René Fuentes (Bayamo, Cuba, 1969) es poeta, narrador y dramaturgo. En su país de origen obtuvo varios reconocimientos literarios. Entre otros, en 1994 ganó dos premios Abril, por Los gallinazos (poesía) y La bufanda (teatro), ambos libros fueron publicados en 1995. Los gallinazos, además, en 1995 ganó el Premio Pinos Nuevos, otorgado por el Instituto Cubano del Libro. En Uruguay, donde reside desde 1996, ha recibido otros reconocimientos literarios y publicó Las trampas del paraíso (novela, 1996), La ida por la vuelta (novela, 1998), Una oscura pradera va pasando (poesía, 2000), Postales que nadie pedía (poesía, 2004), El mar escrito (novela, 2006, Premio Nacional de Literatura, 2004), Silbidos dispersos (Premio de Poesía de la Intendencia de Montevideo, 2009), Noveno círculo (novela, 2011), Caballo que ladra (Premio Onetti de Poesía, 2013) y Periplo cerrado (Premio Onetti de Poesía, 2016).
También ha colaborado como periodista cultural en publicaciones uruguayas y extranjeras. En 2002 la Facultad de Comunicación y Diseño de la Universidad ORT Uruguay le otorgó el Premio a la Excelencia Docente. En 2006 fue uno de los poetas iberoamericanos invitados a las Segundas Lecturas de Primavera, organizadas por el Ministerio de Cultura de Argentina y por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Su obra de teatro Un gaucho, dos gauchos, treinta y tres gauchos fue finalista del Premio de Teatro Breve, España, 2009. En 2016 obtuvo varios reconocimientos literarios. Entre otros: el Premio Internacional de Poesía Blas de Otero-Villa de Bilbao en lengua española, por Guitarra del mesón (2017) y el Premio Nacional de Literatura en Uruguay, por Caballo que ladra. En julio de 2017, ganó el VI Premio Internacional de Novela Fundación MonteLeón, España, por el libro La mano que el perro llevaba en la boca (2017). En diciembre de ese año ganó el Premio Iberoamericano de Poesía Marosa di Giorgio, por el libro Hidalgos. En 2019 fue uno de los poetas latinoamericanos invitados al XXIII Festival Internacional de Poesía de Cartagena de Indias, Colombia. En 2020 recibió la beca de Formación de Estímulo a la Formación y Creación Artística (FEFCA), que otorga el Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay. Varios de sus poemas y relatos han sido publicados en antologías.
–***–
Por el justo filo de la penumbra
Yo era la tierra que sufría
el reventar de los jugos y los verdes botella,
aquel bosque desolado
donde la crueldad es una piedra sin estaciones.
Yo era el ciervo que bostezaba
sobre la turbia condición de la metáfora,
sobre su aguda rama bostezando
como un relámpago que deja un péndulo en sus orejas
para llevar los torrentes de la montaña escarlata
a la luz de los golpes intactos.
Escuchen, escuchen a este labriego
que sembraba campanas en los trigales
y trigales en las campanas,
escuchen y perdonen noblemente su pezuña.
Recuerdo el bosque:
los troncos iluminados y las frondas oscuras,
la premura del agua para que los pies fueran lavados
hasta el sitio de la huella.
Y así fue
apenas dejaron ahorcados y traidores sin peligro,
la imagen emplumada
fue saqueada hasta los humos gestantes.
Sólo que no advirtieron
las piernas con que rehago los maderos
de esas barcas deshechas por aguas detenidas,
el aire que me cansa de las mismas velas
y las velas que me duelen de tanto aire desconocido.
Escuchen, escuchen cómo compongo mi talla yugular,
mi aprendiz de polluelo,
cómo esculpo el pánico de mis muecas
y sus caídas en los cataclismos de la espuma,
cómo entre la sombra y el espejo en los cerros se escarba,
y cómo de la oscuridad a la luz
quedan sólo los techos ancestrales
dejándonos el panecillo solidario
en la función del hambre que despierta
junto a la cólera del gusano
y su empinada caracola.
Recuerdo el bosque:
el confluir de los rayos perpendiculares
y los animales saliendo de la oscuridad
al contrabando de las especies.
Levanten los ríos y verán los caminos intactos.
Yo voy con mi tumba sobre el rastro
de la ausencia que permanece.
–***–
De las noches en que Soraya dormía
y yo ni dormía ni estaba con Soraya
Porque las noches de acá no te conocen,
porque el sol siempre amenaza pero vuelve el día
como si todos alimentáramos la imposible captura de su vuelo
bajo la sombra húmeda de los huesos.
Y estos zapatos mordidos y estos fríos particulares
dejarán las noches pasadas diluidas en el café.
Como si esperarte, fuera esperarme a mí mismo
oyéndote con la claridad que un niño escucha
los relinchos de su cuje
entre las bestias solícitas de sueños mal aliñados.
¿Cuándo entonces los zapatos estuvieron solos
si el dormir es aparente,
si los gallos cantan al alba alaridos del desvelo?
¿No ven en las crestas, no ven
que los pasos anteriores al pie
dejaron en un sitio la horma de la luz?
Esta noche fue desenterrada y nadie podrá salvarse.
Nadie podrá decir hasta aquí la muerte, hasta aquí la vida.
Las vasijas también mostraron un fondo aparente,
trocándonos el pecho por ronquidos tan lejanos
como los cuervos, como los huevos prolíficos de la sed
bajo el amparo nocturno del sudor y las piedras.
¿Cuándo entonces el frío ha dejado de ser tiempo,
frías noches entre el cuerpo y el pensar de la sombra?
¿Cuándo entonces la ausencia nos borrará el miedo,
el terrible miedo de pertenecernos más allá de la flecha
o más acá del punto significante?
¿Cuándo entonces la penumbra, cuándo entonces
justa forma que dibujas las cosas, justos ojos
volveremos a los patios, aquellos primeros patios
donde la hierba y el cielo claro
ocultaron el guiño final en la estrechez de la ropa?
Nada que yo recuerde puede dormir.
Esta noche no pertenece al cuadro roído de las estrellas,
tampoco al recuerdo. Su oscuridad
dejará siempre la duda, la necesidad de lavarnos el rostro
hasta la última claridad de los pañales secos.
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Salmo del tuerto
Hay que creer,
hay que creer,
por lo menos en las remolachas
hay que creer.
A lo mejor un día
ya no son rojas ni dulces
y resulta que el labriego
estuvo sembrando
maldiciones de avestruz.
Hay que creer,
hay que creer.
Miren a la luna:
hace tantos siglos
que parece un queso.
Miren en las granjas:
siempre hubo vacas,
terneros hambrientos
y leche agria.
Hay que creer,
una y otra vez
hay que creer.
A lo mejor un día
los quesos y los relojes
también se parecen
y los avestruces
sacan la cabeza,
se tragan la luna
y todo cambia.
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Salutación a los cuatro cielos de una rosa
Rosa,
rosa extraña,
rosa de labios difíciles,
más difíciles que el deseo sin cuerpos para entregarse:
yo me aferro a la armazón de tus pétalos,
yo te comprendo con lo más claro de mi cerebro.
Rosa de carne deshecha, esparcida por el polvo
donde la luz delata los esqueletos silábicos
de esos caballos que navegan por mi rabia
hasta los tuétanos de otra rosa que no ha visto nadie.
Rosa,
rosa de olor a cocina
y a muerto enterrado en la casa:
yo machaco tus pétalos y los pongo a vivir
en los portones oscurecidos,
en las campanas donde madura el tiempo,
en el borracho que enjuaga su rostro
con la turbia humedad de la aurora.
Rosa,
tú no eres rosa ni eres nada,
sólo espectros que perfuman
la pesadumbre de ser bueno.
Yo te di mis primeras lágrimas
cuando supe por primera vez que existe la muerte,
el último de mis días eternos.
Te agradezco entonces el precio de dudar
porque así conocí la soledad y las maneras de encontrarte,
porque los secretos de otras rosas no los puedo saber
pero los tuyos aparecen en los periódicos
para que los lea con el alfabeto de mi sangre.
Rosa,
rosa que fluyes delante y detrás de mis ojos,
tuyo soy antes y después de mi cuerpo.
Tuyo soy mientras balbuceo
un testamento furioso que abriga
las estaciones de la savia,
los modos de la tierra,
el itinerario de los huesos.
Este milagro elemental
de poder arrancarte,
machacarte,
esparcirte…
para que no me enseñes nunca
el rostro de tu rostro.
Porque si te viera,
si sospechara
el reverso de tu aliento,
tendría que descansar.
¿Y a quién
confiar mi locura,
a quién?
