El vuelo

Tomado del libro Equipaje de mano Ilíada Ediciones 2021

Natalia Castagnino


Natalia Castagnino (Asunción Paraguay, 1992) Es poeta y escritora, guionista y dramaturga graduada en Filmstudies por la Università di Roma Tre y la Accademia Nazionale d’Arte Drammatica de Roma. Publicó la novela Avalón, la Isla de las manzanas (2006). Publicó poemas en dos antologías colectivas del Taller Literario de la UNIBE: Doce (2010) y Versos atemporales (2009). Su cuento “Mamá muerta” integró la antología de finalistas del Premio Itaú de Cuento Digital en el 2013. En marzo de 2016 fue galardonada con el premio «PEN/Edward-Lily Tuck for paraguayan literature» que otorga el PEN America, por su poemario Doce lunas llenas: poesías sobre la divina energía femenina.

Puede adquirir el libro a través de este link: Equipaje de mano, Natalia Castagnino, Colección Caribdis de narrativa, Ilíada Ediciones 2021

–***–

Cuando despertó esa mañana, Marta Méndez de Mendoza sabía que iba a morir. No era la primera vez que sucedía o que intuía el momento próximo en el que dejaría de existir sobre esta tierra. Vivía preparada para morir en cualquier momento. Por eso, el día ocho de agosto, porque tiene cierta reverencia por ese número que es sagrado para chinos y budistas, se preparó mejor que nunca para tomar el vuelo que la llevaría al destino donde ella sabía que perdería la vida.

Llamó al padre Antonello, un hombre enjuto y cejudo como un cuervo, no solo por la vestimenta si no por la nariz que casi le llegaba a las rodillas, y pidió que se presentara inmediatamente para la extrema unción. El sacerdote, ya precavido desde meses para ese agendado adiós, preparó la Biblia y la sotana y se puso en marcha.

Marta Méndez de Mendoza vivía sola en un apartamento de ochenta metros cuadrados, muy cerca de Piazza Navona. Su casa era como un búnker infranqueable, donde nadie, salvo la doméstica y el sacerdote, tenía acceso.

Cuando el timbre sonó, ella se santiguó frente al sacerdote. La nariz del padre Antonello hizo su aparición en el vestíbulo, y, como siempre, desdeñó la bicicleta de carreras de Valentina que Marta se obstinaba en no deshacerse, empotrada a la pared del recibidor. Se saludaron y de inmediato se pasó a leer la Palabra. Marta versó lágrimas de emoción, una emoción que le crecía en medio al pecho y que sabía era un presagio de la hora final. Notó al clérigo más jorobado que antes y pensó que era la vejez. Le dejó una pequeña lista con instrucciones en un sobre, los destinatarios de los ángeles bañados en oro, además de los herederos de la imitación del Cristo Velado que adquirió en Nápoles dos años atrás cuando también creyó que iba a morir.

Antes de irse, el padre le dio aún otra ojeada de reprobación y una mueca desgarbada a la bicicleta.

─También ya tiene dueño ─afirmó Marta y cerró la puerta después de pasarle veinte euros.

Llevaba meses planeando ese día. Moriría en casa de Valentina, no para arruinarle el día, sino porque sabía que su hija organizaría el funeral como a Marta le gustaría. Se encargó de dejar la otra lista bien visible sobre su escritorio de roble, como lo hacen los suicidas en las películas. Incluía el larguísimo testamento de sus cosas, como y cuándo incinerar su cuerpo y donde lanzar las cenizas. Una copia había sido enviada esa misma mañana a Valentina. Su exmarido vivía retirado en una campaña en Aix-en-Provence y sería mejor que ni siquiera se enterase de lo sucedido.

Marta revisó el equipaje. Solo llevaba una cartera Hermès y un pañuelo turquesa enrollado a ella. En la bolsa, una copia de la lista yacía bien en el fondo. Su agenda negra, una Moleskine en miniatura que dejaron de fabricar el año pasado, también se escondía detrás de un diminuto espejo chino. En el bolsillo de la Moleskine, una colección de imágenes de ángeles se apiñaba formando una protuberancia que Marta ignoró olímpicamente. El número de la Guardia Civil encabezaba la lista de números de emergencia, escrita con claridad en la primera página, en dos lenguas, por si las dudas. Cuando supo que dejaron de fabricar ese modelo sufrió un ataque de pánico en la tienda y tuvieron que llamar una ambulancia. Encontró unas similares después de siete meses de búsqueda en una librería en el Vaticano, donde costaban veintiséis euros cada una.

En la cocina controló que la lista estuviera bien visible y echó un vistazo al orden de la misma. Los platos de cerámica alemana blanca estaban apilados secos en el mueble. El lavabo, seco y vacío. Insistía a Carmen, la doméstica peruana, que mantuviera las cosas secas. Sufría de fobia a los hongos y bacterias, a pesar de que nunca se encargó personalmente de la limpieza, y si tocaba una esponja o un trapo para limpiar las teclas del piano, utilizaba gruesos guantes amarillos. Sobre la mesa yacían sus documentos, su mala de cuarzo y lapislázuli, un rosario confeccionado con semillas de un árbol bendito en Montefalco, una lista de mantras en gurmukhi para sobrellevar las turbulencias, y dos paquetes diminutos con doce lentejas cada uno. Se arregló mala y rosario sin que se toquen demasiado. Los escondió debajo de la blusa con un gesto torpe de dedos, y acomodó los paquetitos en el fondo del sujetador. Estaban confeccionados con tela roja de seda, cosidos por ella misma con una puntura perfecta para que no la molestasen durante el viaje y para no tener problemas con los de seguridad en el aeropuerto. Dentro de la Hermès, guardó bien la tarjeta de embarque y el pasaporte, las llaves de su casa y una copia de la lista de sus cosas.

Caminó decidida hasta el vestíbulo, completamente vestida salvo por los zapatos, que los dejaba y obligaba también así a todas las visitas, a la entrada, como lo hacían en Alemania y para evitar que las malas energías y las bacterias entrasen a su casa. Dio un último vistazo a la biblioteca, sobre todo a la colección ordenada de ciudades umbras, tomó una bocanada de aire desde el punto del ombligo y salió de casa.

Como sabía que perdería la vida en unas horas, decidió salirse del protocolo por un rato y fue al café más próximo a tomarse un capuccino con cornetto. Piazza Navona, como siempre, era tomada de asalto por los turistas que histéricos tomaban fotos a las fuentes de Barberini. A Marta Méndez de Mendoza le daba pánico esos corrillos de gente aglomerada como hormigas. Los evitaba con escándalo, como si trajeran la peste consigo.

Los ataques de pánico comenzaron cuando Juan José Mendoza Casavieja la dejó después de treinta dos años de matrimonio. Dijo que la amó solo los primeros cinco años y que luego no la dejó porque quedaba mal que un embajador se divorciara en tierra extranjera. Armó su equipaje y se retiró a Francia, donde siempre le hubiese gustado vivir. Marta se consoló con Valentina, la única hija del matrimonio. Pero ella también le comunicó su decisión de irse a vivir a Alemania, de un día para el otro, porque ya Italia le quedaba pequeña. Tomó solo una valija consigo, y le ordenó que no vendiera la bicicleta de carreras, porque un día se la vendría a llevar. Marta Méndez de Mendoza se quedó sola en un apartamento de ochenta metros cuadrados que sin Valentina y Juan José le parecía de doscientos mil.

No llamó más a sus amigas ni aceptó invitaciones. Frecuentó solo la iglesia; la misa de las siete de la mañana era su preferida. Se enroló en sectas y grupos religiosos, buscó maestros y guías, siguió a magos y charlatanes. Nada de eso le salvó del pánico al mundo. Así que, un día, decidió morir. Pero morir organizando el evento, como siempre lo había hecho todo en su vida.

A través de sus anteojos de sol, distinguió el café más próximo. Aparte algún que otro turista, se encontró con un par de ancianos que leían il Corriere Sport y comentaban el último partido de la Lazio a grito pelado. Marta Méndez de Mendoza se acercó al mostrador, pidió el capuccino y señaló el cornetto más lleno de la barra. Evitaba la lactosa y los azúcares como si fueran el mal absoluto, pero ese día se dio un lujo. Moriría, después de todo. Mientras bebía el capuccino en silencio observó por el rabillo del ojo al barista que, con una habilidad quirúrgica, organizaba las tazas apenas salidas del lavavajillas con un tintineo relajante. La leche caliente le dio un golpe en el estómago y lamentó la leche de almendras abandonada en casa. Un estudiante entró y ordenó un café y pagó con una moneda. Usaba esos anteojos enormes que tanto ella había criticado a Valentina. Pero esta vez no le causó ningún disgusto. Le sonrió, pero el chico tomó sus libros y se fue.

Un grupo de ancianos se acomodó a su lado, lamentándose por el precio alto de los hemogramas. Uno de ellos llevaba bajo el brazo un perro pequeño como una rata, al que Marta le dirigió una mirada de desprecio. Cagaban por todo la ciudad y sus dueños, que a duras penas dominaban su propio andar, no se inmutaban en recoger las heces de esos animales infernales. Marta tuvo solo un gato, un noruego del bosque, que su marido se llevó consigo a Aix-en-Provence cuando se divorciaron. Cuando ella se dio cuenta del secuestro del felino (etiquetó lo sucedido de ese modo) se descompensó y fue internada con urgencia al San Giovanni durante dos semanas, donde ya conocía a todo el reparto de enfermeros. Gastó seiscientos euros en llamadas a Aix-en- Provence y a Berlín, donde vivía Valentina. La voz de Valentina sonaba con un eco cuando atendió la llamada.

─Hace dos años que dejamos de hablar y me llamas hoy por un gato.

─Toni siente a los muertos. Conectaba con tu abuela.

─Abuela era una perra. Me alegro de que se lo haya llevado.

Desde entonces, ella la llamó todos los días y se enteró de que se ganaba la vida con la cocina. Recordó el día que se fue gritándole que no la soportaba y dando un portazo al salir. Al día siguiente, Marta Méndez de Mendoza se inscribió en un curso de Bhakti Yoga, en la oscura trastienda de un nepalí que vendía pantalones y campanas tibetanas. Guru Rajkin, su maestro, le enseñó a respirar desde el ombligo y a tomar leche de cabra para la piel. Hicieron juntos curas para el intestino, que incluían mejunjes con sales rosadas e hilos larguísimos que se pasaban por la nariz y hasta le enseñó a curar la pulmonía con cebolla y jengibre. Guru Rajkin juraba que era capaz de detener la disentería con hojas de granada y evitar las energías oscuras con mantras antiguos. Marta dejó de frecuentar el curso por la vergüenza que le causó cuando se le escapó una flatulencia después de una asana con la cabeza para abajo.

Marta Méndez de Mendoza llamó un taxi. Caminó decidida delante de la embajada del Brasil, para llegar al viale Vittorio Emanuele, donde pidió que la esperara el vehículo. Sus tacos repiqueteaban contra los sampietrini, y recordó cuanto su exmarido odiaba ese rumor, así que enfatizó el paso.

El chofer del taxi escupía solo romano así que Marta evitó dirigirle la palabra durante todo el viaje. El se lamentó por el estado de las calles, la cantidad de turistas, el calor de agosto, los migrantes africanos y la ruptura del partido democrático. Todos esos temas eran los favoritos de Marta, pero evitó comentar, aunque su estómago hirvió de ansiedad por todo el camino.

Al aeropuerto de Ciampino se llega cruzando la Via Appia, así que Marta pidió al chofer que le explicase sobre los acueductos que los seguían a los costados. El chofer, Paolo, según se enteró apenas pasando Porta Maggiore, murmuró algunas cosas sobre la ingeniería romana y la grandeza del imperio, pero no supo explicar los detalles. Marta no esperaba más. Sabía que todos en este país eran unos charlatanes.

Marta le ofreció cincuenta euros y no aceptó el vuelto, porque no quería estrechar su mano con el hombre. En el aeropuerto, la fila de turistas era inmensa. Tanques y militares controlaban la zona, pero a Marta no le daban ninguna seguridad. El estómago se le revolvió con desesperación, y de nuevo sintió la punzada, esa que le indicaba con certeza que el fin se acercaba. O que la leche del capuccino era de mala calidad.

En los controles de seguridad el portal sonó y tuvieron que controlarla. A Marta se le escapó una lágrima de ansiedad y la respiración se le acortó porque era una muy mala señal. Nunca, en casi todos los cuatrocientos viajes emprendidos sonó la alarma y hoy, justo hoy. Pensó que la acompañarían a una habitación privada, pero iniciaron ahí mismo, delante de los otros turistas a pasar un scanner como una aspiradora de mano por todo su cuerpo. Marta Méndez de Mendoza sentía invadida su privacidad y sus nervios se alteraron aún más. Esto provocó la alarma de los guardias y la rodearon. Dos mujeres comenzaron a palpar sus costados, otras dos a revisar su Hermès con velocidad y luego descubrieron los dos pequeños bultos en el sujetador. Con un gesto de sus manos enguantadas en látex (a Marta le dio asco imaginar a cuantas personas ya habían registrado esa mañana), pidieron revisar qué tenía dentro y Marta enseñó los paquetitos de lentejas. Los abrieron de un manotazo, y todos los guardias pararon los respectivos controles, todos los otros pasajeros prestaron atención y quedaron desconcertados cuando las veinticuatro lentejas cayeron al suelo. Las guardias se miraron entre sí, miraron a Marta en busca de una explicación, pero ella estaba a punto de sufrir otro ataque de pánico por la vergüenza. La dejaron pasar, pero se sentía sin protección, y vulnerable a energías de envidia, sin sus lentejas. Llamaron a la enfermería. Le tomaron la presión y le dieron una botella de agua. Marta lloró con el rostro hirviendo de oprobio. Una de las guardias de los controles se acercó a la enfermería, le pidió disculpas en nombre del aeropuerto y le regaló un paquete entero de lentejas umbras, apenas compradas del Duty Free. Marta se recuperó. Tomó una hoja en blanco de la Moleskine, armó los paquetitos e introdujo la cantidad exacta de legumbres en cada una y se las puso de nuevo en el sujetador, todo esto ante la atenta mirada de las enfermeras. Les explicó que debían hacer lo mismo si querían dinero y protegerse de los envidiosos (enfatizó el gesto con los dedos) y se dirigió a la puerta de embarque número tres, de donde salía el vuelo 44162, con destino a Berlín. En la pantalla, una nube y gotas de lluvia explicaban las condiciones climáticas de la ciudad, y a Marta le dio de nuevo un reflejo de pánico.

Buscó en la Moleskine los mantras escritos personalmente a mano por Guru Rajkin y empezó a entonar en voz baja el Rakhey Rakhenahar, mientras desgranaba el mala de lapislázuli.

A las ocho y media, la línea de pasajeros para el vuelo 44162 aún no se movía. Se suponía que partía a las ocho y cincuenta y cinco. Marta evitó el pánico y cantó más alto el mantra. Un par de niñas rubias la miraron con curiosidad, sujetas a las piernas de la madre que leía el Berliner Zeitung.

El vuelo partió con un retraso de cuarenta y dos minutos. A Marta le dolían los riñones y la primera vértebra lumbar. Se acomodó en el asiento número ocho.

─El ocho es el número del infinito y la creatividad ─contó Guru Rajkin, mientras leía a través de la numerología tántrica su fecha de nacimiento. Desde entonces, Marta Méndez de Mendoza ordenó en ocho, y con múltiplos de ocho o números que juntos sumasen ocho, todas sus cosas, zapatos, platos, libros, adornos y hasta contactos en su teléfono celular. Ese día era el ocho de agosto, y le dio una sensación de alivio al verlo de nuevo en la pantalla del teléfono. Una joven con pelo rizado se acercó tímida y nerviosa al número ocho, pero de la otra fila. Marta entendió todo.

─¿Erasmus? ─preguntó. La joven asintió con un nudo en la garganta─. También mi hija lo fue. En Barcelona.

La joven solo abrió los ojos como platos en toda respuesta y se acomodó el cinturón de seguridad en la butaca.

Marta decidió que entablaría una conversación con ella durante todo el viaje. La señal de cinturones de seguridad se marcó en rojo y las azafatas controlaron a los pasajeros. El audio de seguridad inició explicando las salidas de emergencia. A Marta le fascinaba la explicación de las azafatas, que giraban con los brazos abiertos para señalarlas.

Lo que más adoraba de los vuelos era el gancho en el ombligo cada vez que el avión despegaba. La versión del Rakhey Rakhenahar sonaba a volumen alto en sus oídos siempre que iniciaba el audio de seguridad, mientras barajaba las imágenes de ángeles y las apretaba contra su pecho. Guru Rajkin le aconsejó imaginar una gran burbuja blanca alrededor del avión antes de subir a él. Marta recordó que en ese vuelo no lo había hecho y el corazón le dio un vuelco. Recordó el bochorno en los controles de seguridad y el retraso del vuelo y solo sintió feos presagios.

Las turbulencias iniciaron a los pocos minutos de que el aparato sobrevolara los Alpes. Marta Méndez de Mendoza explicaba a Rosaria, la joven de pelo rizado, dónde comprar pan en Kreuzberg y que mostrase siempre con cortesía su ticket al chofer del autobús, cuando el avión sufrió una fuerte sacudida. Su teléfono rodó por el pasillo, hasta casi los primeros asientos, y Marta emitió un grito. Asustó más a los pasajeros su reacción que las sacudidas violentas que empezaron a sufrir. Una azafata corrió en cuclillas para salvarlo y se lo devolvió cuando otra sacudida la lanzó sobre Rosaria, que aulló de desesperación. Marta observó toda la escena con admiración y espanto. Sabía que iba a morir pronto, pero no quería morir así. Desde la ventana, todo era gris, y las gotas de lluvia se aplastaban contra ellas. La azafata tomó asiento cerca de ambas mujeres, porque las sacudidas le impedían llegar a su puesto. A pesar de las fuertes turbulencias, estaba tranquila y sonriente. El capitán explicó que todos debían tener sus cinturones puestos y pidió paciencia, que sobre los Alpes es siempre lo mismo, y Marta sabía que estaba mintiendo. Observó desde la ventana las cimas coronadas con poca nieve y solo imaginó que la muerte sería inminente si se estrellaban contra una de esas rocas austriacas. No sabía por qué, pero intuía que volaban sobre suelo austriaco. El viaje continuó como si fuera sobre un toro mecánico.

Sollozos, gritos y llantos de niños se mezclaban en el ambiente desesperante. Marta apretó consigo las imágenes angélicas y olvidó la letra del mantra. Lágrimas pesadas le corrían sobre el rostro. El teléfono se había apagado al estrellarse contra el pasillo y eso solo le dio peores pensamientos. Imaginó al Boeing perdiendo altura y haciéndose trizas contra el Matterhorn. Seguro Valentina dejaría de comprar Toblerone después de eso. La tripulación no pasó con el carrito de la comida debido a las violentas sacudidas y los pilotos llamaban pidiendo calma y paciencia.

Todos los pasajeros sintieron cómo, sin previo aviso, el aparato inició a perder altura, tal como lo presagió Marta y las máscaras de oxígeno descendieron del techo. Gritos e impaciencia se embarullaron y Marta sintió el sudor frío, mientras se colocaba la máscara. Le dio asco imaginar que no estaba limpia por meses, o por los gérmenes que algún turista había utilizado antes, y otra fuerte sacudida dejó sin luz la cabina. Marta sintió el llanto desconsolado de Rosaria cuando los pilotos avisaron que era un procedimiento normal para ahorro de energía. Desde la diminuta ventana, vio y sintió cómo el aparato giró sobre un ala, y cómo esta se ondeaba al viento, como si fuera de papel. Sintió el corazón latir veloz, y le dio más miedo morir de un infarto que de un accidente aéreo. Pidió a la azafata que cerrase la persiana de la ventanilla y esta lo hizo de un manotazo.

Dos sacudidas más. El avión perdió altura. Marta sintió como si se elevaba en el asiento, e imaginó que su alma estaba desencarnando, pero aquello se debía a la violenta pérdida de altura. Buscó a tientas, en la oscuridad, con una sola mano, su mala de lapislázuli y cantó por última vez el Rakhey Rakhenahar. Recordaba solo partes. El aparato continuaba a perder altura sin sutileza. Rakhey Rakhenahar ap ubariaaan. Sintió un fuerte golpe, un rebote y otro golpe más en la frente. Su Moleskine con los números de teléfono de la Guardia Civil, del padre Antonello y su hija Valentina, cayó de la bolsa, y desesperó porque, si encontraban su cuerpo, no sabrían a quién llamar. Sintió que ya no corría oxígeno por su máscara. Forzó el respiro y una pequeña luz apareció a su izquierda. Se preparó para fallecer repitiendo el pauri treinta y nueve, pavan guru paane pita, y el avión se detuvo. Cerró los ojos. Se entregó al universo, como le encomendó hacerlo Guru Rajkin, y comprobó que la luz provenía de la persiana alzada.

Abrió los ojos por completo. El avión aterrizó, pero no en Berlin Schönefeld. Todavía seguía viva.