La universalidad de Emerio Medina

Sobre su vida y obra

José Luis Serrano


El paroxismo de experimentaciones inconsecuentes por un lado y la chata relatoría de vicisitudes domésticas por el otro, habían conducido a la narrativa cubana hacia un callejón sin salida. La escritura de Emerio Medina vino a fundar un espacio simbólico en medio de un territorio en crisis. Aunque se trate de historias que generalmente trabajan con la circunstancia inmediata, siempre vamos a percibir armazones soterradas que condicionan el comportamiento de los personajes.

Podría decirse que estamos ante un autor que maneja arquetipos. Los seres que pueblan sus relatos se manifiestan como síntomas de algo que acontece en otras capas de la realidad. Se trata de una narrativa que muestra el forcejeo de individuos atascados en su devenir. Emerio sabe distinguir el germen trágico que se encuentra sumergido en los escenarios más cotidianos. En ningún momento busca sorprender a sus lectores con situaciones que llamen la atención por su singularidad o extrañeza. Ni siquiera sus inmersiones en lo que podríamos llamar “realismo fantástico” trastorna la arquitectura de sus relatos. Los elementos sobrenaturales hacen su aparición por una rotura en el tejido de la realidad y nunca por una sobreabundancia inmotivada de sucesos. Los grandes hallazgos de este autor no se localizan en el plano formal, sino en su habilidad para construir mundos a partir de principios refrendados por la tradición. Relatos como “El puente y el templo”, “Los tikrits”, “Los días del juego”, “Café bajo sombrillas junto al Sena”, “La bota sobre el toro muerto”, entre otros, exponen la articulación de un universo autónomo, regido por leyes rigurosamente obedecidas por los grandes maestros del género. Aunque su principal caballo de batalla es el cuento, también hay que señalar que Los fantasmas de hierro, inscrita en la tradición neobarroca, es la piedra angular de una serie de novelas que abordan las encrucijadas insulares de los últimos cincuenta años. La fragilidad de un mundo en descomposición es captada con una autenticidad extraordinaria. El clásico antagonismo entre un pasado idílico y un futuro de proporciones ilusorias, hace que los individuos se muevan en círculos concéntricos dentro de las opresivas estructuras del presente. Ningún narrador cubano ha sabido mostrar con semejante universalidad las perplejidades inherentes a la condición humana.