Siempre me he comprometido con mis ideas y en ese punto coinciden el humano y el escritor

Es la tercera vez que puedo entrevistar al escritor argentino Fernando López. Una de esas conversaciones fue en video para el canal de Youtube «Amir Valle – A título Personal» y la segunda, para esta misma revista, bajo el título «Mi deseo es algún día poder escribir poesía«, publicada en febrero de 2021, a raíz de la reedición en Ilíada Ediciones de la novela La sombra del agua. Es especial, entonces, esta charla virtual que aquí reproduzco, porque se trata profundizar en aspectos de la vida y la obra de Fernando López que considero de interés para todo aquel que desee entender el mundo creativo de este importante narrador.


A modo de presentación hacemos siempre a nuestros invitados un reto: el de mirarse e intentar explicar a los lectores de OtroLunes ¿quién es Fernando López? La respuesta, como para profundizar más el reto, debe enfocarse en dos aspectos inseparables pero que, con todo propósito, quiero que respondas por separado: Fernando López, el ser humano y Fernando López, el escritor, teniendo en cuenta en qué sentidos se contraponen o complementan estas dos “áreas” de tu vida.

Ojalá pudiera decir de mí todo lo bueno que quisiera. Me llevo bastante bien con mi conciencia, con mis cuatro hijas e hijo, mi nuera y yernos y con mis nueve nietos, a pesar de todos los reclamos que me hicieron a lo largo de la vida y me siguen haciendo. Tengo un lote de muy buenos amigos y amigas. En lo profesional he sido muy respetado porque como abogado penalista me jugué por cada uno de los seres humanos que acudieron a mí por haber delinquido, y como juez he sido aplicado y rechacé con firmeza todas las presiones que recibí. Tanto fue así que renuncié a la magistratura harto de las presiones constantes por parte de los abogados, de la prensa y del poder ejecutivo. Y verás que “ambos” no se contraponen sino más bien se complementan. Como escritor, bueno, en cualquiera y en todos mis libros hay huellas indelebles del Fernando López ser humano. En mi primera novela, “El mejor enemigo”, aparezco como personaje con mi nombre y apellido. Creo que todos los escritores/as elaboramos ficciones relacionadas con aspectos de la vida personal, o con sucesos que nos conmueven o con temas que sobrevuelan sobre las sociedades como deudas pendientes: la salud física y mental de los niños, la madre tierra, el compromiso personal, la guerra, las trampas de la política, por citar algunos. Siempre me he comprometido con mis ideas y en ese punto coinciden el humano y el escritor.  Ahora mismo estoy trabajando en una novela (desde hace veinte días) que sorpresivamente se ha ido entramando con cuestiones que no  tenemos en cuenta como si no nos concernieran. Y me fascina la idea de que el argumento se desarrolle en varios sentidos y tenga un final sorpresivo.  

Quiero que tires la mente al pasado y me cuentes cuándo sentiste por primera vez esa conmoción que es decirse: yo quiero escribir… ¿qué salió de allí?… Y en fin… ¿qué recuerdas de esos inicios?

Recuerdo con mucha ternura mis inicios. En sexto grado de la escuela primaria la maestra nos hacía inventar “cuartetas” alrededor de algún acontecimiento ocurrido en el día, del que se hablaba primero y después unos pocos minutos para trabajar. Ese poema breve se publicaba en un diario mural que se renovaba todos los días. Me entusiasmó la idea a tal punto que a lo largo del año la mayoría de las cuartetas, por decirlo de algún modo un 70 %, las escribí yo. A mediados de ese año mi padrino me regaló para mi cumpleaños un libro de poemas que me fascinó: “Rimas” de Gustavo Adolfo Becquer. Descubrí que la organización de las palabras en la poesía eran muy diferentes a las coloquiales y que se podía conmover y conmoverse con esas maravillas del trabajo intelectual. Desde ese día me convertí en un niño lector con una voracidad complacida por mi abuela materna, que me compraba toneladas de libros todos los meses con su magra jubilación. Y cuando me pareció que ya había leído todo me dije que era el momento de escribir mis propias historias.

También en esos inicios hay un lugar importante: San Francisco, ¿el origen de todo el Fernando López, el abogado y el escritor? ¿Y Córdoba? ¿Qué le ha aportado esa ciudad, en la que vives desde 2004, al Fernando López escritor?

Nací en San Francisco (que en algunas de mis novelas aparece como San Tito) y al terminar la primaria (a los 12 años) por decisión de mi padre seguí los estudios secundarios en el Liceo Militar General Paz de la ciudad de Córdoba. Egresé con 17 en 1965 y ya me quedé en esta ciudad para estudiar derecho. Me recibí en 1973 aunque en realidad cursé en cuatro años, porque “me distraje” con una militancia gremial como empleado del Poder Judicial, intenté hacer teatro, me anoté en la Escuela de cine de la Universidad Nacional, me casé, tuve hijos, después me recibí, ejercí durante tres años como abogado penalista, a los tres años de ejercer la profesión recibí una oferta para cubrir una vacante de secretario en el fuero penal de San Francisco que nadie quería. Como yo era nativo y mi deseo era darle más tiempo a la escritura, acepté y en 1978, veintitrés años después, regresé a mi ciudad natal, donde viví con mi esposa y mis cuatro hijos hasta 2004, que regresé a vivir a Córdoba, veintiséis años después de mi insilio voluntario. Entre setiembre y diciembre 2004 aceptaron mi renuncia como juez de control, vendimos la casa, compramos en Córdoba, nos mudamos con la que fue mi esposa y nos separamos con un divorcio traumático que duró cuatro años. En cuanto a lo literario, como ya lo dije, mi maestra de 6° grado me incentivó a la escritura y simultáneamente a la lectura. Sin ese aporte no creo que me hubiera dedicado a escribir. Y Córdoba me aportó la experiencia de una juventud revolucionaria que me sirvió para escribir, en San Francisco, gran parte de mi obra, desde “El mejor enemigo”, “Arde aún sobre los años” y “Odisea del cangrejo”, pasando por mis tres libros de cuentos y “(Con) La sombra del agua”. En córdoba escribí toda la saga de Philip Lecoq, el detective de los pobres.

¿Cómo se llevan el abogado y el escritor? ¿Existiría la saga de novelas negras protagonizadas por Philip Lecoq sin el Fernando López abogado?

Me río porque alguna vez me dijeron que escribía como un juez. No sabía si tomarlo como un elogio o un disvalor. Nos llevamos bien aunque el escritor mantiene en el pasado toda la experiencia con el derecho y no le permite regresar al abogado, salvo una sola vez como personaje en “El mejor enemigo”. Y por cierto que esa saga no existiría si yo no hubiese sido juez. Un día, en Córdoba, en una reunión política, me enteré por un médico que existía una cooperativa de ex convictos, todos viejos ladrones de armas llevar de los años 70 que asaltaban bancos y se tiroteaban con la policía, que habían decidido abandonar el delito y educar a sus hijos/as y nietos/as para que no fueran delincuentes como ellos. Esa cooperativa se llamaba “Esperanza sin Muros” y constaba de una carpintería, una panadería, un criadero de pollos y una fábrica de muñecas para que las hijas/nietas no tuvieran que caer en la prostitución. Pedí conocerlos y varios días después me invitaron a una reunión que comenzó con un silencio profundo y terminó con una gran algarabía: yo les pedí permiso para incluirlos como personajes en mis novelas. Así nació la saga de Philip Lecoq. Con el tiempo la cooperativa se disolvió: hubo varios problemas internos y sus integrantes fueron muriendo, todos con más de 80 años. Incluso fueron contratados por la editorial que me publicó la saga para que contaran sus propias historias, todas deliciosas, en un libro titulado “No robarás”.

Hablemos de la tradición. Escribir en un país de enormes genios como Quiroga (era uruguayo, lo sé, pero hizo su obra en Misiones y se dio a conocer desde Argentina), Roberto Arlt, Bioy Casares, Sábato, Borges, Abelardo Castillo… es casi que una temeridad… ¿En qué sentidos crees que, en tu caso particular, esos ilustres precedentes se convierten en lastre o en impulso?

De hecho Borges y Roberto Arlt fueron personajes de algunos de mis cuentos y novelas (“Tormenta en Ginebra, “Duendes al alba” y “(Con) la sombra del agua. Quiroga, Borges y Cortázar me enseñaron las estrategias de esa batalla con las palabras precisas para contar sin desperdiciar ni una letra. Roberto Arlt me impactó desde “El juguete rabioso” en adelante, con sus personajes marginales y su escritura sin concesiones. Abelardo Castillo me fascinó con el arte de algunos de sus cuentos y hay otros que también me aportaron, como Sábato, Hebe Uhart, Juan Sasturain, Juan Filloy, Héctor Tizón, Jorge Barón Biza y muchísimos otros que harían una lista interminable. Siempre me río de la defensa del plagio que hacía Borges, con esa media sonrisa que desconcertaba.

Escribir “El mejor enemigo”, tu primera novela, en medio de la dictadura argentina, desde mi punto de vista fue una especie de rebelión contra el silenciamiento forzado mediante el terror en que se vivió en esos años. Háblame de ese proceso, de cómo fue escribir en esos años.

Terrible. Como creíamos que esa dictadura iba a durar para siempre, yo quise dejar un modesto testimonio de esa época contando “la previa”, las matanzas de bandas parapoliciales y paramilitares que asolaban el país desde 1975 bajo el nombre de AAA (Alianza Anticomunista Argentina) y el Comando Libertadores de América, su filial cordobesa. Yo era militante y escribía a mano, escondiendo las hojas en lugares donde no pudieran ser encontradas si allanaban mi casa. Me llevó siete años escribirla, entre 1978 y 1982 y antes de presentarla a las editoriales en 1973 la releí, y me dí cuenta de que estaba escrita con muchos eufemismos, me di cuenta sin quererlo que la autocensura había hecho conmigo lo que no quería. Me tomé un año más y la escribí toda de nuevo. Así quedó, para siempre. Y desde ese momento prometí no censurarme nunca más. Cuando me entregaron ejemplares de la primera edición del libro leí un anuncio minúsculo en un periódico de Córdoba que anunciaba el premio Colima. Había que enviar cuatro ejemplares por correo, hice un paquetito, los envié y pocos días después llegó la buena noticia.

Poco después, precisamente el Premio Latinoamericano de novela Colima 1984, que se otorga a primera novela publicada y que ganas con El mejor enemigo te sirve de impulso para escribir Arde aún sobre los años, novela con la que ganas el Premio Casa de las Américas en 1985. ¿Qué te decide mandar esa novela precisamente a ese premio? ¿Qué recuerdas de todo ese proceso que vivimos siempre los lectores: preparar el libro, enviarlo, esperar con ilusión y… con suerte como en tu caso, recibir la noticia de que fuiste el ganador?

“Arde aún…” la escribí prácticamente de una sentada en 1984, con todo el material recopilado durante la guerra de Malvinas, mientras esperaba el resultado del concurso Colima que se resolvió en noviembre o diciembre de ese año. Casa de las Américas se resolvía en enero del 85. Era el premio más importante de habla hispana y una tentación enorme para cualquier jovenzuelo pretencioso. Tenía confianza en la novela y aunque no la premiaran el solo hecho de participar ya era una osada propuesta. Se dieron varias circunstancias para que pudiera obtener el premio. Uno de los jurados en Colima era el mexicano José Agustín, quien también lo fue en La Habana. Él me contó después que al llegar a Cuba pidió ver la lista de los participantes y encontró mi nombre. Pidió la novela para leerla y junto con el argentino Mempo Giardinelli decidieron proponerla para el premio. Después adhirieron el genial Augusto Monterroso y el cubano Senel Paz. Te imaginas que no cabía en mí de alegría con dos premios en un par de meses, con apenas dos novelas y solo 36 años. Fue gracioso cuando llegó el telegrama con el anuncio. En aquellos tiempos no se usaba la ñ en los telegramas, no existía. El telegrama con el anuncio decía que la novela “Arde aún sobre los anos” había sido premiada. Ese mismo día comenzó a circular en San Francisco la noticia de que había ganado con la novela “Anos ardientes”.

Sé que esta es una pregunta complicada, pero no puedo resistir la tentación de hacerla justamente porque decidiste en aquellos años mandar al premio Casa de Las Américas. Casa de las Américas (y estoy citando aquí palabras de la fundadora y directora por muchos años de esa institución, Haydée Santamaría) forma parte de la plataforma de propaganda internacional del programa cultural de la Revolución Cubana, un proceso social inclusivo y democrático que perdió su esencia desde las censuras contra la prensa, el cine y la literatura independiente en los mismos primeros años, las represiones contra los artistas y escritores homosexuales en los sesentas, el escándalo internacional conocido como Caso Padilla en 1971 que provocó el divorcio con la Revolución de miles de intelectuales del mundo que la habían apoyado hasta ese triste suceso de represión… Focalizándonos en eso, desde tu perspectiva como escritor, como intelectual latinoamericano y como progresista, ¿crees que el timonazo de ese proceso social hacia el totalitarismo, la represión gubernamental contra libertades básicas del cubano que critica al sistema, ha afectado la importancia, la fuerza y el papel de promotor de la cultura latinoamericana que llegó a tener en Latinoamérica y el resto del mundo la cultura cubana en general y, en particular, instituciones como Casa de las Américas?

Lamentablemente todos los procesos revolucionarios que en el mundo han sido derivaron hacia la concentración total del poder para conservarlo y mantenerlo ante los ataques constantes de una derecha que no descansa en recuperar lo perdido. Especialmente los bienes materiales, muebles (como el dinero) e inmuebles, y el poder para manejar la economía. En mis visitas a Cuba he notado que la población protesta pero se las arregla para vivir en una economía que no entiendo, que han tratado de explicarme pero no termino de entender, con grandes carencias que se van agudizando con el tiempo y una burocracia que entorpece todos los proyectos que no nacen como programa de gobierno. Me he maravillado con la cultura del pueblo cubano, con su amabilidad, su alegría, su amor por la música, y reflexiono que si no se produjo ningún movimiento masivo en contra del “régimen” no es solo por la represión sino también por falta de convicción. Si no me equivoco la gran mayoría de los cubanos han nacido después de la revolución, han disfrutado de sus mieles y desechos, hay una mística fuerte como hecho casi único en el mundo y no impresiona que las cosas vayan a cambiar en el corto plazo. Esa es mi impresión. Y no sé si habiendo conocido otros sistemas yo podría vivir en Cuba, soportando las carencias y dificultades, aunque en mi país también hay muchas carencias y dificultades ligadas a la realidad de un país sometido al saqueo de sus bienes naturales con la complacencia de sus autoridades.

Profundizando más en ese tema por el amor que siempre ha existido en el pueblo argentino hacia el proceso social cubano desde 1959. ¿Sigue siendo Cuba un referente como proceso social?

En Argentina nunca hemos tenido un sistema de partido único y muchos no lo aceptarían por una cuestión cultural. Pero además la presión de EE.UU es enorme y eso condiciona esa aceptación, a pesar de que, raspando un poquito la pintura de los cascos, personalmente creo que los partidos demócrata y republicano son muy parecidos en sus programas. O sea, hay un bi partidismo que no es tal ni para adentro ni para afuera. Ambos han propiciado siempre las guerras y el saqueo al resto del mundo, y parte de su población tiene también, como en todo el mundo, enormes dificultades para la subsistencia. Ahora, que Cuba siga siendo un referente, es muy difícil de responder.

A los escritores siempre nos enfrentan al dilema intelectual/político que terminó rompiendo la amistad de Camus y Sartre en los 50 del siglo pasado: el compromiso del escritor con su realidad social. ¿Qué piensas sobre ese dilema?

Mi experiencia personal cambió radicalmente desde el momento en que al egresar del Liceo Militar (1965) descubrí que había vivido en la mentira, que había aceptado como ciertas todas las enseñanzas: fue cuando descubrí los grafitis contra la guerra de Vietnam en las paredes de las mismas calles por las que había transitado durante los últimos cinco años sin haberlas visto nunca. Se dieron una serie de hechos políticos que a los 17 años me empujaron a abdicar de las convicciones que de pronto se volvieron obsoletas: fui por primera vez a una marcha estudiantil contra del golpe de Estado del general Onganía al presidente Illia, en la que fui detenido. Me dio mucha bronca haber aprendido en el Liceo que el anciano presidente era un inútil cuando entendí que, por el contrario, era un hombre de convicciones firmes, que había sido derrocado por no dar el brazo a torcer ante las exigencias de una sociedad enferma que ya presagiaba lo que ocurriría una década después: el último golpe militar que desembocó en la peor dictadura que vivimos, la que se cobró 30.000 desaparecidos, miles de exiliados y terminó desafiando a  los ingleses con la aventura de Malvinas. Treinta años después de la revolución cubana los alemanes decidieron terminar con el muro del escarnio (1989) y de pronto descubrí que Solyenitsyn no había mentido al hablar de los campos de concentración en la Siberia, que Stalin había sometido a una hambruna criminal al pueblo de Ucrania, que la KGB vigilaba y sancionaba las desviaciones burguesas de los rusos, mientras yo seguía defendiendo la lucha de los pueblos por su soberanía política, la justicia social y la solidaridad como principios de vida de una sociedad. Me fui alejando de la izquierda imperceptiblemente al principio y a dudar de sus dogmas con las sucesivas defecciones de otras revoluciones, pero confirmando mis convicciones antiimperialistas contra los centros mundiales del poder que saquean a los pueblos del mundo y los someten a la muerte en vida que significa no tener futuro. En el Liceo el profesor de filosofía me preguntó si yo era dogmático y le dije que sí, ahora digo que no y sufro por las cavilaciones de mi gobierno peronista que se deja presionar y retrocede ante cada una de sus promesas electorales. Me pregunto qué diría Sartre hoy, qué diría Camus ante estas nuevas realidades mundiales. Sospecho que Sartre seguiría siendo dogmático y Camus no. No sé si he respondido a tu pregunta. Ojalá que sí.

Muchas novelas, pocos cuentos… es tu balance como narrador. Pero empezaste escribiendo cuentos y tu último libro “Lo implacable” es de cuentos… ¿Por qué ese desbalance? Y lo pregunto porque en Argentina los cuentistas son muy respetados, como escritores de un “genero mayor”, en mi opinión mucho más respetados que los novelistas.

Mi proceso de crecimiento fue poesía, luego cuento, finalmente novela. Mi género preferido es el cuento (tengo más de treinta publicados en libros propios, antologías, revistas y blogs en varios países) pero la novela me tentó para poder encarar historias complejas que no caben en un texto breve. “Lo implacable” es una muestra de cuentos de distintas épocas reunidos con el fin de recuperarlos y propiciar la publicación de varios más que están encarpetados y en revisión.

Córdoba Mata… cuéntale a nuestros lectores qué hay detrás de ese nombre, qué han hecho, ¿continúa el evento?

La respuesta está en el primer texto inédito que agregué a este dossier.

Si yo digo “Philip Lecoq ha muerto”… ¿qué dices?

En el primer episodio la Yesi, compañera de vida de Philip, alumbra su décimo hijo. Ella queda embarazada después de cada caso resuelto con éxito. Entonces faltan todavía cuatro episodios, de los cuales hay uno escrito y otros que están rondando en mis vigilias. El corte en la continuidad se debió a que la editorial entró en una crisis que aparentemente no logra resolver. Me dio mucho trabajo convencer al director de Raíz de Dos de que aceptara publicar las diez historias de la saga, después de haberlo ofrecido a editoriales de Córdoba y de Buenos Aires que no aceptaron correr el riesgo ante un posible riesgo económico.

Si yo digo “Fernando López, a sus 75 años, sigue creando mundo, así que con seguridad podemos esperar nuevos libros”… ¿me equivoco? Y si no me equivoco, ¿en qué proyectos de escritura andas ahora mismo?

Sigo diciéndole a quien quiera escucharlo que tengo planes para treinta años más. Es cierto que estoy muy atrasado con las lecturas, pero la razón es que vivo en una realidad diferente, rodeado de personajes y de historias que van y vienen y me impiden abandonar el oficio. Te cuento una historia (real, como les gusta decir a los guionistas norteamericanos). Hace unos años tuve alucinaciones. Muy fuertes, realmente estremecedoras al punto de que tuve que consultar a un psiquiatra. Me explicó que son sueños que se producen en el momento en que estamos despertando y por eso parecen tan reales. La cuestión es que había una historia muy fuerte que había leído en esos días, muy fuerte, terrible, que contó un ex comisario y que había ocurrido en un centro clandestino de detención de la última dictadura que tuvimos. Lo cuenta en un libro estremecedor dedicado a la investigación del asesinato de su padre, también comisario.

Lo voy a hacer breve. Resulta que cuando cae la dictadura comenzaron a remodelar todos los centros de detención para evitar que fueran identificados por algún sobreviviente. Uno de ellos el nefasto D2, que había quedado bajo la custodia de UN detenido y UN policía, ambos armados, porque sucedían cosas raras inexplicables en ese lugar. Un día golpearon la puerta de calle con suma violencia y era un comando de la guardia de infantería, armados con artillería pesada, que habían concurrido porque desde la calle se veía que en el primer piso había una fiesta con música y muchas personas de ambos sexos. Lo raro era que abajo no se sentía el más mínimo ruido. Subieron la escalera, derribaron la puerta… y no encontraron nada raro. No había nadie, ninguna persona, solo los armarios donde estaban guardados los prontuarios de quienes habían sido detenidos y desaparecidos. Los dos custodios quedaron muy impresionados y siguieron ocurriendo cosas raras como ruidos, sombras y movimientos de muebles.  Justo en esos días Ángel de la Calle me había pedido una historia para el periódico de la Semana Negra de Gijón. Escribí esa historia y automáticamente desaparecieron las alucinaciones. Creer o reventar.