Poco se ha escrito sobre este otro gran escándalo de la censura en Cuba, mayormente testimonios de los escritores censurados y, nadie lo niega, sigue siendo el menos comentado de estos episodios, como si se olvidara que fue el primer parte-aguas para el comienzo masivo del éxodo político de los escritores cubanos. Y es que si lo sucedido con PM y Lunes terminaría llevando al exilio años más tarde a algunas figuras culturalmente ya establecidas, el impacto de la censura contra el grupo literario El Puente, fundado por el entonces irreverente poeta homosexual José Mario Rodríguez (La Habana, 1940 – Madrid, 2002), representa al mismo tiempo el primer movimiento intelectual en el período revolucionario y el primer acto de represión cultural contra esos jóvenes escritores que, según las pretensiones políticas, deberían estar llamados a conformar “el Hombre Nuevo”.
Pero nótese que utilizo el término “irreverente poeta homosexual”, palabras que definen a José Mario pero, también, marcan tres rasgos difíciles de digerir para los líderes revolucionarios: irreverente (pues ya Fidel había dejado claro que había que plegarse a sus normas sobre “la Revolución” y la cultura), poeta (por aquello de ser portador del pecado original: no ser auténticamente revolucionario) y homosexual (porque blandenguería, sensibilidad y afeminamiento nada tenían que ver con los ingredientes machistas de una Revolución hecha por “esos genuinos representantes de la hombría cubana que son nuestros viriles barbudos”, como anunciaba la famosa locutora Violeta Casal, considerada “la Voz” de Radio Rebelde. A esas cuestionables cualidades habría que añadir que el grupo estaba formado por jóvenes provenientes de sectores tradicionalmente marginados: los negros y las mujeres, por lo cual, como diría la poeta Belkis Cuza Malé, se los vería como “seres raros” que, además, se habían atrevido a crear un proyecto que funcionaba con una independencia total de las estructuras de control culturales establecidas por “la Revolución”.
Desde ese convulso 1961 hasta el portazo censor de cierre en 1965, aprovechándose de que aún existían en el país imprentas independientes (que luego el gobierno monopolizaría para concentrar el poder editorial en sus manos), Ediciones El Puente además de publicar 38 títulos (25 poemarios, 8 libros de cuentos y 5 obras de teatro), promovió las primeras obras de, entre otros, su director José Mario (Rodríguez), Reinaldo García Ramos, Ana María Simo, Nancy Morejón, Rogelio Martínez Furé, Isel Rivero, Manuel Granados, Georgina Herrera, Gerardo Fulleda León, Lina de Feria, Nicolás Dorr, Ana Justina Cabrera, Manuel Granados, Miguel Barnet, Belkis Cuza Malé, Mariano Rodríguez Herrera, Manuel Ballagas, Joaquín G. Santana, Mercedes Cortázar, Guillermo Cuevas Carrión, Ana Garbinsky, Santiago Ruiz, Pío Serrano, Silvia Barros, Évora Tamayo y el peruano Rodolfo Hinostroza.
La mayoría de los testimonios de estos protagonistas (incluso aquellos que, años después, como Miguel Barnet o Nancy Morejón terminarían convirtiéndose en comisarios censores) apuntan a una serie de problemas que un grupo así representaba para casi todos los estratos del poder político y cultural, por lo cual se situaba, sin saberlo, en el centro de todos los ataques.
El primer problema, como muchos de ellos afirman, era que sus obras no eran reconocidas por las instituciones oficiales creadas por “la Revolución”. Según palabras de Isel Rivero: “Ni siquiera Lunes de Revolución, el semanario cultural del periódico Revolución, nos abría las puertas”. De modo que no fueron pocas las críticas que miembros de este grupo hicieron contra el mayor promotor de la literatura en esos primeros años, Lunes, que supuestamente se enorgullecía de democrático e inclusivo de todas las tendencias creativas, y respondió a esas críticas convirtiéndose en un poderoso enemigo en la sombra de El Puente y sus miembros.
El segundo problema era justamente la decisión de José Mario, y de quienes de algún modo eran junto a él gestores intelectuales del proyecto, de defender su propia voz, sus particulares modos expresivos y su derecho a un espacio público, con lo cual se lanzaban abierta e ingenuamente contra el aparato censor, controlado desde ese año 1961 (tras las “Palabras de los Intelectuales”) por el bando de quienes pretendían que toda la creación respondiera a una única voz propagandística al servicio de “la Revolución”.
El tercer problema, como se ha explicado, era que, aún cuando todavía no había estallado la persecución contra los homosexuales, y los negros seguían viendo con ojos de mucha esperanza “la Revolución”, era ya bastante escandalosa la homosexualidad manifiesta de muchos de los integrantes del grupo. A esto se sumaba el hecho de que muchos eran negros y comenzaban a exponer las reivindicaciones que como raza marginada habían sido obligados a callar (reivindicación, por cierto, incluida en el proyecto de cambios radicales que “la Revolución” pretendía implantar, pero que eran hechos “fuera del cauce y de los mecanismos” establecido por los estrategas del proceso revolucionario, quienes llegaron a acusar a los negros miembros de El Puente de pretender establecer en Cuba algo similar al Black Power que operaba en Estados Unidos en esa época). Por si no bastara con el color de la piel, muchos eran practicantes de las religiones afrocubanas y eso se contraponía peligrosamente con las aspiraciones de Fidel Castro de establecer una hegemonía ateísta basada en los postulados del materialismo dialéctico marxista. Contradicción similar ocurría con la obra de las mujeres “puenteras”, pues es necesario decir que fue este también el primer movimiento que aceptó con total naturalidad la presencia y el protagonismo de escritoras, muchas de las cuales luego se convertirían en nombres imprescindibles de las letras cubanas, ya fuera en la isla o el exilio. Aunque lo “conflictivo” en este caso, además de su discurso, era el lesbianismo de algunas (con trazas de un feminismo primitivo que más adelante se consolidaría, como en el caso de Ana María Simo) y el negrismo de otras (que, pese a lo emancipador y revolucionario que en sí mismo era, tampoco era bien visto en un país de blancos, dirigido por hombres blancos).
Fue tan activo el trabajo de José Mario y El Puente, tan independiente su gestión, que incluso comenzaron a recibir ataques de otros grupos de jóvenes creadores, estos sí afiliados a instituciones revolucionarias, como las revistas El Caimán Barbudo1 y La Gaceta de Cuba, desde la cual el narrador Jesús Díaz (de aquellos jóvenes que asumieron tareas de comisarios culturales el único que tuvo la honestidad de pedir perdón públicamente por su ceguera política) acusó al proyecto de no estar vinculado al espíritu revolucionario de los tiempos y de acogerse a una estética intimista, egoísta, hermética y existencialista, a lo cual se sumó la acusación de publicar y promover la obra de autores exiliados sobre los que ya se había dictado la orden de ser borrados del mapa literario nacional por sus posturas críticas contra “la Revolución”.
La estocada final contra el El Puente llegaría mediante otra de las estrategias censoras que a partir de entonces se extenderían a toda la sociedad, incluida la propia familia: se prohibía mantener cualquier tipo de contacto o relaciones personales con intelectuales o personas que habían salido al exilio o que se pronunciaban críticamente contra “la Revolución”. El propio Fidel Castro institucionalizó con su sello personal la represión contra los homosexuales cuando, en un discurso del 13 de marzo de 1963, dijo cosas como estas (Nótese el tono despectivo de los subrayados):
“Muchos de esos pepillos vagos, hijos de burgueses, andan por ahí con unos pantaloncitos demasiado estrechos (RISAS); algunos de ellos con una guitarrita en actitudes “elvispreslianas”, y que han llevado su libertinaje a extremos de querer ir a algunos sitios de concurrencia pública a organizar sus shows feminoides por la libre. […] nuestra sociedad no puede darles cabida a esas degeneraciones (APLAUSOS). La sociedad socialista no puede permitir ese tipo de degeneraciones”.
José Mario había violado esas dos prohibiciones: mantenía con orgullo su homosexualidad y, si no fuera ya suficiente con eso, estrechó amistad con el poeta norteamericano Allen Ginsberg, miembro internacionalmente reconocido de la llamada “Generación Beat”, activista radical contra las fuerzas destructivas del capitalismo, quien había sido invitado a La Habana en 1965 por Haydée Santamaría (que dirigía entonces la Casa de las Américas y oficiaba como una especie de Ministra de Cultura). Ginsberg fue poco tiempo después expulsado de la isla por sus declaraciones críticas sobre la persecución oficial contra los homosexuales, y apenas salió de la isla comenzaría el calvario para José Mario, pues fue apresado, acusado de “tendencias homosexuales” y enviado a reformarse a los campos de trabajo forzado llamados Unidades Militares de Ayuda a la Producción, de los que hablaremos más adelante en este mismo capítulo.
En su artículo “Allen Ginsberg en La Habana”2, el propio José Mario recuerda esos traumáticos sucesos y agrega un dato que muchos han pasado por alto: Fidel Castro en persona juró “volar El Puente ”.
“Conocí a Allen Ginsberg en 1965: nos disponíamos a publicar una revista que se llamaría Resumen Literario El Puente I, en uno de cuyos números se incluiría “Aullido”. El traductor, David Bigelman, trataba de hacer contacto con Ginsberg, mediante unos estudiantes norteamericanos que estuvieron en Cuba y decían conocerle. Después supimos por la prensa que la Casa de las Américas le invitaba a formar parte del jurado de poesía de ese año.
[…]
“Eran cerca de las siete cuando entramos al hotel. El ascensorista se negó a subirnos y nos mandó a la carpeta. Le explicamos al empleado de la carpeta que veníamos a ver al poeta norteamericano para confrontar unas traducciones. Nos dijo que estaba prohibido subir a su habitación. Le hicimos llamar a Ginsberg. Este bajó y nos hizo subir a su habitación, mostrándose molesto por la actitud que tuvieron con nosotros. Después de un rato de conversación en que le expliqué en qué consisten las Ediciones El Puente y los jóvenes poetas y escritores que publicamos en ellas, le enseñé los libros. […] En unas horas Ginsberg logró informarse de muchas cosas y no cesaba de confrontarlas. En esto subieron del periódico Hoy. Venían a hacerle una entrevista. […] “¿Qué le diría usted si encontrase a Fidel Castro?” Ginsberg le respondió que si no había otra cosa que ver en La Habana que a Castro, pero, en fin, si él lo viera le diría que no continuase fusilando. Que en vez de fusilar castigase a los condenados a ser ascensoristas en el Hotel Riviera. Que no persiguiese más a los “enfermitos”, pues estos representaban el caudal de sensibilidad del pueblo cubano, y permitiese la venta libre de mariguana, pues los médicos habían probado que era menos dañina que el alcohol. Y que no persiguiese a los homosexuales, porque, como le dijo su amigo el poeta Voznisenski, el comunismo era una cosa del corazón y él creía que el homosexualismo también, pues cuando dos hombres se acostaban contribuían a la paz y a la solidaridad, por lo que no era incompatible con el comunismo.
[…]
“Comencé a notar que mi apartamento continuaba vigilado por la policía. Ginsberg había dicho que pensaba, después de terminado el concurso, quedarse en Cuba, tratar de alquilar un coche e ir por toda la isla para escribir un libro. Visitó varias veces mi apartamento. La Casa de las Américas se lo llevó con todo el jurado a Santiago de Cuba. Le preparábamos una comida en casa de unas amigas para cuando volviese. Fijamos un día para la comida. Esa mañana pasé por la Unión de Escritores y supe que había sido expulsado: la policía lo sacó del hotel y lo metió en un avión rumbo a Praga. El escándalo del día consistía en diversos comentarios sobre la actitud de Ginsberg en Santiago de Cuba y ciertas declaraciones relativas al “Ché” Guevara y Raúl Castro.
“Días después recibíamos una carta desde un hotel de Praga. La carta era de Allen Ginsberg, el cual atestiguaba que nosotros nunca lo molestamos y citaba como testigos de sus palabras a los intelectuales reunidos en el evento de la Casa de las Américas de ese año y a la propia Haydée Santamaría […] Dando todos los detalles posibles, Ginsberg trataba de anticiparse con esa carta a cualquier hecho que pudiera realizarse contra nosotros. Las precauciones de Allen fueron justificadas: pasados unos días recibimos una citación, por la cual íbamos a ser sometidos a un juicio.
“Mi apartamento era vigilado día y noche. Temí lo peor. Empezó a decirse que el libro de Manuel Ballagas Con temor era un libro contrarrevolucionario. Fui a la imprenta y me encontré con la sorpresa de que el libro no aparecía. Una persona de la UNEAC me llamó para decirme que estaban tratando de cerrar las ediciones. Específicamente, Onelio Jorge Cardoso y Fayad Jamis. Uno de éstos se apoderó del libro de Manolo y se lo entregó a un comandante, quién a su vez se lo hizo llegar a Fidel Castro como prueba de que Ediciones El Puente corrompía a los jóvenes. Pensé que la cosa no tenía razón de llegar a tanto y lo tomé como un chisme o intriga.
[…]
“Una noche conversaba con unos amigos en 23 y O. Se acercó un conocido de la Universidad. «¿No te has enterado?», me dijo. «¿De qué?», le contesté. «Fidel Castro acaba de nombrarlos a ustedes en la Universidad». «¿A mí?», le dije. Fidel, por lo visto, estaba en lo que iba a ser la Escuela de Filosofía y un grupo de alumnos comandados por Jesús Díaz empezó a hablar de la cultura. Fidel se refirió a Carpentier, a la Casa de las Américas y al ICAIC, después de la Unión de Escritores, expresándose despectivamente respecto a Guillén. Uno de los presentes le gritó: «Fidel, ¿y El Puente? ». «El Puente lo vuelo yo», dijo Fidel agitando un manuscrito que tenía en la mano, y prosiguió hablando. (El manuscrito del libro era el de Manolo, al decir de Rodríguez Rivera3, que manifestó haber estado presente.) Después de esto, Nicolás Guillén me citó, comunicándome que en vista de lo ocurrido la UNEAC no se responsabilizaba con las ediciones”.
En febrero de 1968, José Mario logra salir a España y continuar en Madrid con su proyecto El Puente, pero en Cuba ninguno de los integrantes de ese grupo que no salieron al exilio logró escapar de la censura.
Fragmento del libro La estrategia del verdugo. Breve panorama de la censura cultural en Cuba (Puende a la Vista Ediciones, 2020)
