Para mí la poesía es un acto de fe, un abismo donde consigues que el lector tolere lanzarse contigo

Con Sonia Díaz Corrales – Cuba

Sonia Díaz Corrales es una de las poetas más originales que conozco. De muchos modos ha sido siempre una nómada de la poesía (la ha cargado pacientemente en su alma allí adonde la ha llevado la vida, sin contaminarse con las muchas tendencias y modas con las que se ha codeado). Es una de las más exigentes editoras que he conocido en mi vida como escritor (de hecho, acaba de leer una de mis primeras novelas negras y ha hecho una serie de señalamientos que no habían visto los muchos editores que ha tenido esa obra, en sus más de diez ediciones). De una sinceridad admirable, y una nobleza humana subyugante, se ha ganado el cariño y el respeto de quienes la hemos conocido y disfrutado de su alegre presencia, de sus consejos de vida siempre certeros, y de esa calmada sabiduría que se desprende de su voz y de sus palabras cuando lee sus exquisitos poemas.

Esta entrevista, que pudo haberse realizado en nuestro más reciente encuentro, cuando me invitaron a presentar mis novelas negras en el Festival Internacional Tenerife Noir 2023, en esa isla canaria donde Sonia vive desde 2001, se vio postergada por nuestras charlas, más humanas y menos profesionales, como suele suceder cuando dos grandes amigos se encuentran. Ahora se concreta gracias a esa costumbre que viene siendo hace bastante la internet.


A modo de presentación hacemos siempre a nuestros invitados un reto: el de mirarse e intentar explicar a los lectores de OtroLunes ¿quién es Sonia Díaz Corrales? La respuesta, como para profundizar más el reto, debe enfocarse en dos aspectos inseparables pero que, con todo propósito quiero que respondas por separado: Sonia Díaz Corrales, el ser humano, y Sonia Díaz Corrales, la escritora, teniendo en cuenta en que sentido se contraponen y complementan estas dos áreas de tu vida.

SDC se quisiera librar con alguna peripecia de esta pregunta, pero como sé que es precisa y reduce la evasión a cero, empezaré por el ser humano. Es difícil definirse, y esto suena rancio, manido, pero es así, además me parece de poca utilidad ya que cada uno tendrá una idea propia sobre quién soy, lo cual está bien, y no me preocupa nada, pero te diré unas cosas sobre lo que sé de mí: defiendo la individualidad a muerte, abomino los colectivismos, nadie sabe mejor que yo lo que es bueno para que me vaya bien —aun si me fuera mal sigo pensando así—, puedo pasar por alto una descortesía hacia el ser humano que soy o la escritura propia, nunca la deslealtad, o el abandono por beneficios de cualquier tipo, incluso hacia los otros. Desprecio, —aunque me esfuerzo en evitarlo— el servilismo y la arrogancia. La escritora discute con frecuencia con el ser humano, le recuerda en qué cosas tiene que ser más flexible o indiferente (¿a ti que te va de todo esto?, le dice, como Jesús le contestó a Pedro cuando quiso saber cómo le iría a Juan), en fin, esas dos discuten y yo las escucho, porque sé que el final seré yo quien dirá la penúltima palabra, la última siempre la dirá Dios. La escritora es intransigente con lo escrito, revisa, pule, reescribe, relee hasta la saciedad, se pregunta una y otra vez: ¿ya está?, y casi nunca la respuesta es sí. El ser humano quisiera poder cambiar algunas improntas de su propia vida. La escritora se toma vacaciones cada vez más a menudo, el ser humano ha aprendido a detenerse en la belleza que descubre en las cosas, en otros seres. Ellas se aprecian, y solo se perdonan haberse tenido que ceder espacio una a la otra porque juntas han vivido lo mejor de mi vida.

Aunque sea raro para muchos, creo que haber crecido en el entorno de ese pueblo del centro de la isla llamado Cabaiguán, fue el mejor caldo de cultivo para que te decidieras por la escritura… ¿Me equivoco?

Manuel Sosa, Sonia y Gumersindo Pacheco, 2010.

Si y no. Necesito extenderme un poco para explicar esto que es muy diferente a lo que les ocurrió a otros escritores que estudiaron carreras relacionadas con la literatura, o que fueron formados desde muy jóvenes en ella. Yo provengo de una familia de gente de campo, que cuando en la isla la mayoría dejó el campo se mudaron a Cabaiguán y se convirtieron en obreros. En mi casa no había libros, ni libros infantiles siquiera, no recibíamos el periódico como empezó a ser frecuente en muchas familias después del año 59 —era casi una obligación saber lo que decían los que podían hablar—; por no haber, en mi casa no había ni una Biblia, nada… Los primeros libros que recuerdo haber leído los encontré en el cuarto de regueros de la casa de mi abuela materna y seguro que tenían una finalidad más prosaica que la lectura, fueron Los miserables, y una edición muy fea de ¿Por quién doblan las campanas?, que me dejó llena de preguntas a los diez u once años, estaba segura de que a aquel libro le faltaban páginas al final, no podía ser que acabara así, y quedé convencida de que yo podía escribir una historia con un final más final, y lo hice. Está de más decir que no tenía ni idea de quienes eran Víctor Hugo o Hemingway, y si lo hubiera sabido tampoco hubiera cambiado nada: tengo roto el divinómetro de siempre. En esa época ya me había mudado a un sitio dentro de mí, frágil aun, pero cálido y protector: Cabaiguán era un exterior a veces muy violento para lo que mi ingenuidad esperaba del mundo, o eso creo. La ingenuidad no espera nada, la mayor parte de las veces da por sentado que lo correcto ocurrirá. Eso por una parte, y por otra, nunca decidí escribir, fue algo que ocurrió. Primero escribí cuentitos con finales muy claros, y luego algo se desbocó y empecé a escribir ideas, tristezas o alegrías, locuras, pensaba yo, porque se empezaban a parecer a historias sin finales claros, y que no tenían la finalidad de ser compartidos o leídos por otros. Un día alguien los encontró por casualidad y me dijo que eran poemas, de más está decir que ya tenía dieciocho y me entró la risa. Me metieron a empujones en una casa donde se reunían los literatos del pueblo, el Taller Literario Rubén Martínez Villena —no tenía muy claro ni quién era Villena—, la primera sorpresa fue encontrarme a Gume Pacheco, un vecino que asociaba con cualquier cosa menos con cuentos y poemas —todavía no le decía literatura—, allí me dijeron no solo que escribía poemas, sino que esto, esto y esto otro estaba mal. Imagínate si me dio risa saber que escribía poemas, el ataque que me dio saber que lo hacía mal. Contando con que eran los primeros años de los ochenta y yo tenía mi primer trabajo en un policlínico, era Psicometrista, y ocurrían cosas en todas partes con las que estaba en desacuerdo y era lo suficientemente torpe como para expresarlo sin filtros, se entenderá que escribir mal unos poemas no fue un trauma para mí. El trauma vino cuando me pasaron “unos libros” que debía leer sin falta: Francisca y la muerte, de Onelio Jorge Cardoso, y un poeta que había nacido en Guayos, Fayad Jamis, y una novela de Turguéniev, Aguas primaverales, y otros más. Dejé de reírme y empecé a leer como loca. Hay que decir que Cabaiguán tenía una Biblioteca Pública relativamente bien surtida y que la librería recibía bastantes libros en esa época, y que venían al taller Eric Conde y Edel Morales, que recién llegaba de La Habana y escribía poesía y me llevó a la lectura de los poetas de la capital y de los sitios que empezaron a desplazar de La Habana la mejor poesía que se escribía entonces, cosa que si bien no me perturbó, me enseñó el abismo al que te asomas cuando lees poetas como Heriberto Hernández, Frank Abel Dopico, o Alberto Rodríguez Tosca, cuando lees a Borges y a Baquero, cuando lees El Albatros una y otra vez, o Mujer con Alcuza, de Dámaso Alonso, y no lo sabes con certeza, pero intuyes que hay mucho mucho más, lees y discutes sobre si Mi vida con la ola, de Octavio Paz, es un cuento o un poema escrito en prosa. Y cada vez te abismas más, porque tienes miedo de no poder llegar nunca al estado en se escriben obras como esas. Cabaiguán abrió esa puerta para mí, aunque el taller ya no era en una casa sino en la Casa de Cultura, porque algunos nos habíamos vuelto un poco molestos para la oficialidad, más con la llegada de Alberto Sicilia y la tertulia del Mono Roza. Creo que si hubiera vivido en cualquier otro sitio hubiera escrito igual, y creo que estar en Cabaiguán a donde llegaban muchos escritores nacionales y se hacían eventos de literatura a menudo ayudó a que me lo tomara en serio.

De ese lugar de Cuba salieron nombres hoy imprescindibles de las letras cubanas. Lo curioso es que, siendo un grupo tan unido y aunque existan influencias compartidas, cada uno de esos nombres tiene un estilo bien diferenciado. Si te vieras obligada a explicarle a alguien tu poética, ¿qué dirías?

En Berlín, 2018.

La diferencia hace valioso lo escrito, porque lo convierte en original, puede que único, todos los de ese grupo, los del inicio al menos, somos absolutamente diferentes.    

Vicente Aleixandre decía que La poesía es conocimiento implacable. Y Yevtushenko que La autobiografía de un poeta es su poesía. Todo lo demás es solo una nota a pie de página.

Para mi la poesía es un acto de fe, un abismo donde consigues que el lector tolere lanzarse contigo. Y digo tolere, y no consienta, porque nadie consiente lanzarse a un abismo contigo si no le convences de que será una experiencia única, y eso se consigue verso a verso, idea tras idea, puede que locura tras locura.

Si volvemos al ámbito de la diferencia o la originalidad, que en la poesía actual parece inalcanzable, lo que yo intento es que, si alguien lee un verso mío, un poema mío, lo recuerde sin ninguna ambigüedad en relación con otros textos, aunque olvide quién lo escribió, y sepa que está escrito para él en ese momento. A lo peor esto es muy pretencioso, por lo que consuela pensar que apenas será una nota a pie de página.

Cuba, en nuestra generación, en aquellos años, era un hervidero creativo de talentos. Algunos dieron el salto y decidieron abandonar Cabaiguán, pero tú permaneciste allí hasta que saliste a Costa Rica. ¿Qué retos te supuso mantenerte alejada de los focos promocionales que siempre ha monopolizado La Habana?

Con Amir Valle y el escritor y dramaturgo cubano Abel González Melo, Berlín, 2018.

Estas cosas suelen ser en las que yo no pienso mucho. No me fui de Cabaiguán porque los focos promocionales de los que hablas eran intranscendentes para mí. Quizás no me lo creas, pero me gustaba Cabaiguán, cuando salías de las barriadas, las zanjas de detritus y las cañadas infectas, los perros callejeros ladrando a toda hora, la vecina que ponía a todo volumen el programa de los mejicanos a las 6 de la tarde, la presidenta del CDR chivateando todo el día, la mierda de caballos volando por todas partes, cuando salías de eso, afuera, todo era muy verde, las vegas de tabaco tenían ese aspecto simétrico que te genera equilibrio, y el aire era casi limpio. A veces he pensado, confieso que muy brevemente y hace años, en cómo sería Cabaiguán si no nos hubiéramos ido todos nosotros y los que se han ido después: los ingenieros, los médicos, los músicos, pero también los campesinos, los que inventaron la piruleta de azúcar prieta sin más, porque no había nada de nada con que darle sabor, los que arreglaban sombrillas, no lo sé, quizás de además de un pueblo con suerte como dicen algunos que es, sería más próspero, más limpio, más libre, más un pueblo donde yo hubiera vivido toda la vida, sin querer irme a ninguna parte. También porque ya me había ido al mejor sitio del mundo. Camilo Venegas me preguntó una vez si por no haberme ido de Cabaiguán me consideraba una escritora de provincia, y no sabes la alegría que me generó pensar en esa provincia dentro de mí donde vivo casi desde que era una niña… Joaquín Badajoz lo había dicho antes, con otras palabras, SDC se fue al sitio más cercano de Cabaiguán que encontró: las Islas Canarias, porque Costa Rica fue solo un sitio de paso. Hace veinte años que no voy a Cuba, asumo que moriré sin volver, y no tengo ninguna nostalgia, ningún pesar, ningún patriotismo rancio que me provoque sensación de “fuera” cuando aquel adentro siempre me dejaba en un fuera atroz. El estar lejos de los focos nunca fue un reto, porque apenas eran, son, la ilusión de que estás el centro de algo tan nimio y volátil como una generación, o un grupo, del que al final, ya lo hemos visto con las generaciones anteriores, solo quedan las voces más puras, las menos “generacionables”, las que lograron separarse del grupo tanto como para sobrevivir sin él, a pesar de él, por lo que son únicas.  

¿Qué razones te impulsaron a escribir El hombre del vitral e incursionar en la novela?

Antes que El hombre del vitral había escrito El puente de los elefantes, que empecé a escribir en Cuba y terminé en Costa Rica, y que se publicó porque Capiro le hizo sitio. Mi gratitud a los que se hicieron cargo de ella en esa querida editorial de Santa Clara y a los que luego la leyeron con generosidad. Tengo que decir que ha tenido más detractores que nada que yo haya escrito nunca. El puente de los elefantes recibió el Primer Premio a Novelas Editas 2016, del Premio Letterario Internazionale Indipendente de Promoción a artistas extranjeros. Fue una sorpresa, porque escribí esa primera novela para quitarme de encima un mundo que no cabía en toda su amplitud en la poesía, que necesitaba más detalles, más rabia, y yo iba sobrada de eso en aquel tiempo. Yo hice mi parte, después le tocó al texto defenderse solo.

El hombre del vitral, lo escribí viviendo ya en Canarias, y fue un ejercicio consciente, una prueba de que podía escribir narrativa, y alejarme tanto de Cuba y de los temas cubanos como quisiera, podía escribir casi de cualquier cosa, literariamente hablando y como se dice allá: “Me había dado baja de eso de contar de Cuba”. Con El puente… había agotado el tema y la rabia, entré en una etapa de serenidad que aún me dura, Dios me ayudó, y ahora no tengo apremio alguno, solo quiero escribir sin límites, también narrativa. Creo además que no tengo energía para seguir leyendo lo que redunda y se retroalimenta en aquella miseria infinita —real y moral—, es como si leyeras una y otra vez el mismo libro, estoy agotada de esa clase de lectura, y no creo que vuelva a escribir sobre eso.

Como una cortesía a los hipotéticos lectores, ¿podrías resumir brevemente el mundo de esas dos novelas: El hombre del vitral y El puente de los elefantes?

El puente de los elefantes es difícil de resumir:

Dos hermanas gemelas, nacidas en un pueblo de campo de la región central de Cuba en el año 1964, buscan diferenciarse en su enorme parecido físico; una se tiñe el pelo de negro y la otra de rubio, una estudia Económicas y la otra Literatura, una se casa con su vecino y se queda a vivir en el pueblo y la otra… se convierte en protagonista de la historia. A pesar de estar separadas por muchas cosas, algo más fuerte que los detalles externos une a las dos hermanas.

La gemela que se queda en el pueblo, narrador/personaje, en una circunstancia muy particular (que el lector descubrirá pasados los primeros capítulos), cuenta la historia, que empieza cuando, a mediados de los años 80, su hermana se casa con el habanero y se va a vivir a La Habana. La vida se tuerce por muchas causas: el habanero se va del país y se olvida de su familia, y mi hermana tiene que dejar su trabajo en un Contingente, cuya jornada de doce horas diarias le impide atender a su hijo. El contrabando acaba siendo la solución para ganar lo necesario para vivir; mi hermana y mi sobrino llevan y traen (de La Habana al pueblo y viceversa), comida, tabaco, zapatos o lo que se presente, pidiendo botella o pagando, a los choferes que viajan por la Autopista Nacional, pero el dinero que ganan apenas alcanza para comprar lo básico. El reducido espacio donde se mueve el narrador, el calor insoportable sobre el asfalto de la autopista y la espera debajo de cada puente, generan una sensación de opresión y falta de esperanza, donde a pesar de todo una mujer y un niño vencen, contra todos los pronósticos, hasta a la misma muerte.

Como trasfondo, la vida real de la sociedad cubana de finales de los años 80 y principio de los 90 y 300 km de autopista entre El puente de Neiva y El puente de los anillos. Cada capítulo de la novela tiene el nombre de un puente de los que están en ese tramo de la autopista, y solo uno de los puentes tiene nombre propio: El puente de los elefantes, un puente especial, mágico, a donde mi hermana y mi sobrino escapan cuando la policía registra los autos donde van, y por donde pasan inevitablemente cuando encuentran una manera para irse de Cuba.

El hombre del vitral es la historia de Sandra, una joven y talentosa arquitecta que está inmersa en la construcción de un vitral impresionante, ocho vidrieras donde la emblemática figura de un hombre que debería ser perfecto acabará pareciéndose de forma asombrosa a lo que tenemos por un individuo común. Desde niña había perseguido los colores de un vitral de sueños que a la vez fuera poesía, y donde pudiera mostrar la grandeza y la insignificancia del ser humano. Su amiga Ángela también persigue al hombre perfecto, lo hace en el laberinto de una página de contactos. Las dos saben que buscan lo imposible, pero no se detienen, retoman una y otra vez la vida a partir de una filosofía: todo lo que inventas existe, aunque no lo hayas encontrado todavía.

Convergen ambas al final de su búsqueda: la silueta que aparece en el vitral de Sandra es, quizás, lo más cercano a la perfección que Ángela pretende hallar en los hombres con los que se encuentra en la realidad.

Como verás hay dos mujeres en ambas novelas, pero también dos mundos alejados entre si por infinitas posibilidades. Espero que nada de un texto haga que el lector piense siquiera en el otro.

De Cabaiguán a Costa Rica y de allí a Tenerife… Visto ahora desde la distancia… ¿qué aprendió, qué perdió o qué ganó Sonia Díaz Corrales de cada país en ese sendero al exilio?

Seguro perdí y gané cosas que ya ni recuerdo, para eso escribí Los días del olvido, que son más bien los días infinitos de la memoria, muchos poemas que aparecen en el libro y muchísimos más que no estarán en ningún libro. Dios y la poesía me han salvado de casi todo lo que hubiera podido matarme: el miedo, la soledad, la sensación de que el tiempo no pasa cuando los que están lejos van a seguir así por mucho tiempo, el amor, el amor siempre pudo matarme. A pesar de eso, Costa Rica me enseñó a quitar el dedo con el que tapamos el sol, me reveló el verdadero sabor de cosas que había soñado diferentes, y me dejó buenísimos amigos, personas generosas en las que pienso a menudo, hablo con ellas en una especie de ensoñación, donde me disculpo por haber dicho alguna palabra de más, o de menos, me mostró que el mundo era tan grande… y nos acogió a mí y a mi hijo sin pedir nada a cambio. Los sabores de Costa Rica son inolvidables. La lluvia constante y el barro quizás son un recuerdo que cada vez pesa menos en esa vivencia.

Tenerife ha sido el retorno a la familia, toda la familia, el aire transparente de las islas, el clima inmejorable, la dulzura en el habla, el lugar definitivo para darle una casa a mi hijo. Mi insilio aquí es solo una licencia que me permito porque puedo, sigue siendo esa provincia de mí que crece en la medida en que aprendo, y me instalo en esa serenidad que he alcanzado.

¿Qué he aprendido?  Quizás que no hay exilio que no acabe. Que nada de lo que dejé atrás es irremplazable. Qué me agoté inútilmente, deseando cambiar lo que no era importante. Que mi hijo y yo misma merecíamos ver más que lo que hubiéramos visto allá. Gracias a Dios estoy aquí y me alegro por ello.

Cuba… ¿qué significa hoy para Sonia Díaz Corrales?

Puede que mi respuesta decepcione a algunos, que otros me encuentren falta de patriotismo. Nunca he sido patriota, ni me siento obligada a patria alguna. No tengo recuerdos de La Habana o del Malecón que me quiten el sueño. Fui a La Habana por causas de fuerza mayor unas pocas veces: operaciones, eventos, trámites… Cabaiguán se despidió de mi la última vez que estuve en Cuba sin mucha esperanza, fue mutuo, tengo que reconocerlo.

Cuba hoy es solo un sitio donde viven mi amiga la poeta Rosa María y mi tío Mario, algunas otras personas que recuerdo con cariño. Me emociona más ver el Acantilado de los gigantes en el sur de Tenerife, que una imagen de Varadero. Solo pude ir a Varadero una vez cuando vivía en Cuba, y tengo un recuerdo confuso sobre unas carreras para colarnos en un hotel… cosas así.

La Cuba terrible, la de la opresión, la de los golpes y la prisión de mi padre, la de los actos de repudio y la humillación, las conversaciones de advertencia, la miseria pura y la falta de aire, ya hace mucho tiempo no puede alcanzarme, ni a los que amo. Solo me cansa un poco la indolencia y la hipocresía de los que tratan de justificar y enmendar esa Cuba con falsas hermandades, con razones falsas, que nunca existieron, apelando a que hubo unos tiempos mejores, ¿mejores para quién? Por suerte yo he pagado mi libertad como cualquier esclavo, con trabajo, con dinero, con tiempo, con dolor, con algunas pérdidas que cada día importan menos, sobre todo con valor. Nadie pretenda que también pague por la suya, hay una profunda equivocación en esa idea de que el mundo les debe algo a los cubanos, a Cuba, que yo les debo algo. Esta fue una de las falacias mejor vendidas y engañosas que asumió la sociedad cubana como un mantra cuando la miseria se volvió el espanto que es hoy. Por suerte, Cuba es un lugar muy lejos, donde vive alguna gente que quiero, y mucha gente que no me interesa en absoluto. El victimismo, la cobardía y el churre suelen crecer donde la gente endiosa tiranos y enarbola mentiras haciendo como si fueran la patria. No participé nunca en eso cuando vivía allí, muchísimo menos ahora.

Sé bien que demoras mucho en sacar un libro a la luz, pero también sé que no dejas de escribir… ¿en qué proyectos andas ahora mismo?

Amir Valle, el escultor español Román Hernández y Sonia Díaz Corrales, Tenerife, 2023.

Hay una novela coral, amplia en el tiempo que aborda y puede que en la extensión, en la que llevo más de diez años trabajando; otra novela corta que quiero dejar fina antes de darla incluso a leer a los pocos amigos, lectores agudos y sinceros, que suelo molestar para estas cosas; hay varios libros de poesía, poemas dispersos por todas partes que a veces creo me van a aplastar, y suelen acabar en el cesto de la basura; hay un libro de cuentos que alguien se ha leído dejando de manifiesto su horror por mi falta de pericia como cuentista; un libro de décimas que igualmente los decimistas bregados me recomiendan discretamente desaparecer, al punto de que alguno ni siquiera ha dado opinión cuando se lo he mandado —quiero pensar que es pura envidia de verso libre, está claro que me estoy riendo ahora, como en aquel lejanísimo tiempo de mi juventud cuando me dijeron que escribía poemas—, pero nada me apremia. Me espanta colmar la generosidad de los lectores con poemas a medias, no suficientemente trabajados, o historias vacías, que cuentan mal y no estremecen, o se parecen a otras historias de otros. Me siento libre y serena para impartir justicia entre mis escritos. Soy una mujer mayor que solo tiene compromiso con su fe en Cristo y con la dignidad que entiendo se necesita para vivir como un ser humano normal.

 Gracias, Amir, por manifestar interés en estas cosas de mí.