¿Qué es una conversación?… La conversación deja siempre una huella en nosotros. Lo que hace que algo sea una conversación no es el hecho de habernos enseñado algo nuevo, sino que hayamos encontrado en el otro algo que no habíamos encontrado aún en nuestra experiencia del mundo.
Hans Gadamer (1998)
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El lenguaje tiene un uso meramente utilitario de transmisión de información (Llueve, brilla el sol, está tronando, ese es un gato siamés, este es un león) o de solicitud, petición o mandato: pásame el lápiz, cierra la puerta. Asimismo, el lenguaje nos sirve para expresar sensaciones (siento frío, siento calor), emociones (estoy alegre, estoy triste), sentimientos: Te quiero, te odio…
Para estos usos (que son con otros los que implementamos de manera habitual en nuestra cotidianidad, ya de forma oral o escrita, pero sobre todo oral) no necesitamos (según entendemos) gran entrenamiento ni un conocimiento profundo del lenguaje, de sus normas, estructuras y funcionamiento. Todos ejercitamos la comunicación verbal de forma más que aceptable con lo aprendido en casa desde la niñez (hablamos castellano porque es el idioma que escuchamos desde el momento de nacer) y con el refuerzo que nos ofrece posteriormente la enseñanza formal (escuela y colegio) y la no formal en la vida en sociedad. Somos, pues, digamos, más o menos lingüísticamente competentes casi por naturaleza en las situaciones comunicativas que se producen en el ámbito de la cotidianidad.
De modo que con el lenguaje común y corriente, con el lenguaje coloquial y familiar que todos manejamos, logramos un desempeño aceptable en nuestro día a día y conseguimos salir adelante en nuestra comunicación verbal con los demás en toda circunstancia u ocasión: en la casa y en la calle, en el transporte público y en nuestras relaciones laborales y de amistad, en nuestras relaciones amorosas y de conquista.
Pero ¿sabemos conversar, somos capaces de mantener una conversación con los demás?
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Las extremas complejidad y exigencias de la conversación
Conversar es una actividad de gran complejidad que conlleva grandes exigencias. La conversación exige de los hablantes no solo ser competentes lingüísticamente, es decir, capaces de manejar con solvencia el lenguaje, sino que requiere otras habilidades que son indispensables para una comunicación eficiente y que no se nos enseñan ni en la casa, ni en la escuela y mucho menos en la universidad, donde se da por sentado que sabemos desempeñarnos de forma eficiente con el lenguaje oral y escrito en todos los ámbitos, pues para eso hemos sido “alfabetizados”.
Hagamos un sondeo o escrutinio sobre el conversar
Si hacemos hoy un sondeo o escrutinio rigurosos sobre la conversación entre las personas con las que interactuamos regularmente y compartimos nuestra vida (familiares, amigos, conocidos, compañeros de trabajo y compañeros de estudio…), veremos que bastantes de estas personas fracasan en el intento de comunicar con solvencia y eficacia sus ideas, emociones y sentimientos, no son capaces de conversar con altura con los demás. Da igual que se trate de profesionales, licenciados, magísteres o doctores.
El sondeo propuesto nos revelaría así que hay quien no habla nunca, y quien por el contrario no para de hablar y no se calla un minuto y, por tanto, no deja hablar a los demás. Los avasalla y los interrumpe sin cesar cuando pretenden tomar la palabra y no les dejan meter baza.
De igual manera, el sondeo nos mostraría que existen muchos individuos a los que simplemente no se les escucha cuando hablan, resulta imposible oírlos, porque profieren sus palabras a muy bajo volumen y muy a menudo entre dientes. En contrapartida, en el polo puesto, nos encontraríamos con los que hablan a voz en grito, a todo pulmón, como si participaran en una competición. Esto de manera irreflexiva y ya automática o por el contrario, completamente convencidos de que a grito pelado se les escucha mejor y su mensaje llega con más contundencia y eficacia a sus interlocutores. Hay incluso quienes tienen en el grito (así como en los golpes sobre la mesa y los gestos violentos y airados con las manos) el mejor y más convincente de los argumentos para ganar en un debate o discusión.
De igual forma constataríamos en nuestro sondeo la existencia de hablantes a los que no hay forma humana de llegar a entender cuando toman la palabra por más que pongamos la mejor buena voluntad en hacerlo, ya porque no vocalizan ni articulan debidamente los sonidos, ya porque su entonación, acentuación, ritmo (el ritmo con el que avanza su discurso es entrecortado con bruscas paradas e inesperados saltos hacia adelante) y velocidad de habla (unos van tan rápido que no hay modo de seguirlos, otros tan lentos que duermen a todos) no son los adecuados (prosodia). Pero también porque manejan las palabras sin propiedad y corrección para formar oraciones y tampoco las pronuncian de forma correcta (Dicción). Muchas otras veces, el discurso o parlamento que profieren es un verdadero amasijo de incongruencias absolutamente desestructurado, carente por completo de lógica, cohesión y coherencia.
Y todavía nos encontraremos en nuestro escrutinio con los hablantes que nunca dicen lo que tienen que decir en el momento justo o no tocan el tema o el asunto apropiado y esperable en la ocasión en la que se encuentran y, claro está, con el registro o estilo que requiere la situación de comunicación concreta y los interlocutores: lo que debía llevarlos a seleccionar rigurosamente el léxico (culto, técnico, coloquial, vulgar, familiar) y la combinación de las palabras para formar oraciones (la sintaxis), todo esto teniendo en cuenta los aspectos sociales y culturales que intervienen en la comunicación humana y que la condicionan de forma significativa.
El respeto, la consideración y la cortesía en la conversación
La conversación entre dos o más personas exige para llevarse a cabo de la forma adecuada respeto, consideración y estima por el otro, exige creer en la bondad del diálogo y de la palabra, del intercambio de ideas, al tiempo que implica poner en práctica estrategias y habilidades tales como saber escuchar con atenta concentración e interés para entender lo que nuestro interlocutor tiene que decirnos, poder retenerlo y recordarlo (memoria), para entonces asentir con su juicio o punto de vista, o por el contrario, disentir del mismo y contradecirlo con argumentos razonablemente válidos y de peso (desarrollo del juicio crítico) cuando así lo creemos pertinente.
Aquí interviene la cortesía y sus reglas, el modo de entrar en la conversación o entablarla y también el cómo salir de ella, la obligación de respetar los turnos de intervención de cada uno de los participantes, todo esto desde luego muy reglado por la cultura y las convenciones sociales.
De idéntica forma conversar supone asumir que no solo yo sé y tengo la verdad conmigo y de mi lado, que todos estamos en condiciones de aportar algo (por minúsculo que sea) al diálogo y al debate de las ideas, y que es por eso que resulta no solo bueno y válido el intercambio verbal, porque a todos nos favorece en alguna medida, sino que se hace absolutamente indispensable en tanto en cuanto enriquece de forma notable nuestra humanidad y nuestras relaciones con los demás.
En nuestro escrutinio también nos encontraremos con individuos que buscan a toda costa imponer sus ideas y puntos de vista (tenga o no la razón) sin respaldarlos con argumentos ni razones válidos y de peso. Suelen ser personas de talante despótico, arbitrario e impositivo, con ideas fijas e inamovibles.
Y también nos encontraremos en nuestro escrutinio con a aquellos sujetos que carecen del necesario equilibrio psíquico y emocional, y son todo perturbación y conflicto y nos estrujan en la cara en el transcurso del intento de conversación toda su negatividad, sus frustraciones, amarguras y sus carencias. Claramente necesitan demostrar y demostrarse a cada instante a sí mismos y a los demás su propia valía. La salud psíquica y emocional son indispensables para conversar con los demás de forma civilizada, amena y distendida. No puede generarse la conversación y cuanto ella conlleva desde el egoísmo enfermizo, la cerrazón mental, el creerse una isla cerrada y autosuficiente, de la que nada sale y a la que nada entra, un auténtico bastión inexpugnable a través de cuyos muros –sin puertas ni ventanas al exterior– no puede haber el menor intercambio humano.
Y revelará asimismo nuestro escrutinio la existencia de aquellos seres que todo lo falsean, que mienten de forma sistemática y ya por vicio (como si fueran nuestros políticos al uso) que engañan a los demás y se engañan a sí mismos con discursos falsos, mentirosos, falaces, mendaces, quiméricos y casi siempre mal intencionados.
Y nos saldrán también al paso los prejuiciados, los dominados por los clichés, los estereotipos, las frases hechas y los convencionalismos paralizantes, las aberraciones de las ideologías … Para conversar, debatir y dialogar con los demás hay que tener no solo una cabeza bien organizada y estructurada, sino además limpia y libre de xenofobia, homofobia, misoginia, machismo, racismo…
Y se manifestarán de igual manera en nuestro recuento los seres huecos, vacíos, los que no han observado el mundo a su alrededor con interés y curiosidad e implicación, los que no se han auscultado a sí mismo ni han dedicado algo de su tiempo a la introspección y el autoanálisis, a la reflexión personal, aquellos que se desconocen a sí mismos. Estos poco podrán decir en la conversación por más que dominen la lengua. Para hablar, dialogar, conversar, algo hay que conocer de uno mismo y del mundo que nos rodea, de esa realidad que nos sustenta y nos nutre. No se habla en el vacío, sin referentes.
Para conversar con el otro debemos ser capaces de decodificar su mensaje, interpretarlo, y si no contamos con referentes y un conocimiento previo del mundo no podremos llevar a cabo esta tarea.
Y aparecerán asimismo en nuestro escrutinio aquellos ciudadanos que no tienen claro qué quieren que ocurra en su interlocutor (interlocutores) con su discurso. Qué desean que sus palabras produzcan en estos. Es la llamada intención comunicativa. Si quieren convencer o persuadir a su interlocutor, informarlo o instruirlo, entretenerlo y divertirlo o por el contrario simplemente calmarlo o interesarlo, etc…
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Hoy la falta de verdadero interés por el otro y por las cosas que de verdad importan en el mundo, unido a las la falta de atención y de concentración y a las distracciones y reclamos continuos del mundo exterior –televisión, música, videojuegos, redes sociales–, tantas seducciones cotidianas irresistibles y envolventes que nos persiguen, pero sobre todo la presencia permanente en nuestras vidas de los teléfonos móviles –que nos llevan a hacer un uso adictivo de sus juegos, aplicaciones, prestaciones y servicios–, hacen bastante difícil si no imposible el cultivo de la conversación, ese bien inapreciable que manifiestamente nos enseña a escuchar a los demás y nos humaniza.
