Entre la deificación histórica del franquismo en el filme Raza (1942) y la visión desacralizadora del franquismo en el filme Espérame en el cielo (1987) hay un corte abrupto en el tiempo y en la forma en que se mira a la realidad política de España.
En la primera interpretación, sobresalen elementos ajenos a la estética cinematográfica, como la ideología en función de una puesta en escena que tiene como super objetivo plasmar en pantalla las consignas del imaginario franquista: ¡Arriba España! y ¡Dios, Patria y Familia!
En la segunda, la risa actúa como un elemento corrosivo que disuelve en absurdo y doble sentido la solemnidad del caudillismo mesiánico y nos lo devuelve transformado en una fiesta, plena de transgresiones y de espíritu carnavalesco como en los ensayos de Bakhtin.
Pese a las diferencias, ambos filmes tienen en común apuntar hacia atrás para hacer diana en el presente con el disparo, es decir, servirse de la historia uno para glorificar a Franco en vida y el otro para burlarse de él después de muerto.
Puesto en la disyuntiva de escoger entre uno y otro, nuestro voto va por el segundo sin necesidad de otra vuelta electoral o de un conteo de balotaje por empate virtual de los candidatos.
No me oculto para decir que la película del director Antonio Mercero1 me satisface a plenitud más allá de cualquier valoración artística que, como crítico, estaría obligado a realizar.
Es uno de esos filmes que se guardan en el cajón de los recuerdos, uno que se disfruta de corazón y del cual decimos: me gusta, y basta….
Enumeremos algunos de los elementos del plot para sustanciar nuestra adhesión a la película de Mercero.
Es un filme con arrancada de misterio en la mejor tradición de suspense afincado en la cotidianeidad de la vida, como sucede en Los pájaros (Hitchcock), en el que nadie puede suponer que la paz de la aldea de pescadores pueda ser perturbaba por unas gaviotas que, por el momento, antes que desaten el apocalipsis, conviven pacíficamente con marineros y botes en la bahía.
Es una comedia de humor costumbrista, pero muy especial, con toques de absurdo, al centrar la narrativa en un individuo que no está involucrado en delito ni conspiración política alguna y, sin embargo, se ve asediado por extraños sujetos que se pasean por delante de su negocio mientras que, dentro del local, sospecha hay cámaras ocultas que registran sus movimientos.
Es un filme de ciento doce minutos de duración cuya trama ocurre en un momento indiferenciado localizado a fines de la década del 40 o principios de la década del 50.
Es un filme que comienza como muchas obras del teatro clásico en media res, a través de una situación inesperada para el protagonista.
¿Quién es él?
Un burgués madrileño, Paulino Alonso (actor Pepe Soriano), en los cincuenta años, dueño de un comercio de ortopedia que, al despertar -para seguir con el alineamiento de absurdo del filme- como Gregorio Samsa en el relato de Kafka, se ve convertido no en cucarachón sino en protagonista de un plan fraguado en la clandestinidad por el servicio de inteligencia franquista: Operación Janus.
Objetivo: secuestro de Paulino y traslado clandestino a El Pardo2 -residencia oficial del ejecutivo español- como “gallinita ciega” en el argot policial, al llevar los ojos cubiertos con una venda que le han puesto los policías de civil al mando de Alberto Sinsoles (actor José Sazatomil).
No se trata de un secuestro al estilo mafioso para pedir rescate a la familia de la víctima, sino de la desaparición de un sujeto de interés no por militancia en las filas de la oposición sino por parecido físico con el Caudillo de las Españas3.
Nunca se nos dice si Paulino era o no consciente de su apariencia, pero el hecho es que su enorme parecido físico al de Franco -bajo de estatura y de vientre regordete-, le cambió la vida para mal.
Tras recibir ultimátum de Sinsoles de que procederá contra él, es secuestrado en un burdel madrileño al que suele acudir de fiesta con la Chochi, su amante.
En la fiesta, anda disfrazado de fantasma -algo que pronto sucederá en la narrativa posterior del filme- y canta una canción prohibida por el puritanismo católico imperante en la España franquista:
Rascayú, cuando muera qué harás tú
Una vez que se consuma el traslado en secreto a El Pardo, Paulino deviene algo así como el prisionero de la máscara de hierro de Dumas o el hombre del subterráneo de las novelas de Dostoievski, encerrado todo el tiempo en un local que es un paupérrimo remedo del despacho de Franco a la vez que pesebre-dormitorio.
Aislado, sin saber si afuera es día o noche, y sin comunicación con familiares y/o amigos, Sinsoles, el jefe de la propaganda nacional franquista, lo somete a una suerte de lavado de cerebro: largas y agotadoras jornadas en las que imita la sonoridad aflautada de la voz de pito de Franco, el andar pausado, las invocaciones a Dios, la retórica de los discursos, las órdenes a ministros, las genuflexiones ante el cuerpo diplomático y las manos alzadas cada cinco segundos al estilo de ¡Arriba España! en las concentraciones públicas en la Plaza de Oriente.
Cuando cree que ya lo tiene a punto para suplantar al Caudillo, Sinsoles, consciente de que una buena educación debe incluir virtudes y también defectos para que el aprendizaje sea completo, le pide, de pie delante de él, que imite una vez más la pose que ha hecho inmortal a Franco en los noticieros del NO-DO.
El culo hacia dentro, la tripa hacia afuera
En el delirio por crear en los sótanos de El Pardo un Franco de probeta que proteja al Caudillo de envenenamientos al estilo Borgia, obliga a Paulino a ingerir los alimentos preferidos por Franco: sopa, tortilla, manzana y vaso de leche.
En el filme, importa tanto la narrativa de la historia como la forma en qué se cuenta. Las repeticiones de las imágenes devendrán leit motif, insertados en la composición visual. Como ocurre con el traje negro, la figura estirada, las gafas oscuras y el mostacho del oficial Sinsoles y sus secuaces.
Igual ocurre con la caracterización dramática y física de Paulino: un pequeño burgués que gusta de los placeres de la mesa, el vino y las mujeres y se ve, de la noche a la mañana, en un galpón de El Pardo con el cabello cortado y el bigote a la usanza del Caudillo.
Durante su reclusión forzosa en El Pardo, Paulino elige cada día un atuendo diferente entre trajes civiles y militares, sube y baja el brazo derecho delante del espejo, mecánicamente, como una de las prótesis que fabrica en el taller, hasta imitar a la perfección los movimientos de Franco en sus apariciones públicas.
Mientras, afuera, el mundo sigue su marcha…
Paulino desaparece y deja en la incertidumbre a Emilia (actriz Chus Lampreave). Su mujer lo cree muerto y organiza sesiones espiritistas. Convoca a los espíritus para que informen sobre el destino final de Paulino, si el cementerio o la cárcel y, al saber que sigue vivo por medio de una aparición fantasmal en una sesión espiritista, acecha los movimientos de Franco en los noticieros NO-DO -en realidad Paulino- para confirmar que, si se rasca la oreja, es señal que sigue vivo4.
Las lecciones de franquismo militante de Sinsoles a Paulino logran el efecto deseado, se imbuye de la personalidad del Caudillo. Ya no se pueden separar las actuaciones: Paulino es Franco y Franco es Paulino, siameses en carne y espíritu.
Los ejemplos más logrados de la metamorfosis ocurren en las transmisiones de los noticieros NO-DO: Franco-Paulino, con casco y overol blanco, baja en un estrecho elevador a saludar a los mineros, corta la cinta e inaugura un puente sobre el Tajo, prueba el encendido de una central hidroeléctrica en Entrepeñas y celebra la terminación de obras viales en pantanos.
Pero, como es norma en las relaciones entre ventrílocuo y títere, más absorbe Paulino las enseñanzas de Sinsoles, menos alma libre le queda y llega a un punto en el cual, el golem de Paulino, empieza a dar alarmantes síntomas de rebeldía.
Quiere que se le pague sueldo, nada menos que cinco mil pesetas, como asalariado del franquismo que es.
Quiere cambiar de comida:
“Estoy hasta las narices de la sopita, de la tortillita, de la manzanita y del vaso de leche”.
Quiere mujeres, al menos una a la semana, para librarse por unas horas del celibato forzoso al que se ve sometido.
“Arrégleselas usted mismo como pueda”
Y ordena que le den bromuro para calmar sus impulsos y amenaza con castrarlo.
Quiere sentir que aun vive, se escapa de El Pardo y se presenta en una sesión espiritista.
Ante Emilia, declara:
“Soy una sombra. Acompáñame”
Y la escena que sigue es una de las más tiernas del filme cuando, ambos cónyuges, tras años sin verse, bailan al compás de la música
Espérame en el cielo, rogando por mi adiós
Para que pronto estemos juntos allí los dos5
Quiere sentirse Caudillo en casa y espía a Franco en su despacho. En un descuido, suplanta su personalidad y da lugar a una de las mejores secuencias cuando Franco, creyéndose obligado a reconocer una parte de sí en el hombre idéntico a él que tiene delante, le dice:
España es un cuartel. Haga lo que yo: no se meta en política.
Y todavía más, en gesto heroico y rebelde a la vez, se escurre dentro de la recámara matrimonial de Franco y mantiene un delicioso diálogo con Carmen Polo (actriz Josefina Calatayud) en el cual, en clave de doble sentido, la esposa de Franco, ante la duda si está en presencia del original o del doble del Caudillo, asegura maliciosa que siempre sabría cómo reconocerlo al lado del tálamo nupcial.
No podría faltar en Espérame en el cielo, la inserción intertextual del cine dentro del filme como uno de los grandes méritos de la película.
La presencia del cinematógrafo y del mundo que lo rodea se hace evidente en varias oportunidades de una forma que no luce ni repetitivo ni innecesario.
Muy temprano en el filme, está presente el suspense de la vida cotidiana propia de los filmes de Hitchcock al sospechar Paulino que es una isla rodeada por un mar de enemigos.
Luego, al cine se le compara con la tentación de Adán en el Paraíso por Eva y la mordida de la manzana prohibida. En un sermón dominical extemporáneo, pues no guarda una relación directa ni antes ni después con el objetivo principal del filme, el rapto de Paulino, el párroco se refiere en términos incriminatorios al filme Gilda (1946) de la actriz Rita Hayworth6.
Más tarde, dos elementos indispensables para ensamblar la producción de los filmes aparecen como elementos iconográficos en primer plano dentro de la habitación que Paulino ocupa en los sótanos de El Pardo: el proyector de películas y la moviola.
En cierta forma, la labor de curaduría ideológica que Sinsoles realiza con Paulino de prisionero, en términos cinematográficos, podría verse analógicamente como Paulino (el filme) editado por Sinsoles (el director) en el laboratorio de revelado (los sótanos de El Pardo).
Los acercamientos de Paulino a la figura de Franco se hacen a través del cinematógrafo, cada vez que visualiza los noticieros NO-DO en los que se dirige: a la Academia de Mando, a los españoles en mensaje de fin de año, a los feligreses en el discurso ante el sepulcro del Apóstol Santiago, a los miembros del club de caza rodeado de perdices cazadas a tiros de escopeta, a los empresarios y trabajadores de Cataluña.
En sucesivas metamorfosis, Paulino pasa de (1) tira de celuloide en el proceso de post producción en el laboratorio de revelado (2) a la pantalla como actor al finalizar el aprendizaje en El Pardo (3) a las salas de cines donde lo ve Emilia rascándose la oreja en guiño cómplice dirigido a ella entre fanfarrias de trompetas y redobles de tambores que hicieron de Franco el héroe epónimo de los noticieros NO-DO por más de tres décadas.
Las sucesivas metamorfosis se extienden como los eslabones de una cadena que vincula realidad y ficción y hace de un hombrecito insignificante como Paulino, sin atributos de importancia visibles, un dictador longevo y una luminaria del cine contemporáneo
No se debe dejar de mencionar las relaciones intertextuales de Espérame en el cielo con otras películas. En particular, con los filmes El gran dictador de Charles Chaplin y Ser o no Ser de Ernst Lubitsch, ambos con situaciones equívocas en las que no se sabe quién es quién ni en cuál bando está, pero que involucra en la primera a un barbero judío con Hitler y en la segunda a un grupo de actores con las tropas invasoras nazis en Europa7.
El filme cierra con Emilia de visita en célebre Valle de los Caídos donde reposan miles de víctimas de la guerra civil española (1936-1939) para depositar una rosa sobre una tumba.
Pero lo que interesa no es la visita anecdótica al lugar sagrado de la iconografía franquista sino la secuencia final que ahí tiene lugar.
Tras pasar tristemente su vida entre lágrimas y rezos, al ver a su esposo vestido de uniforme como Franco en los noticiarios del No-Do, la pobre Emilia decide como última voluntad del finado visitar el Valle de los Caídos… y ahí, en una escena de elaborado surrealismo que combina imágenes y palabras, nos hace conscientes en el minuto final del filme de que, quien yace enterrado en el mausoleo, no es Francisco Franco, Caudillo de las Españas, sino su marido, el modesto y mediocre propietario de una tienda de ortopédicos en una barriada de Madrid.
Angustiada, Emilia exclama:
«Tú aquí, con el frío que hace, y el otro al solecito en la tumba de la prima Evangelina tan ricamente».

