Me enteré por casualidad que en YouTube había un programa de la Universidad de Guadalajara titulado “Café Chejov”. El programa está dedicado –como se puede intuir– al género del cuento, aunque en muchas ocasiones se discuten temas colaterales que se refieren más a los escritores como lectores o a ciertas tendencias literarias. El académico Antonio Marquet, a quien quiero mucho y cuyas opiniones respeto de manera particular, opina que el programa es bastante aburrido. Yo, un nerd sobre todo cuando el tema es literatura, pienso que no lo es tanto. Su principal problema es que la estructura es un tanto rígida. No solamente tiene las mismas secciones –presentación del autor, definición de cuento, eventuales preguntas derivadas de las primeras intervenciones del entrevistado y tres recomendaciones de cuentos–, sino que las transiciones se vuelven rutina a pesar de ser unos muy agradables animados musicalizados. Pero “Café Chejov”, en sus cuatro temporadas y cincuenta y dos episodios, nos da algo que no se puede perder: un panorama muy completo del cuento contemporáneo en español, principalmente el producido en América Latina. Una de sus enormes virtudes es la atención que le brinda a autores jóvenes como Mariana Enríquez, Samantha Schweblin, Guadalupe Nettel o Liliana Colanzi. También resulta notable el contraste (tal vez sin querer) entre los dos países que lideran la producción cuentística en español: México y Argentina, donde el primer país tiende sobre todo a una literatura realista y el segundo a lo fantástico. España está en un muy distante tercer lugar, tanto en términos de quienes participan en el programa como en cuanto a influencias o preferencias de lectura de los invitados. Otros países de América Latina aparecen marginalmente –pienso en Chile con Alejandra Costamagna y Andrea Jeftanovic, o Bolivia con Liliana Colanzi y Magela Baudoin–, o están completamente ausentes, como el Caribe o América Central –la excepción sería Sergio Ramírez–.
Al ver el programa uno se encuentra con múltiples definiciones de lo que es un cuento, desde aquellas que son precisas y claras hasta las muy metafóricas que, a fin de cuentas, dicen muy poco sobre el tema. También es posible conocer las influencias y preferencias de autores de varias generaciones. Algunos de esos modelos se repiten con cierta regularidad, como Juan Rulfo, Jorge Luis Borges, Julio Cortázar o Anton Chejov. También hay áreas de influencia que me parecen llamativas, como las autoras del Sur de los Estados Unidos, particularmente Flannery O’Connor, o la región del Río de La Plata como el lugar de origen de la fantástico en el Cono Sur. En las nuevas generaciones aparecen algunos nombres que no dejan de sorprender. Pienso, por ejemplo en Shirley Jackson, Etgar Keret y, sobre todo, Stephen King.
Me he puesto a pensar cuáles cuentos recomendaría yo. Uno de ellos sería “Catedral”, de Raymond Carver (en “Café Chejov solamente hay una mención a Carver y, por extensión, a los representantes del realismo sucio norteamericano) o quizás “Tres rosas amarillas” – “Errands” es el título original–, que trata sobre la muerte de Chejov. Recomendaría también uno del talentoso escritor guatemalteco Francisco Alejandro Méndez, “Morgan”, tan divertido y a la vez devastador. De Costa Rica pensaría en “Ondina”, de Carmen Naranjo. Y para cerrar un clásico: “Il Conde”, de Joseph Conrad.
