
Emerio Medina, escritor cubano, acosado por la prensa tras ganar el importante Premio Casa de las Américas 2011.
Tengo el gusto, mientras me preparo un café fuerte, de conversar vía WhatsApp con mi amigo el escritor Emerio Medina, para mí, uno de los narradores más importantes de cuantos vivimos hoy en Cuba, y a pesar de ello es poco conocido y valorado fuera de las costas de nuestro archipiélago.
Emerio, la primera vez que nos vimos fue en Nicaro. Yo había hecho dos jurados, uno ahí y otro en Mayarí en los concursos León de León y Lengua de Pájaro, y los dos los ganaste con un par de cuentos memorables. ¿Qué significó para ti ganar aquellos dos premios cuando nadie fuera de la aldea te conocía?
Recuerdo ese momento. Fueron mis primeros premios. Fue la primera vez que expuse algún texto a la evaluación de un jurado profesional. Hasta ahí solo había sido leído por amigos que muy poco o nada sabían del mundo literario.
Ganar esos premios significó ante todo ganar confianza en lo que estaba haciendo. Aunque se tratara de concursos de corto alcance, me sirvieron para reafirmar la voluntad de escribir. Recuerdo tu reacción cuando leíste La frazada.
Por otra parte, no tenía claro hacia dónde apuntar los cañones. Esos premios me indicaron una dirección. Estaba avanzando solo por un camino desconocido, y aunque la idea de explorar me gustara, necesitaba algún tipo de guía. A partir de esos premios pequeños me enfoqué más en escribir las historias que tenía en la cabeza
¿Qué importancia tuvo la ciudad de Holguín en tus inicios?
Holguín fue en su momento una plaza a conquistar.
Por supuesto me deslumbraba la presencia allí de voces reconocidas como Mariela Varona, Rubén Rodríguez, Ronel González y José Luis Serrano.
Para suerte mía mi primer editor fue Maikel H. Miranda, un cerebro luminoso que estaba muy bien situado en el ámbito de la ciudad. Fue el editor de Plano Secundario, mi primer libro de cuentos.
¿Qué recibimiento te hicieron los escritores holguineros?
En términos generales creo que no fui aceptado de inmediato. Ahora entiendo un poco la manera en que esas cosas ocurren: ninguna figura encumbrada le da crédito a un escritor que empieza, aunque sea el autor de Los miserables o Crimen y castigo.
Por demás, yo vivía y vivo todavía lejos de Holguín. Eso te crea un problema muy serio. Te aleja del tipo de promoción que más se hace en Cuba: autopromoción presencial. Es un cabildeo constante, y yo no podía hacerlo. Suma a todo eso las dificultades con el transporte, teléfono, medios en general
Tuve que esperar mucho tiempo y ganar un premio Casa de Las Américas para ser tenido en cuenta por las terneras sagradas de la provincia. Y aun hoy mi relación con ellos no es la mejor. Mantengo, eso sí, muy buenas relaciones con muchos escritores de la ciudad. Los directivos del Centro del Libro me acogieron de inmediato. Y la Uneac me acogió.
Gané el Premio de la Ciudad en 2006 con un libro de cuentos, Rendez-vous nocturno para espacios abiertos. Es como el Nobel de Holguín. Y lo gané otra vez en 2008 con una novela para adolescentes: Surubí el preferido de la luna. Esos premios me situaron en una posición bastante cómoda dentro del ámbito literario de la provincia. Sin embargo, los escritores locales siguieron mirándome con reticencia. Después gané el Julio Cortázar en 2009 con el cuento Los días del juego. En 2011 gané el Casa de Las Américas de cuento con La bota sobre el toro muerto, y en 2016 gané el Alejo Carpentier de cuento con el volumen La línea en la mitad del vaso.
Esos han sido, en pautas generales, mis mejores resultados. Son los mejores resultados que haya tenido un autor de la provincia, pero aun así mi interacción con los escritores holguineros ha tenido sus altibajos. No pertenezco a un grupo u otro y eso siempre crea una distancia. Hoy tengo interacción con José Luis Serrano, Ronel González, Fidel Fidalgo y José Poveda. Con el resto solo tengo roces ocasionales.
Te mueves en muchos registros narrativos. ¿Qué opinión te merece la literatura escrita para niños y jóvenes en Cuba?
Tengo una opinión muy propia sobre la literatura infantojuvenil que se hace hoy en Cuba.
Se tiende a pensar de forma muy superficial cuando se escribe para el público joven. Se asume la narración desde el punto de vista del autor y se deja a un lado la forma de ver el mundo de los niños y jóvenes.
El niño que jugaba con un hacha de piedra en la prehistoria es el mismo que usaba espadas de madera en la Edad Media, y el mismo que juega con un aparato electrónico en nuestro tiempo. La época tiende a cambiar, y con el cambio llega el avance tecnológico, pero el adolescente es el mismo. Puede cambiar el objeto, pero no las necesidades del sujeto lírico. Las necesidades del adolescente están regidas por patrones biológicos y no por el entorno espacial o temporal. La persona que escribe para adolescentes debe tener en cuenta ese aspecto.
Los tiempos modernos han creado modelos donde el héroe ya no es necesario, pero ese es un juego difícil de ganar. Se precisa de una mano maestra, y no siempre se dispone de ella. El honor, la gloria, la visión de futuro, el amor y la lealtad son ingredientes esenciales de ese tipo de literatura. Se anteponen a pasiones negativas básicas como el odio, el miedo, la traición y la desesperanza para formar un universo en perfecto equilibrio donde el bien siempre triunfa sobre el mal. Creo que el género literario más difícil es el cuento para adolescentes. Reúne en sí mismo dos mundos muy diferentes: el de los adultos y el de los niños. Es muy fácil equivocar el destinatario de la narración, cosa que a menudo ocurre. En Cuba lo más común es contar un conflicto de adultos en un texto destinado a jóvenes. Siempre he tratado de alejarme de eso.
Es muy común encontrar hoy en Cuba textos destinados a los jóvenes donde se maneja un conflicto de adultos. Las novelas se escriben bajo ciertos disfraces que permiten al autor hablar de sí mismo, contar sus experiencias y frustraciones, atraer la mirada del lector hacia gustos, preferencias e inclinaciones propias. También ocurre que las novelas se escriben como remedos o imitaciones de materiales fílmicos y reality shows. Esa fórmula garantiza un púbico lector. Es una manera efectiva de llegar a miles de adolescentes y jóvenes, pero solo logra apuntalar méritos ajenos. La batalla por la literatura debe ir por otros rumbos. El escritor cubano de estos tiempos debe explorar con seriedad las circunstancias en que viven nuestros adolescentes y hacer propuestas sobre la base de la historia y la cultura del país y la gente. La mejor manera de insertarnos en el mundo es hablar del pedazo de tierra que nos tocó como Patria. No necesitamos importar cultura porque ya la tenemos.
En general creo que el cuerpo de la literatura infantojuvenil cubana está incompleto. Me gustaría ver los pasajes bíblicos y clásicos. Para mala suerte mía no es así. Leo una novela para adolescentes y me entero de las mismas cosas que pudiera encontrar en una obra para adultos. Ese tipo de literatura no es lo que busco. Nos sobra la noticia y nos falta la fábula. Nos sobra lo cotidiano, lo visible, lo que se puede tocar con la mano, y nos falta lo imaginario inalcanzable. Ese tipo de propuesta superficial destinada a informar a los adolescentes debería ceder espacio a un universo de subjetividades.
Yo escribo cuentos y novelas para adolescentes y trato de seguir la línea más clásica. Mis novelas siempre serán epopeyas de corte histórico o un remedo de la historia del hombre. Digamos, la historia del hombre descrita en un plano simbólico. Escribí Viaje a la orilla de un cuento porque necesitaba leer algo así. Es la historia de la humanidad contada desde la perspectiva de unos seres fantásticos propios de Cuba: los güijes. Las aventuras de estos personajes son las aventuras del hombre. La estructura social es la misma de la humanidad en su forma más clásica. Los retos que enfrentan son los retos del hombre desde que el primer ser humano caminó sobre la tierra. Desventajas, adversidades, enemigos, aspiraciones y esperanzas humanas pueden encontrarse en las páginas del Viaje…
¿Qué te gustaría leer en la literatura cubana?
Me gustaría leerme a Cuba contada por manos diferentes, con miradas y propuestas diferentes. Lo cubano se ha ido diluyendo en nuestra literatura y ya el país no se ve. No se ve su diversidad cultural ni se habla de su historia. La literatura cubana actual está permeada de tópicos foráneos e importaciones culturales. Nuestros símbolos más comunes ya no son propios. El interés mayor de los autores está dirigido a colocar textos interesantes en un mercado regido por las transnacionales. La exploración de la sociedad se queda en las capas superficiales porque eso complace a una masa lectora más interesada en mirar las postales de un país que en degustar su herrumbre o su savia. Cada día apostamos menos por la búsqueda formal y recurrimos a fórmulas probadas en otras geografías. No nos interesa sondear los aspectos de lo humano porque eso conllevaría mucho esfuerzo y daría pocos dividendos. En ese sentido el país se va pareciendo más al mundo. Florece un tipo de literatura destinada a entretener y languidecen las propuestas que obliguen al lector a replantearse el país y la sociedad. Y este país, aunque pequeño, es complejo y diverso. Es preciso contarlo y hacerlo visible. Ya tuvimos a Carpentier y pareciera que lo olvidamos. Quizá me gustaría presenciar un retorno a Carpentier, a esas grandes novelas que hablan del país y del cubano, al barroquismo cubano, a la épica. Nos tocó vivir en un país de luz. Quisiera que esa luz inundara miles de páginas de novelas y cuentos.
Por suerte un grupo importante de jóvenes autores está proponiendo miradas nuevas. Muy pronto ese soplo de aire fresco se convertirá en brisa y cabe esperar grandes cosas en el futuro inmediato. Cabe esperar que el país real sea contado por manos diestras y ocupe su espacio en los estantes.
¿Qué es el cuento para Emerio Medina?
Nunca me gustó la definición del cuento como novela sin ripios. Hay una diferencia fundamental entre los dos géneros. El cuento funciona a partir de un efecto. La novela, no.
El cuento se compone de dos historias narradas en paralelo. Las dos tienen la misma importancia, solo que una es invisible. Digamos, el lector ve la historia de arriba, pero la otra se mantiene oculta. El autor irá dejando indicios imperceptibles a una primera ojeada. Se requiere un ojo de halcón para identificar las señales de que algo más está ocurriendo. En eso el gran maestro fue Cortázar.
De la habilidad del autor para esconder la historia sumergida depende el efecto de un cuento. Y el efecto ocurre en una fracción de tiempo muy corta. Digamos, una fracción de segundo. Y ocurre precisamente en el momento en que las dos historias convergen. Ese punto de intersección de las dos líneas cruzadas define la efectividad del cuento. La solución del conflicto es la misma para las dos historias y justo ahí se logra el efecto. Se logra con una palabra, una oración, una imagen nítida que resuelve el conflicto y hace visible la historia sumergida. Generalmente se ubica al final, aunque las mejores manos logran situarlo en cualquier parte del texto.
El efecto causado por un cuento provoca el asombro del lector. Puede haber otras reacciones: duda, zozobra, inquietud, incluso ira. La manera en que el lector se involucra con la historia determinará la reacción. Pero el asombro es el efecto más común. La estructura de un cuento y el hecho de que las dos historias coincidan en un punto generalmente causan ese efecto. Todo se reduce a algo muy simple: en ese punto el lector logra ver la historia sumergida y descubre que ha leído diez o doce cuartillas sin saber que algo más estaba pasando.
En fin, un cuento es una pieza narrativa compuesta por dos historias paralelas que se cruzan en algún momento. Como pieza literaria tiene la posibilidad de explorar cualquier aspecto de lo humano. Tiende a ser breve porque no necesita sondear el mundo ajeno a la situación que plantea. Se circunscribe a un tiempo y espacio específicos y no supone la exploración de las circunstancias que rodean al personaje.
En el cuento las dos historias giran en torno a un mismo conflicto. O sea, el cuento explora un conflicto único. Y ese conflicto debe ser esbozado con claridad, de forma que el lector pueda entender la situación desde el inicio.
¿Y la novela?
Solo hablaré de la novela teniendo en cuenta su línea central, esa que comenzó con El Quijote y llega hasta Faulkner, Hemingway y Saramago, por citar algunos nombres. De la novela con apellido no voy a hablar.
Si en el cuento se expone un solo conflicto, en la novela siempre hay más de uno. Quizá sea esa la diferencia fundamental. Pero hay otras. La novela no tiene que producir en el lector el efecto del cuento. No busca sorprender. En su carácter épico radica su efectividad. El lector de novelas se adentra en un mundo complejo de relaciones humanas muy básicas. El amor, el desamor, el odio, la traición, la esperanza y la muerte siguen siendo los ingredientes fundamentales.
Siempre he dicho que el cuento, por su carácter simbólico, es ageográfico y atemporal. La novela, en cambio, necesita anclarse a una geografía y tiempo determinados. Como pieza narrativa no necesita resolver todos los conflictos planteados. Solo debe dar solución al conflicto central. Y en algún caso puede prescindir de soluciones y dejar abierta otra posibilidad.
Y creo que no me corresponde teorizar en torno a un tema tan complejo. Me toca escribir novelas, y mis novelas siempre van a respetar las reglas que he mencionado
¿A qué escritores lee Emerio Medina?
Los cuentistas cubanos que leo con regularidad no son muchos. Quizá se debe a que soy muy exigente con este género. La lista contiene los nombres más importantes de la cuentística en lo que va de siglo. Leo a Ángel Santiesteban, Alberto Garrido, Alberto Guerra, Marcial Gala, Rafael de Águila, Ernesto Pérez Chang y otros, no muchos.
Los novelistas cubanos que leo con regularidad son muy pocos también. Marcial Gala, José Manuel Prieto, Ena Lucía Portela, Evelio Traba y Amir Valle son mis preferidos.
Hay un novelista cubano que sigo con interés. Un holguinero, José Luis García. Ha escrito una serie de novelas distópicas muy interesantes.
Me sigue deslumbrando la obra de Javier Cercas. Leo a Javier Marías y Arturo Pérez Reverte.
Mis novelistas extranjeros vivos o muertos preferidos son José Saramago, Vargas Llosa, Stephen King, Bolaños, Bukowski, Alexei Tolstoi, Sandor Marai.
Ahora he descubierto la obra de un novelista ruso fabuloso: Boris Akunin. Estoy traduciendo algunas de sus obras al español.
Entre los narradores del mundo he reservado un sitio especial para los seres inmortales. Me refiero a Juan Rulfo, Carpentier, Antoine de Saint Exupery, Virginia Wolf, Dostoievski.
Entre los poetas cubanos leo con frecuencia los textos de Delfín Prats, Frank Abel Dopico, Rafael Vilches, Ronel González, Carlos Augusto Alfonso y José Luis Serrano.
Literatura infantojuvenil. Es quizá la asignatura pendiente de la literatura cubana. Siempre he dicho que no me gustan los libros dedicados a informar. Defiendo la fábula y la construcción de universos a partir de realidades y culturas concretas, cosa que no encuentro a menudo en los libros cubanos destinados a los jóvenes. Leo con placer las narraciones de Ronel González, Ana Rosa Díaz Naranjo, Luis Carlos Suárez, Otilio Carvajal, Sindo Pacheco y Eduard Encina, quien falleció hace cuatro años y nos dejó su literatura estupenda.
¿Por qué siendo uno de los narradores más importantes en Cuba hoy, tus libros se han quedado prisioneros dentro de la Isla?
Hay algunas razones para que mis libros no se hayan situado en editoriales de renombre. Las personas encargadas de promover a los autores cubanos residentes en el país están muy ocupadas promoviendo su obra propia. Generalmente también son escritores.
Vivo lejos de los grandes centros urbanos. La lejanía de La Habana me pasa las cuentas muy a menudo. Hacia el interior del país las oportunidades son más escasas. Por si fuera poco, también vivo lejos de mi capital provincial. La poca oportunidad que pueda aparecer queda en manos de personas muy poco interesadas en promover a nadie.
El mundo de las editoriales internacionales me resulta ajeno. Quizá por razones de comunicación. Durante años esperé disponer en casa de una conexión a Internet y nunca llegó.
No soy una persona que persigue oportunidades. Mi trabajo como escritor se reduce al hecho simple de escribir y esperar que algo ocurra. Y como nunca ocurre nada, mis libros siguen esperando que alguien los descubra.
En los últimos siete años me he dedicado en exclusivo a mi familia. El nacimiento de mi segundo hijo me hizo bajar las armas del escritor y dedicar todo el tiempo a la vida doméstica común. Y soy un hombre común. Debo enfrentar los retos existenciales de los cubanos en estos tiempos tan difíciles. Es el tiempo que nos tocó, me ha dicho alguien, y uno debe asumir en ello cierta predestinación al fracaso, aunque sea un fracaso temporal.
¿Tuviste alguna influencia familiar en cuanto al gusto e inclinación por lo literario, por los libros?
No creo. La inclinación por la lectura me llegó sola. La Ilíada fue el primer libro que pude manosear. De hecho, fue el primer libro que leí. El segundo fue Mío Cid. Esos ejemplares se pusieron a mi alcance siendo muy pequeño. Quizá tenía siete u ocho años y ya era un lector voraz. Cuando mis contemporáneos jugaban yo estaba leyendo. Eso me creó ciertos problemas en la casa. No era común.
¿Qué opinas de los Talleres Literarios?
Yo creo que la época de los talleres literarios ya pasó. Eso tiene que ver con las posibilidades que ha traído la informatización. Ahora es muy fácil acceder a la literatura especializada y formarse opiniones propias sin ayuda de un profesor. En definitiva, el escritor en sí mismo es un buscador constante de verdades reales o imaginarias. Basta hundir los ojos en un libro para armarse de una verdad cualquiera.
Quizá para aprender el ABC de la escritura sí sea necesario un profesor. Hay aspectos de la construcción textual que necesitan de una explicación. Pero veo libros publicados donde las normas de redacción no se aplican, o se aplican mal. A la mala mano del escritor se une el poco interés del editor. Y a esto hay que sumarle un factor importante: el lector de hoy va siendo menos exigente.
Por eso te digo que la época de los talleres literarios ya pasó. Hay mucha gente armada con su propia verdad. Y cada día hay menos interés de someter el texto al escrutinio ajeno. Escribir se ha convertido en una tarea muy fácil.
Ya es difícil encontrar verdaderos profesores de literatura. Una persona muy joven con su título bajo el brazo se yergue de pronto en maestro y guía de cientos de aspirantes a escritores. No dudo que alguien pueda desempeñarse con éxito en una labor tan exigente, pero la literatura es más oficio que talento y se requiere tener una vida antes de enseñar a vivir.
Por supuesto, no excluyo la posibilidad de un taller con un buen profesor y las cargas de interés necesarias de ambas partes. Un taller, en principio, te acoge, te arropa y te da confianza. De la habilidad del profesor y la dedicación del estudiante dependerá el resultado.
Aunque en tu narrativa das cuenta de un abanico de escenarios europeos y latinoamericanos, el grueso de tu producción está ambientado en Cuba contemporánea. ¿Te resulta cómodo hablar de Cuba y los cubanos?
El cubano siempre estará en el centro de todo lo que escriba. Por supuesto, el cubano de estos tiempos está más a la mano y es fácil explorar su comportamiento, pero también he escrito algún que otro relato o novela ambientada en el siglo XIX o en la década de los 50 del siglo pasado.
En general escribo sobre gente muy simple. Mis personajes son cubanos de a pie que enfrentan las presiones de la vida diaria y se esfuerzan por seguir viviendo en medio de situaciones personales difíciles.
La exploración de actitudes en situaciones límite abre un campo de posibilidades muy amplio. Siempre habrá algo que contar cuando metes el bisturí bajo la piel del personaje. Si el personaje es cubano, ya tengo cierta garantía de que las cosas van bien. Conozco mi país lo suficiente como para contarlo, y no me arriesgaría a hablar desde otra cultura u otra circunstancia porque veo en ello el riesgo de cometer errores de contenido o dejar espacios en blanco allí donde se necesita dar al lector puntos de vista específicos o algunos datos puntuales.
Llama la atención que, viviendo lejos de La Habana, hayas logrado describirla con tanta efectividad. Eso ocurre por ejemplo, en el relato Los barcos terminados. Muchos escritores y críticos consideramos que la mejor habana de la literatura cubana contemporánea es la tuya. ¿Cómo has logrado hacer eso?
Solo un corte profundo permite explorar con facilidad el interior de las ciudades, las casas y la gente. Y yo hago cortes profundos. Pero lo interesante es que nunca me lo he propuesto. Las imágenes de La Habana me salen solas. Quizá se debe a que el texto las exige.
Hubo un punto de partida, y fue el cuento Rendez-vous nocturno para espacios abiertos, uno de mis primeros textos. Tuve que describir la vida nocturna de La Habana alejándome de los estereotipos que dominan el cuento cubano. Ese reto me llevó a mirar la ciudad de otra forma. Doté a los personajes marginales de un dolor hasta entonces no descrito, o descrito de forma superficial. Quizá es el mismo dolor que percibí en los personajes de Hombres sin mujer, de Carlos Montenegro. Como ves, tenemos ese antecedente y lo hemos olvidado. Ángel Santiesteban logra algo parecido en su libro Los hijos que nadie quiso, pero no lo he visto en otros autores, o lo he visto muy poco. La mayoría se limita a describir hechos y espera que el lector sume algo de su cosecha propia, pero yo pienso que uno debe ir más allá. Uno debe hurgar en las sensaciones del personaje y trasladarlas al lector. Eso mismo me ocurre cuando utilizo La Habana como escenario: hago un corte profundo y logro percibir el dolor de la ciudad. Lo demás está en tener buena mano para decir lo que uno ha visto. Así, con las palabras más comunes, se puede emocionar al lector al hacerlo participar de las mismas situaciones que enfrenta todos los días.
Esa forma de asumir la narrativa me sirvió para escribir muchos otros cuentos y un par de novelas ambientadas en La Habana. En El puente y el templo y Los barcos terminados la ciudad se convierte en personaje. Digamos que la ciudad se desnuda ante el lector, muestra sus muchas cicatrices y llora con una voz callada. Quizá en las líneas finales de Los barcos terminados esté muy clara esa definición:
…Quedó solo Gonzalo. Ni bueno ni malo era, solo un hombre. Uno que sabía cosas y explicaba bien. Uno que preguntaba y quería saber. De los detalles preguntaba. De cómo fue y cómo pasó. Pero nunca dijo para qué. Se quedó fumando en la acera entre putas de Santiago y policías de Holguín, entre chulos de Bayamo y maricones del Camagüey. La vida nocturna recién comenzaba en la acera de Monte. Se extendía despacio por La Habana, calle a calle, como una cicatriz en el rostro amable y áspero de la ciudad.
Con El puente y el templo me pasó lo mismo. Ese texto me obligó a hablar de La Habana profunda y los personajes que la habitan. Quizá terminó de formarse ahí mi habana literaria.
Nos separan quince metros. Suficiente distancia. Puedo mirar sin perderlo de vista. Sin arriesgarme a que se vuelva y me descubra fisgoneando. Apuesto veinte pesos a que seguirá Prado arriba, hacia La Habana Vieja. Tiene cara de ser de La Habana Vieja. Cara de galleguito con bigotes de los que todavía hablan con la zeta. Maldita sea, cincuenta años en Cuba, doblando las espaldas en esta isla de mierda, y todavía con la zeta.
Pero me equivoqué. Perdí los veinte pesos. Torció hacia Neptuno: lo peor. El sol es más fuerte en Neptuno que en cualquier otra calle de La Habana. Calle sin espacios de sombra, con las aceras pegadas a las paredes de las casas. Ni un árbol. Ni uno solo. El hombrecillo va con escalera, y yo detrás, sudando. Pero no lo dejaré escapar. Hoy no. Hoy tengo la sangre fría del cazador. Delante, a quince metros, va mi presa.
Quizá los demás escritores no sienten interés por ver la ciudad de la forma que yo la veo. Quizá se hastiaron de mirar las mismas cosas y no se animan a decir nada nuevo. O quizá se reducen a describir la capa externa de la piel porque resulta cómodo para el lector más común, y eso suele generar imágenes con mucho colorido y palabras fuertes. Digamos que esa manera de contar La Habana genera imágenes atractivas para los turistas.
Uno de los ejes fundamentales de tu narrativa es la mezcla de fantasía y realidad. En Cuba hoy eres uno de los pocos autores que logra hacer esa mezcla con acierto. Y se nota en tu obra una clara influencia de Alejo Carpentier, Lovecraft, Kafka y otros cultores importantes del realismo mágico, la fantasía y el absurdo. ¿Pudieras hablarme de eso?
Claro que tengo influencias de esos grandes narradores. No podría ser de otra manera. Es difícil no tenerlos en cuenta a la hora de asumir la narrativa. Creo que ahí te faltó mencionar a Juan Rulfo, aunque su influencia fue tardía. Hoy lamento mucho haber pospuesto por muchos años la lectura de Pedro Páramo.
En algún momento he dicho que en mis cuentos y novelas el absurdo y la fantasía ayudan a resolver situaciones de lo cotidiano. Quizá logro abstraerme lo suficiente y ver determinados aspectos de la realidad a través de un prisma fantástico. La realidad cubana te pone delante un universo de hechos, personajes y procederes muy difíciles de asumir desde los arquetipos más establecidos porque el producto final estaría muy cerca del lugar común. Un enfoque absurdo de esa misma realidad resuelve la situación al punto de darle mayor verosimilitud ante los ojos de un lector cualquiera. Ese recurso fue utilizado en abundancia por Carpentier y otros maestros.
En el cuento El nombre me sirvió para hablar de algo tan socorrido como una pena de amor:
…El nombre se había quedado rebotando entre las tablas. Rufino Leyva lavó las paredes y pasó una escoba por las planchas de zinc del techo, y aun después, a riesgo de agrandar los huecos, golpeó con un martillo las partes oxidadas y las bisagras herrumbrosas de las ventanas donde las letras se habían quedado prendidas. Solo cuando llegaron las primeras lluvias de diciembre empezó a olvidar. Pero con la lluvia llegó también el frío, y era la hora maldita de acostarse y tratar de dormir con los ojos abiertos. El nombre se descolgaba desde el discreto repiqueteo de las gotas, saltaba de tabla en tabla, de hueco en hueco, mordía los bordes lisos de los platos, reptaba por el piso de tierra y se escondía bajo la almohada. Rufino Leyva se levantaba enseguida y abría la ventana, cerraba los ojos y dejaba que el nombre se le escapara de la boca, lo obligaba a salir acariciando cada sonido con la lengua, lo veía subir y mezclarse con las gotas de lluvia fría, y era otra vez la hora maldita de acostarse y tratar de dormir. Y el nombre era Yuli. Rufino Leyva se levantaba otra vez y lo pronunciaba con los ojos entrecerrados, lo dejaba escapar hacia los cañaverales donde la murmuración se había hecho fuerte, lo veía retorcerse en las guardarrayas y en los charcos del camino. Pero el nombre volvía cuando Rufino lograba dormirse, subía por las paredes reptando de tabla en tabla y se escabullía entre las planchas de zinc…
Cualquier hecho o personaje puede aislarse y ser llevado a un plano fantástico o absurdo. Solo es necesario entrecerrar los ojos y dejarse llevar por la narración, y eso es lo que hago con más frecuencia. Claro, es necesario estar dispuesto a no dejarse atar por las cadenas de la realidad. La molesta realidad, con su carga de imposiciones convencionales y ataduras de todo tipo, crea un tipo de obligaciones verdaderamente incómodo, y uno tendría que valerse de atajos literarios para armar una situación extraordinaria y a primera vista inverosímil, pero efectiva al final. Y te cito aquí un fragmento de El agujero, cuento que escribí como homenaje al gran Kafka:
…Al despertar una mañana Gregorio Sánchez para ir a la escuela, descubrió que tenía un agujero en la mitad del pecho.
Era un agujero grande. Un hueco. El brocal de redondez perfecta dejaba ver el interior del cuerpo. Gregorio Sánchez podía ver los pulmones hinchados. Se desinflaban los pulmones en su cavidad estrecha. Se llenaban de aire cuando Gregorio respiraba… Más allá´ estaban los músculos y la armazón blanquecina de los huesos… Todo se hacía notar con el brillo de las mejores células, y Gregorio Sánchez se quedó mirando su interior, asombrándose un poco, descubriendo que todo estaba en el lugar que le habían dicho en la escuela.
Gregorio Sánchez temía respirar. El miedo aparecía en el aire y le impedía moverse. El miedo estaba allí, junto a la cama, esperando su oportunidad para dejarse ver.
Pero el corazón estaba allí también. En su lugar bajo los huesos y la carne estaba el corazón, en su refugio tibio de pulsaciones y sangre. Gregorio Sánchez se entretuvo mirándolo. Podía mirar cuanto quisiera, examinar las arterias y las venas, contar los golpes de la sangre, las contracciones y el empuje de las válvulas…
¿Cómo valoras la narrativa escrita por cubanos hoy?
Si me hablas de narrativa escrita por cubanos entiendo que te refieres a los escritores que viven dentro y fuera de la isla. Eso sería lo justo. No me gusta diferenciar a unos de otros. Para mí todos son escritores y merecen reconocimiento más allá de las circunstancias personales o las razones que los movieron a irse o quedarse.
Pero no he hecho una lectura suficiente de los narradores cubanos que viven fuera de su país. Solo he leído a José Manuel Prieto Poveda, Karla Suárez, Alberto Garrido, Marcial Gala y algún que otro nombre. Por tanto, solo voy a hablarte de la narrativa escrita por personas que viven en la isla.
En general creo que en la narrativa cubana contemporánea falta el carácter simbólico. Nos estamos dedicando más a producir textos cargados de información y muy pobres en lo que a fábula se refiere. Noto en la mayoría de los autores cubanos, incluyendo a los más jóvenes y más viejos, una ansiedad por describir realidades muy concretas y dinamitar situaciones escabrosas. Si el teatro bufo cubano tuvo en su momento arquetipos muy establecidos como la mulata, el gallego y el negrito, la narrativa cubana de los últimos años ha apostado por personajes tipo como la jinetera-prostituta, el chulo, el delincuente más común y otros exponentes del mundo marginal. De esto ya se ha hablado bastante, por supuesto, y no creo que pueda añadir algo nuevo. No desconozco la efectividad de la narrativa en cuanto a transmitir información se refiere.
Hay un grupo de autores que apuestan más por el símbolo. Me siento muy cómodo al leer textos con realidades distorsionadas, y me incluyo en ese grupo.
Quizá el cuento producido hoy en Cuba esté más cerca de los estándares internacionales que la novela. Tenemos un número importante de narradores muy jóvenes que beben en fuentes diversas y le dan al cuento un sabor más literario. Por supuesto, esos jóvenes escribirán novelas en su momento. El panorama de la novela cambiará pronto.
El ansia por contar historias de lo cotidiano caracteriza nuestra producción narrativa. La experiencia personal se impone a la búsqueda de la verdad. Los retos existenciales forman el cuerpo de nuestra narrativa contemporánea.
P.D: Hasta aquí la conversación con el escritor cubano Emerio Medina, ya está el café y se nos acabó la internet.