La piel de Malaparte

Armando de Armas

Ahora que en enero pasado celebramos el 122 aniversario del nacimiento de Curzio Malaparte, recuerdo que leí su proverbial novela La piel, 1949, refugiado confortablemente en casa del poeta Denis Fortun Bouza allá en Nuevo Vedado, en La Habana, y no puedo olvidar mi asombro al constatar la similitud de la miseria en el eficaz fresco de la Italia invadida por las tropas norteamericanas durante la Segunda Guerra Mundial, con la miseria de la isla no invadida por nadie a finales de los años ochenta.

Recuerdo especialmente un episodio en el que Malaparte narra cómo unos soldados negros norteamericanos son vendidos de una familia a otra, sin que los negros sospecharan siquiera que estaban siendo vendidos, al precio de unos paquetes de café, de unas latas de leche condensada y otros productos de primera necesidad o, inclusive, a cambio de cajetillas de cigarrillos y botellas de Whiskey con que pasar la pesadilla de la guerra.

Las no santas transacciones sucedían, según Malaparte, de la siguiente manera: la afortunada familia italiana que lograba liar a una de sus hijas- casi siempre la más joven y bella- con uno de aquellos soldados desesperados por la entrepierna, lograba así llenar sus estragados estómagos y vacías despensas a costa del dadivoso invasor erotizado y, una vez abastecida la familia hasta la saciedad y la suciedad, se iba tan campante con su soldado a casa de otra familia en el vecindario, con la que previamente había pactado el trueque, y tras emborracharlo como una cuba, dejaba al guerrero gringo en brazos de una de las hijas de la nueva afortunada familia -casi siempre la más joven y bella-, de manera que un negro norteamericano podía ser vendido hasta cuatro veces en un mes en una suerte de dulce esclavitud; esclavizados ahora por quienes ellos habían venido a liberar, ¡a sangre y fuego hay que decir!, del socialismo de Mussolini.

En Cuba, al menos por aquel tiempo en que a la lectura de Malaparte me entregaba, sucedía otro tanto y un extranjero -yuma o pepe como les decíamos- podía cambiar de dueño, manejador o manejadora, varias veces en un mes sin siquiera sospechar que era objeto de tráfago tan estrafalario; esclavizado por quienes había venido a esclavizar, que no a liberar como en el caso del soldado negro norteamericano.

Vaya que el jineterismo italiano se adelantó al cubano en varias décadas, con la diferencia de que mientras los italianos jineteaban a los norteamericanos, los cubanos jinetean a italianos y norteamericanos o a cualquiera que arribase de allende los mares más o menos forrado en dólares, y si los italianos jineteaban en un período especial en tiempos de guerra, los cubanos jinetean en un período especial en tiempos de paz.

Y es que Curzio Malaparte, cuyo verdadero  nombre era Kurt Erich Suckert –lo de Malaparte es sólo un seudónimo que utilizó desde 1925 y que significa literalmente de mal lugar y es además un juego de palabras con Bonaparte, en referencia a Napoleón Bonaparte-, nacido en Prato en1898 y muerto en Roma en1957, periodista, narrador, soldado, dramaturgo y diplomático, tuvo una vida lo suficientemente accidentada y alerta como para poder narrar el sortilegio, sacrilegio, del héroe que artillado hasta los dientes pasa mansamente de dueño en dueño, mejor, de dueña en dueña, o mejor aún, de entrepierna en entrepierna, inmerso en la inocencia, sueño del justo vencedor; como para poder narrar no la guerra en sí sino las secuelas de la guerra; las máculas de su miseria no ya físicas sino espirituales. No la muerte rápida de los rebeldes sino la muerte lenta de los sumisos. Capaz de retratar con eficacia sin par la triunfante inocencia norteamericana frente al fondo de la experiencia europea de destrucción y hundimiento moral.

El padre de Malaparte era alemán y la madre lombarda, pero desde su más temprana infancia estuvo separado de su familia y al cuidado de unos pobres campesinos toscanos. Así, sucede que estudiando aún en la secundaria en Prato, justo el 2 de agosto de 1914, se fuga de su familia adoptiva y se salta la frontera para alistarse en el Ejército francés y pasar toda la Primera Guerra Mundial en la Legión Extranjera y posteriormente en el 408.º regimiento de infantería.

Condecorado por méritos de guerra, en 1918, queda inútil para el servicio militar por efecto de los gases venenosos y comienza así su carrera diplomática, por lo que participa en la Conferencia de la Paz en Versalles y forma parte posteriormente de la legación italiana en Polonia pero, en 1921, regresa a Italia y fascinado con la fuerte figura de Mussolini, se adscribe al partido fascista en 1922.

Malaparte publica su primera obra, La revuelta de los santos malditos, en 1921, y posteriormente deja de nombrase Kurt Erich Suckert para ostentar el Malaparte; seudónimo con el que pasaría a la posteridad. Aseguran que Benito Mussolini le preguntó por qué había escogido ese nombre tan funesto y que el aventurero y escritor le contestó sin más: Napoleón se llamaba Bonaparte y terminó mal, yo me llamo Malaparte y terminaré bien.

Después durante algún tiempo Malaparte sirvió como delegado del fascismo en el extranjero, pero debido a su carácter díscolo e independiente -nada que ver con disidencia ideológica- no demoró mucho en dimitir, pero continuó siendo uno de los intelectuales más brillantes del movimiento de los socialistas acaudillados por el Duce; de modo que después como director del semanario fascista La Conquista dello Stato, publica ensayos de sustancia y títulos virulentos: Las bodas de los eunucos,1922, Italia contra Europa, 1923, La Italia bárbara, 1925; ensayos en los que expone un nietzcheísmo político sustentado esencialmente en el enfrentamiento entre la plebe italiana que no quiere sufrir y el superhombre, estilo Mussolini, que forzosamente debía devenir dictador si pretendía llevar al país al desempeño de un destellante destino histórico.

Director de las célebres ediciones de La Voce, frecuentemente entraba en diferencias con los dirigentes fascistas pero, tras el pacto de Letrán en 1929, va directamente contra Mussolini en un panfleto aparecido en una publicación genovesa, titulado nada menos que Don Camaleón, por lo que las autoridades prohibieron su publicación y el Duce decidió alejar a Malaparte de Roma y confiarle entonces la dirección del gran diario turinés La Stampa. Y, bueno, ya que al inicio comparábamos el jineterismo italiano con el jineterismo insular, qué tal una pregunta que enfrente las diferencias, digamos, entre el socialismo italiano y el socialismo insular, mejor, entre el dictador socialista italiano y el dictador socialista insular; pues ahí va: ¿Se imaginan lo que hubiese pasado al pobre Abel Prieto de haber tenido las improbables agallas de publicar un panfleto que, aparecido en una publicación pinareña, fuera directamente contra Fidel Castro bajo el apropiado título de Don Camaleón? ¿Se imaginan, a qué no se imaginan?

Luego el aventurero autor viaja por Europa, África y Asia y, en enero de 1931, abandona escandalosamente el partido fascista y se va París, donde publica en francés dos de sus obras capitales,  Técnica del golpe de estado, 1931, y Le Bonhomme Lénine, 1932, que le darían fama y fortuna.

Se encontraba en Londres cuando Mussolini, en 1933, le manda a regresar a Italia y, nada más bajarse del tren, es arrestado por manifestaciones antifascistas en el extranjero y condenado a cinco años de prisión en las islas Lipari donde por cierto escribe, y publica, como si estuviese en libertad.

Tras salir de su confinamiento Malaparte se establece en Roma bajo vigilancia de la policía política y es brevemente detenido durante la visita de Hitler a Roma, en 1938, pero en 1939 funda la revista de oposición Prospettive, en la que publica textos de antifascistas de la nombradía de Moravia mas, al estallar la Segunda Guerra Mundial, Mussolini lo nombra nada menos que corresponsal de guerra como agregado a las fuerzas militares.

Posteriormente va al frente y hace la campaña de Grecia a bordo de un avión de bombardeo y, en 1941, se reintegra a sus funciones de corresponsal de guerra y parte al frente de Rusia, con las tropas italianas del general Messe pero sucede que sus artículos desfavorables a la Alemania nazi originaron su expulsión del frente ucraniano a fines de 1941.

Luego su permanencia en la Europa del Este ocupada por los alemanes y su trato con jefes nazis, incluyendo a Himmler, le dan la materia prima para el más famoso de sus libros, Kaputt, 1944, donde se lee: “Cuando los alemanes se asustan, cuando ese misterioso miedo alemán comienza a moverse lentamente bajo sus huesos, siempre despiertan especial horror y compasión. Su apariencia es miserable, su crueldad es triste, su coraje silencioso y desesperado”.

Al poco tiempo, a la caída de Mussolini, cambia de bando y pasa a la parte de Italia dominada por los aliados y lucha entonces hasta el advenimiento de la paz con los resistentes de la División Potente y, tras la victoria de los aliados, en 1956, manifiesta sus simpatías por los regímenes comunistas, especialmente por el de China, mostrando que, en la práctica, a un militante fascista no le resulta difícil transitar a esa otra ideología, aparentemente opuesta, que es el comunismo, socialismos al fin, nacionalista el uno, internacionalista el otro. Paradoja de un hombre, Maparte, que   pareciendo amar la libertad como nadie en el mundo, termina militando en los dos bandos más antilibertarios de todos los paridos por la modernidad racionalista que campeó a lo largo del pasado siglo por los desesperados predios de este mundo.

Y tanta fue la repentina simpatía del aventurero autor italiano hacía la satrapía de los comunistas que, cosas veredes, donó su mansión, una verdadera joya arquitectónica, palacio erigido sobre una roca frente al mar en la isla de Capri, nada menos que a la despiadada dictadura de la República Popular China.

El palacio, construido en 1937 cuando Malaparte medraba aún a costa de los fascistas, se ubica en uno de los más bellos parajes del mundo, en la punta de un acantilado de vértigo que da sobre un Mediterráneo que se manifiesta en destellos de azul añil. En cuanto a la problemática de su construcción, sabemos que Malaparte rechaza el esquema inicial por considerarlo racionalista y lineal, comparándolo con un bunker o una prisión, además de lejano, asegura, al libertario espíritu mediterráneo. Finalmente el arquitecto y el escritor discuten por el estilo que se imprimirá a la obra y, al no poder ponerse de acuerdo, es el mismisímo Malaparte quien, con ayuda de albañiles locales, dirige y termina el alucinante proyecto. Curioso que, tan celoso del estilo libertario de la mansión, acabara por donarla a uno de los regímenes más represivos y sanguinarios no ya del Asia sino del mundo. Imaginen por un momento a los comisarios chinos, sonriendo socarrones, ante la perversa posibilidad de transmutar la mansión frente al mar en un amansadero de díscolos y disidentes.

Quizá sea difícil emitir ahora un juicio sobre Malaparte, pero no parecería aventurado afirmar que el fascista devenido comunista ha sido uno de los más vigorosos temperamentos literarios de la modernidad y que, obras como Kaputt y La Piel, quedarán sin dudas como decisivos testimonios de la tragedia de la decadencia europea que desemboca en el matadero de la Segunda Guerra Mundial.

En La Piel narra una escena memorable, devastadora y memorable, donde las víctimas de las bombas de napalm, enterradas en la arena hasta el cuello, son alimentadas cada día al atardecer por sus fieles familiares. Las víctimas sólo permanecerán con vida siempre que permanezcan enterradas pues el napalm -esa maravilla de la modernidad racionalista- actúa de manera que al primer contacto de la piel con el aire arderán de nuevo sus cuerpos, flamearán irremisiblemente cual encendidas banderas al viento, así, más terrible aún que la muerte, las víctimas descritas por el escritor estarían condenadas a ser bocas abiertas a ras de la arena en procura del alimento, a disputar las migajas de pan a las gaviotas, a gravitar eternamente sobre las conciencias y la economía de sus familiares; seres atrapados, entrampados en sus dramáticas circunstancias como remedos, reminiscencias, multiplicación de las mismas dramáticas circunstancias en que permaneció atrapada, entrampada sin remisión el alma atormentada de un hombre llamado Curzio Malaparte.

Del Autor

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Armando de Armas
(Cuba, 1958). Escritor y activista político cubano. Es licenciado en Filología por la Universidad Central de Las Villas. En los años noventa formó parte del movimiento de derechos humanos y de cultura independiente que se manifestaba dentro de la isla. En 1994 logró escapar de Cuba con un grupo de amigos en un barco, recibiendo posteriormente asilo político en Estados Unidos. En 1997 fundó, junto a los escritores Ángel Cuadra, Indaniro Restano, Octavio Costa y Reinaldo Bragado Bretaña, el capítulo del PEN Club de Escritores Cubanos en el Exilio, del cual es vicepresidente. De Armas escribe además para la página Radio y Televisión Martí, donde conduce la sección de Arte y Cultura. Es autor de las novelas La tabla (2008) y Caballeros en el Tiempo (2013). Escribió varios libros de ensayos como Mitos del antiexilio, (2007) y Los naipes en el espejo (2011). Entre sus colecciones de relatos se encuentran Mala jugada (1996, 2012) y Carga de la Caballería (2006). Sus cuentos, artículos y ensayos han aparecido en numerosas antologías y han sido traducidos a diversos idiomas en el mundo. Colabora frecuentemente con revistas literarias y culturales de Alemania, España y Estados Unidos.