El fin del juego

Fragmento de novela homónima
XXV Premio de Novela Ciudad de Salamanca 2021

Xavier Carbonell


Xavier Carbonell (Camajuaní, Cuba, 1995). Escritor, periodista y editor. Ha realizado estudios de filología, comunicación y filosofía en distintas universidades. Trabajó como investigador y profesor en la Biblioteca Diocesana «Manuel García Garófalo». Es editor de las revistas Umbral y Árbol Invertido, y corresponsal en Cuba para SIGNIS, la Asociación Católica Mundial para la Comunicación. Recibió el Premio «Paco Rabal» de Periodismo Cultural por su crónica «Mi canon sentimental del cine cubano», y el Premio Fundación de la Ciudad de Santa Clara, por su novela El libro de mis muertos. Con El fin del juego obtuvo el XXV Premio de novela Ciudad de Salamanca. Su escritura se sostiene en el humor, la acidez, el desamor, la fatalidad y la memoria. Gastrónomo por vocación, aunque no por oficio, y furibundo fumador de puros. Espera el apocalipsis en muy buena compañía y sobrevive tras las trincheras de su biblioteca.

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NOTA DEL AUTOR:

El fin del juego es una novela que encapsula mis años universitarios, mi aprendizaje en el culto del habano y mis excursiones al universo de la litografía colonial. Envío a OtroLunes una sección de su capítulo 7, «Extrañas formas de dormir al fuego», que a mi parecer condensa la novela y su ambiente: dos hombres —maestro y discípulo, guía y protagonista: Ezequiel Chong y Sergio Mestre— conversan, fuman, hablan del ajedrez y de la muerte. En concreto, hablan de Lorenzo Lacret, un bibliómano de infeliz memoria, que acaba de morir. Cada uno opone la palabra al vacío, que en última instancia es el deseo de toda literatura. El lector avispado encontrará robos —cariñosos y por lo tanto excusables— a Lezama, Sarduy Fernando Ortiz y Cabrera Infante, y una devoción demasiado intensa por la tarde cubana, el tabaco y la sobremesa. Un jurado otorgó hace poco a El fin del juego el XXV Premio de Novela Ciudad de Salamanca.

 

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Lo encontró en su sillón de siempre, raspando la madera con la uña, lentamente, como si tuviera la eternidad para gastarla. No estaba dormido pero nada en él se movía, excepto el dedo que trataba de llegar a la médula de la vida. Destruir el barniz y las fibras de la madera, le había dicho alguna vez, es penetrar en la esencia de lo que me molesta. Al cabo de un tiempo, los dos perdemos materia y llegamos a una solución, o a una resolución, que es lo mismo. Carne por carne, espacio por vacío. La mitad china de Ezequiel Chong buscaba con insistencia lo vacuo, el tokonoma de los japoneses, la nada creadora que le iluminara la vida. ¿Hasta qué punto se sostiene un hombre en el abismo, Sergio? ¿Qué hace que se aferre a la vida y no se abandone a la muerte, cosa que es más fácil pero imposible para los cobardes, los vivos con miedo como yo? Yo debo seguir aquí mientras otros se van, es mi castigo pero también es mi ventaja.

—¿Tú sabes cómo me decía él?, a mis espaldas, por supuesto —Sergio negó con la cabeza—. Ah, fueron sus insultos mejores, hijo. Pues me decía el buda tropical, boticario de provincia, porque tuve que trabajar en la farmacia de mi abuelo cuando niño. Y mi favorito, ese nunca se me va a olvidar: negrito catedrático, como si yo soportara el teatro bufo.

Ezequiel dio una cachada a su tabaco, siempre presente. El humo salió entrecortado y tenebroso.

—Sin embargo, yo no le guardo rencor.

—Veo que te enteraste.

—Efectivamente. Le he dedicado mi meditación de esta tarde. ¿Tú sabes que todas las tardes, a la hora de la siesta, yo pienso mucho? Los insolentes de mis sobrinos creen que estoy dormido, y se ponen a hablar de mí, a hacer planes, a remodelar la casa en sus cabezas de ladrones. Pero yo no duermo, pienso. ¿Quieres un consejo? Cada día, durante la siesta, piensa en el suicidio. No es morboso, Sergio, no me malinterpretes. Cuando uno medita en la muerte a la hora de la siesta, como un monje del desierto, sale con los sentidos iluminados.

—Yo nunca duermo después de almuerzo, Ezequiel. Bueno, ya ni por las noches duermo. Por no hablar de lo que almuerzo.

—Haces mal —dijo el gordo—. Morir es dormir, o tal vez soñar, si nos ponemos dramáticos e ingleses.

—Pensaré cuando me muera durmiendo, maestro —se burló Sergio.

—Sí, ríete, no importa. Ayer pensé mucho en el tabaco, que también te obliga a pensar en la muerte, sobre todo cuando él mismo te conduce a la muerte, como es mi caso. Resulta que consultando mis viejos libros de herbolario, porque también me dio por eso alguna vez, me di cuenta de que el tabaco es sin duda maligno, pero no es su culpa: pertenece a esa familia inquietante de plantas que son las solanáceas.

—Fascinante.

—Hay días en los que es mejor no hablarte, pero seguiré.

—Sigue, no me hagas caso.

—Nada, pues dentro de la familia de las solanáceas hay plantas siniestras y mitológicas, que a los antiguos les inspiraban terrores, torturas, visiones y sueños. Ahí tienes a la mandrágora, que producía locuras y remordimientos. Ahí mismo está la atropa, que dio nombre a una de las parcas. Al lado tienes a la belladona mortífera, que daba pecaminosas y negrísimas profundidades de infierno a las pupilas femeninas. ¿Y qué me dices del beleño? Era el veneno favorito de la literatura clásica.

—Ahora entiendo por qué nuestro amigo, de feliz memoria, te acusaba de boticario.

—Sí —rió Ezequiel—, tienes cierta razón. El tabaco, sin embargo, te envenena lento pero te hace gozar. Es el diablillo de las solanáceas.

—Mala familia, esa.

—Pero no te preocupes, que ha pagado al mundo su maldad con una planta casi pontificia, la papa, y con su colegio de cardenales, los tomates. Mientras, del tabaco solo quedan las cenizas y la fumata, como en la Capilla Sixtina, y en eso se parece al hombre. El cuerpo es el polvo y su alma se eleva con el humo. A lo mejor por eso se lleva tan bien con nosotros —de pronto la expresión de Ezequiel cambió bruscamente, como si toda la conversación hubiera sido una cortina de humo para llegar a ese punto—. Dime una sola cosa: ¿tú crees que Lorenzo Lacret se suicidó?

—¿Por qué me preguntas eso? —dijo Sergio, estupefacto—. Lo encontraron con puñaladas dadas. ¿Tú no lo sabías?

Ezequiel siguió divagando, tabaco en mano y la vista puesta en el vacío, en el tokonoma de madera y uña.

—Los medievales tenían un símbolo que a veces me hace temblar: al suicida se le encajaba un palo en el tronco y se le enterraba en una encrucijada. Se le estructuraba con una estaca que venía a remplazar la levedad de sus huesos y se le zarandeaba bajo tierra con la diversidad de los vientos. A Lorenzo le hubiera encantado ese castigo, ¿tú no crees?

—No seas así, compadre. Además, ¿a qué viene todo eso si tú sabes lo de las puñaladas?

—Lo de las puñaladas fue después.

—¿Qué tú dices?

—Digo que lo apuñalaron después —señaló el teléfono con el tabaco—. Ya me hicieron la historia de verdad. La que no te dijeron a ti para que cantaras hasta la guantanamera si hubiera hecho falta.

—¿La historia de verdad? ¿Quién te dijo todo eso?

—Mis fuentes confidenciales, hijo mío. No quieras saber tanto. Todo parece indicar que nuestro amigo ingirió un veneno letal, que no era precisamente tabaco. Y luego lo botaron apuñalado a ese barrio por el río que, según tengo entendido, él frecuentaba bastante.

—¿Qué hacía ese hombre metido ahí?

—Muchacho —dijo Ezequiel—, a veces tu candidez es digna de una virgen renacentista. ¿Qué tú crees que hacía Lorenzo Lacret en un callejón de negros etíopes, con carné de identidad dado en Sodoma, y con un apetito secular y metalizado? Se me van a acabar los eufemismos y tendré que hablarte en lenguaje de adultos.

—Dios mío —dijo Sergio—, ¿no se sabe nada de quién lo mató, ni dónde?

—No sé si se suicidó, o lo suicidaron, y después lo apuñalaron para que pareciera otra cosa. Lo que sí sé es que Lorenzo Lacret estaba metido en una cantidad de negocios que no te puedes imaginar. Nadie se lo puede imaginar. Lo más probable es que le debiera dinero a alguien, una cantidad de dinero suficiente como para costarle la vida al pobre diablo.

—¿Tú sabías qué él le daba información a la policía de lo que yo estaba haciendo? ¿Te imaginabas que era un chivato?

A Ezequiel se le iluminó el rostro.

—¿Te lo dijeron ellos? Pues sí, niño, claro que me lo imaginaba. ¿Por qué tú crees que me botaron a mí? Entre otras razones por él, por sus intrigas en los pasillos del senado, preparando la puñalada al César. Chivato por vocación y por elección —el gordo dejó crecer una sonrisa acumulativa y desbordante—: Ahora debe estar en el embudo infernal del florentino, con sus socios sodomitas, tocándose las nalgas hasta el fin de los tiempos.

—Ezequiel, compadre.

—La muerte nos lleva a la definición de la persona, Sergio, que no se te olvide. No lo dije yo, lo dijeron los pitagóricos. Y no me pidas dolor. No porque no sea humano, sino porque, a decir verdad, la gente que se muere a nuestro alrededor se muere sola. Nosotros solo asistimos a eso, miramos y ya, como mismo nadie nos acompañará a nosotros. Morimos como lo que somos, perros solitarios. O hipopótamos, en mi caso.

—De madre.

—Me imagino que mi sufrimiento real, si es que tengo alguno por el desgraciado de Lorenzo Lacret, debe ser el mismo de Napoleón cuando le mataron al almirante Nelson, su némesis, su monstruo marino de Trafalgar y Egipto.

—¿Sufrimiento tú? ¿Sufrimiento por la víbora de la biblioteca?

—Di lo que te dé la gana, Sergio. Ríete, búrlate con tus palabras que tanto adoras. Pero ten en cuenta que tú perdiste un amigo, o al que creías que era tu amigo. Yo perdí una cosa más sutil y más valiosa que esa, perdí un enemigo.