Y me llamaron Ashé
Walter Lingán
Editorial Adarve, Madrid, 2022
Walter Lingán tiene ya un largo recorrido en el oficio de narrar ficciones, así como en el activismo cultural que inició en la década de los años 70 y prosiguió en Alemania, a donde inmigró en 1982. Una larga lista de publicaciones ha ido consolidando una valiosa e interesante producción narrativa que espera aún una valoración de la crítica especializada. La variada producción temática de este escritor abarca desde el género fantástico, como la novela Un cuy entre alemanes, hasta el realismo social como en Koko Shijam, El libro andante del Marañón, y funde en su obra una visión actual del país, así como también la impronta de un escritor peruano de la “diáspora”.
En su reciente novela, Y me llamaron Ashé, (Editorial Adarve. Madrid. 2022. 472 pág.), Lingán vuelve al realismo para recuperar y rememorar esa arcádica infancia y el niño que habita en cada uno de nosotros. El regreso a San Miguel de Pallaques (Cajamarca-Perú) está teñido tanto de la infaltable nostalgia que afina la vena poética del narrador como de la visión crítica e irónica del pasado que en muchos pasajes coquetea con un tono carnavalesco. Recordando San Miguel y el año de su nacimiento Ashé, 1952, dice el narrador/protagonista:
“…que en aquel entonces era una aldeíta encimada en la Cordillera de los Andes. Por esos años el Perú era gobernado por un regordete general que respondía al nombre de Manuel Odría, un militar golpista… (pág. 15).
El ejercicio de memoria con que el narrador/protagonista (Ashé) irá reconstruyendo su pasado y el de su pueblo sobre el fluir de sus recuerdos va a navegar entre dos aguas: el recuerdo poetizado de un tiempo pasado y una visión crítica del momento que le toco vivir, ambos condimentados de un humor blanco que no resta fuerza a la denuncia social, tono acorde con la visión del niño o el adolescente que lo experimentó, pero que es narrado desde un tiempo posterior a los hechos, a la manera de una autobiografía. Esa reconstrucción es también la de San Miguel, que vive y crece como un personaje más, y es un referente constante en la novela. Así también está descrita la épica de los campeonatos de fútbol donde los héroes alcanzan la gloria del triunfo o sufren los reveces de la derrota.
“Esos trofeos eran disputados a sangre y a goles. Infinidad de veces volaban pedazos de uñas de los pies acompañados con pedazos de cuero sangrante. Como nunca perdimos, con esos trofeos llenamos la sala de la señorita Olga Linares”. (Pág. 44)
Por como suelen aflorar los recuerdos, el tiempo en la novela no es lineal. La narración va y viene siguiendo el curso asociados a hechos, anécdotas o personajes, pero los días y los meses transcurren, las inquietudes de la infancia van quedando atrás y con la llegada de la adolescencia van aparecen otras nuevas. El surgimiento del deseo, el descubrimiento del amor, las penas del desamor hacen carne en los personajes trastocando su mundo y transformando el humor blanco de la niñez en la picaresca de los aprendices de adultos.
“Uf, por primera vez la miré y descubrí lo rica que era. Puta madre, qué guapa que es la Colorada, pensé mientras la observaba, le hacía ojitos. Y ella también parecía mirarme, pero en realidad yo no era objeto de sus ojos”. (Pág. 200)
Surge también otra épica, la del héroe apasionado que ha de vencer a las fuerzas que se oponen a que su amor se consume. “Nada detiene a un Homo sapiens enamorado”, dice el narrador al ver cómo la familia de la nada desaprueba su relación con la “Colorada” y la someten a una severa vigilancia que el enamorado debe burlar para poder conquistarla.
Junto con la épica del deporte convive con una épica por obtener una educación que les permita lograr la superación personal y un futuro mejor; desde los esfuerzos por conseguir los útiles escolares mínimos para la primaria y secundaria en San Miguel, hasta buscar los recursos para estudiar en una universidad en Lima a donde Ashé es mandado luego del sonado escándalo por haber “robado” a la “Colorada”.
“Después fuimos a su habitación que tenía en la vivienda universitaria. Mira, hermanito, aquí puedes estudiar, pero que alguien te de para los pasajes. Aquí, como sea la pasamos. Mira, en este cuartito dormimos cinco, estamos apiñados, tú ya no alcanzarías, hermano. Todo está en que tengas alguien que te apoye…”. (Pág. 368)
Y me llamaron Ashé es también la historia de un migrante provinciano en la capital, sus avatares son los mismos de todos aquellos que intentan probar fortuna en Lima, pero estos avatares no son contados desde la crudeza que pudo tener en el momento que ocurrieron, sino que han sido destilados y curados con el bálsamo del tiempo transcurrido, esa curiosa alquimia los torna en recuerdos añorados, parte indesligable de una existencia que cobra sentido en el ejercicio del recuerdo y que son suficientes para justificar una existencia. San Miguel de Pallaques es el cordón umbilical que une y da sentido a todos los personajes, el escenario constante de la novela, independientemente del lugar donde suceden los hechos narrados, la arcadia a la que todos desean volver o intentan recuperar, el gran retablo de las ensoñaciones colectivas, la indeleble impronta grabada en cada uno de ellos. Con esta novela, Walter Lingán pinta su aldea para crear un universo y tender un dulce camino de retorno a la infancia.
