Lidia Señarís (La Habana, 1966). Periodista, editora, diseñadora gráfica editorial y consultora en comunicación, oficios que ha ejercido en Cuba, México, Estados Unidos, Chile y, por último, en España, tierra de sus abuelos, donde reside desde 2001, año en que ganó el Premio Internacional de Poesía Julio Tovar, por su cuaderno Sin isla, publicado en Santa Cruz de Tenerife en 2002.
Fundadora y directora de la agencia LScomunicación, con sede en Madrid y colaboradores en los sitios más recónditos, ha publicado en España en las dos últimas décadas numerosos libros sobre el universo de la Comunicación, los Derechos Humanos y la deslegitimación social del terrorismo, tres de sus particulares obsesiones, junto con la divulgación científica. Es también editora jefa de las revistas españolas Andalupaz (desde 2007) y Construyendo Sociedad (desde 2016).
Colabora, además, con diversas colecciones de no ficción de la prestigiosa editorial Anaya, como correctora de estilo y traductora. Pero cuando el periodismo y la prosa no le bastan, la poesía es su último refugio, la mejor calle —con mar o sin mar— desde la que atisbar el mundo.
–***–
El sueño de la razón
El sueño de la razón
produce monstruos;
no lo supimos por internet sino por Goya,
por sus lienzos colgados de los siglos,
irónicamente lúcidos,
desgarrados,
exactamente como nosotros
en esa estación sin equipajes
un poco más allá de la utopía.
En esa estación ausente de certezas
volvíamos a ser la isla a la deriva,
el naufragio
de dónde está mi tabla
y sálvese el que pueda.
Los creadores del amanecer
eran ya sepultureros a la noche,
ebrios de tener la razón a toda costa,
y no cualquier razón,
sino la razón única.
Y así, de repente,
sin que lo registrase ningún censo,
teníamos demografía de monstruos para repartir.
Según nos prometieron,
el porvenir sería luminoso.
Entonces desfilamos
con el orgullo del deber cumplido
(así se decía entonces).
También desfilaron los años con sus décadas.
La vida se nos fue llenando de pasados.
Y el día llegó en que murmuramos,
avergonzados de nuestra debilidad
de hueso y carne,
con los herejes dientes apretados,
la pregunta inevitable.
No puede ser traidora una pregunta simple,
o dos, incluso.
Indagar, por ejemplo,
como si se tratara de una casa o de un cine:
─¿Dónde está el porvenir?
─¿Alguien sabe por fin dónde quedaba?
–***–
Era…
«Un pueblo se hace y se deshace
dejando los testimonios».
Virgilio Piñera.
Yo era una pionera
con pañoleta de algodón al cuello
que entonces parecía de seda.
Era una buena niña
que hacía sin falta sus deberes,
echaba flores a Camilo,
le decía al Ché
que sin ninguna duda
los pioneros por el comunismo
seríamos como él.
Yo era tierna,
como esos espárragos
que se perdieron para siempre del mercado,
como las manzanas
que sólo conocí en libros de cuentos.
Hecha de sueños era,
como aquellos manjares exquisitos
de las descargas nostálgicas de abuelo
cuando le daba por recordar
que «antes» había esto y lo otro…
Ingenua era,
¡cómo ocultarlo!
No conocí los bajos fondos
que acechaban los pies del hombre nuevo,
y hasta mi asma
me inspiraba
un cierto orgullo guevariano.
Pensaba
que era una gota más en el torrente
de la dialéctica tropical que nos creíamos
y que el famoso mundo nuevo y justo
nosotros de verdad lo estábamos forjando.
(Nótese que los verbos
eran entonces un poco metalúrgicos).
Disciplinada yo leía al gran Vladimir
y a Marx,
quien tanto amargó a Engels,
y me repetía encantada
que el proletariado sería siempre bondadoso
y desinteresadamente justo,
vaya, digamos que divino.
Era feliz
con mi único jeans agonizante
capaz de ir solo
a la universidad o al cine.
Sudando hasta el desmayo
le arrancaba calabazas a las piedras,
fustigaba malas hierbas que morían
casi al mismo tiempo que mis manos.
Soltaba chorros de energía,
como una locomotora de película,
en cada trabajo voluntario de domingo.
(El poder calórico del chícharo,
ese pellejudo hijastro del guisante,
merece muy bien un monumento).
En fin,
para decirlo breve:
Era feliz, podría jurarlo.
No me sentía tornillo…
todavía.
–***–
A mi hermano menor
«Sintiendo cómo el agua lo rodea por todas partes,
Más abajo, más abajo y el mar picando en sus espaldas».
Virgilio Piñera.
Perseguías tu Ítaca con nombre de Miami.
Ellos dicen ahora
que sólo eras
otro trasnochado buscador de oro,
engañado por coplas de argonautas cercanos
Pero no me lo creo.
Yo sé que perseguías
el horizonte abolido de tu isla
abandonar
el círculo de los desventurados colectivos
condenados
a decretos, discursos, picadillo de soja
y dementes uniformes mentales.
O quizás tan sólo reclamabas tu derecho
a esa humana incertidumbre
que nos hace tercos sutilmente únicos.
No podría decir cuál era tu Dorado
─si lo había─
Sólo sé cuál no era.
De todos modos,
qué puede importar a estas alturas,
si no verás ya las luces de la ciudad prometida.
Y heme aquí,
sin máquina del tiempo para cambiar la historia,
imaginando tus ojos sonrientes,
─habitados de asombro y de salitre─
cerrarse entre las olas en el último instante.
Tu cuerpo pleno, joven,
borrado a dentelladas de oscuros tiburones,
alimentando el mar que tanto amamos.
Alguno que otro día
no encuentro absolución ni sueño:
me duelen tus pulmones anegados
la noche en que no te salvé.
Que nadie me consuele ni me entienda,
que todos acallen sus diatribas
y sus golpes masculinos de pecho:
sin pan me como la culpa que me toca.
–***–
Un día de febrero
Veinte años después
aún existe
un día exacto de febrero
brevemente detenido en el clamor de las urgencias
para agradecerle
a dioses, trasgus y el resto de la fauna
el simple hecho
de tu presencia
en los inciertos túneles del mundo.
Tantos días ya, tantos y tan pocos
que en su confusión se pierden y reencuentran
en el húmedo bosque del recuerdo.
Tantos presentes
con sus tercos pasados incambiables
en calles que sí tenían
demasiado o absolutamente ningún mar.
Quizás a eso se reduzca todo:
Verte vivir
un día y otro,
aún sombrero en mano
libre de las posesiones que nunca te pedí
inmune al qué dirán y al cómo
urdiendo sabores y acertijos
con tu anacoreto verbo de chef y justiciero.
Porque a esta escuálida mujer
que era yo
antes de rebosar las puertas del espejo,
a esta Mesalina tropical
acusada de perseguir tus bolsillos vacíos
(que ellos creían llenos),
le bastan simplemente tus ojos
entre el desorden del sofá y los libros
para que el mundo
—con todo su egoísmo—
se borre en un instante.
Porque nuestro planeta particular
sin nombre
es este mínimo refugio
construido lejos del mar de mis lamentos
contra marea y viento
con piedras que le arrebatamos
al barro de los días,
al amargo salitre,
al orbayu del norte y al seco polvo del sur,
para decirnos
sin mover un milímetro los labios
una y otra vez
entre el frío y la gente:
—Aquí, amor, aquí están mis manos.
