Hacia mis quince años conocí a un grupo de chicos que se reunían en la Plaza de la Constitución. Su vestimenta los destacaba del resto de los habitantes de la ciudad: usaban ropa oscura y desgastada con motivos de calaveras, zapatos industriales, chaquetas de cuero negro. A primera vista yo no tenía nada que ver con esa gente, excepto que su lugar predilecto para reunirse era el Panteón San Miguel. Aproveché la primera oportunidad que tuve para demostrar que conocía todos su recovecos. La afición de estos chicos por lo fúnebre me hacía pensar en mis autores más queridos. Empecé a hablarles de ellos, a contarles historias de apariciones y fantasmas, y terminé por convertirme en una integrante más del grupo. Fueron ellos quienes me iniciaron en Tim Burton, en Philip K. Dick cuyas novelas adoré desde el principio, y en otros autores como Lobsang Rampa que nunca acabaron de gustarme.
Después del invierno, Guadalupe Nettel
A una pareja de peruanos, que vivía aquí en Múnich ya un par de años, les pasó algo inaudito. Resulta que una vez vieron un alma en pena, vestida de blanco, en el cementerio Westfriedhof. Fue una noche en la que regresaban a pie de una reunión, algo bebidos. Cuando casi daban las doce en punto y teniendo de manera ineludible que bordear aquel camposanto para llegar a casa, se vieron alumbrados por un brevísimo resplandor que salía desde dentro del parque de tumbas, aseguraban. Ellos creyeron ver en aquel detalle una señal de sus seres queridos ya fallecidos. No sé por qué, pero mientras me contaban aquella anécdota se me iba metiendo el miedo en el cuerpo. Pienso que no tanto por la fantasía que tenía desarrollada en mi imaginación tras haber leído tantas historias de terror que suceden en cementerios, sino porque la complicidad de ser compatriotas míos le daba crédito a aquel episodio, que en boca de algún muniquense me hubiera sonado absurdo, falto de esa superstición ancestral tan típica de las historias de aparecidos contadas allá en mi adolescencia entre broma y broma con los amigos del barrio, sobre todo en la víspera del día de los muertos, más conocida ahora como halloween, con las luces apagadas y un par de velas encendidas.
Hoy en día en el centro citadino de la región de Múnich hay cementerios que en la práctica parecen museos abiertos de finas lápidas históricas, o parques de exposición de flores, para pasear durante el día, y ya no, lugares para enterrar a los muertos. Ello puede deberse a que no cuentan con más espacio, dado que se trata de lugares centenarios; o porque cada vez se estaba poniendo más de moda el dejarse cremar para acabar en un panteón común, dizque contribuyendo así en algo contra el calentamiento global.
Como quiera que sea, al comienzo del flagelazo dado por la pandemia global, hubo un lapso de tiempo en que no era permitido dar cristiana sepultura en círculos familiares a nadie. De pronto se vio el mundo entero desprendido de una tradición que tenía algo más que un significado religioso o ecológico. Al menos en el Perú, donde en las serranías andinas y en los cementerios de los barrios populares se armaban pequeños festines con comida y música, a manera de alegre rito de despedida para superar el dolor, y de paso aprovechar para hacer un poco de dinero con la comercialización de comida y flores. Y aunque suene a negocio, no ha habido programa cultural más fascinante que los tours nocturnos que ofrecía el Presbítero Maestro, el cementerio más antiguo de Lima; o las ofertas del famoso restaurante con piscina y vista al cementerio de una zona urbano-marginal, conocida como Las Lomas de Nueva Esperanza, en pleno arenal limeño.
No cabe duda de que las grandes urbes latinoamericanas en su rápido crecimiento parecen poder aprovechar estos espacios —otrora tan solo lugares macabros— mejor que nadie, incorporándolos, muchas veces de manera clandestina, a parte de la vida cotidiana, histórica y cultural del barrio, y de la ciudad misma, sin que las autoridades responsables en salud puedan hacer mucho contra su crecimiento desmedido e ilegal. Los cementerios limeños son verdaderas meganecrópolis que baten récords al ser de las más grandes áreas en la región sudamericana en su género, y adquirir ribetes de verdadera niebla fantasma que se va colando por entre las casas vecinas de los barrios que los circundan, como la muerte misma: imprevisible e inexorablemente.
