Alfredo Antonio Fernández (La Habana, Cuba) Licenciado en Historia por la Universidad de La Habana, Master en Estudios Latinoamericanos en la UNAM, México y Doctorado en Español de la University of Houston, Estados Unidos, donde reside actualmente. Ha publicado: El Candidato (Premio de la Unión de Escritores de Cuba, 1978), Crónicas de medio mundo (relatos, 1982), La última frontera, 1898 (novela, primera finalista Premio de la Crítica, Cuba, 1985), Del otro lado del recuerdo (novela, 1988), Los profetas de Estelí (novela, Feria Internacional del Libro, Guadalajara,1990), Lances de amor, vida y muerte del Caballero Narciso (Premio Razon de Ser de novela, 1989 y Premio Alejo Carpentier de Novela 1993, de la Fundación Alejo Carpentier), Amor de mis amores ( novela, Planeta, México, 1996) y Adrift: The Cuban raft people (Rockfeller Foundation Grant, 1996; Arte Publico Press, Estados Unidos, 2001), Bye, camaradas (novela, 1era finalista Premio Internacional Novela Marcio Veloz Maggiolo, New York, 2002 y finalista Premio Novela La ciudad y los perros, Madrid, 2003, publicada en la Editorial El barco Ebrio, España, 2012) y A traves del espejo. El cine hispanoamericano contemporaneo. Volumen I (ensayo, Editorial El Barco Ebrio, España, 2013). Sus libros más recientes son la novela Aló, marciano y el libro de ensayos Buñuel In memoriam (ambos por la Editorial El Barco Ebrio, España, 2015). La editorial Iliada Ediciones acaba de publicar su novela Dominó de dictadores, segunda parte de la serie que inicia con Citizen Kane se fue a la guerra, a la que pertenece el fragmento que reproducimos a continuación, novela que resultó 1era finalista en el Premio Internacional de Literatura «Hypermedia», 2020 y que acaba de publicarse en Ilíada Ediciones.
Puede adquirir el libro a través de este link: Citizen Kane se fue a la guerra, Alfredo Antonio Fernández, Colección Caribdis de narrativa, Ilíada Ediciones 2021
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HAMMETT & SPADE
SAN FRANCISCO, 1926
JOHN’S GRILL CAFE
Hablan maravillas de él, lo conocen de lejos y solo por lecturas y creen que Hammett es un escritor de genio que pasará al Hall de la Fama.
Pero yo lo conozco no de lejos, lo conozco de cerca y lidio con él a diario y me permito disentir y desmentir su imagen.
Yo les pueda asegurar: Hammett es un policexplotation writer.
Y me explico:
Hammett tenía una fea costumbre, si le iba mal en un caso me lo pasaba y nunca perdía. Los fracasos en la pesquisa de robos, adulterios y asesinatos iban a parar a mi cuenta de ahorros en Murder Inc Bank y no a la de él.
Mientras, Hammett, invicto, caminaba a paso de conquistador por el medio del puente del Golden Gate, su gloria intacta y su foto en las contratapas de las novelas; Sam Spade, anónimo, sucio, derrotado y arrumbado en un rincón de taberna irlandesa de los muelles de Oakland.
Hammett siempre fue una ecuación matemática de fácil despeje. Era a las detectives novels, un tycoon como William R. Hearst lo era a la prensa amarilla norteamericana.
Y al despejar la ecuación, mi persona quedaba de fiel yellow kid, es decir, de Sancho Spade escudero del Quijote Hammett.
Yo no era un escritor de detective novels de fama. No tenía despacho, ni secretaria. Y para citas con clientes extorsionados o maridos celosos, me servía de mi apartamento como oficina.
Un apartamento interior ─el # 401─ en Post y Hyde Street, sobre la lavandería Harvey’s Wash-N-Dry, de alfombra con parches y remiendos y escalera exterior de incendios por donde escapar en situaciones de peligro.
Pero si ataco a Hammett, debo ser sincero y decir que a su sombra obtuve algún tipo de fama y algunos reales con los que pagar las facturas mensuales del gas y la electricidad. Así me ocurrió con Joel Cairo y su pandilla en el intento de recuperar el halcón de oro que los Caballeros de la Orden de Malta regalaron al Emperador Carlos V en 1530. Solo Dios sabe cómo cuatro siglos después fue a dar a un almacén de llantas despellejadas y ratas piojosas en los muelles de San Francisco.
Dispenso a los lectores de cualquier descripción de mi físico. Hammett lo había hecho mejor que yo en Red Harvest, una de sus más populares novelas y me limito a transcribir:
…Sam Spade tenía larga y huesuda la quijada inferior, la barbilla era una V protuberante bajo la V más flexible de la boca. Las aletas de la nariz retrocedían en curva para formar una V más pequeña. Los ojos, horizontales, eran de un gris amarillento. El tema de la V lo recogía la abultada sobreceja, que destacaba en medio de un doble pliegue por encima de la nariz ganchuda, el pelo, de castaño claro, arrancaba de las sienes altas y aplastadas para terminar en un pico sobre la frente. Spade tenía el simpático aspecto de un Satanás rubio…
¿Era real la descripción, o una broma dirigida a los lectores?
Déjenme decirles, nadie ha visto nunca una foto de Sam Spade. No existo. Soy un engendro de la imaginación nocturna de Hammett, casi un vampiro Nosferatu. Y a Hammett, que me dio a leer la descripción antes de publicarla, le dije:
─Eres escritor de truco.
─Truco o turco ─sonrió.
─Barroco ─le respondí.
─Rococó mejor ─apuntó.
Bueno, no más digresiones y les prometo ir a lo que iba. Esa tarde estaba sentado en mi sillón verde de espaldas a la ventana que da a la Hyde Street. Más que teclear apachurraba la Underwood y en eso sonó el timbre del teléfono. Hammett: tres largos timbres, luego uno, dos más. 312. Nuestra clave de comunicación secreta.
Hammett siempre llamaba cuando no podía resolver un misterio. Me dio cita en el lugar de siempre: John’s Grill, en el downtown de San Francisco, sobre la Union Square y la Ellis Street, el número 63.
Conduje el auto arriba y abajo de las colinas de la ciudad. El espejo retrovisor del coche reflejaba imágenes de hombres que se hurgaban el fondo de la nariz con el dedo medio en busca de mocos supervivientes del último ataque de estornudos y de mujeres que se empolvaban los cachetes mientras aguardaban el cambio de luces a la vera de los semáforos.
Hammett llegó puntual. Siempre que nos reuníamos a resolver un misterio nos sentábamos frente a la puerta giratoria del grill. Nunca de espaldas. Uno no sabe adónde lo espera una bala traviesa y no es cosa que te la encajen por el culo. No le iba a dar el gusto a Hammett de poner en el epitafio: Sam Spade murió como quería, con las botas puestas y de marica.
Hammett ordenó lo que siempre pedíamos: chuletas de cerdo, papas hervidas y tomates en ruedas. Lo mismo que pedíamos en las novelas en las que participábamos.
Conocíamos muy bien uno del otro nuestros gustos. En comida, bebida y sexo, funcionábamos en tándem: chuletas, whiskey y rubias platinadas.
Éramos, qué duda cabe, alter egos, dolpengager, mellizos, íncubos y súcubos.
Y si un día moríamos por los disparos de los gánsteres de Poinsonville, el John’s Grill Café sería famoso por nuestra habitual presencia en el local.
─¿Qué misterio traes hermano? ─bromeé.
─Uno de verdad ─respondió─. Miles de dólares si acertamos.
─¿Fraude bancario? ─dije.
─Frío ─dijo.
─¿Drogas? ─dije.
─Frío ─dijo.
─¿Contrabando? ─dije.
─Frío ─dijo.
─¿Rapto de star? ─dije.
─Frío ─dijo.
─¿Chantaje millonario a senador? ─dije.
─Frío ─dijo.
Suspiré desanimado.
─Tú ganas ─dije─. Hoy no es mi día.
Hammett sonrió enigmático. Con el tenedor arponeó el último trozo de papa y chuleta de cerdo.
─¿Quién fue Pancho Villa? ─preguntó.
─Un greaser ─respondí─. Un bandido mexicano.
─Sí y no ─dijo Hammett─. Un buey voló… Tal vez sí, tal vez no.
─Villa está muerto ─dije─. Hace tres años.
─Su cabeza tiene precio ─dijo Hammett─. Miles de miles.
─$50,000 vivo. Pero al morir ni un centavo más para los bounty hunters cazadores de recompensas de Norteamérica ─puntualicé─. A Villa se lo llevó la chingada.
─Tres años desde entonces ─dijo Hammett.
─Hueso, polvo, olvido ─reiteré─. ¿Qué queda de él?
─La cabeza ─insistió Hammett.
─Si acabarás con el misterio ─dije.
─Eres tú el que descifra el misterio ─dijo Hammett─. El misterio de la cabeza de Pancho Villa.
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HAMMETT & SPADE
PARRAL, 1926
SAM SPADE EN CHIHUAHUA
¿En que lío me metí por seguir a Hammett …?
¿Qué hacía un gringo en la novena sección del cementerio de Parral, estado de Chihuahua, a la medianoche del 6 de abril de 1926, con un frío de puta madre, delante de la tumba marcada con el número 632 sin un cigarrillo a mano …?
Sobre la barda de piedra del cementerio, se escuchaba en letanía el eco de borrachitos que entonaban un himno luctuoso en loor de Villa.
¡Ay,
México
está
de luto
Tiene una gran
pesadilla
mataron en Parral
al valiente Pancho Villa!
Estuvo lloviendo toda la tarde y la luna tardó una eternidad en aparecer en el cielo. Y trataba de imaginar cómo pudo en la oscuridad de la madrugada la pandilla del capitán Garcilaso saltar sobre la tapia del cementerio y hurgar en la tierra fangosa y detenerse ante una tumba sin cruz con un búcaro de flores marchitas sobre la losa blanca y encajar en el fango una barreta que rebotó sobre la madera de un cajón.
─Le acertamos al finado ─contó el cabo Figueroa─. Jalamos para sacar el cuerpo, pero no pudimos.
El soldado Martínez Primero se persignó y se lavó las manos con un chorrito de aguardiente de caña que guardaba en la cantimplora.
─Mi general debe estar agusanado. Harto podrido, harto agusanado ─comentó.
Sin sacar el cuerpo del féretro, le ladeó la cabeza con cuidado y le rebanó de un tajo el cuello con un machete.
─¡Ya está! ─sostuvo la cabeza por los pelos.
No era una cabeza de Gorgona cualquiera, era la cabeza del general Pancho Villa.
─¿Dónde la metieron? ─pregunté.
─Es una historia larga ─comentó el sargento Figueroa.
Me enteré cómo envolvieron la cabeza en una camisa de franela y la entregaron en el cuartel al jefe de la escolta del coronel Durazo que a su vez la metió debajo de la cama al lado de un tibor lleno de mierda en el dormitorio de su jefe.
─¿Por qué escondió la cabeza debajo de la cama? ─pregunté.
─Metí debajo de la cama una camisa con algo adentro ─respondió─. Nunca la abrí, ni supe que tenía.
─¿Qué hizo con la cabeza, coronel? ─pregunté.
─Ni en sueños la vi ─dijo─. Pregúntele al gringo Holmdahl.
Todo mundo en Parral creía al gringo Emil Holmdahl el mero culpable. Llevaba un costal de años por el mundo de mercenario. De la China a la Chihuahua. De la Mauritania al Monterrey. Del Singapur a la Sinaloa. Encajaba las narices en cada recoveco de la Sierra Madre tras el rastro del tesoro escondido de Villa. Su auto Dodge con placas de El Paso fue descubierto cerca del cementerio con una pala llena de lodo en el asiento trasero y manchas de fango en el guardabarros delantero. Cuando lo fueron a interrogar a la habitación del hotel, encontraron debajo de la cama un pico minero con manchas de sangre.
─¡No fui! ¡Lo juro! ─gritaba Holmdahl.
La multitud le había echado el nudo corredizo al cuello y andaba a la búsqueda de una palmera donde colgarlo frente al hotel Juárez cuando el ejército desbandó el linchamiento con disparos al aire de carabinas 30─30.
─¿Quién tiene la cabeza de Villa? ─pregunté a Holmdahl.
─¿Cuál cabeza? ─se quejó─. Comparado con mi dolor de cabeza el suyo es rompecabezas ¿No sé de qué habla?
Desde el lobby del hotel Chascarrillo, comuniqué a la medianoche con Hammett en San Francisco.
─¡God dammed this country! Es un país de mentirosos. Nada se aclara, todo se oculta.
─Vuelve al principio ─sugirió─. Ata cabos, si de hilar se trata hazlo bien fino.
Di un largo respiro y colgué.
─Sargento Figueroa ─volví a preguntar─. ¿Dónde carajo está la cabeza de Pancho Villa?
─Es historia larga, le dije. Hable con el coronel Durazo, yo cumplía órdenes.
─No me haga reír, amigo ─dijo el coronel─. Piense en el mal olor de una cabeza podrida. Peor que coliflor en salmuera ¿Cómo cree que voy a dormir con ella de almohada?
─Si no era la cabeza de Villa, ¿qué tenía dentro la camisa? ─pregunté.
─Pregúntele al soldado Zea ─dijo el coronel─. Él lava mis prendas íntimas.
─La sumergí en lejía para blanquear ─dijo Zea─. Estaba harto sucia la camisa.
─¿Zea miente coronel? ─pregunté.
─Se me hace que Zea no sabe. Más sabe el sargento Figueroa ─dijo Durazo─. Apriétele un chingo de huevo y verá qué lindo canta.
─Dice tu jefe, subes a teniente o bajas a soldado ─le comuniqué─. De ti depende.
─La metí en una caja de balas de carabina 30─30 y la enterré en Salaíces ─dijo el Figueroa─. En Salaíces, un pueblito cerca de aquí…
Desde la estación de correos de Durango, despaché un telegrama a Hammett en San Francisco.
INVESTIGACION VARADA STOP NADIE COLABORA
Y al día siguiente, mientras sorbía una copita de tequila El Cuervo en el restaurante del hotel Pasaje un mozo me trajo la respuesta.
SOBORNA SI ES NECESARIO STOP HAZ QUE APAREZCA CABEZA.
─Le cuento la mera verdad, la mera neta. El secre de Gobernación Plutarco Elías Calles puso en rifa a ver quién traía los sesos del general Villa y le correspondió al coronel Durazo la tarea ─dijo el capitán Garcilaso─. Gracias por la platita, que tan bien viene a fin de mes.
De paso en Ciudad México, me hospedé en una casa de inquilinato de la colonia Tacubaya que compartí con el fotógrafo gringo Edward Weston y su asistente, la bella actriz italiana Tina Modotti.
─¿A qué viene a México? ─preguntaron a dúo.
Con la pareja Weston-Modotti compartí el primer desayuno italiano de mi vida. Siete y media de la mañana, un plato de espagueti al dente, ensalada de berro y lechuga roseada con aceite de oliva y una copa de vino de Salerno.
─A lo mismo que todos ─respondí─. A ver al mero…
─¿Calles? ─repitieron─. ¿U Obregón?
─Me vale madre ─dije─. Cualquier mero viene bien.
─¿Pensión vitalicia? ¿Negocios? ─repitieron a dúo─. Vea a Calles en
Gobernación. El mero─mero.
─¡Big bussines! ─expliqué─. $50,000 si llevo de regreso a Gringolandia la cabeza de Pancho Villa.
─¿Detective? ─se sonrojaron─. ¿De los Pinkerton, la Wells Fargo o los Rangers de Texas?
─Detective privado. Me llamo Sam Spade ─me presenté.
Tras el desayuno, encajaron la cámara Graflex en el trípode y se fueron felices a retratar indios de rostros milenarios y retablos de iglesias coloniales y magueyes en la frontera de la colonia Tacubaya. Me fui a la entrevista con Calles. Llegué a la antesala del despacho de la Secretaría de Gobernación y me detuvieron un par de pistolas a la altura del pecho.
─¿Qué se ofrece amigo? ─dijo el edecán de Calles.
─Preguntarle al jefe por el destino final de la cabeza de Pancho Villa ─respondí.
─Nombre y dirección ─dijo amable el edecán─. Ya le haremos saber a vuelta de correos…
Sobre el escritorio, un montonal de solicitudes recibidas desde todas las gobernaciones de los estados de México y de todos los presidentes de los países del mundo. Todas con igual reclamación ¿Dónde está la cabeza del tan mentado bandido Pancho Villa?
Una semana después, compartía sopa de arroz y mole poblano con el dúo Weston─Modotti. Un soldado interrumpió el almuerzo y me trajo un cablegrama a la casa de inquilinato de la colonia Tacubaya.
PETICION DENEGADA. STOP PREGUNTAR DESTINO FINAL CABEZA DE VILLA AL PRESI OBREGÓN STOP SALUDOS STOP SECRE CALLES.
─¿Apareció la cabeza de Villa? ─preguntaron a dúo.
─No, pero se me hace que a lo sumo ahorita… ─respondí.
Y en el patio de su mansión de Hermosillo, el presi Álvaro Obregón, de vacaciones entre helechos y tulipanes, mientras sorbía con popote un licuado de papaya y granola, me mostraba con su único brazo el impreso en el que se solicitaba la recompensa por Villa.
─Todo un error. Desde el principio una suma de errores. El coronel Durazo no sabe leer inglés. Gran error. Leyó en un volante que los gringos ofrecían $50,000 por la cabeza de Villa y decidió cortársela. Craso error. Pero era un volante de 1916, cuando Villa atacó Columbus. Error garrafal. Y él se la robó diez años después en Parral, cuando era puro cráneo y no valía un real. Error que da horror ─confesó Obregón.
─¿Cierto coronel? ─dije─. Que de inglés no sabe ni jota.
Me pidió que sostuviera el volante impreso en 1916 después que Villa atacara la población norteamericana de Columbus a un metro de distancia.
─¡Pendejadas! ─escupió─. Póngase a tiro amigo.
Como si afinara puntería, el coronel Durazo cerró el ojo izquierdo y miró al papel y leyó antes de disparar.
$50,000
WANTED REWARD
GENERAL VILLA
VIVO O MUERTO
CASH & DEPOSIT
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HAMMETT & SPADE
SAN FRANCISCO, 1926
SKULL & BONDS
Abrumado por el barroquismo y lo laberíntico de la encuesta, una vez más llamé a Hammett.
─Dejémoslo así, patrón ─pedí─. En la Villita o en la Villona en paz descansa Villa, el peor de los villanos.
Por teléfono, en exclusiva para Hammett, mi patrón, canté la estrofa del corrido de la muerte de Pancho Villa que corría de boca en boca y de cantina en cantina por la serranía de Chihuahua.
Pobre
Pancho Villa
Qué triste
su destino
Morir
en una
emboscada
Y a la mitad del camino
Hammett era un perro huevero de profesión detective y seguía tras la pista. No renunciaba al caso y me aconsejaba por teléfono lo que debía hacer: vigila al sargento Figueroa y coopera con la policía de Chihuahua, interroga al coronel Durazo y luego anda a la iglesia de Basílica y pídele un milagro a la virgen de Guadalupe.
─Pena me da con la Guada, jefe ─dije─. Soy anglo y mormón.
─¡Pinche huevón! ─gritó Hammett.
Me pidió que recorriera las ciudades gemelas de la frontera mexicoamericana tras la pista de la cabeza de Villa.
En Matamoros, la cabeza fue enterrada por saqueadores de tumbas en los arenales de Playa Bagdad y el plano secreto del lugar depositado en el Museo de Antigüedades Prehispánicas de Brownsville.
En Ciudad Juárez, la cabeza se exhibía por un anticuario turco dentro de una urna de cristal a prueba de balas.
En El Paso, un payaso del Ringling Brothers la mostraba por veinte centavos debajo de la carpa del circo.
En el cruce fronterizo de Laredo y Nuevo Laredo, la cabeza viajaba de un lado a otro de la frontera oculta en el depósito de gasolina de doble compartimento de una troca Ford.
En el puente internacional fronterizo de Reynosa con Mac Callen, se la ofertaba como suvenir con calaveritas de azúcar de Día de Muertos por un sirio, vendedor ambulante de baratijas.
En el tramo de carretera que conecta a Del Río con Acuña, se ofertaba una réplica del cráneo de Villa junto a sandías abiertas en canal.
Cansado de peregrinar por la frontera, desde Tucson, volví a llamar a Hammett.
─Me rindo bróder ─confesé─. Ni puta madre.
─Calma buey ─sermoneó Hammett─. Si la investigación termina en la nada y el cadáver en el cementerio, contrata a un médium para que interrogue por telepatía al muerto.
A mis oídos, llegó la noticia: la cabeza de Villa estaba siendo examinada por científicos en un hangar de OVNIS del aeródromo de Las Cruces. De madrugada, llamé a Hammett:
─Psst, despierta, Psst ─dije─. Es cosa de frenología.
─Eso es serio ─respondió─. ¿De pura vaina los doctores del Smithsonian andan en esto?
─¿Para qué querían el cráneo de Villa? ─pregunté.
─Palparlo, estudiarlo, saber el origen del bien y el mal ─dijo Lombroso.
─¿Y? ─inquirí─. ¿Qué encontró?
─¡Un robo! Pagué una fortuna ¡$50,000! ─dijo Lombroso─. El piloto me estafó. Al Smithsonian nunca llegó el cráneo.
─Hammett, carnal ─comenté─. ¡Se evaporó la cabeza otra vez!
─¡Chinga su madre! ─respondió.
Me fui al campo de aviación de Las Ánimas que era propiedad de la compañía minera Rosarito Co. en las afueras de El Paso y entrevisté al piloto Bluebird.
─La hélice daba vueltas. Listo para despegue en espera de que Durazo llegara con el cráneo de Villa y volar al Smithsonian ─confirmó─. Pero no aparecieron, ni él ni la maleta.
Durazo otra vez, el coronel Durazo.
Llamé de nuevo a Hammett:
─Sabes ─le dije─, ¿a las cuántas vueltas se echa el gato?
─Una, dos, tres, cuatro ─respondió soñoliento.
─¡Padrísimo! ─respondí─. Eres un genio de detective.
Preparaba la maleta para partir, triste y derrotado y un desconocido aventó una piedra a través de la ventana de mi habitación en el Motel Chinga La Tuya Inn en las afueras de El Paso. La piedra venía envuelta, abrí el papel y lo plegué para leer.
Amigo: hace mucho que busca y no encuentra y le sugiero un nombre y un lugar: William R. Hearst (The San Francisco Examiner).
Llamé a Hammett de urgencia.
─Órale, buey. Gringo sospechoso de robar cabeza de Villa del otro lado de la frontera…
Una semana después Hammett y yo estábamos en la redacción del Examiner en San Francisco aguardando por la llegada del jefe Hearst a la medianoche.
─¿Cómo se llama el rancho de Hearst en Chihuahua? ─preguntó Hammett.
─San José Babicora… ─dije.
─¿Es grande? ─preguntó.
─¡Puta madre! ─respondí─. Más grande que California…
─Eso es mucho decir … ─comentó─. ¿Estuviste ahí?
─Con los pies que ves ─alcé mis botas de pellejo de becerro descoloridas y polvosas.
─¿Y dices que distribuyó tierra entre los campesinos de Babicora? ─preguntó.
─Por leguas, kilómetros y millas ─informé─. Hizo rancheros a peones de la noche a la mañana.
─Ni modo, buey ─dijo Hammet─, ese cuate Villa era comunista de hueso rojo.
─Pos en números cerraditos 800,000 acres de tierra de pastizales ─dije.
─Usurpación de propiedad ─dijo Hammett─. Por lo que toca a California, va al patíbulo.
─Dio tierra gratis a peones. Y a Mr. Hearst ni pinche pennies… ─añadí.
─¿También repartió ganado entre la tropa? ─comentó.
─Montonales, carajales, coñales, cojonales ─confirmé─. Becerros, ovejos, vacas, terneros, chivos, conejos…
─Confiscación ilegal de bienes ─dijo Hammett─. Por lo que toca a California, lo achicharran en la silla eléctrica.
─Vivió y murió en México, no olvide ─dije─. Ahí es posible hasta la resurrección de un bandido en santo.
A la una de la madrugada, el jefe Hearst hizo su entrada en la redacción del San Francisco Examiner batiendo campanilla y taconeando fuerte para no sorprender a los periodistas dormidos.
─Los señores esperan desde la prima noche ─indicó el jefe de redacción.
─¿Qué se les ofrece? ─Hearst amable.
─La cabeza de Pancho Villa ─pidió Hammett─. Venimos por ella.
─¿Así no más? ¿Federal Express o United Parcel Services? ─dijo─. ¿Entrega a domicilio o en casilla de correos?
─Detectives privados ─aclaró Hammett.
─Vengan ─dijo Hearst.
Atravesamos la redacción entre el fuego cruzado de máquinas de escribir y teletipos. Sobre un fondo de grumoso cristal se leía: William R. Hearst. Head. Entramos a un despacho de escritorio napoleónico y lámpara art deco, un par de sillas Luis XV, alfombra persa de arabescos geométricos y ventanal con celosía a lo serrallo turco que daba a la bahía de San Francisco. Hearst abrió la gaveta central del escritorio.
─Aquí la guardo.
Hammett se apresuró a remover los papeles en el fondo de la gaveta mientras atisbaba curioso por encima del hombro.
─¿La ve? ─dijo Hearst.
Miré al rostro sombrío de Hammett cuando terminó de levantar la última remesa de papel y miré al fondo de la gaveta: a través de un perfecto agujero se veía un pedazo de la alfombra marrón que cubría el piso.
─Ahí estaba ─balbuceó Hearst─. Ayer estaba ahí.
─¿Qué cosa? ─preguntó Hammett─. Ayer fue ayer y hoy es hoy.
─La cabeza de Villa ─explicó Hearst─. Pagué $50,000 por ella.
Fui yo el que sintió la sangre fluir dentro de la cabeza y latir fuerte tras las mejillas. Me agaché a mirar: vi el agujero de bordes circulares abierto con sierra mecánica.
─¿Obra de quién? ─preguntó Hammett.
─Nadie entra aquí sin permiso ─declaró Hearst─. El despacho se limpia mientras trabajo. Y al salir, cierro con llave.
Seguía atónito con el descubrimiento del agujero del fondo de la gaveta por el que la cabeza rodó al suelo ¿Alguien la atrapó y la metió en un saco?
─Tanto nadar pa’ no más morir en la orilla ─suspiré.
De rodillas sobre el piso, Hammett metía la nariz dentro del agujero y miraba con ojos incrédulos mientras registraba por centímetros la polvosa superficie de la alfombra persa.
─¿Algo de valor? ─dijo Hearst.
Hammett sostenía un pedacito de cartón que colocó sobre el escritorio.
─¿Es suyo? ─preguntó─. ¿Lo reconoce?
Nos acercamos a mirar: un dibujo como de bandera pirata y un cráneo con dos fémures cruzados en la base y el número 322 en el centro.
─No, mío no es ─aseguró Hearst-. Ni nones ni melones.
Miré de nuevo el dibujo pirata del cráneo con fémures cruzados y el número 322.
─Símbolo de la testa de Villa ─dije─. Tanto luchaste hasta que la encontraste ¡Bingo, Hammett!
─322 ─leyó Hammett─. ¿Cuál era el número de la tumba de Villa en Parral?
─No recuerdo ─dije─. Pero se me hace que 322 suena bien.
─¡Pendejadas! ─dijo Hearst─. 322 es más que eso. No es número de muerto de Villa. Es número mágico. Es número clave de la sociedad secreta Skulls and Bones.
─¿Skulls and Bones? ─Hammett sorprendido─. ¿Cómo suena eso?
─Huesos y calaveras ─repetí─. Con eso se hace sopa.
Los días que siguieron los pasamos encerrados en la biblioteca de San Francisco con una pila de libros delante. Muchos más libros de los que revisamos para rastrear el origen de la estatuilla del halcón maltés y que Hammett pudiera escribir su novela de mayor éxito.
─Tenía razón Hearst ─comentó Hammett─. 322 es más que número. Es cábala pitagórica…
─¿Ca qué? ─dije─. ¿Pita cuánto?
─No se haga manso, buey ─pidió.
Y nos contó lo que había leído en el Atlas:
Demóstenes murió en 322 A.C y fue llevado al Olimpo en alas de Eulogia, la diosa de la elocuencia que regresó a morar como musa inspiradora en la tumba de la sociedad secreta Skulls & Bones en 1832, en la Universidad de Harvard.
Y esa tumba tiene un reloj de péndulo que marca las horas con cinco minutos de adelanto para recordar a los miembros de la S & B, no a los de la J & B, su deber de adelantar a los demás en cualquier oficio o profesión.
Miembros de la S & B, no de la J & B, fueron los primeros en participar en la secesión de los estados del sur de los del norte de Estados Unidos en 1861.
Los primeros en llevar opio de China a la India en veleros. Los primeros en declarar enemigos raciales de los Estados Unidos al jefe indio Gerónimo y al general mexicano Pancho Villa y sus cabezas cotizadas por $50,000 en el mercado de cabezas de cera de Madame Tusset, en Londres.
De ahí las cabezas fueron trasladadas en urnas de acero blindadas a la cripta secreta como piezas de museo de ritos de iniciación de los S & B.
De ahí las robaron un día borrachos los de la cofradía de los J & B y se las pasaron al abuelo Prescott Bush y este al padre George y este al CIA que no es lo que la gente cree sino una compañía inmobiliaria con fachada de agencia de inteligencia.
─¡Fiuuu! ─silbé─. Una detective novel a la hechura de Hammett.
─¿Satisfechos? ─dijo Hearst─. ¿Se cierra el caso?
Hammett no respondió y se limitó a recoger su sombrero de paño irlandés de encima del buró del despacho del jefe de redacción del San Francisco Examiner. Nos despedimos de Hearst delante de la doble puerta giratoria de vidrios tornasolados del diario.
Esa tarde cruzamos el Golden Gate en el Nash descapotable de Hammett, envueltos en la neblina que arrastraban las olas del océano Pacífico rumbo a Sausalito, donde beberíamos cerveza negra en una taberna bávara recién inaugurada.
─Nunca sabremos la verdad ─declaré─. Me doy por vencido.
─Las verdades vienen envueltas en mierda ─sentenció Hammet─. Y las mentiras en papel de celofán anudadas con tiritas de colores …
Al llegar al Golden Gate, detuvimos el auto y nos asomamos en puntas de pies a mirar el océano gris desde un barranco por el que se había despeñado una semana antes una rubia de nombre Kim Novak aquejada de súbito ataque de vértigo.
─¿Qué crees? ─llamó mi atención Hammett─. ¿Suicidio u homicidio?
─La Novak resbaló por accidente ─resté importancia al asunto─. Está bien para noticia de periódico, no para película de Hollywood.
Debajo del Golden Gate, sobre la playa de arena gris, un par de pescadores, visiblemente exaltados, tiraban de una red sin peces en cuyo centro estaba atrapada una cabeza de hombre de pelo y bigote enmarañados.
Hammett, de pie sobre la punta del acantilado que da al Oceáno Pacífico, como el conquistador hispano Coronado al llegar a playas de California, se apresuró a golpearme en el estómago con el codo, que mirara…
Y declaró solemne para la historia.
─Puedes ser derrotado, nunca vencido ─dijo─. ¿De qué verdad hablabas?
─Sé que nada sé ─riposté─. Pero se me hace que otro pendejo lo dijo antes. Y ya es tarde para volver a Chihuahua y empezar la pesquisa de la cabeza de Villa ¿No cree, patrón?
