El otro día, en el camino entre la ciudad soñada de Santa María y el pueblo mítico de Comala, me salió al paso el coronel Aureliano Buendía. Lo vi algo renqueante, la verdad, pero seguía con las luces en la cara. Oí que me decía: “¿Vienes conmigo a conocer el hielo?”. Quise reírme y le respondí con otra pregunta: “¿Cuántas veces hemos ido ya?”. El coronel se echó a reír quedito y soltó de golpe todo su convencimiento: “Macondo nunca se acaba”.
Son tres los territorios del vivir y del soñar con los que el uruguayo Juan Carlos Onetti, el mexicano Juan Rulfo y el colombiano Gabriel García Márquez logran revitalizar y llevar a lo más alto la literatura narrativa del siglo XX en lengua española. Estamos hablando de Santa María, el territorio creado en La vida breve (1950), novela con la que Onetti inicia el ciclo de varias obras; en segundo lugar, aparece Pedro Páramo (1955), la novela en la que Rulfo crea el mundo de Comala; y en tercer lugar, García Márquez inventa la geografía mítica de Macondo en Cien años de soledad (1967), novela de la que se han vendido más de 30 millones de ejemplares en los cerca de 40 idiomas a los que ha sido traducida.
Estos tres mundos narrativos que desarrollan los tres ejemplos más originales, revolucionarios e influyentes del llamado “realismo mágico”, o de “lo real maravilloso” como prefiere denominar Alejo Carpentier, nacen a orillas del río Mississippi y se van extendiendo por la narrativa hispanoamericana a mediados del siglo pasado. Al oírmelo decir, el coronel se paró, me miró con fijeza y exclamó: “¡Así es, todos nacimos en el condado de Yoknapatawpha, hijos del mayor creador de vidas y sueños, William Faulkner!”. Asentí con la cabeza y añadí: “Muy famoso por el empleo de técnicas literarias innovadoras, como el monólogo interior, la inclusión de varios narradores o puntos de vista y los saltos en el tiempo dentro de la narración”.
Llegó, pues, el momento de hacer un resumen de los puntos más destacados de la técnica narrativa que encontramos en las tres novelas señaladas. Pero el coronel levantó la mano como queriendo impedírmelo. Le dije que bueno, que hiciera lo que él prefiriese. Y entonces, recitando muy despacio, puso en mi oído el siguiente fragmento: “En La vida breve es fácil dibujar un mapa del lugar y un plano de Santa María, pero hay que poner una luz especial en cada casa de negocio, en cada zaguán y en cada esquina; hay que dar una forma a las nubes bajas que derivan sobre el campanario de la iglesia y las azoteas con balaustradas cremas y rosas; hay que repartir mobiliarios disgustantes, hay que aceptar lo que se odia; hay que acarrear gente, de no se sabe dónde, para que habiten, ensucien, conmuevan, sean felices y malgasten; y, en el juego, tengo que darles cuerpos, necesidades de amor y dinero, ambiciones disímiles y coincidentes, una fe nunca examinada en la inmortalidad y en el merecimiento de la inmortalidad; tengo que darles capacidad de olvido, entrañas y rostros inconfundibles; ya sabes, amigo, que el pesimismo de Onetti era devastador; jamás pudo aplacar la soledad, el desamparo cósmico del hombre, ni en Montevideo ni en Madrid; y eso que se había casado cuatro veces, fíjate tú”.
Ya no tuve más remedio que meterme con él. Y le dije: “Mi coronel, vamos a contar mentiras”. Contestó mirándome con su mirada penetrante: “Ah, me importa un pito, allá tú. En todo caso, no olvides que tengo el inmenso honor de ser la primera persona que nació en Macondo. Y luego disfruté de una vida intensísima. Participé en 32 guerras civiles contra el gobierno conservador y las perdí todas. Conseguí un tratado de paz que me permitió vivir de mi oficio: fabricar pescaditos de oro. Tuve 17 hijos con 17 mujeres distintas. A ver quién puede decir lo mismo”. “Sí, pero no se enamoró de ninguna”, le dije de pronto, “y jamás se curó de su dolor más grande: la incapacidad de amar; es el más profundo ejemplo de soledad en Macondo”. Se quedó callado, como ensimismado.
Borges escribió que Pedro Páramo es una de las mejores novelas de las literaturas de lengua hispánica, y aun de toda la literatura. Al oírme hablar de Rulfo, el coronel me interrumpió para introducir su palabra sobre lo que Gabo contó una vez y él oyó detrás de la puerta: “Álvaro Mutis subió a grandes zancadas los siete pisos de mi casa con un paquete de libros, separó del montón el más pequeño y corto y me dijo muerto de risa: ¡Lea esa vaina, carajo, para que aprenda! Era Pedro Páramo. Aquella noche no pude dormir mientras no terminé la segunda lectura. Nunca, desde la noche tremenda en que leí la Metamorfosis de Kafka en una lúgubre pensión de estudiantes de Bogotá, casi diez años atrás, había sufrido una conmoción semejante”.
Le agradecí al coronel su ayuda.
