponer el criterio de que los escritores e intelectuales cubanos exiliados no han mostrado una obra que merezca ser integrada al cuerpo de la cultura cubana. Además de la cantidad de títulos publicados, por sólo poner un ejemplo en un tema importante, los estudios académicos reconocen que fuera de Cuba el ensayo socio-político sobre Cuba supera en cantidad, en profundidad y en multiplicidad de visiones a las aportaciones que algunos pocos ensayistas en la isla han dado sobre este polémico asunto en las últimas cinco décadas.
Aunque con el riesgo de olvidar obras esenciales, un recorrido por las más importantes obras de la literatura cubana en estas décadas de diáspora podría ser la siguiente:
Es necesario comenzar por aquellos escritores que se exiliaron a inicios de la Revolución, ya con una trayectoria consolidada en las letras cubanas y que continuaron escribiendo en otros países. Y es necesario pues, además de que sus nombres desaparecieron de los estudios literarios, antologías e incluso diccionarios de la cultura cubana realizados por instituciones oficiales en Cuba, se extendió en la idea de que jamás habían vuelto a escribir obras de calidad, algo que sucedió en algunos pocos casos, entre ellos, Carlos Montenegro, cuyas obras esenciales siguen siendo aquellas que escribió en la década del 30 en Cuba o Enrique Labrador Ruiz, que a su reconocida produción anterior a 1976, año en que sale de Cuba, agregó sólo un título: Cartas a la carte (1991).
Entre estos autores destacan las obras: Otán Iyebiyé, las piedras preciosas (1970) y La lengua sagrada de los ñáñigos (1988), de Lydia Cabrera; Memorial de un testigo (1966), Poemas invisibles (1991) y La fuente inagotable (1995), poemarios de Gastón Baquero; Maneras de contar (1970) y Angusola y los cuchillos y otros cuentos (1990), cuentos de Lino Novás Calvo; todas las grandes novelas de Severo Sarduy: Gestos (1963), De dónde son los cantantes (1967), Cobra (1972), Maitreya (1978), Colibrí (1984), Cocuyo (1990) y Pájaros de la playa (1993, publicada un mes después de su muerte); Relaciones (1973), Para domar un animal (1981) y Singladuras, de Armando Álvarez Bravo; Hábito de esperanza (1965), Antología penúltima (1970) y Hasta luego (1992), de Eugenio Florit, candidato reiteradas veces al Premio Cervantes y coniderado uno de los poetas fundamentales de la lengua española; el poemario Rueda del exiliado (1983) y las novelas Sonámbulo del sol (1971) y Espero la noche para soñarte, Revolución (1997), de Nivaria Tejeda; Notas de un simulador (1969) y Cuentos (casi) completos (2009, póstumo) de Calvert Casey; el ensayo autobiográfico Los años de Orígenes (1979, uno de los libros más polémicos de la literatura cubana), de Lorenzo García Vega, autor esencial del mítico Grupo Orígenes en la década del 50, así como su singular poesía en libros como Variaciones a como veredicto para sol de otras dudas (1993) y Palíndromo en otra cerradura (1999); las grandes novelas Tres tristes tigres (1968), La Habana para un infante difunto (1979), el libro de cuentos Delito por bailar el Chachachá (1995) y el libro de ensayo Puro Humo (2000, publicado originalmente en ingles como Holy Smoke, en 1985), de Guillermo Cabrera Infante; el libro de cuentos Paso de los vientos (1994), la novela Mujer en traje de batalla (2001) y el libro de ensayos La isla que se repite: el Caribe y la perspectiva posmoderna (1998), de Antonio Benítez Rojo, o casi toda la obra de uno de los más renombrados autores cubanos: Reinaldo Arenas, con libros como las novelas El palacio de las blanquísimas mofetas (1980), Arturo, la estrella más brillante (1984), El portero (1989), El color del verano o Nuevo jardín de las delicias (1999, póstuma), el libro de cuentos Termina el desfile (1981), el poemario Voluntad de vivir manifestándose (1989), su libro de ensayo Necesidad de libertad (1986) o su hoy célebre autobiografía novelada Antes que anochezca (1992, póstuma).
Un caso singular que inexplicablemente no aparece en los estudios de literatura cubana en la isla, pese a ser reconocido internacionalmente como un autor de primerísimo nivel, es el del cineasta y escritor Eduardo G. Manet, emigrado a Francia en 1968, quien ha escrito casi toda su obra (20 novelas y cerca de treinta obras de teatro) directamente en francés, con excepción de la novela La amante del pintor (2013). Pero han sido muy elogiadas por la crítica francesa, entre otras, sus novelas La isla del lagardo verde (1994), Rapsodia cubana (1996), La Conquistadora (2006), Un cubano en París (2009) y Los tres hermanos Castro (2010)
En ese mismo camino: el de escribir en otras lenguas, han ganado reconocimiento obras autobiográficas como Exiled Memories (1990), de Pablo Medina; Next Year in Cuba (1995), de Gustavo Pérez Firmat; Spared Angola (1997), de Virgil Suárez; Scattering Ashes (1998), de María del Carmen Boza o Waiting for Snow in Havana (2003), de Carlos Eire. O los libros de narrativa Raining Backwards (1988) y Holy Radishes (1995), de Roberto Fernández; The Marks of Birth (1994) y The Return of Félix Nogara (2000), de Pablo Medina; The Greatest Preformance (1991), de Elías Miguel Muñoz; Memory Mambo (1996) y Days of Awe (2000) de Achy Obejas; Mangos, Bananas and Coconuts, a Cuban Love Story (1996), de Himilce Novás; The Write Way Home (2003), de Emilio Bejel; Mambo Kings (1989) de Oscar Hijuelos; Dreaming in Cuban (1992) y The Aguero Sisters (1997), de Cristina García; In Cuba I Was a German Shepherd (2001) y Loving Che (2003) de Ana Menéndez; The Lazarus Rumba (1999), de Ernesto Mestre y The Pearl of the Antilles (2001) de Andrea O. Herrera.
En cualquier caso, la contribución literaria de los cubanos es bastante amplia, como amplias son las razones y vías por las cuales muchos de esos escritores llegaron al exilio. Para demostrarlo existen obras como toda la poética de José Kozer, llegado a Estados Unidos en 1960, que se ha ganado con una calidad excepcional y una amplísima obra ser considerado un ícono único de la poesía cubana. Pero también ese abanico estético de aportaciones, por sólo mencionar una obra de cada autor, puede comprobarse al leer las novelas Memorias eróticas de una cubanoamericana (1998), de Marcia Morgado y Boarding Home, de Guillermo Rosales, ambos en Estados Unidos; La última noche que pasé contigo (1991), de Mayra Montero, en Puerto Rico; La isla del cundiamor (1993), de René Vázquez Díaz, en Suecia; Las criadas de La Habana (2003), de Pedro Pérez Sarduy, en Reino Unido; Memoria de siglos (1991), de Jacobo Machover, en Francia, quien como historiador tiene también una amplísima labor de denuncia de la corrupción en las élites políticas de la Revolución Cubana y Hagiografía de Narcisa la bella (1985), de Mireya Robles, en Sudáfrica.
Otro de los momentos esenciales de este éxodo: el año 1980, derivó culturalmente en una inyección de nuevas perspectivas creativas para la diáspora cubana asentada en los Estados Unidos a través de las aportaciones de los escritores reunidos en torno a la revista Mariel, una publicación que, como se verá en capítulo posterior, luego de luchar contra todo tipo de dificultades, se convirtió en una de las más sólidas plataformas para el fortalecimiento de la creación literaria en las décadas del 80 y el 90.
Aunque la figura más conocida de este grupo, considerado por muchos «Generación del Mariel», fue Reinaldo Arenas (enfermo de SIDA, se suicidó en 1990), otros nombres destacarían poco después en este grupo: Carlos Victoria, considerado uno de los narradores más originales de las letras cubanas de todos los tiempos; Reinaldo García Ramos, poeta imprescindible en las últimas cinco generaciones de la poesía cubana, y creadores como Roberto Valero, Juan Abreu, Nicolás Abreu Felippe, Jesús J. Barquet, Rafael Bordao, René Cifuentes, Carlos A. Díaz Barrios, Daniel Fernández, Luis de la Paz, Lázaro Gómez Carriles, Ismael Lorenzo, Roberto Madrigal, Miguel Correa y René Ariza (quien no salió por el Mariel, pues dejó Cuba en 1979, luego de cumplir prisión y ser amnistiado en 1978, pero que llegó a ser uno de los protagonistas de la vida cultural cubana en Estados Unidos, hasta que fallece en California, en 1994).
Mientras sus poéticas personales se consolidaban dentro del panorama de las letras cubanas de la diáspora, estos creadores se vieron enfrentados a un curioso fenómeno de doble rechazo: el de la cultura en la isla de la que habían escapado y el de la cultura cubana asentada en Estados Unidos. Uno de ellos, el narrador Miguel Correa, lo recuerda así:
«…los textos de los escritores de la generación del Mariel también ocupan un lugar marginal, pues los temas de sus escritos quedan totalmente fuera de los ejes categoriales con los cuales se organizan los textos considerados significativos dentro de una literatura pre-establecida y por lo mismo, canónica. Rasgos como el enfrentamiento de dos herencias culturales, la nostalgia por el territorio nacional perdido, la mezcla de las diferentes lenguas que constituye ya una herencia cultural del exilio cubano no son necesariamente significativos para los escritores del Mariel. También se registra un distanciamiento de identidad entre los dos grupos de escritores cubanos. La abierta postura homosexual de muchos de los autores de la generación del Mariel, junto con la constante tematización de conductas y prácticas sexuales heterodoxas en sus textos, los ha convertido en demasiado escandalosos para ser integrados a los espacios culturales cubanos pre-existentes. Por lo que me atrevo a decir que se trata de una doble minorización: estamos frente a un caso de una literatura menor (la de los escritores del Mariel) dentro de otra también minoritaria con respecto al país en que se establece (la del exilio), pero que es mayoritaria (y de cierta forma, canónica) con respecto a la primera»19.
Hay que señalar, como cuenta Correa en este artículo, que la mayoría de los autores integrantes de esta generación no pudieron publicar en Cuba. Los más favorecidos fueron Arenas, con su clásica novela Celestino antes del alba, y Ariza, con su obra de teatro La vuelta a la manzana, que incluso llegó a ganarle el premio UNEAC de 1968 a una obra del maestro Virgilio Piñera. Los demás, tuvieron que conformarse que ver circular sus escritos en copias mimeografiadas e incluso vía oral, así que la posibilidad de contar con una revista y un nuevo espacio cultural para promover sus obras fue un gran incentivo que los ayudó a enfrentarse a las incomprensiones de sus colegas exiliados. Triste resulta que todavía en estos momentos, salvo las excepciones de Reinaldo Arenas y Carlos Víctoria, los aportes de sus más destacados miembros no ocupen el lugar que merecen en la crítica literaria cubana escrita en la isla o en la diáspora.
«…la generación de escritores del Mariel establece un canon sui generis, un canon de escritores marginados, olvidados, silenciados, y entre todos ellos, Martí, la figura tutelar de la nación cubana, tanto desde el punto de vista literario como desde el histórico-político. La inclusión de Martí dentro de este anticanon implicaba la apropiación de la figura que de algún modo constituía el centro de gravedad de la literatura nacional. (…) No más un canon que se constituye a través de la exclusión de ciertas temáticas, obras y autores, sino un canon precisamente para esas temáticas, obras y autores excluidos, expulsados de la literatura nacional. Un anticanon que se apropia, por lo demás, del santo grial de la literatura nacional, retomando (reescribiendo) la figura tutelar de Martí y convirtiéndola también en una figura excéntrica y marginada»20.
Finalmente, como ya muchos estudios literarios consignan, la labor promocional de sus obras que hizo la Generación del Mariel en el mundo cultural cubano en Estados Unidos, y poco después el impacto de los ocho números publicados de la revista entre 1983 y 1985, dieron un vuelco a los temas y las estéticas literarias de los exiliados cubanos que habían llegado antes de 1980, y serían también un anuncio de la amplitud temática y estética que comenzó a enriquecer sucesivamente las letras cubanas de la diáspora con los éxodos de los años 90 y de la primera década del siglo XXI.
Curiosa, pero no extrañamente, la caída del socialismo en los países de Europa del Este provocó, igual que sucedió en la isla, una profunda renovación de las miradas y perspectivas creativas en la literatura de la diáspora. Gran parte de los escritores de las distintas generaciones que habían salido al exilio antes de 1990 comenzarían a escribir influenciados por todos los cambios que ese suceso histórico universal provocó en las ideas intelectuales de la época. Aún más curioso resulta la fusión de perspectivas, y retroalimentación, que se produce con la paulatina irrupción en los escenarios literarios del exilio de escritores cubanos que fueron escapando de la isla, primero lentamente, luego de modo más masivo durante la llamada «Crisis de los Balseros», en 1994, y a partir de entonces en las casi semanales oleadas de inmigrantes que fueron llegando a territorio norteamericano y otros países del mundo, hasta que se produce el último de los grandes éxodos en 2013. Ese año, el gobierno de Raúl Castro eliminó el permiso de salida que impedía a los cubanos viajar libremente fuera del país. Aprovechando esa facilidad, cientos de artistas, escritores e intelectuales emigraron por vías normales hacia naciones de Europa mayormente, o viajaron a países del sur de América Latina donde no necesitaban visado, para luego iniciar un recorrido por tierra a través de sur y centroamérica hasta llegar a Estados Unidos donde fueron acogidos sin problemas gracias a la conocida Ley de Ajuste Cubano21.
Salvo algunas raras excepciones, estos escritores habían sido formados en Cuba, publicado en las editoriales oficiales, ganado premios literarios importantes y obtenido un reconocimiento nacional a través de las instituciones del Proyecto Cultural de la Revolución. Su obra, en esa nueva etapa de sus vidas como exiliados, conformaría una mirada-puente entre las circunstancias político-sociales entre isla y exilio que enriqueció la ya diversa escena temática y estética de la producción literaria de la diáspora, dio nuevos aires al análisis crítico intelectual sobre la cultura revolucionaria y, por extensión, sobre la epopeya social encabezada por Fidel Castro y su hermano Raúl, y propició que una parte importante de las más importantes casas editoriales internacionales se fijaran en la literatura cubana y descubrieran que había otros autores, más allá de los considerados clásicos (Carpentier, Lezama, Piñera, et al.).
Zoé Valdés y Jesús Díaz, emigrada ella a Francia y él a Alemania, se sumarían al fenómeno de promoción internacional de las letras cubanas que hasta ese momento protagonizaban casi en carácter exclusivo Guillermo Cabrera Infante y Reinaldo Arenas. Si Zoé Valdés, exiliada en Francia desde 1995, se convertía en la escritora latinoamericana más vendida por la editorial Planeta, con novelas como La nada cotidiana (1995) y Te di la vida entera (1996), logrando posteriormente una serie de éxitos de venta con otras novelas que no alcanzaron el reconociméxito de la critica especializada, Jesús Díaz, exiliado en España desde 1991 luego de una corta estancia en Alemania, obtuvo el aplauso de la crítica para todas sus novelas. Así, las novelas Las palabras perdidas (1992), La piel y la máscara (1996), Dime algo sobre Cuba (1998), Siberiana (2000) y Las cuatro fugas de Manuel (2001) incluso en la isla son estudiadas como ejemplos de la calidad narrativa que alcanzó este autor en sus libros publicados anteriormente en Cuba.
Otros narradores de esta etapa que han conformado una sólida obra, aún cuando la crítica literaria cubana no los haya estudiado como sí lo han hecho críticos no cubanos, son Félix Luis Viera, Daína Chaviano, Antonio Álvarez Gil, Abilio Estévez y Joel Franz Rosell.
Félix Luis Viera, quien ya desde Cuba había impactado por su original estilo narrativo y poético, suma a su obra desde el exilio en México desde 1995, títulos imprescindibles como las novelas Un ciervo herido22 (2002) y El corazón del rey (2010), o el poemario La patria es una naranja (2010).
Daína Chaviano, una de las protagonistas de la literatura fantástica y de ciencia ficción en Cuba antes de su salida al exilio en Estados Unidos en 1991, ha sido catalogada por la crítica internacional como una de las «Damas del Fantástico»en lengua española, integrando junto a la argentina Angélica Gorodischer y la española Elia Barceló lo que se conoce como «Trinidad de la ciencia ficción en Hispanoamérica», pero fuera de Cuba ha destacado por novelas que no se inscriben en este género, entre las que destacan El hombre, la hembra y el hambre (1998), Gata encerrada (2001) y La isla de los amores infinitos (2006).
Antonio Álvarez Gil, exiliado en Suecia desde 1994, ha construido una de las narrativas más sólidas de la literatura en la diáspora. Luego de haber publicado en la isla un par de libros de cuentos, ha escrito las novelas Las largas horas de la noche (2003), Naufragios (2002), Delirio nórdico (2004, una de las mejores novelas cubanas sobre el trauma del exilio), Concierto para una violinista muerta (2007), Después de Cuba (2009), Perdido en Buenos aires (2010), Callejones de Arbat (2012, considerada la gran novela de la represión cultural en Cuba a partir de la represión estalinista de los años 60), Annika desnuda (2015) y Las señoras de Miramar y otras cubanas de buen ver (2017).
Abilio Estévez, exiliado en España desde el 2000, era junto al cubano Leonardo Padura uno de los autores cubanos elegidos por la prestigiosa editorial Tusquets para mostrar la lietatura cubana a nivel universal. Es un renovador de la narrativa cubana de la isla y la diáspora, además de uno de los nombres que no pueden faltar en la historia de la dramaturgia nacional. Además de su excelente y amplia labor como cuentista, destacan sus aportes a la novela cubana con las visiones de sus libros Tuyo es el reino (1997, única publicada primero en Cuba), Los palacios distantes (2002), Inventario secreto de La Habana (2004), El bailarín ruso de Montecarlo (2010) y Archipiélagos (2015).
Joel Franz Rosell, que ha residido en Francia por períodos desde 1994 y vive a caballo entre París y su natal Santa Clara en Cuba, es sin dudas el más importante escritor de la literatura infantil cubana de la diáspora. En su amplia obra, elogiada por los más importantes críticos del género a nivel internacional y ganadora de los más grandes premios de ese difícil género, destacan las novelas Aventuras de Rosa de los Vientos y Juan Perico el de los Palotes (1996), La tremenda bruja de La Habana Vieja (2001), Mi tesoro te espera en Cuba (2008); La leyenda de Taita Osongo (2006), Exploradores en el lago (2009), Concierto n°7 para violín y brujas (2013) y La Isla de las Alucinaciones (2017).
Citando sólo algunas de las obras que la crítica cubana e internacional ha reconocido en los últimos años por su madurez y estilo propios, pueden mencionarse Historias de Olmo (2001, cuentos) de Rolando Sánches Mejías, residente en España; Chiquita (2008, premio Alfaguara de novela de ese año), de Antonio Orlando Rodríguez, residente en Estados Unidos, uno de los nombres más reconocidos de la literatura infantil cubana en ambas orillas; Informe contra mí mismo (1997, memorias) y Esther en alguna parte (2005, novela), de Eliseo Alberto, quien residió en México hasta su muerte en 2011; las novelas negras El muro (1990), Contracandela (1994) y Mirando espero (1998), de Justo Vasco, exiliado en España desde 1987 hasta su fallecimiento en 2006; La fiesta vigilada (2007, novela) y Villa Marista en plata. Arte, política, nuevas tecnologías (2010, ensayos), de Antonio José Ponte, también desde España; las cuatro novelas de Karla Suárez: Silencios (1999), La viajera (2005, una de las más elogiadas obras sobre la temática del exilio cubano), Habana Año Cero (2011) y El hijo del héroe (2017), publicadas durante su estancia en Roma, París y Lisboa; la singular estética narrativa de Ronaldo Menéndez, radicado primero en Perú y actualmente en España, en su libro de cuentos De modo que esto es la muerte (2002) y sus novelas La piel de inesa (1999), Las bestias (2006), Río Quibú (2008) y La casa y la isla (2016); Del otro lado y Novelita rosa (ambas de 1997, novelas), de Yanitzia Canetti; Livadia (1998), de José Manuel Prieto; Muerte de un murciano en La Habana (2006), de Teresa Dovalpage y, aunque es estudiada como una de las más excepcionales poetas cubanas de la diáspora, la novela Espejo de tres cuerpos (2009), sin dudas una de las grandes obras de la literatura de tema lésbico en toda la historia de las letras cubanas.
También hay que destacar la estancia en el exilio a partir de los años 90s de otros grandes de la poesía cubana como Eliseo Diego, quien falleció en 1994, al año de haberse establecido en México, que no interrumpió su labor literaria en ese breve período de tiempo, o Manuel Díaz Martínez, un clásico vivo del género, quien desde 1992 en que se exilió en Islas Canarias, ha publicado numerosos títulos, entre ellos los poemarios Memorias para el invierno (1994) y Paso a nivel (2005), además del libro de memorias Sólo un breve rasguño en la solapa (2002).
Finalmente, además de las amplísimas contribuciones al ensayo histórico-social y filósófico, que se ha circunscrito básicamente al análisis de la problemática social cubana en estas casi seis décadas de Revolución, el ensayo literario ha tenido también un desarrollo excepcional entre los escritores de la diáspora. En este caso, más que libros, es válido mencionar el conjunto de la obra ensayística de autores encabezados por Roberto González Echevarría, profesor de la Universidad de Yale, único cubano que ha tenido el privilegio de recibir la Medalla Nacional de las Humanidades que otorga la presidencia de Estados Unidos a las más prestigiosas figuras de las artes y las letras en América Latina y sobre quien incluso el mítico Harold Bloom escribió que es el “mejor crítico de literaturas hispánicas, peninsular e hispanoamericana, vivo hoy.” A ese listado de grandes ensayistas se suman las aportaciones de Rafael Rojas, Eliana Rivero, Iván de la Nuez, Isabel Álvarez Borland, Antonio José Ponte, Yvette Fuentes, Carlos Espinosa Domínguez, Pío E. Serrano, Madeline Cámara, José Quiroga, Uva de Aragón (quien también destaca por su novela Memoria del silencio, sobre el tema de la emigración), Sergio Andricaís (básicamente en sus estudios sobre la literatura infantil y juvenil cubana en la isla y el exilio), y Gustavo Pérez Firmat, entre otros.
Hay, como se ve, infinitas posibilidades de elección, incluso hasta para el más selecto y elitista de los gustos; todas ellas conduciendo a una certeza que se aparta de cualquier parcelación cultural por razones ideológicas o de otra índole: la literatura cubana de la diáspora posee un amplísimo catálogo de obras, tan importantes y representativas como las escritas por aquellos autores que aún siguen en la isla.