Fue en el año 1991, y en una edición de letra apretada de la Editorial Juventud, si no me equivoco, que leí “Crimen y castigo” (1886), de un tal Fiodor Mijáilovich Dostoievski. Lo había oído mencionar, y de manera muy remota, lo relacionaban con la criminología, no recuerdo quién ni dónde. Tenía diecinueve años, y algo cambió en mi mirada para siempre, algo parecido a lo que contaba el escritor mexicano Eloy Urroz, y que a tantos lectores también les ha pasado.
La culpa, ese sentimiento tan castrante según unos y del que nos podemos librar según otros (sin relativizarlo ni excusarlo), me obsesionó de una manera tan profunda que me empujó hacia la psicología, la criminología y la teología. Las tres carreras las dejé de manera formal, y hasta el día de hoy las sigo frecuentando con muchas lecturas: no he podido dejar de mirar nunca a ese peligroso abismo del que debemos guardarnos, como decía Nietzsche (“Quien con monstruos lucha cuide de no convertirse a su vez en monstruo. Cuando miras largo tiempo a un abismo, también éste mira dentro de ti”. Más allá del bien y del mal).
Esa sacudida de juventud, esa mirada peligrosa al abismo de la culpa, las acentúa la lectura, mucho tiempo después, de “Los hermanos Karamázov” (1880), (que mi abuelita pronunciaba Karamazóv, al recordar la película con Yul Brynner y dirigida por Richard Brooks), en la edición de Clásicos Universales de Planeta, de 1988 (aquella de portada blanca y con la foto del autor). La traducción y notas de Augusto Vidal y, sobre todo, la imprescindible introducción de Aquilino Duque (fallecido recientemente), me dieron otro vuelco. Aquello de la criminología, que había oído no sabía dónde, lo confirmaba Duque en su introducción, asociando el caso del asesino en serie Donald Harvey, y el de un escritor, el cubano Calvert Casey (que se suicidó) y su “Notas de un simulador”, cuyo protagonista vela la agonía de los enfermos para “determinar el momento de tránsito”, y es una “literatura límite, que lleva a un callejón sin salida”, en palabras del propio Duque. Me convencí entonces, leída la novela, que ya todo estaba en Dostoievski antes que en Freud o en Nietzsche, siguiendo la idea de la introducción leída.
Pero más adelante, leí la que es considerada por los expertos como la clave de la segunda parte de la obra de Dostoievski: “Apuntes del subsuelo” (1864), donde vi claro que nuestro hombre en el subsuelo de la psique humana es Fiodor Dostoievski, y que nadie como él, hechas lecturas en criminología, psicología y teología, nos perfila de una manera precisa, sin concesiones, poniéndonos contra la espada y la pared. En medio de esta era de cristal en la que estamos, asomarnos a los personajes del ruso, es para muchos un tormento que no están dispuestos a soportar. Es más, nadie lo publicaría hoy.
Este viaje lector, que como ven no es cronológico en lo que respecta a la publicación de las obras de Dostoievski, me ha puesto constantemente en la búsqueda del origen del mal, en busca de un retrato preciso de lo sofisticado de la maldad, y su hipotética solución de este lado de la eternidad, porque no podemos dejar de considerar un aspecto interpretativo de la obra del ruso: el hecho religioso. Aquilino Duque glosa unas palabras de Dostoievski a propósito del motivo de escribir “Los hermanos Karamázov”: demostrar de modo convincente que “el cristianismo puro, ideal, no es una abstracción, sino una cosa posible, evidente, y que el cristianismo es el único refugio de la tierra rusa contra todos sus males”. Ahí queda eso.
Nuestro hombre en el subsuelo, a partir de ese maravilloso narrador sin nombre de “Apuntes del subsuelo”, comienza su labor de perfilamiento de la maldad humana, de rastreo de sus consecuencias concretas, a fijar los arquetipos y las ideas, encarnadas en la acción de personajes rocosamente humanos, que después usarían tanto Freud como Nietzsche, y más allá tantos y tantos escritores, para construir sus grandes edificios psicoanalíticos, filosóficos y poéticos. Nadie ha mirado tan de cerca al ser humano hasta pulverizarse la mirada, como dice Alejandra Pizarnik: la mirada desde la alcantarilla, desde el subsuelo, es la mejor perspectiva para mirar a ser humano. Y eso lo sabía muy bien Dostoievski.
Nuestro hombre en el subsuelo nació hace doscientos años y todavía sigue enviándonos apuntes desde allí, retratos poco halagüeños de lo que somos, espejos a los que asomarnos para no seguir cautivos de una belleza efímera. Soluciones, no da ninguna. Nuestro celebrado autor nos deja en medio de la acción, nos deja perplejos para que salgamos al camino y marchemos a un cambio de rumbo cada vez más necesario. Dos siglos después seguimos cometiendo el mismo error: no levantar la mirada desde el subsuelo.
Cito las palabras finales de “Apuntes del subsuelo”: “No terminan aquí, sin embargo, los “Apuntes” de este sujeto paradójico. No pudo refrenarse y siguió adelante con ellos. Pero a nosotros nos parece oportuno ponerles aquí punto final”.
