Holguín, tierra de nombres memorables. Tierra de mis antepasados, donde llegué una mañana a finales de los noventa del pasado siglo a plantar bandera, a entonar con los poetas del terruño un canto. Andaba con mi jolongo a cuestas desde Bayamo. Aquella aldea pequeña y que me acogiera años antes comenzaba a quedarse sin amigos para el convite y la sedición. Se marchaban en silencio, se iban por grutas laberínticas, emigraban de la desidia, huían del tirano con el Himno de Perucho bajo el brazo y en el alma se llevaban clavada la bayamesa. Aquellos seres entrañables dejaban vacías las calles y la tristeza se apoderó de la ciudad.
Hay nombres que a propósito borro. Nunca tuvieron cabida en la memoria. Jamás ocuparon un sitio en mí. Nombres de líderes, asesinos, déspotas, cobardes. Habité mis recuerdos con nombres familiares, de amigos, con sus obras, sus acciones, me codeé con escritores, con artistas, en plazas y cafés, disentimos oponiéndonos a la barbarie de un sistema obsoleto y bárbaro.
Entre sus calles y parques nos hicimos disidentes, nos enfrentamos al régimen, nos reunimos en secreto y al aire libre para dialogar sobre literatura y conversar de los desmanes del gobierno, por ello fuimos juzgados. Los otros, los del alma dubitativa, huían espantados para evitar nuestro encuentro en las calles, parques y en las mesas de sus cafés.
Hay lugares que te habitan para siempre, llegan con su gente, sus aromas, sus cantos y no te abandonan jamás, aunque te alejes se quedan merodeando la memoria. Eso me sucede con aquella ciudad sitiada por parques, rebosante de amigos, me persigue el clamor de su gente, los llevo como un halo de luz. Allí, bajo su cielo y al amparo de La Loma de La Cruz, amé, tuve otros dos hijos, un perro, sembré un jardín de gladiolos frente a la casa que me cobijó por más de veinte años. Jugué a la bola, la pelota, empiné papalotes, vi a mis hijos reír mientras corríamos por el potrero de Villanueva junto a un río muerto, y el papalote hacía por elevarse y cabeceaba y se estrellaba contra el suelo. Rara vez un poeta sabe cómo hacer que un papalote alcance altura fuera de sus anhelos y la literatura. Con lástima convencí a mis hijos, mientras lloraban, que no podíamos pescar en aquel río que el gobierno con su dejadez e ineficacia dejaba languidecer, que en aquellas aguas negras, pestilentes, atrapadas por la contaminación todo en ellas estaba marchito. Mis hijos lloraron, dieron su perreta, los niños no entienden, para ellos no es posible que en esas aguas azabache que se mueven como una oruga malherida, el oxígeno se estrangule y la magia se ahogue.
Con los amigos fundamos revistas, periódicos, peñas, conspiramos contra la dictadura leyendo en alta voz poemas y preceptos, reunidos firmamos para cambiar el país, la constitución, hacer posible unas elecciones libres y fuimos engañados por la labia de un dictador narcisista, y nos condujeron a oficinas del D.S.E. donde fuimos amenazados de ir a prisión. Comprendimos que no debíamos dejar de hacerlo, de intentarlo, nos convertimos en gusanos con la certeza de que llegaría el día y veríamos la luz al final del túnel.
En esos sueños y proyectos nos acompañaron párrocos, madres, hijos, amigos, a sabiendas de que, en el hecho de rebeldía a cara descubierta, estaba toda la honra martiana. Muchos conocidos siguieron esquivándonos, huyendo de nuestra presencia como quien escapa de la peste, pero no dejamos de soñar e intentarlo. Muchos tuvieron que marchar del país al exilio, otros no tuvieron opción y permanecieron en el campo de concentración en el que los Castro convirtieron Cuba desde el 1ro de enero de 1959, otros decidimos regresar de la libertad y seguir poniendo la otra mejilla, exponiendo cuerpo y alma, con una rosa blanca ante los tanques de guerra de la dictadura para lograr la libertad y hacer del país una Cuba posible para todos los cubanos.
La ciudad tuvo un café literario donde un humanista nos hacía saber que aquel espacio artístico literario, era zona franca, terreno azul y democrático.
Por estos días ha muerto Raúl Rivero, antes fueron Guillermo Vidal, Rafael Alcides, ¿quién ha dicho que han muerto Raúl Rivero, Guillermo Vidal y Rafael Alcides?
Es triste que mueran los poetas, cuando los poetas mueren lejos de la patria o censurados dentro de ella por una dictadura, las estrellas en el firmamento apagan y la patria sangra de pena por la reprensión que sufren sus cantores.
Es noviembre, salimos a manifestarnos, lo hacemos por la libertad, para que salgan de las cárceles cubanas todos los presos políticos, lo hacemos por el derecho a elegir a un gobierno y un presidente digno en elecciones libres, transparentes, marchamos por esas calles de la patria para que Cuba libre sea para todos los cubanos.
El próximo diez de diciembre estaremos festejando el día de los DDHH y yo estaré arribando a la edad de 56 años, yo, otro poeta sin derechos, sin la oportunidad a alzar mi voz en el país natal, un poeta con dos actos de repudio en la puerta de su casa, una amenaza de la Brigada de Respuesta Rápida que, si salgo a manifestarme por la libertad del suelo que me vio nacer, seré cruelmente azotado y arrastrado por turbas revolucionarias armadas por la dictadura. Yo que canto Patria y vida por la vida, por el derecho al pueblo a vivir en plena libertad, de tener participación en los destinos de la nación.
