Marco Tulio Aguilera Garramuño(Bogotá, 1949) Publicó su primera novela en Buenos Aires cuando tenía 24 años. La obra Breve historia de todas las cosas fue presentada con gran estruendo publicitario por Ediciones La Flor, diciendo que era mejor que Cien años de soledad y que Marco Tulio era un escritor mejor que García Márquez, pero sin bigote. La crítica se ensañó con el novato. Mediando el año 2002 Marco Tulio ha publicado más de veinte libros, ha recibido decenas de premios literarios, entre nacionales e internacionales; ha sido aclamado por críticos y lectores de muchos países. Entre sus títulos memorables están Cuentos para después de hacer el amor, Mujeres amadas y Los placeres perdidos. A principios del 2002 aparecieron en México las novelas La hermosa vida y La pequeña maestra de violín, pertenecientes a la tetralogía «El libro de la vida», cuyo primer volumen, ya publicado, se llama Buenabestia / Las noches de Ventura. Es investigador de la Dirección Editorial de la Universidad Veracruzana, en México; durante cinco años ha mantenido el máximo nivel de productividad académica de dicha universidad; ha sido galardonado con los títulos de Creador Artístico y Creador con Trayectoria del Estado de Veracruz; ha sido becario residente del Centro Banff para las Artes de Canadá, y ha dictado conferencias en universidades de varios países.
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Nota preliminar: Ofrezco este cuento a OtroLunes casi como pieza arqueológica. Fue el primer cuento que me atreví a lanzar fuera de la órbita de Cali, donde viví entre 1967 y 1971, cuando yo tenía diecisiete años. Lo envié al prestigioso, ecuménico y casi inalcanzable Concurso de La Felguera, España. Que llegara a estar entre los dos finalistas después de superar más de diez escrutinios de eliminación y que estuviera por encima de más de dos mil cuentos, no sólo consiguió que mi suerte amorosa creciera entre las estudiantes de la Universidad del Valle sino que yo me persuadiera de que en mi destino estaba el escribir como obsesión y casi único camino.
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Decían que era un vagabundo por que en lugar de ir de pesca se quedaba las noches enteras contando las olas, mirando el ir y venir de los bichos nocturnos, escuchando los rumores, como si esperara algo, como si quisiera sorprender la llegada de alguna persona o un cambio milagroso en el paisaje. Portaba colgando en el cuello un zapato, y no le importaba que la gente se riera a su paso. Tenía sus razones. Por lo pronto el pueblo había llegado a descubrir que le servía de cenicero. Por dios, a quien se le ocurre caminar con las cenizas al hombro teniendo tanto mar para arrojarlas. Pero es que él tenía sus razones: consideraba que así como la tierra era la casa de los hombres, el mar era la de los peces, y que del mismo modo que los hombres les agradaba tener su casa limpia, a los peces les enojaba encontrar entre sus huertos y jardines de coral, objetos extraños.
Los pescadores que lo veían desde la curva del horizonte como un punto oscuro sobre la arena blanca y las mujeres que no estaban acostumbradas a ver rota la línea perfecta de la playa pensaban que se iba a morir de hambre, frio, insolación o aburrimiento. María no. Ella estaba convencida de que el hombre era eterno, inmortal, que buscaba algo, tendido en la arena terrible del medio día, desafiando sobre los arrecifes el filo de las olas, oteando el paisaje, desde la cima de su palmera. María se dijo estoy enamorada, tan triste y desamparado que se ve, parece un niño y se fue a sentar a su lado hasta que el hombre comenzó a decir que el azulverde estaba vaciándose y los escamas tristes y el techo del mundo cada vez más descuadrado. Después lloró y María supo hacer de su hombro un nido para las lágrimas y de algunas cañas una choza que a partir de entonces fue el hogar.
Todo el mundo pensó que ella estaba bromeando cuando dijo que se iba a casar. Recordaban tal vez que ella fue la primera que tímidamente osó poner sus pies en el salón de baile recién estrenado años atrás, la que aceptó las sonrisas de los extranjeros llegados con la prosperidad de la sal y los peces salados, la que casi caprichosamente cedió a las caricias y estrenó los lechos ajenos. Me voy a casar con el hombre, lo dijo en serio, y tan en serio que los vecinos sólo dejaron de reírse cuando el cura del ojo rebelde, todavía maltrecho por las diez horas de baile en el barco, con dos pollos cacareando en el vientre, pronunció el inaudito os declaro marido y mujer. El hombre, según dicen, ni cuenta se dio de la ceremonia, ocupado como estaba en detallar el minucioso tejido de la sotana, el artificioso sombrero palma obispal, el sudoroso continente de aquel cuerpo de la porcina gordura del sacerdote.
Y no fue esto todo sino que para extrañeza del pueblo María llegó al día siguiente con la atarraya al hombro, el pelo, antes una espumosa cascada de chocolate brillante, cortado al rapé, y unos pantalones desteñidos, a pedir que la llevaran a pescar porque de hoy en adelante pensaba ganar el sustento de su hombre son sudor honrado, porque de hoy en adelante jugaría a la ruleta con su propia bolita y bailaría con su propia música.
No sin malicia los hombres le siguieron la corriente. ¿Qué hacer?, si ella les palmoteaba la espalda, bebía de sus aguas, forcejeaba con ellos, dejaba entrever un busto de miel y seguía insistiendo, terca y hermosa, yo puedo, yo puedo.
Las mujeres se dieron de cachetazos con los hombres y graznaron como una parvada de gaviotas furiosas cuando supieron que habían llevado a María a la pesca. Desgraciados, sí, desgraciados, llevar a esa gata golosa, a ese pequeño vampiro nocturno. Desgraciados, buscando otras para darles lo que a ellas les correspondía en derecho legal.
Y a pesar de que María escuchó la algarabía esa noche y quizás comprendiera la razón, y a pesar de que hizo que su hombre entrara en ella tres veces, al caer el sol, al salir la luna y con los primeros atisbos del alba, y a pesar de que sólo encontró el desencanto en cada tentativa, ella fue la primera que abandonó el refugio animal de las piernas calientes de su hombre para dirigirse a los botes, dispuesta a esperar a los pescadores… que no querían salir, pues ya la habían atisbado a través de las paredes de tiritante cañabrava y no querían correr el riesgo de sufrir otra cacheteada por andar de ociosos trasegando con mujeres ajenas. Y María viendo que el sol asomaba la cabeza sobre el borde del horizonte y que el mar comenzaba a escapar disimuladamente, corrió hundiendo los pies en la arena mojada, violó todas las puertas, entró en todas las habitaciones, sacudió cobijas, destrenzó piernas y sacó a los hombres a empellones, sin ocuparse de las protestas, maldecires y fruncimientos de las mujeres.
Ellas chismorrearon, pincharon vulva y ojos de muñecas lampiñas, berrearon, prendieron velones a San Martín de Loba, a San Cirilo, a Santágata, prometieron llevar el calzón al revés durante un año si se les cumplía que se le apagara, se secara y hediera para siempre el ánfora famosa y exigente de María, regaron sal formando las estrella del niño en torno a la choza del hombre que sentado en el quicio de la puerta las miraba sin comprender, anclando los ojos sin malicia en los cuerpos que como pelícanos curiosos, rondaban la casa.
Después del primer asombro vino la calma. Cuando las mujeres descubrieron que sus hombres seguían embistiendo con la ternura y violencia de siempre, concluyeron que María había dejado de ser aquella que por primera vez admitió carne extranjera en su cuerpo, la primera que bailó músicas surgidas de aparatos. Y la dejaron en paz. Por otra parte, cosa extraña, la pesca comenzó a dar frutos prodigiosos como si la presencia de una mujer en la lancha embrujara a las olas convirtiéndolas en nubes bajas plateadas de peces. Recordaron entonces, o quizás inventaron, otros días, cuando la mansedumbre de los peces hacía pensar en algún pacto y cuando el mar no se tomaba más de lo necesario y el mundo era un trozo de playa cedido por el bosque. Dejaron de soñar, y al regresar al pueblo retornaron al estruendo presente de las vitrolas, al escándalo de las luces, al hedor penetrante de los frigoríficos y a la espesa presencia de la sal acumulada. Cada cual tomó su parte n la repartición de los peces. A María le dieron, le daban, la mejor parte, por mujer y por agüero. Sin embargo de nada le servía pues su hombre comía muy poco, bebía menos y ambicionaba nada. ¿Nada?, le preguntaba María. Nada, respondía él. Y ella le decía ¿nada? ¿Qué te crees?, ¿el santo de Asís…? Pues ya verás que te consigo algo que vas a querer.
Hace ya algunos años que el lanchón de los diciembres trajo a un señor que se decía inventor de los peces salados, los inviernos portátiles y las sales estancadas. Habló con mucha sabiduría y convenció a los hombres de que el mundo carecía de pactos y alianzas, les dijo que retornar los peces al mar era pecado cuando tanta gente se moría de hambre en el mundo, les aseguro que más allá del paisaje y el amor había otros goces más complicados, sí, pero también más intensos, les enseño a abrir, salar y secar los pescados. Los convenció y prometió regresar cuando las casas estuvieran llenas de peces abiertos, crucificados y sedientos. Vino y se fue como un mal recuerdo o como un sueño, y cuando ya de las casas apestaban hasta los olvidados rincones, y las manos se habían cuarteado como mapas de sal, y los hombres se preguntaban si era otro engaño fraguado por el tiempo, regresó todo fiesta y feria, cargado de papeles que pretendía cambiar por los peces crucificados. Los hombres se ensorbercieron:
—Es que tenemos cara de babosos, ¿o que?
—No, Dios libre!— respondió el hombre haciendo crujir los billetes entre los dedos, volteándolos a lado y lado para que vieran las bellas figuras estampadas—. Esto es dinero, señores, dinero del bueno, respaldado por el Banco de la República. Con él se puede comprar cualquier cosa, hasta un bote…
—¿Y para qué un bote?, si nosotros lo podemos construir…
—Un radio…
—Y eso, ¿con que se come?
—… televisores, motocicletas, champúes para el pelo rebelde, gramófonos, pasatiempos, semáforos para cuando el pueblo crezca —y el hombre dibujaba en el aire con las manos infinidad de objetos magníficos y pequeños, que parecían extraídos de cuentos fabulosos, que causaban risa y espanto.
Total, que el señor se tuvo que devolver con su barco vacío prometiendo eso sí regresar con la autoridad para hacer valer sus derechos. Y en verdad que regresó antes de un mes, escoltado por dos policías armados con garrotes y fusiles de perdigones y además se trajo, por si acaso, un cargamento de tiliches que hizo innecesaria la intervención de los armado ya que las mujeres se prendaron de las sedas, los espejos, peinetas, calzones de manga larga para el invierno, y los hombres se dejaron deslumbrar por el brillo de los machetes, los arpones, camisas floreadas con paisajes conocidos, y los niños lloraron hasta conseguir pistolas de fulminante, crayolas, grabados de astronautas, y las niñas casas diminutas con sillas, camas, tocadores, muñecas irrompibles, y demás chilindrines.
El hombre, ya desde esos tiempos, sugieren algunos, portaba su zapato al cuello, dormía en cualquier parte y murmuraba incoherencias. Sin embargo hay quien dice que su manía nació con la llegada del extranjero. Algunos afirman que fue él quien estuvo gritando que no tocaran estas cosas, que estaban llenas de mala intención, que una marejada se iba a tragar el pueblo esa noche. Y hubo quienes le creyeran. Y hubo quienes prefirieron cerrar los ojos y los oídos, volver a casa y arrojar al mar todo vestigio de los peces crucificados. María no, ella hizo buenas migas con el extranjero y según dicen, en contra de todas las opiniones, terminó dejando estrenar su carne, e incluso, aparentemente, fue la que sugirió lo del salón de baile.
El barco de los diciembres comenzó a los abriles, los octubres, los fines de mes, y concluyo por arrimar, cuando ya se había construido el muelle primitivo, todos los domingos. El inventor de los peces salados construyo un galpón al que le puso de nombre, en un gran letrero que abarcaba casi diez metros de playa, Salón de Placer Bailable, armó una tienda de campaña en la que actuaban artistas invitados, instaló una planta de energía eléctrica, puso tres postes de alumbrado, prometió un acueducto y pavimentó doscientos metros de calle por donde comenzó a caminar, ataviada, con sus galas ciudadanas, una multitud de personas hasta entonces desconocidas. María, que en un inicio fue la reina de la rumba, hija y amante predilecta del señor, toda una historia que crecía, bogaba con el barco, llegaba hasta la ciudad, y regresaba en labios de los visitantes, fue desplazada por mujeres rubias, envueltas en efímeros pañolones, estatuas levantadas sobre tacones altos y actrices inventadas tras gafas solares. María terminaba sus noches envuelta en un halo de náusea, deambulando por la calle, tropezaba en ocasiones con el hombre, sentado en su palmera, y sentía no sé qué cuando le decía:
—Te lo advertí.
—Pero es porque yo quiero —le gritaba, sabiendo que no era cierto, y sintiendo que algo se quebraba por dentro. Luego seguía su camino y terminaba en cualquier parte.
Inclusive después del matrimonio María descubrió que el amor con su hombre no era aquella ansiedad, aquel suspirar casi gemido, esa desesperación por llegar a un sitio que después era el abandono. Supo que solamente con la ayuda de los recuerdos, de las imágenes, jadeantes de otros momentos, compartidos con los extranjeros, podría lograr gozos fugaces. Y eso no le gusto.
Su hombre casi no hablaba. Si ella preguntaba:
—¿Te gusta?
El respondía:
—Igual que las almejas: me gusta pero me deja la boca seca.
—…y si me voy…
—Si te vas, te fuiste.
Y seguía fumando, mientras miraba el humo elevarse en busca de la ayuda de los canales de la luz.
María se fue. Cambió todas sus cosas por billetes y se fue. Y su hombre se quedó solo, aunque solo había estado todo el tiempo, de modo que ni cuenta pareció darse. El seguía yendo a la playa, con abundante tabaco y su zapato al hombro, lleno de cenizas y colillas. Decía que estaba afinando el oído y que pronto comprendería el canto de los peces.
Parece un sonámbulo, decían al verlo, y lo llamaban para ofrecerle café:
Es que no quiero, ¿entienden?, susurraba, y entonces los malvados le soplaban al oído, “María se fue”, como para que reaccionara. Él les respondía que ni se había ido ni se había quedado y que si se había ido era para buscar lo que él quería.
Con la llegada de otro diciembre María regresó más gorda, más elegante, absolutamente sobria, casi ciudadana, con dientes retratados en oro y cargada de cosas a las que iba dando nombres asombrosos y atribuyendo propiedades milagrosas, a medida que iban siendo alineados en el muelle. Los vecinos hicieron una larga caravana para ayudar a la visitante a llevar las novedades hasta una casa habitada solamente por la humedad y las alimañas.
Y el hombre, ¿dónde está?, preguntó, aunque de antemano sabía la respuesta: ese gesto de los dedos ascendiendo como palomas para emprender el vuelo.
Salió a buscarlo. Dejó los tenis Nike, las gafas oscuras y el largo sobretodo de cuero brillante, como mojado, sobre la cama. Más bien sobre las tablas, pues no era otra cosa aquel refugio de perros sin dueño. Y echó a caminar.
Cuando lo encontró fue como si se hubieran despedido anoche.
—Escucha —dijo—, son los latidos del corazón del mar.
No le prestó atención. Lo tomo de la mano y lo arrastró hacia la casa:
—Te traje lo que querías –—dijo señalando el desastre de los objetos dispersos—, son todos para ti.
Un grillo saltó como una cuchillada en la oscuridad y el hombre salió tras él. El amor de esa noche para María fue un frotar de ramas secas.
Y a pesar de su fracaso María siguió trabajando, desarrolló músculos, acumuló billetes, viajó a la ciudad, apiló artilugios, perdió las muelas del juicio, por culpa de los chicles Adams decía ella con orgullo, y su hombre le respondía que no, que eran los gusanos del tiempo que ya habían comenzado su trabajo por la boca.
María adquirió la costumbre de usar toallas sanitarias y desodorante, compró radio y televisor con la esperanza de que algo le gustara a su hombre. Pero nada le gustaba, nada quería, cortaba los cables de la electricidad y seguía desapareciendo y era notable que se estaba avejentando pues la piel empezaba a colgarle y a ponerse rugosa como la de una iguana y temblaba por las noches entre sus brazos, ya no podía entrar en ella aunque le buscara las más escondidas cosquillas, hablaba dormido y decía que las voces de los peces eran cada vez más incomprensibles, que los motores los ahuyentaban y que las basuras opacaban la claridad, que el latido del mar era cada vez más lento y que la música del mundo ya sonaba a tarros viejos y que el universo caminaba como una tortuga hacia su fin y que cualquier mañana, cuando se asomaran a la puerta y no vieran más que una playa seca donde los peces todavía se revolcaran y oyeran que las gallinas cacarearan como locas y sintieran un sol rojo entrando por los ojos y achicharrando el verde, era que el mundo se había aburrido de andar porque una lata de sardinas había atorado los dientes del tiempo y la herrumbre había atorado los ejes de las ruedas y el ruido había desquiciado los latidos del corazón de la tierra.
Toda la parquedad, el silencio y el mutismo de los otros ensueños diurnos del hombre, desaparecían ante la extraña elocuencia de sus gritos a media noche. Hablaba hasta de perder el aliento. Luego parecía meditar, se sentaba en la cama y lloraba sin abrir los ojos.
María, por su parte, desesperaba, pues si el mundo no daba trazas de acabarse, su hombre sí, y eso era lo que a ella le importaba. Dejó de ir a pescar, se olvidó de sus viajes y permanecía a las puertas de su casa sufriendo las ausencias, cada vez más prolongadas, de su hombre. Al verlo alejarse, ella se decía, tal vez ésta sea la última, y suspiraba añorando la antigua tibieza de las piernas de su compañero o quizá los lejanos gemidos de los extranjeros. Recorría con los ojos y con las yemas de los dedos la enorme colección de aparatos que su capricho o intuición había elegido durante los viajes y pensaba que todo había sido inútil porque lo que él quería acaso ni siquiera estaba en venta. Se sentó en el quicio, sobre el último escalón, se enterró las uñas en las palmas de las manos, sintió que el frío y la humedad le entraban por todos los poros hasta formar nudos de miedo en las articulaciones, dejó que un sol rojizo e impotente la iluminara a partir del dedo gordo, subiera por sus pantorrillas, reptara tomando posesión de sus muslos, acariciara sin atrevimiento el ánfora sedienta, murmurara en torno a su cintura, se prendiera fugazmente en la palidez abandonada de su busto y se detuviera en las sombras de su rostro; dejó que el sol desapareciera engullido por el mar, esperó a la luna que no salió, sintió que la playa, hecha cangrejo, se deslizaba apresuradamente hacia el mar y cuando la oscuridad fue tanta que de verdad parecía el fin del mundo, echó a correr siguiendo las huellas de su hombre, que, aunque ya se habían borrado, conocía de memoria, como si ella misma las hubiese construido.
Lo encontró en el fondo de una caverna, casi encerrado por la marea, con las rodillas entre las manos iluminadas por la luciérnaga del cigarrillo. Se sentó a su lado sin decirle nada, le colocó la mano en el hombro y comenzó a sentir. Era un vibrar sonoro y profundo, un ritmo continuado y majestuoso que lo abarcaba todo, era algo a la vez aterrorizante y hermoso, como un corazón disperso latiendo en la caverna, en las olas, en el cuerpo, era una sola sangre uniéndolo todo.
Y mientras tanto el mar tapó la boca de la caverna y comenzó a avanzar lenta y estruendosamente. María creyó por primera vez que la muerte podía ser hermosa si se convierte en aventura compartida y se preguntó si su hombre lo había planeado todo desde hacía mucho tiempo. Sin embargo, las burbujas espumosas apenas saludaron las puntas de los pies y comenzaron a retroceder.
El hombre tomó a María de la mano y comenzó a caminar. Atravesaron el pueblo, las luces de mentiras, cortaron el bullicio de la multitud, desafiaron las burlas y el espeso olor de los frigoríficos. Entraron en la casa pasando por encima de los cajones, esquivando aparatos, inventado o recordando lo que la oscuridad les negaba, recobrando para el hogar el pálpito de la caverna, caminando entre arrecifes de objetos, con la certeza de que al final habría algo esperándolos, seguros de que algo se estaba realizando, hasta que de pronto, surgiendo de la nada, se manifestó bajo el tacto, grave y a la vez modesto, un sonido profundísimo que hizo vibrar las paredes y llenó el ámbito con una majestad terrible y emocionante. El hombre gritó que se hiciera rápido la luz porque lo tenía agarrado y podía escapar en cualquier momento y mientras tanto seguía tentado, ansiosa y delicadamente aquel objeto prodigioso que parecía encerrar entre sus pliegues tantas cosas buscadas desde siempre.
María fabrico la luz y bajo las manos del hombre apareció un instrumento cuadrado y arrugado en el centro y lleno de teclas y botones y con aspecto de ceño fruncido. Lo alzó con respeto y al hacerlo algo se desprendió de aquel especialísimo abanico y un sonido largo, lento calmoso, se fue segregando hasta penetrar todas las cosas. María miraba a su hombre sonreír abiertamente a medida que comprendía el secreto del ritmo en aquel objeto con aspecto de ceño fruncido y veía que su rostro se relajaba, adquiría matices de placidez, de ternura, de violencia sostenida, como si por sus manos y en su cuerpo estuviera pasando la lluvia, el sol reverberando, los peces sigilosos, como si la música que salía de aquel fuelle fuera un espejo del tiempo y de las cosas; y esa noche María lo siguió mirando apretar los botones, acariciar teclas, comprimir y tensionar correas sin terminar de ceder ante el encanto de cada nota que repetía una y otra vez temiendo a cada instante que el siguiente botón fuera un engaño sospechado y que no podría haber algo más profundo que aquel vibrar del mundo y hallando sin embargo que más allá del temor estaba el temblor y tras él la majestad, y en una pausa el hombre encontró que sus dedos rozaban la última tecla y se deslizaban, todavía llenos de música, hacia una prolongación insólita, maleable y cálida, del instrumento femenino que comenzaba a vivir, a participar de la armonía por primera vez. María sintió que el mar cantaba dentro de su cuerpo y que todo el ruido, el rumor de susurros, la exaltación, no había sido más que la preparación hacía el hallazgo de lo que ella quería.
Cali, 12 de enero de 1967
