Giuseppe Gatti Riccardi se ha doctorado en Literatura española e hispanoamericana por la Universidad de Salamanca (2011), desarrollando su actividad de investigación en Montevideo y Buenos Aires gracias a una beca concedida por el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte del Gobierno de España. Al regresar del Río de la Plata ha residido en Barcelona y en Roma. Es actualmente profesor de literatura española en la Universidad Guglielmo Marconi de Roma y de literatura hispanoamericana en la Universidad de Vest de Timişoara, en Rumanía. En 2020 ha publicado la novela La jaula de zinc.
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Constantino
Tenía razón el cura.
Cuando la estatua de la Virgen llora hay que saber que su llanto es por el dolor del mundo. Y hay que saber que, si llora, hay que estar tendidos en el suelo y después levantar la mirada hacia sus mejillas de yeso manchadas de sangre.
Y en lo que dure el llanto no hay que pronunciar palabras ni emprender negocios.
Aunque dure semanas.
Yo se lo decía a los chicos, que en esos días sólo deberían haber estado escuchando el sonido de la campana de la iglesia.
También la Mirela les decía que cuando la Virgen llora sangre hay que dejar todas las demás tareas y ponerse a rezar y tenderse en el piso y esperar, entre sollozos, que las lágrimas de sangre de la Mujer sin Mancha dejen de brotar de sus ojos.
Y sin embargo los chicos no nos hicieron caso y compraron las vacas y las cabras y los burros y las ovejas y empezaron el negocio justo en esa semana de lágrimas derramadas. Justo en las fechas de la quema de pastizales, cuando el aire se llena de partículas de cenizas que sobrevuelan el pueblo. Tiene razón la Mirela cuando dice que esas cenizas se adhieren a los cuerpos como pequeños escarabajos.
La Mirela tiene razón: ahora estamos aquí, lejos de ellos y de nuestra tierra, y hay que trabajar para ellos y pagar y seguir pagando, y vivir para ayudar a los chicos con su deuda.
Y sólo yo sé lo grande que es el edificio que tengo que limpiar: el patio, las escaleras, dos ascensores, esos corredores infinitos, todo el día limpiando, sacando el polvo de los rincones. Cada mañana ayudar a la vieja gorda del segundo piso, cuando sale del ascensor con su silla de ruedas chirriante.
Y el polvo no se acaban nunca. Y ahora que empieza el verano y la puerta de la calle va estar abierta casi todo el día, entran hojas y más polvo, y la mugre se acumula. La semana pasada tuve que perseguir a unos lagartos por la escalera.
Y sin embargo los chicos nos llamaban y nos decían que nunca era suficiente, que el fracaso no había sido por culpa de su falta de respeto por las lágrimas de la Virgen.
Nos decían que el mercado había cambiado de repente, y que había sido culpa también de la enfermedad de los animales.
Y nos han dicho que la Virgen, allá en el caserío, ya ha dejado de llorar y, sin embargo, el pueblo sigue hundido. Justo ayer hablaron con la Mirela: le han contado que el sonido de las campanas de la iglesia parece que no se acaba nunca pero ya no hay nadie en la iglesia tendido en el suelo, sollozando.
Los chicos necesitan más, insiste la Mirela, y aquí estoy, de las seis de la tarde hasta la una de la madrugada respirando a diario los gases que las válvulas de escape de los autos – dragones enfermos – escupen cada tarde y cada noche.
El polvo del garaje es distinto al del edificio. El suelo oscuro, casi negro, disfraza la suciedad como en las paredes de un pozo negro. Las farolas amarillas –y no blancas como en la calle de arriba– son incapaces de iluminar los rincones más ocultos: creo que hay allí alguna madriguera de roedores. Su ruido, de noche, se adhiere a los techos de los autos.
Cada vez que un cliente entra para buscar su vehículo esas farolas blandas dibujan en el piso y en las paredes sombras alargadas que se mueven lentamente al compás de su propio taconeo.
El olor a subsuelo es agrio. Sabe a encierro, a ese hedor a abandono que se desprende al abrir baúles largo tiempo olvidados.
La Mirela viene a las nueve, todas las noches baja a este antro sin ogros, abre su bolsa amarilla de plástico, desenvuelve sus paquetes pegajosos y pone la tortilla de papas en la pequeña mesa de campo que me he traído a este cubículo en el que paso mis horas.
Antes, comíamos apoyando nuestras pocas viandas encima de una vieja impresora que nunca vi funcionar.
A través de los vidrios de mi cuartucho observo las columnas del garaje, un torbellino de rayas grises y blancas, y hundo mi mirada en las carrocerías lustrosas de los silenciosos huéspedes inanimados de este sótano.
Un sonido agudo y desafinado, parecido al de los antiguos teléfonos que se usaban en mi país, es la señal que la foto-célula de la entrada emite para avisar que un auto está bajando por la rampa.
Los autos vienen con su carga de polvo, con la memoria del ruido de arriba y escupiendo un humo oscuro que invade el espacio durante unos minutos. Se pega a los tabiques y a mis pulmones con la vehemencia de un narcótico apestoso.
Por unos segundos me mareo. Me siento en el banquito de madera pegado a una de las columnas y observo las figuras que el desprenderse del yeso de la pared ha dibujado en el muro. Hoy creo que es una oveja de tres patas lo que veo.
Es necesario, afirma la Mirela, que tengamos cada uno al menos dos trabajos: los chicos necesitan nuestra ayuda. Ella limpia casas, apartamentos. La señora Aquipuca fue una de las primeras en ofrecerle trabajo. Esa mujer de mediana edad y ceño eternamente fruncido es la dueña de un restaurante de lujo que cada noche, en sus enormes mesadas de la entrada, exhibe descomunales cabezas de atunes, langostas gigantes que descansan en acuarios acristalados desconociendo su inminente agonía y pulpos de tentáculos negros.
La señora Aquipuca los lunes le da a la Mirela la comida que ha sobrado del fin de semana.
Yo le contesto que sí, que los chicos nos necesitan y lo confirmo sin hablar, con un ligero movimiento de la cabeza, bajando la mirada hacia la inmundicia del piso.
Paso horas sin ver la luz del cielo y sé que la tristeza nos hace más viejos. Sé que la Mirela y yo somos más viejos que nuestros antiguos compañeros de juegos de hace tantas décadas. Porque los hijos de ellos en esa semana en que la Virgen lloró sangre se tendieron en el suelo y no emprendieron tarea alguna y allí, tirados al piso sin moverse, sólo estuvieron esperando a que la Virgen dejara de mojar sus propias mejillas con la sangre de su aflicción.
Y los hijos de nuestros viejos amigos no compraron ni vacas ni burros ni ovejas y para ellos no vino la enfermedad de los animales y ahora no tienen deudas.
Y si los hijos de nuestros hijos ahora nacen ya viejos es porque son pobres. Cuando todavía se encuentran en el útero de su mamá, a través de la piel delgada de la barriga se ven obligados a escuchar las preocupaciones de sus padres.
Acá, insiste la Mirela, en este país al que hemos venido para morir de desconsuelo y de trabajo, se vive como en un paraíso. Sin embargo, esto no es suficiente para que yo vuelva a rejuvenecer.
Somos criaturas borrosas de gesto arrugado.
En la televisión acaban de contar que un ministro le ha concedido a su esposa un alto cargo político, creo que incluso la nombró vice-ministro. Si el hombre se hace Presidente de la República y tienen hijos podrían incluso instaurar una república monárquica, con descendientes y todo.
No puedo escuchar el cargo que desempeña la señora del ministro porque el chirrido estridente del viejo teléfono anuncia la llegada de un auto.
Al apagarse el motor, el zapato lustroso del pie izquierdo del señor Rutik, una ballena en traje azul marino, se asoma de la puerta y se hunde en el mar negro del piso.
– Buenas noches, Constantino. Mañana voy a necesitar el coche a las ocho. Le pido que por favor me lo deje libre, en la primera fila.
– Buenas noches señor Rutik, descuide: mañana, cinco minutos antes de las ocho, va a tener el coche listo.
Cuando su silueta de una redondez casi perfecta pasa delante de la foto-célula, el sonido estridente se vuelve a escuchar hiriendo la noche como un cuchillo de filo herrumbroso cortando el aire en un callejón sin luz ni salida.
El aire se ha llenado de olor a gasolina. Vuelvo a sentarme en el banquito de madera y compruebo cómo la mancha oscura en la pared ya no es una oveja de tres patas.
Mirar fijamente esa mancha es entrar a un lugar oscuro. Hoy creo reconocer en esa sombra incrustada en la pared a un hombre ovillado.
De la botella de vidrio con el café que me ha preparado La Mirela se libera una cortina sutil de humo que trepa hacia el cielo raso y empaña los cristales empolvados de la lámpara de techo, tan fea que ni en mi país.
Se está haciendo tarde y tengo hambre. Esta noche la Mirela me ha prometido traer tortilla con cebolla.
En nuestro país, antes de la caída del dictador, los que teníamos perros los dejábamos morir de hambre por no tener que darles de comer. Los más crueles, o los más listos, los mataban para hacer caldo y para no morir ellos mismos de hambre.
Somos animales, somos perros. En nuestro país fuimos perros apaleados. Aquí, hoy, nuestra mirada todavía refleja los golpes de aquellos tiempos.
Yo siempre mantengo los ojos bajos: mientras la gente me habla, me dedico a descubrir insectos en las fisuras del asfalto.
La Mirela no es así, ella ataca. Una vez, al dueño de un piso adonde iba a limpiar dos veces por semana le preguntó que cómo era posible que tuviera una mujer tan linda.
Le preguntó cuán rico era para poderse permitir comprar a un espécimen humano tan bello.
La Mirela perdió ese trabajo.
En la televisión acaban de interrumpir el reportaje sobre el ministro y su esposa para dar la noticia de un atraco: al salir del banco del que se había llevado no sé qué cantidad de dinero, el ladrón se ha encontrado con una patrulla de carabineros.
El locutor habla de un tiroteo que habría tenido lugar a pocas cuadras de aquí.
Un moscardón morado pasa delante de la pantalla y se posa en el centro de la mancha oscura en la pared, la oveja que se volvió hombre ovillado. Desde mi posición parece como si se hubiera depositado en su cabeza.
Según la Mirela uno en este país puede hacerse rico y es precisamente por estar viviendo acá que tenemos que ayudar más y más a los chicos, dice.
Y esperar que algunos de los animales sobrevivan, y que se termine la enfermedad, y que los chicos entiendan que si la Virgen vuelve a llorar, que lo dejen todo y que vayan corriendo a la iglesia, y que se queden tendidos en el suelo y que esperen hasta que la Virgen derrame su última lágrima y que se acerquen, y toquen la sangre antes de que el yeso la absorba.
Al levantar la mirada creo ver que por las junturas empolvadas del cielo raso se asoma un dedo sin carne ni piel, un apéndice esquelética, la vanguardia macabra de una mano que va a estirarse hacia mí hasta alcanzarme.
Ya tuve esa sensación, fue hace una semana. La Mirela dice que es la Virgen que nos castiga. Yo no estoy de acuerdo. La Virgen perdona. Son monstruos que nos llaman a algún abismo. Se lo he dicho una noche, pero ella no me hace caso.
Otras veces sí que tiene razón la Mirela: antes de la caída del dictador en nuestro país en la casa no podíamos siquiera hervir el agua porque no teníamos ni agua ni gas.
Las mujeres de nuestro país debían dar a luz muchos hijos. Nosotros sólo tuvimos dos: según el dictador los que no teníamos al menos cuatro hijos éramos malos ciudadanos.
Acá la gente no tiene hijos y el país se va despoblando porque, dice la Mirela, cuanto más rica es la gente, menos hijos quiere.
De nuevo, otra cuchillada en el aire y otra vez el silbido, parecido al de un teléfono destrozado por los años, cortando el silencio.
El auto de Marta baja despacio, con tímida prudencia. Dieciocho años recién cumplidos y ya le han regalado un auto, un coche nuevo, cero kilómetros.
Dios no sabe lo que pasa en el mundo: yo no creo que viva en el cielo, creo más bien que habita el subsuelo. Mi abuela me decía que para hablar con Dios había que excavar un agujero en la tierra y después meter adentro la cabeza para escuchar si Dios está ahí abajo y si respira.
– Buenas noches Marta, ¿mañana te sirve el auto?
– No, Constantino, no hace falta, gracias. Mañana voy a la facultad. No voy en auto ni loca. Buenas noches.
Cuando venga la Mirela y saque de su bolsa de plástico nuestra tortilla de cebolla, le ofreceré un poco del vino que me ha regalado la gorda de la silla de ruedas.
A Mirela le gusta el vino. No obstante, no quiere que tomemos porque tiene miedo de que me emborrache. Pero ella sabe que nunca más he vuelto a emborracharme.
Sé que el vino es como el diablo y el diablo es el ayudante de Dios y vive en el infierno y, sin embargo, dijo una vez el cura de nuestro pueblo que el infierno está justo detrás del paraíso.
Yo sé que los hombres, cuando son buenos, sólo lo son porque le tienen miedo al diablo.
En el tiroteo uno de los carabineros ha sido herido en un hombro. Parece que el ladrón ha seguido disparando a lo loco, alejándose del lugar.
Dicen que hay víctimas mortales.
Empiezo a escuchar las primeras sirenas de las ambulancias. No sé dame cuenta de si el alboroto proviene de la televisión o si es el eco de la realidad afuera, unos metros más arriba de donde me encuentro.
En este país, cuando los niños no comen se les dice que piensen en los pobres niños africanos que se mueren de hambre. Esta gente, dice la Mirela, no ha conocido nuestro país antes de la caída del dictador: dejarían de proponer siempre el mismo ejemplo y hablarían, quizás, de los niños que en nuestra ciudad vivían en las alcantarillas.
La moto del abogado es roja. Él y su esposa bajan rápido por la rampa: un ratón asustado que descubre tener dos cabezas. La moto llena el aire de un humo espeso y el ruido es tan ensordecedor que se me hace imposible escuchar la voz del periodista comentando los pormenores del asalto al banco.
–***–
A breve distancia
Para Maša
Dice Gustavo que el hombre tiene una voz gentil. Que se parece a la de un niño que se ha hecho adulto sin darse cuenta. Un nene cuyas palabras aún no están embebidas de los tonos bajos que se acompañan a la adultez masculina.
Me acerco a la ventana y observo la estrecha línea vertical de mundo que se recorta entre las cortinas. El viento no ha ahuyentado todavía las nubes color azabache que desde el amanecer ensombrecen árboles desnudos de hojas y tejados rojizos. El ruido sordo e intermitente que hacen las gotas al golpear los vidrios ha ido menguando hasta casi apaciguarse.
Sólo quedan el eco de la lluvia y el gotear irresuelto del grifo de la pileta.
Dice Gustavo que el hombre vendrá a las dos.
Gustavo no dice, me escribe mensajes. Pero es como si me hablara todo el tiempo.
Respiro hondo. En las uñas de mis dedos el esmalte transparente que me ha aconsejado Marija brilla bajo la luz oblicua –de un ocre que se aproxima al rojo– que difunde la lámpara nueva. No quiero mirarme en el espejo, aún no. Me da miedo encontrarme con mi propia cara, que me figuro hundida por la pena.
Las pantuflas desechables de esponja blanca a rayas azules aguardan a no más de un metro de la puerta, allí donde el hombre dejará su paraguas mojado y me dirigirá sus primeras palabras.
Medirá la distancia entre su cuerpo y mi cuerpo, pronunciará su nombre, me preguntará por el mío, y dudaré de si lo habrá comprendido.
Después de esa ineludible ceremonia de incomprensiones mutuas, bajará los ojos hacia el parquet y –sin convicción ni sinceridad– me pedirá perdón por estar mojando la entrada.
Una vez más, tendré que esforzarme para no mantener clavada mi mirada en esa larga hendidura negra que se ha abierto en la madera del suelo, allí en el rincón detrás de la palmera plástica.
Mi mano apoyada en la manija de la puerta tratará de disfrazar un leve temblor, un parpadeo que no soy capaz de controlar.
Le ofreceré al hombre un movimiento de los labios que bien podría ser un saludo, bien una leve sonrisa lanzada en el espacio que nos separa, bien una mueca gentil tirada al vacío para evitar pronunciar palabras.
Falta más de una hora para que el hombre llame a la puerta. Dice Gustavo que le ha explicado en detalle el camino hasta aquí: el puente es largo, prepárese; deje atrás la cafetería de sillas amarillas, sí, allí donde escuchará música a muy alto volumen; cuándo llegue a la pequeña capilla, déjela a su mano izquierda.
Allí, justo detrás del ábside, donde ve una puerta vidriada de marco verde, no muy grande, allí deberá tocar usted el primer botón desde abajo.
El olor agridulce a limón y vainilla que el desodorante de ambiente difunde desde el baño hace crecer en mí el sopor que me doblega cada vez que la espera se extiende igual a una cuerda de goma, flexible y pegajosa, entre mis dedos.
¿Será gentil así como lo es su voz? (Gustavo, no me mientas, por favor).
En el pasillo, las partículas de polvo flotan en círculos lentos y suben hasta depositarse en la madera y el marfil de las máscaras. Dice Gustavo que las consiguió en algún rincón perdido de África. A mí me dan miedo: tienen miradas de dioses airados que han perdido a sus súbditos.
Al sentarme en el inodoro, cierro los ojos y escucho mi respiración. Siento el contacto de la cara interna de los párpados deslizarse por la redondez de mis pupilas.
Pienso en Matías. Ahora debe estar en el recreo, comiendo con sus compañeros, enanos de gritos agudos que dentro de unos años llamarán al teléfono de otro Gustavo (¿y serán sus voces tan gentiles como la del hombre que vendrá a las dos?).
Apago el cigarrillo que encendí nerviosa, sin darme cuenta, y lo dejo en el cenicero donde un montículo de ceniza parece una pira funeraria en miniatura. Deberé vaciarlo y limpiarlo antes de que el hombre llame a la puerta.
Con un dedo toco mi ombligo. Mi vientre es blanco, casi diáfano, como la luz de la lámpara del recibidor, ahí donde las pantuflas esponjosas desechables ya están listas para recibir los pies del hombre de voz delicada.
Siento un leve mareo, que casi me hace perder el equilibrio y me transmite durante un tiempo brevísimo la sensación angustiosa de haberme vuelto ciega. Vuelvo a dirigir hacia la lámpara mi mirada, que se desplaza resbaladiza sobre las seis caras de cristal: tengo la sensación de que –en estos momentos de espera– todos aquellos objetos sobre los que concentro mi atención tienden a oscurecerse, como si de repente quedaran tapados por una sutil membrana viscosa.
Esta tarde te iré a buscar a la guardería, Matías. Te compraré un helado de chocolate, sí, en esa heladería que tanto te gusta, cerca del puente. Te lo prometí. Y después iremos paseando, tú y yo, solos, y nos quedaremos mirando los colores de las fachadas de los edificios que bordean la orilla del río.
Me mostrarás pájaros descansando en los tejados, -Mira, mamá, unas gaviotas persiguiéndose- y yo te haré ver nuestras imágenes reflejadas en el espejo turbio y movedizo de las aguas. Ya verás, parecemos seres deformes; veremos nuestras caras moverse y desencajarse al ritmo de los más ligeros movimientos de las aguas.
El chocolate habrá dibujado bigotes en la parte superior de tus labios y el río nos devolverá el retrato de un niño adulto de rasgos indefinibles, dándole la mano a una joven mujer de pelo corto cuyos ojos manifiestan el temor de estar entrando en la senda de una lenta autodestrucción.
Dice Gustavo que no le parecía que la voz del hombre fuera la de un ser dominante.
Dice Gustavo que él sabe reconocer a los individuos violentos por el timbre de sus voces.
Cuando todavía no se te haya borrado de los labios la mancha de chocolate, iremos juntos al kiosco del abuelo Alfonso. Te sentarás en sus rodillas, y le acariciarás los bigotes, y él te regalará, una vez más, otro globo en forma de conejo.
Y si el viento del noreste acabará por arrancártelo de las manos, compraremos otro, y pintarán juntos en su superficie una cara sonriente, y el abuelo te regalará caramelos y te pediré que –por favor, Matías– me insistas para que no se me olvide comprar mis chicles de menta.
Dice Gustavo que, si bien el filtro de un idioma extranjero puede disfrazar identidades, le pareció escuchar a un hombre inseguro.
No tengo la culpa Matías: hay que seguir adelante. Aprenderás que no hay deshonra en el trabajo.
El viento canta la misma melodía de aquel día en el mar, esa vez que fuimos a la costa, Matías, y tu gorro fue arrancado de tu cabeza por una ráfaga; lo fuiste a recoger a los pies de la escultura desde donde el músico de mármol observa los barcos que se alejan del puerto.
¿Te acuerdas? Me preguntaste porqué ese señor allá encima del pedestal no tenía ni caballo ni espada. Fue un violinista, Matías, te dije.
Al ducharme, el olor a vainilla del baño cede el paso a perfumes frutales. Me visitan – en un desfile inesperado– imágenes de mi infancia en el campo cuando en los días sin tiempo del verano mis manos chorreaban sangre de ciruelas.
Bajo el abrazo del agua caliente, me enjabono sin encontrarles sentido a mis gestos. Ya es mi tercera ducha en lo que va del día. Este jabón huele a pera, Matías, soy uno de tus yogures de la mañana.
¿Habrá que insistir con el hombre de voz gentil para que él también se duche? ¿O no será necesario?
Delante del espejo ensayo –autómata bien aleccionado– la sonrisa que deberé mostrarle al pedirle que lo haga. Todos lo hacen, ¿sabe? es condición previa, le diré. El toallón que pasará de mis manos a las suyas también olerá a vainilla y el hombre volverá a usarlo, ya mojado, cuando se termine nuestro encuentro.
Sí Matías, fue esa vez en la costa cuando viste por primera vez, allá en la punta del muelle, cerca del faro, peces agonizando.
Amontonados dentro de baldes celestes de plástico que olían a podrido, los peces se asfixiaban con lentitud, asesinados por el sol y la pureza del aire del fin del verano.
Me dijiste, entonces, que sentías que era como si el mundo exterior hubiese entrado en los cuerpos de los peces y los hubiera matado a todos.
No estuve segura, en ese momento, de haberte entendido pero me callé. Y recordé esa mañana de invierno, antes de que nacieras, en que tus abuelos y yo despertamos viendo el arenal invadido por miles de sardinas. Acababa de cumplir doce años, llevaba el pelo largo en esa época, y –a escondidas de mis padres– me puse botas de goma y salí a caminar sobre la alfombra de peces agonizando.
Me sentía sostenida por un colchón de carne que iba poco a poco a deshacerse en un hedor infernal. En el silencio de la mañana lívida mis botas rojas destacaban sobre el fondo gris del cementerio animal.
Ahora, mi cuerpo mojado se me antoja resbaladizo, soy una sardina en agonía. En media hora el hombre debería estar llegando ¿Qué razones lo estarán empujando hasta llamar a esta puerta? Eso es lo que no debo hacer nunca: preguntarme; y tú tampoco, Matías: no me preguntes.
Sé que ya he vivido a diario este momento, que en mi vida esta espera ya se ha repetido innumerables veces y, sin embargo, hoy que se reitera una vez más me siento inaccesible a mi momento presente.
Me muevo nerviosa; el ambiente me provoca una inquietud que no logro encasillar en ninguna molestia específica; me fijo en los objetos que decoran el espacio y siento que el orden según el que cada cosa está colocada responde a alguna teoría sobre decoración de interiores que se me escapa. Renuncio a comprender, sólo siento que persiste un extraño desajuste, algo que mi cerebro percibe como anómalo.
Para salir de mi ensimismamiento me acerco de nuevo a la ventana evitando la mirada de los dioses africanos.
Siento sus ojos de marfil fijos en mi espalda desnuda.
Soplo en dirección a la cortina, que se tambalea como un espectro.
Siento una pereza blanda, una masa de algodón cargada de tensión y desidia.
Esta noche va a haber luna llena.
Al secarme, soy un cuerpo que huele a fruta, Matías. Hoy soy pera, ¿mañana te gustaría que me volviera manzana?
Dice Gustavo que me llamará a las tres, para que le confirme que todo ha salido bien. ¿Que significará “bien”, Matías?
También el hombre, después de ducharse, será un cuerpo oloroso a fruta. Sí, como tus yogures y golosinas, Matías.
¿Ese perfume lo hará más gentil, más delicado? Durante una hora seremos un ser bicéfalo, brazos encontrándose, piernas doblándose y extendiéndose y, sobre todo, dos cabezas emergiendo de una mezcla de fragancias y fluidos.
Ahora, en este momento exacto, regreso con la memoria a aquellos peces azulados, uno encima del otro… vuelvo a recordar cómo las manos de los pescadores los desprendían de las redes y los anzuelos…y veo su vuelo breve, el brillo plateado de sus cuerpos diminutos atravesando el aire hasta caer en los baldes, amontonados en los cubos de plástico.
En la pantalla del televisor cuerpos perfectos de modelos espigadas desfilan en bikini en playas níveas, donde palmeras gigantescas agitan sus ramas nerviosas, espantapájaros en el medio de una tormenta.
El audio está en off y, en el silencio de la pantalla, se vuelven aún más irreales: son sombras impecables, esbeltas como maniquíes, proyectadas en la arena blanca. Me fijo en los granos de polvillo que pisan: lucen tan anémicos como mi ombligo.
Tanta blancura me hace recordar, por contraste, ese día –¿cuánto tiempo habrá pasado ya?– en que tomé la decisión de esperar al primer cliente delineándome los ojos con un trazo tan grueso que parecía que estuviera cercándolos.
Creo que entonces tenía la sensación de que, con ese maquillaje negro y pesado, podía impedir que se arrancaran. Era ese, entonces, mi gran miedo, que mis ojos saltaran y se alejaran de las órbitas.
En la luz oblicua de la bombilla que cuelga encima del espejo, el dibujo arqueado de mis cejas me devuelve el trazo de las alas de tus gaviotas, Matías. Si estuvieras conmigo hoy, verías que mis cejas esta tarde son pequeñas olas pelirrojas que ahora se me antojan más finas, como si trataran de regresar a otro tiempo, a ese día juntos en la costa. O como si quisieran volver más manifiesta la palidez de mi frente.
Cierro los ojos, mojo la punta de mi índice derecho en mi lengua y siento la humedad de mi saliva acariciar mis pestañas, que ahora –mojadas y pegajosas– se vuelven más oscuras. Quisiera que mis rasgos accedieran a un espacio de indefinición.
No ocurre nada.
Dice Gustavo que acaba de recibir una nueva llamada del hombre. Acaba de comunicar que ya ha llegado a la capilla. ¿cuántos pasos no separan en este instante?
¿Serán tupidas las pestañas del hombre? ¿La lluvia habrá vuelto más oscuro el color de las suyas?
Pienso, Matías, en la pequeña cicatriz de tu sien izquierda, esa línea diminuta que empieza justo ahí donde tus pestañas rubias van haciéndose menos densas y se convierten en pelusas. Cierro los ojos y creo rozar esa zona de tu frente donde cada noche apoyo mis labios.
Sí, te lastimaste ese día cerca del lago, al caerte del nogal. Querías perseguir a la vaca esa, la blanca y negra tan parecida a la de tus dibujos animados.
Te levantaste y, ante mi asombro, te empezaste a reír. Fui corriendo hacia ti, nos separaban al menos cien metros, ¿te acuerdas? Yo corría tratando con torpeza de llegar a tiempo para rescatarte del susto y tú me miraste con fijeza, parecía que no te hubieras caído. Avanzaste una mano y acariciaste mi mejilla transpirada.
Cien metros, Matías: una distancia muy superior a la que en este momento me mantiene separada del hombre.
Dice Gustavo que el hombre ya ha bordeado el ábside de la iglesia. Debería estar a punto de tocar el botón. ¿Cuál será la puerta?, se estará preguntando, ¿esa de un verde más claro o esa otra, más despintada y vieja, pero de un verde más intenso?
¿Cómo me estará imaginando? ¿Dentro de un año, un mes, una semana, tendrá memoria de mí?
Bajo con mi dedo índice hasta el ombligo y sigo más abajo; a través de la tela finísima de mi tanga, rozo por un instante y sin motivo la herida permanente entre mis piernas.
Ya mañana el hombre se confundirá en mi mente en la marea informe de tantos rostros apenas vistos y ya olvidados. Será sólo un cuerpo perdido, otro más, fuerte o débil, de dedos largos o piel morena: una ráfaga fugaz en mi memoria sacudida por el vaivén sin fin de voces, alientos, gritos, soledades.
Y mañana, después del helado de esta tarde, volveremos a la costa, Matías. De nuevo verás al señor del violín, y las gaviotas chillarán lanzándose detrás de los barcos. Te contaré de la invasión de sardinas de mi infancia, de mis botas de goma que se hundían en la alfombra de cadáveres y ya no te asustarás al ver los peces pudriéndose en los baldes, ni te producirá arcadas su hedor.
Los golpes rítmicos de las olas contra el muelle serán nuestra música, Matías.
Con el dedo acaricio las pupilas iracundas de las máscaras. Cada vez que las toco, mi ánimo queda suspendido y me obligo –indefectible e inútil petulancia– a preguntarme por la cualidad de las cosas. La luz que proyecta la pantalla de la televisión parece empujar los objetos hacia otra condición. Mientras tanto, los cuerpos perfectos en bikini corretean despreocupados, bordeando la línea oscura que las olas dejan por un instante en la arena.
Llaman a la puerta. Mientras me acerco al recibidor, la hendidura en la madera del piso me parece una pequeña serpiente adormecida.
Abro la cajita de los chicles de menta: deberán borrar de mi boca la huella del humo del cigarrillo, cuando mi cara se acerque a la del hombre y él recurra con su nariz el camino de mi cuello hasta que nuestras respiraciones se confundan.
Me apoyo en la manija. Afuera ha dejado de llover.
Entorno apenas la puerta: un vaho de humedad irrumpe como un hechizo ecuatorial. Los vidrios de la sala se empañan y la punta de un paraguas se adelanta a una sombra oscura.
