Deshaciendo mi biblioteca

Uriel Quesada


Recientemente fui a Costa Rica a darle un cierre a cosas pendientes.  En algunos casos era consciente de que mi viaje tenía ese propósito; en otros no, y no lo supe sino hasta que se dieron ciertos eventos.  Al final, sin embargo, las sensaciones fueron similares: una especie de resaca, cierta liviandad en los hombros y el corazón y, por supuesto, cabanga.   La palabra cabanga es quizás, la más hermosa del español costarricense.  Equiparable a la palabra portuguesa saudade, y se refiere a una tristeza tenue, confortable, sutil.  Carece de tonos melodramáticos, no es ruidosa y te permite salir adelante. Estar acabangado es una forma de estar presente, pero sin quedarse atrapado.  Por eso mismo, en este momento declaro mi cabanga y desde ahí reflexiono y escribo.

Uno de esos cierres fue visitar la tumba de mi padre, quien murió a principios de enero. No pude ir a su funeral ni acompañar a mi familia en los días que siguieron.  Mi propio duelo fue un asunto pendiente hasta que pude pararme ante la tumba de mi padre y decirle que todo estaba bien, que estuviera tranquilo.  Otra despedida significativa fue con mi madre.  Aunque tiene otras afecciones serias, la más visible es la demencia senil.  Poco a poco va perdiendo noción de su entorno, de sus rutinas, de la gente alrededor.  Mi hermana la preparó para mi visita.  No solamente le recordó constantemente que yo iba a Costa Rica, sino que también la motivó a que se tiñera el pelo y se arreglara para recibirme.  No hace mucho tiempo atrás, ese prepararse quería decir un almuerzo cocinado por ella misma.  El rito de almorzar como celebración fue evolucionando de los platillos sofisticados de antaño –lengua de vaca en salsa de tomate y pasas, lasaña de pollo, pastel de palmito, picadillo de chayote– a cosas simples, lo que mi mamá llamaba comida de diario:  arroz, frijoles y algo más, quizás unos barbudos (vainicas envueltas en huevo) o una sopa.  Esta vez, sin embargo, el almuerzo pasó a manos de mi hermana, pues mi madre ya no tenía la energía para cocinar, y creo que agradeció que yo no le pidiera nada.

Los días siguientes con mi madre fueron extraños, pues me sentaba a conversar con una persona que hilvanaba ideas más o menos coherentes hasta que, de repente, interrumpía su discurso o el mío para preguntarme si yo era su hijo, si más hijos suyos vivían en los Estados Unidos, y si mi casa estaba cerca o lejos de la suya.  Esos vacíos parecían llenarse con una breve aclaración, pero no era así.  En realidad, hasta lo inmediato estaba siendo succionado por un abismo, algo tan fuerte que se podía llevar consigo una idea apenas enunciada, o una anécdota que parecía completa.  Aunque pasé horas con mi madre, ella se había vuelto una extraña, alguien que necesitaba constante ayuda para entender dónde y con quién estaba.

Cuando una persona se van quedando sin sus memorias, la casa donde vive se va convirtiendo en su único asidero con la realidad y con la historia personal.  Por eso todo debe estar en su sitio y debe ser reconocible.  Por eso también uno de los síntomas de la demencia es la supuesta desaparición de los objetos, sea porque algo ya no está donde se supone que debe estar, o la mente empieza a confundir espacio y tiempo y la persona se dedica a buscar lo que estuvo allí tiempo atrás.  Quizás por eso deshacer mi biblioteca no fue una buena idea, pero a la vez era lo que debía hacerse.

Esa biblioteca apenas eran dos libreros.  Puedo decir con certeza que en esos estantes estaban los últimos vestigios de mi vida de lector en Costa Rica, pues desde mi partida del país más de veinte años atrás mi biblioteca se había diezmando por muchas razones.  Pero aún quedaban ahí casi todos los libros dedicados, los clásicos en la ediciones baratas de Editorial Bruguera que fui comprando con mis ahorros cuando era adolescente, primeras ediciones de libros costarricenses… en fin, mis años de formación estaban ahí, una especie de autobiografía secreta formada por volúmenes de novela, cuento y poesía.

En mis viajes anteriores a Costa Rica yo pasaba mucho rato con esos libros.  Los leía aquí y allá, los acariciaba, me sentía muy acompañado por ellos.  El escritor que siempre quise ser estaba ahí, silencioso y discreto.  Pero en esta visita yo tenía una tarea que cumplir: deshacerme de esa biblioteca.  Me lo habían pedido mis hermanos, no en esos términos por supuesto.  Su petición había sido que sacara los libros de casa de mis padres y los pusiera en una bodega.  La razón era estar preparados para cualquier contingencia, fuera que mi madre ya no pudiera seguir viviendo ahí o que muriera.  Yo entendí las razones.  De la misma manera sabía que la bodega no era buena idea.  Nada me garantizaba que los libros no sufrieran daño.  Además, fuera de sus estantes, metidos en cajas –y las cajas a su vez en una bodega– perdían por completo su valor simbólico.  Pasaban a ser otros objetos, ya no mis libros, esos que contaban la historia de un muchacho de provincias que empezó a soñar gracias a ellos.

Pues había que preparar la casa para un ausencia que más tarde que temprano habría de darse.  Yo tengo mis propias teorías sobre las relaciones entre las casas y sus habitantes.  Como cualquier otro espacio, la presencia humana les da vida y sentido.  Eso ya no ocurría en casa de mi madre, donde todo era espera y el mundo –igual que la memoria de su ocupante principal– se reducía solamente al presente inmediato, un presente marcado por la decadencia, por la enfermedad, la paranoia y la paciente espera de la muerte.  Esa casa, ahora con varios cuartos vacíos, se había vuelto también un otro desconocido.  Los adornos, los platos o los retratos en las paredes había adquirido un carácter temporal, pues no había ya historias detrás de esos objetos y su función había pasado a ser la de un ancla, algo pesado para mantener en su lugar un barco que, de otro modo, andaría a la deriva. Ese barco no era otra cosa que ese eterno y breve presente, la rutina de no cambiar nada para tener al menos un leve sentimiento de control sobre la cotidianidad.

Había por supuesto otras razones para deshacer la biblioteca. La más concreta era, precisamente, protegerla de vándalos. Uno de mis hermanos ya podía ver esa casa sin nadie.  Se imaginaba que el rumor correría como pólvora por la ciudad y que vendrían desconocidos a llevarse cuanto pudieran.  Yo tengo alguna experiencia en ese sentido a raíz de las muchas veces que he tenido que evacuar Nueva Orleans a causa de los huracanes.  Uno se va y las casas quedan a merced de quienes se quedan, lo cual no deja de ser una mezcla de paranoia, clasismo y racismo. ¿Quiénes se quedan después de un desastre?  Los que no pueden marcharse o no quieren marcharse.  Esos son los sospechosos de saquear casas luego de un desastre natural. A los primeros los puede mover la desesperación; a los segundos, las malas intenciones.  Después del huracán Katrina en 2015, hubo saqueos por todas partes de la ciudad.  Algunos conocidos hallaron sus casas revueltas, semidestruidas, pero lo más extraño fue encontrar sus bibliotecas arrasadas.  Así empezamos a elaborar nuestras propias hipótesis de lo que era un saqueo:  forzar una puerta, entrar caóticamente, tomar lo primero que se encuentra, salir con el botín, aunque sean libros.  Pero lo cierto es que, después de un desastre, la gente se queda por muchas razones. Yo mismo lo he hecho, aunque paradójicamente nunca con la idea proteger mis posesiones.  Una de esas razones es la confianza (o la fe) de que el huracán hará un giro inesperado y se irá a otra parte, es decir destruirá otra comunidad.  Otra es que el huracán no va a ser tan malo, que las predicciones de los meteorólogos están equivocadas, que la naturaleza tiene la potestad de ser generosa.  También me he quedado por fatiga, porque evacuar requiere preparación, coordinación, conocimiento de rutas y de las horas apropiadas para salir. Evacuar demanda al menos un destino y unas personas que esperan al final de la jornada.  Luego de ya varias veces en que la decisión ha sido quedarme, nunca me ha pasado por la cabeza participar o ser víctima de un saqueo.  No, no es un asunto de buenos y malos, tal vez ni siquiera de individuos desesperados y de individuos en control.  Creo que es algo más bien relacionado con el azar, con la oportunidad de estar ante una puerta o un negocio sin que nadie pretenda establecer un orden o reclamar propiedad.  Creo también que es la dinámica de grupo, o la necesidad de grupo o la furia de grupo.  Si vuelvo por un instante a las casas de lectores que fueron saqueadas en el 2015, he de pensar también en una comunidad abandonada, dejada sola a merced del calor, del hambre y la inseguridad. Una ciudad totalmente a oscuras por la noche, con áreas inaccesibles por el nivel del agua, donde quedarse o volver a casa son decisiones casi que de vida o muerte.

Muchos años después, sin tormentas ni conmoción social, simplemente por el abandono, la casa de mis padres podría correr el riesgo de ser saqueada.  Entonces conseguí unas cajas, las llené de libros y le pedí a un viejo amor que se las llevara todas.  Lo sorprende fue que el proceso no fue doloroso, que me despedí con bastante garbo de algo que había sido fundamental en mi vida.  Al final, cuando mi biblioteca quedó prácticamente vacía –la excepción fueron algunos libros que mis hermanos accedieron a poner en sus propios libreros–, sentí que podía dejar atrás muchas otras cosas, que estaba menos atado y era más libre.

Días después de mi regreso a Estados Unidos llamé mi madre.  Le hice el comentario usual de lo rápido que pasa el tiempo y lo importante que había sido para mí el viaje a Costa Rica.  “¿Usted vino a Costa Rica”, me preguntó. “Sí”, le respondí. “¿Y se quedó aquí en mi casa?” “No, me hospedé en casa de mi hermana.” “¿Y me vio a visitar?” “Todos los días, mi mama…”  Luego de agradecerme esas visitas que no recordaba, cambió de tema.  Se empezó a quejar de uno de sus hijos. “El que vive en Estados Unidos”, me dijo.  Ese hijo había puesto un montón se libros en unas cajas y se los había llevado.  Lo peor fue que no se despidió luego de sacar las cajas. Evidentemente, los libros no formaban parte de esa ancla en la cotidianidad. Tampoco mi presencia en el espacio de su casa.  Lo realmente grave para mi madre fue no haberle dicho adiós. Desde entonces he tenido que explicarle varias que yo fui quien deshizo la biblioteca, pero quien se llevó los libros en cajas fue otra persona, no yo.  Ella no me cree.  Está segura que fue uno de sus hijos que viven en Estados Unidos, aunque no se acuerda de sus nombres y ni siquiera sabe si existen.  Tampoco encuentra una contradicción en el hecho de que yo llenara cajas de libros cuando, supuestamente, no estaba en Costa Rica.  Yo la escucho, le explico de nuevo, pero a la siguiente conversación se vuelve a quejar.  Así me asomo otra vez al abismo, a su abismo, al nuestro.

Del Autor

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Uriel Quesada
(Costa Rica, 1962). Escritor. Sus obras incluyen  El atardecer de los niños (cuentos, 1990; Premio Editorial Costa Rica 1988 y  Premio Nacional de Literatura Aquileo J. Echeverría, 1990), Lejos, tan lejos (cuentos,  Premio Áncora en Literatura, 2005), El gato de sí mismo (novela, Premio Nacional de Literatura Aquileo J. Echeverría, 2005), Queer Brown Voices. Fourteen Personal Narratives of Latina/o Activism (narrativas personales, Premio Ruth Benedict, 2016) y La invención y el olvido (cuentos, Premio Nacional de Literatura Aquileo J. Echeverría, 2018).  Sus escritos han aparecido en revistas y compilaciones publicadas en Costa Rica, México, Estados Unidos, Chile, España y Alemania.  Uriel Quesada tiene una maestría en literatura latinoamericana de New Mexico State University y un doctorado de Tulane University. Vive en la ciudad  de Nueva Orleáns y trabaja en Loyola University New Orleans.