
Prólogo al libro «Habana profunda. 100 Historias para 100 imágenes», de Amir Valle (textos) y Enmanuel Castells Carrión (fotografías).
Una ciudad en ruinas, dice el escritor cubano Antonio José Ponte en nuestro último encuentro en el Instituto Iberoamericano de Cultura, en Berlín.
“La Habana inolvidable”, en palabras del escritor mexicano Ignacio Padilla, que la conoció cuando lo invitaron de jurado al Premio Casa de las Américas.
“Una ciudad lejana, pero viva en mí por la memoria de mis padres”, asegura el narrador cubano-español José Carlos Somoza, sentado desde una de las mesas donde compartimos una larga charla en esa fiesta de la novela policíaca que es la Semana Negra de Gijón.
“Esa Habana que va conmigo”, me escribe desde Nueva York el músico cubano Paquito D’Rivera, una de las glorias de la música cubana de todos los tiempos, para quien ganar premios Grammys ya es costumbre.
“Mi segunda ciudad”, la llama Gabriel García Márquez y mira a la noche que cae sobre la Escuela Internacional de Cine de La Habana, donde imparte el Taller de Guión.
“Mi padre, como yo, adoraba esta ciudad, aunque fuera desde lejos”, me confiesa Geraldine Chaplin, hija del genial Charles Chaplin, en La Habana de fines del 90.
“Ciudad de gente feliz”: el primer cosmonauta ruso Yuri Gagarin.
“La caliente Habana”: la grandiosa artista española Lola Flores.
“La única ciudad de América donde el tiempo se detuvo para embellecerla”: el actor francés Alain Delon.
“Una ciudad de calles que ríen”: el actor mexicano Mario Moreno, “Cantinflas”.
“Capital fascinante y sorpresiva”: el expresidente norteamericano James Carter.
“La Habana es una ciudad invicta hasta en la cara de sus gentes”: el premio Nobel nigeriano Wole Soyinka.
“Es mi Habana, no me la han quitado”: la sonera cubana Celia Cruz.
“Una ciudad pequeña de innegable grandeza histórica”: el expresidente ruso Mijaíl Gorbachov.
“La más musical y rítmica de las ciudades del mundo”: el escritor cubano, premio Cervantes de Literatura, Guillermo Cabrera Infante.
“Una ciudad que nos haría mucha falta para conquistar América”: el multimillonario David Rockefeller.
“La Habana es sensualidad y luz”: la actriz mexicana María Félix, “María Bonita”.
“La Habana, hoy, es Fidel”: el cineasta norteamericano Oliver Stone.
“Una ciudad viva como pocas”: el cantante inglés Sting.
La lista sería interminable. Pero los que hemos vivido esa ciudad bien lo sabemos: La Habana es un lugar de donde no te vas nunca, aunque te alejes; es un sitio que te persigue como un fantasma donde quiera que vayas.
Habitada hoy por más de dos millones de cubanos, La Habana es una ciudad que palpita, coqueta, bajo las oleadas de una historia acumulada en sus calles, parques, plazas y antiquísimos edificios: fue en los siglos de la conquista el puente hacia las nuevas tierras descubiertas; en el período del comercio naval entre el Nuevo Mundo y la vieja Europa sirvió de punto obligatorio de escala a las flotillas que atravesaban el Atlántico; ocupó un lugar tristemente célebre en la ruta de los traficantes de esclavos desde el África recóndita hasta las colonias en América; el desarrollo de su burguesía y su estratégica posición geográfica posibilitó ser elegida como centro de experimentación de muchas de las industrias, inventos científicos y técnicos más adelantados que surgieron luego de la Revolución Industrial en Inglaterra; fue cuna y casa de la mayoría de los grandes movimientos culturales, sociales y políticos de los siglos XVIII y XIX en este lado del mundo; inauguró el siglo XX a la cabeza del desarrollo de la industria, el comercio y la cultura latinoamericana; y conmovió al planeta Tierra con una Revolución social que todavía hoy para unos es “la última dictadura socialista” y para otros, un “ejemplo único de resistencia ante la hegemonía de los Estados Unidos de Norteamérica”.
Cuentan que uno de los más grandes escritores cubanos del siglo XX, Reinaldo Arenas, días antes de suicidarse en Nueva York, enfermo de SIDA, estuvo hablando con un amigo de esas noches populosas que había vivido en Coppelia; que Ernest Hemingway no olvidó jamás las puestas del sol sobre el horizonte marino que se ve desde cualquier sitio del litoral habanero; que el escritor inglés Graham Greene recordaría públicamente el contagioso ritmo de los habitantes de las calles de Centro Habana; que Meyer Lansky murió anhelando un regreso a lo que llamó “esa seducción rara que cae sobre La Habana cuando llega la noche”; que el narrador cubano Justo Vasco, voz esencial de la novela negra latinoamericana, andaba en Gijón echando de menos la paz de sus paseos vespertinos por las calles arboladas de El Vedado; que el cantante norteamericano Nat King Cole llevaría a los Estados Unidos un respeto casi fanático por el arte popular que escuchó en Tropicana y en los cabarets nocturnos donde estuvo durante su estancia en La Habana; que el actor Marlon Brando contó muchas veces a sus amigos la extraña impresión de que La Habana era una ciudad donde se concentraba toda la luz y todo el calor del Trópico, en ese recuerdo que se llevó desde el hotel Victoria en El Vedado; que la Madre Teresa de Calcuta elogió hasta días antes de su muerte el espíritu abierto, conversador y fraternal de esos habaneros de pueblo con los que compartió en sus dos viajes a La Habana; que Winston Churchill, después que compró en La Habana algunos puros, jamás se desprendió de la costumbre de fumar el tabaco hecho en las fábricas de aquella ciudad que contempló por igual desde su suite en el Hotel Nacional y desde las calles; que el premio Nobel portugués José Saramago siguió hasta su muerte elogiando la vasta cultura que se respira en las calles, las plazas y los sitios públicos, en una ciudad que consideraba cultísima y siempre ávida de lectura como, ciertamente, se puede comprobar en esos festivales internacionales del libro donde un pueblo que apenas tiene para comer gasta casi todos sus ingresos del mes en comprar libros; y que el escritor español Manuel Vázquez Montalbán regresó a España hablando a todos de lo que le pareció un detalle tipificador de La Habana: el rugiente paso de los “camellos”1 por las calles de la ciudad, el cadencioso crepitar de los “almendrones”2 y el sudoroso rostro de los primeros “bicitaxistas”3 que poco después llegarían a ser centenares.
Uno de los más reconocidos arquitectos cubanos, José Antonio Choy, ante una pregunta que se hacen todos los habaneros: “¿Cómo te gustaría que fuera La Habana dentro de 50 años?”, responde: “Pues me gustaría que fuese una ciudad para los habaneros, para los cubanos. Que mantuviera sus virtudes, como el hecho de ser una ciudad abierta al intercambio y la comunicación con Europa, con el resto de América, con el Norte, con el Sur. Esa es una vocación que ahora está un poco oculta, pero que la ciudad siempre ha tenido y se reforzará, porque es su destino. No me gustaría que fuese una ciudad folclorista, acondicionada para un turismo banal, sino que sea una ciudad cosmopolita visitada por personas de todo el mundo, interesadas por su memoria histórica, su arquitectura, su música, su danza, sus pintores, sus intelectuales, su cultura en general y, sobre todo, su gente. Me la imagino como un centro cultural importante a nivel mundial, a partir de aquello que ha hecho grande de nuestra cultura, que es integrar y saber apropiarse de lo mejor que está pasando en cada momento.
Y La Habana es así, una ciudad de vanguardia, alimentada con lo más sobresaliente del urbanismo de todo el mundo, que debe mostrar lo que fue, pero que también mostrará lo que será capaz de hacer. La Habana es y será una ciudad para vivirla intensamente, una ciudad lúdica, diseñada para la diversión, para enamorarse, pasearla y caminarla. Por eso, sus calles pertenecen a sus ciudadanos, a los cubanos que se apropian como nadie de su espacio urbano, y también a sus visitantes, principalmente, a todos aquellos que la aman”4.
