Uno
El otoño en los países de clima templado o frío es un tiempo propicio para el recogimiento y la meditación consciente. En mi caso concreto, esta es la época del año en que suelo clarificar ideas y ajustar el paso para llegar en tiempo y forma a las metas que quiero alcanzar. Sin embargo, no siempre fue así. Recuerdo mi primer otoño escandinavo. Lo pasé con mis hijos, que me acompañaron desde el principio en mi aventura sueca. Entonces no estaba mi esposa, que aún no había llegado al país. Suecia era un sitio lejano, ni siquiera imaginado antes, un territorio con un idioma raro, con costumbres y normas de vida totalmente ajenas a las nuestras. Eso para no hablar del clima, del que sí habíamos leído y escuchado algo. Por lo demás, no sabíamos casi nada sobre el país. Todo era nuevo e incomprensible, incluso un tanto ignoto o misterioso. Y, acaso lo más terrible, ignorábamos nuestro futuro. En esas condiciones no resultaba raro alimentar cierto temor ante el enorme reto que enfrentábamos. Yo sentía, además, la responsabilidad de cualquier padre ante el destino de sus hijos.
Llegó, pues, el otoño, con sus días oscuros y sus bajones de temperatura, con árboles que se cubrían cada vez más de tonos rojos o amarillos, con ramas que pronto quedarían desnudas. Para conocer la región donde vivíamos solíamos caminar por el bosque cercano, abriéndonos paso entre las hojas que se amontonaban sobre la tierra o eran llevadas por el viento. La Naturaleza terminaba su ciclo y nosotros iniciábamos el nuestro. Por aquellos días empezamos a estudiar el idioma. Había que ponerse en marcha y aprender a vivir según patrones completamente desconocidos. De todo esto solíamos hablar a la hora de la cena, mientras la lluvia golpeaba el cristal de la ventana y el viento aullaba como un lobo hambriento. Fuera mandaban el frío y la oscuridad; pero en casa hacía un calor agradable y se estaba bien. En el pequeño apartamento donde vivíamos reinaban el optimismo y la esperanza. Y una de aquellas tardes recibimos una llamada de mi esposa anunciando su próxima llegada. Por fin. Pese a la crudeza de un clima tan poco hospitalario, la vida nos sonreía.
Mucho ha llovido y nevado desde entonces. Pero cada año por esta época recuerdo mi primer otoño en Estocolmo. Y siempre que asisto al espectáculo que la Naturaleza nos regala por estos días, vuelvo a sentir el susto de aquellos meses iniciales en Suecia. Hoy, sin embargo, miro el paisaje con ojos diferentes. Entre aquellos árboles coloridos y estos que admiro hoy en Madrid han ocurrido un cúmulo de hechos importantes para mi tribu y para mí. En el ámbito familiar, ya no somos cuatro sino diez; en el profesional, un grupo de libros marca la diferencia. He tenido que trabajar mucho para llegar a ellos; pero ahí están, mirándome desde un lugar de honor en el estante. Cuando el cansancio o el desánimo me asaltan, desvío la vista, les dedico unos minutos a esa variopinta fila de invenciones y sueños, y vuelvo al teclado con fuerzas renovadas. Mis libros me inspiran, alimentan mi voluntad y me dan fuerzas para seguir escribiendo. Puede haber muchas otras; pero esa es mi manera de combatir lo que pueda haber de nocivo o de malas artes en la estación otoñal: voluntad, trabajo y, si llega, algo de inspiración.
Por lo demás, me sigo admirando ante el esplendor de los colores y la tranquila belleza del otoño. Esta estación, con sus temperaturas suaves, su oscuridad temprana y su silencio, es la época del año en que más suelo disfrutar frente al ordenador. Me gusta escribir en este tiempo oscuro y lluvioso, porque me parece que mis horas de trabajo suelen rendir más. Cuando empiezan a escasear las ideas o cuando, sencillamente, me canso de teclear, me levanto y miro a través de la ventana. Veo los árboles repletos de colores y pienso en mi vida, en lo que he escrito hasta el día de hoy; pero, sobre todo, en lo que aún me falta por escribir antes del fin de mi carrera. En tales momentos rememoro las palabras que en uno de aquellos primeros otoños en Suecia me dijo un individuo que, al parecer, pretendía zaherirme en mi autoestima y socavar mi ánimo. Nunca olvidaré que ello ocurrió también en esta época del año, una oscura tarde de mi segundo otoño en Suecia. Luego de interesarse por mi edad de entonces, la voz del otro lado del teléfono pareció sonreír complacida para decirme que, si quería lograr algo en mi carrera de escritor en Suecia, tenía que darme prisa en escribir y publicar. La vida es así. En lugar de desanimarme, me tomé sus palabras como un reto a mi vocación y mis aptitudes de creador. De manera que, siguiendo su “consejo”, me senté a escribir novelas y cuentos y hasta el día de hoy no he dejado de hacerlo. (Continuará).
