En los cuentos que integran el libro El puente y el templo (Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2009), el entorno aparece cuidadosamente detallado desde todo punto de vista: desde el escenario arquitectónico hasta los olores que emanan de las calles son descritos con exquisito cuidado, prolijo, casi barroco. El escritor Emerio Medina hace galas de su enjundioso conocimiento del arte constructivo, y se esmera en ambientar sus historias de forma que el espacio donde se mueven sus personajes tiene personalidad propia. El entorno cobra vida, se hace autónomo a través de las sensaciones visual, auditiva, olfatoria y parecería que táctil, suscitadas gracias a la eficaz elegancia de sus palabras. Aunque distantes en el tiempo, en sus narraciones se agradece la descripción minuciosa de los lugares donde se ubica la acción, y son los espacios a los que mejor dedica su capacidad de fabulación. Emerio posee la rara cualidad de lograr que viajemos transportados en una especie de cápsula hacia el pasado, y que aterricemos en épocas lejanas, remotísimas. Infrecuente en la narrativa cubana actual, este escritor se lanza a seleccionar un estilo que de tan antiguo, resulta innovador. Así, los mejores cuentos de este libro son góticos. En «La ciudad vacía» un barco militar y fantasmal es tan perceptible que nos parece real según la imagen que nos llega a través de los sentidos: «un fuerte olor de peces muertos ascendía por las amuras embreadas. Se esparcía sobre el barco. Inundaba las bodegas. Se disolvía en el aire que soplaba desde tierra….Las velas colgaban sin vida en sus obenques. Sólo los foques se agitaban un poco. Se hinchaban por momentos y volvían a colgar de sus amarras». Con «La gota», uno de los cuentos más extraordinarios que he leído en muchos años, Emerio alcanza quizás la categoría que se reserva únicamente para grandes narradores, y que se logra con un cuento perfecto. Es este el ejemplo más elocuente del estilo antiguo del que hablamos. Un cardenal, un barbero y un obispo protagonizan una historia sórdida, que no se sostendría más de dos minutos si no estuviera ambientada en el justo espacio que el escritor escogió, contándonos más de los recintos que de las personas: «La habitación del cardenal fue decorada con lujo. Los sirvientes ocultaron las paredes con tapices largos que llegaban hasta el suelo. Lienzos bordados con motivos religiosos. Festividades coloridas y episodios de los Apóstoles. El piso desapareció bajo gruesas alfombras. Los sirvientes colocaron en las esquinas grandes candelabros portátiles. Muchas velas que desprendían un suave olor de cera alquitranada. Y espejos. Muchos espejos. Espejos redondos y ovalados que se movían y giraban sobre soportes especiales»
Admirable también, el cuento que cierra este volumen, «La perla», se desarrolla en una vieja estación de trenes. El conserje del lugar, lastimoso en su condición de anciano vencido, está aferrado al lugar como quien se sostiene de una tabla de salvación: «Recordaba los tiempos en que conocía de memoria el sonido de las máquinas y podía decir su número con sólo oírlas pitar. Ahora las máquinas eran nuevas y todas pitaban con el mismo tono. La estación, en cambio, era la misma. El edificio de dos plantas con su salón de espera y sus bancos viejos. Las oficinas y las escaleras. Los barandales de madera del segundo piso y el borde enrejillado del andén. Cosas que podía ver con los ojos cerrados. Fisuras en las paredes, o simples desconchados que la pintura disimulaba bien.» Una vez más, Emerio nos detalla el lugar con la intención de que participemos del viaje que nos propone, siempre situándonos en un sitio concreto que no nos resulte del todo ajeno. Cuando la orientación temporal de algún cuento se sitúa en la contemporaneidad (hecho que ocurre con menor frecuencia en su literatura), no titubea en insistir en la importancia que le otorga al ambiente por encima de los personajes. En el cuento que da título al libro, la decadencia de la ciudad es reflejada con dureza, sin ambages: «No una urbe de cemento y cristal, como quisiéramos. Solo La Habana. Casas a punto de venirse abajo. Columnas dóricas resquebrajadas por el moho y la humedad. Arcos y capiteles deformados por el peso excesivo. La arquitectura de una época de gloria que ha debido resistir un poco más de lo pactado» mientras que en el cuento «La villa», el escenario resulta ser un encantador paisaje marino: «un lugar solitario cerca de la costa. Un espacio retirado y cómodo. Un estero donde el río se juntaba con el mar. El río y el mar formaban sus bancos de arena. Se podía sentir el golpeteo de las olas en las piedras. Podían oír el silbido del viento en los cocoteros».
La fuerza de las descripciones que este escritor logra transmitir, obliga a reposar entre la lectura de una narración y la siguiente. El puente y el templo no es un libro que deba leerse de corrido. Requiere de un descanso que facilite que cada historia sedimente, porque los universos que crea son muy exigentes para los sentidos y sólo dejándolos respirar un tiempo se apaciguan para dejar paso a las próximas sensaciones. La ausencia marcada de personajes femeninos protagónicos, y el desdén por la figura de la mujer, que en las escasas ocasiones que aparece es únicamente para provocar muerte violenta o lujuria en los magníficos y vencedores hombres, es otra de las características de la literatura de Emerio Medina, que en este libro no falta. El carácter falocéntrico de su obra, que puede comprobarse en sus otros volúmenes de relatos (el anterior , Sarubí el preferido de la luna, y el actual Premio de cuentos de la UNEAC Luis Felipe Rodríguez que saldrá el próximo año Café bajo sombrillas junto al Sena) se repite en el libro que, no obstante, elogiamos hoy. Como no se trata de desanimar al público integrado por damas, sino de todo lo contrario, reservo la argumentación de este comentario para una próxima vez. Como ya he dicho, faltaría a la verdad si no anunciara que estamos ante un conjunto de cuentos realmente excepcional. Un libro que agradecemos todos y todas, porque juntos nos refugiaremos en el templo que se anuncia desde antes de cruzar el puente que es este libro.
Febrero de 2010.