III

(Fragmento de novela)

Jorge Luis Rodríguez Reyes


III

Cada tarde antes de alcanzar el ómnibus que lo lleva de regreso a su municipio planea la novela que escribirá. Se sienta en un rincón de la terminal, entre el vocerío de pregoneros y conversaciones ajenas, y detalla cada una de las partes como una rutina más de su vida. Nunca queda armada del todo pero el núcleo de la trama sí es casi inamovible, y las partes, como un puzle de un rostro o de un sendero, no ofrecen una imagen clara. Se va diluyendo como el humo de cigarro. Su obsesión por varios temas del siglo xix cubano es crónica. Pudiera ser el siglo más estudiado, conocido, reproducido, reinventado de la historia cubana pero tiene ciertas zonas que solo han sido bosquejadas y ni por asomo están agotadas, y eso lo vuelve loco. Una locura que le ha echado a perder la vida, y quizá hasta la juventud.

La mejor novela del siglo xix no está escrita, la escribiré yo, dijo una vez en público: «olvídense de Cecilia Valdés, mucho mejor es Diario de un rancheador, del propio Villaverde. En Cecilia Valdés el autor no logra fusionar bien los dos tiempos de escritura, hay que reconocer que era casi imposible: empezó en la primera mitad del siglo y volvió a ella en la segunda mitad, y más que terminarla, la abandonó. Con todo es la más práctica para enseñar y construir ciertas parábolas morales tan útiles a profesores y a gobiernos. Recuerden que la literatura no es un panfleto. Ni ayer, ni hoy, ni nunca. Pero algunos lo olvidan y otros lo inducen a olvidar».  Esa monserga de ideas la soltó en uno de los habituales paneles que se forman en la ciudad y allí mismo se buscó varios enemigos más. Decenas. Pero ello no le importa mucho: en este mundillo hay demasiada vacuidad, toneladas. Y mucho más de tres o cuatro escritores mentecatos que viven para figurar, sin bajarse de un listado jerárquico, y  a veces, cuando son más felices, casi inmortales, de un avión.

En el día a día tiene que convivir con ellos, saludarlos, editarle algunos de sus libros y hasta abrazarlos. Es solo parte del desfile de la vida de la cual solo conoce tres o cuatro cosas, e ignora miles, pero entiende  que es parte de un ritual de convivencia habitual en cualquier contexto y mucho más en este, donde estamos hacinados casi para cualquier asunto: la vivienda, el transporte, la alimentación y tantas cosas más que da pavor.

El ómnibus es un artefacto viejo, de un rojo visceral y parece no temerle al tiempo. Como un gato da algunos brinquitos y comienza la marcha hasta su municipio. Cada tarde son los rostros habituales, la muchacha de saya corta que viene a buscar mercancías, el viejo profesor de historia pura, «pura como el estiércol» frase con que ambos reconocen cínicamente la petulancia de nombrar una carrera que de pura no tiene nada, y algunos rostros más que se les desdibujan en la multitud. Apenas logra alcanzar un asiento se hunde en las páginas de algún libro mientras puede.

Hay días que no es posible, la apretazón es asfixiante o no puede alcanzar ningún asiento, pero el viejo profesor de historia le dio una solución hace unas semanas: con cincuenta pesos al mes tienes un número cada día, y ha funcionado a las mil maravillas. Por ello hoy tiene asiento junto a la ventanilla y de vez en vez, mira a la ciudad cuando la atraviesan en el ómnibus de lado a lado como un pez rojo. Ha reseñado parte del libro. Ahora es suyo y puede rayarlo, pegarle hojitas amarillas con notas, pero aun así no lo hace por devoción y respeto, aunque sospecha que siempre ha sido un comemierda en materia de libros, incluso un místico. Le dio mucho trabajo conseguirlo pero valió la pena el esfuerzo y a pesar de que algunos historiadores «puros» le han echado mil pestes es un esfuerzo inmenso haber escrito y reunido la papelería necesaria para escribir Iniciadores y primeros mártires de la revolución cubana.

En uno de sus tomos descubrió hace años otra lectura a la bandera nacional, otra lectura puede traducirse en la lectura real de la bandera, en el verdadero significado que le dieron los que la diseñaron. Fue una carta que Cirilo Villaverde redacta para un periódico y Vidal Morales y Morales la planta como otra bandera más en medio del olvido. Bandera tipográfica, breve y concisa, que le revolvió varios años de estudios y rituales sociales; pero funcionó más como epifanía histórica porque le implosionó todo el edificio de símbolos donde la bandera es el ara de más prestigio: ¿y si lo que dice Villaverde es real qué más está adulterado en nuestra historia? ¿Qué otros pasajes tiene otro envés más dramático? Y pasó memoria a sus registros que irían creciendo poco a poco: las páginas arrancadas al diario de Martí, que es la laguna histórica más deslumbrante e insondable; los tesoros piratas en la Isla de Pinos, hoy Isla de la Juventud, y muchos otros reacomodos que la historia ¿pura? ha sabido disimular.

Desde ese día se prometió hallar, indagar, hociquear, en la historia y buscar respuestas a sus preguntas que sabía no iba a ser muy fácil y sería un trabajo a largo plazo. Miró el libro de Vidal Morales, otro de los grandes historiadores cubanos que se ignoran y han mantenido en un descredito sordo los historiadores puros y sonrió. Poco a poco mientras salían de la ciudad fijó los ojos en la carta que tanto le gustaba porque por muchos años solo pudo leer la copia manuscrita que hizo en el reducido espacio de fondos raros de la biblioteca municipal de Trinidad. Donde era vigilado, escudriñado desde un buró cercano como un potencial ladrón y con el tiempo supo que hasta disidente, esto último solo al mencionar a su amigo Vicente Echerri, por una escuálida bibliotecaria que lo miraba a través de espejuelos gruesos donde se apreciaba un precoz estrabismo. No sería la primera vez que se sentiría vigilado y no solo en bibliotecas.  La carta dice:

 

Habana, noviembre 25 de 1856.
Sra. Micaela del Rey, viuda de Armenteros.

 

Cienfuegos.

Fue tal mi sorpresa y sentimiento al enterarme del contenido de tu fecha 14, que tuve que leer muchas veces tu carta para no dudar que la habías escrito. Después de llorado tanto, que he tenido que estar en cama dos días, postrada moral y físicamente. Jamás creí que, en el corazón humano, cupiese tamaña ingratitud.

En mi concepto, nada hallo que pueda disculparte, pues ni veo circunstancia, ni intereses, ni nada en el mundo que pueda justificar la falta de decoro y dignidad. Yo pienso que la viuda de un mártir no puede tener más esposo, ni más apoyo, ni otra ayuda que Dios. Su lecho solitario debe ser el santuario de las lágrimas; no debe ser profanado por otro hombre. Ninguno creo digno de ocupar el vacío que ha dejado aquél que sufrió el martirio por la cansa más santa que legó a su compañera su nombre sellado con sangre.

Tal viuda, para honrar la memoria de tan ilustre víctima, es necesario que lleve una vida santa, tan pura y casta como una virgen; y tu matrimonio es un ultraje feo y escandaloso. Todo lo que te digo es dictado por la íntima voz de mi conciencia; tú puedes guiarte por la tuya que hablará de otro modo. La mía, tal vez, me engañe, pero yo me conformo con ella.

Nada valgo en el mundo, ni para nada soy; ninguna falta te hará mi amistad: desde luego quedamos separadas.

Yo sola lloraré a los mártires; y nunca agraviaré al que mezcló su sangre en el patíbulo con el hijo de mis entrañas, dándote otro nombre dejas de ser mi compañera de desgracia.

Con todo te deseo felicidad.

 Elena Echerri

La leyó dos veces y no cabía duda, no conocía ninguna mujer así. Miró a su alrededor y solo se detuvo en las piernas perfectas de la muchacha de las mercancías que también iba sentada, dos puestos adelante del suyo, por la otra hilera de asientos y la miró por un rato. Le gustaba mucho pero nunca le había dicho nada, solo unos saludos que se evaporaban al mirarle las piernas y el nacimiento de los senos que muchas veces iban sueltos y brincaban los pezones al mínimo vaivén del ómnibus. Tenía que saber más de esa familia y de ese asesinato de La Mano del Negro, que sabía, fueron tres los baleados por la espalda: Fernando Echerri, Isidoro Armenteros y Arcis, creo que este último mayoral.

Del Autor

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Jorge Luis Rodríguez Reyes
Lector de libros en tablet, teléfonos, laptop: aprendiz de jugador de dominó y parchí. Escribe para mortificar y vive para leer.