Revoluciones y otros poemas

(Fragmento del poema homónimo, del poemario Colisiones verbales / Words colliding)

Daniel Díaz Mantilla (La Habana, Cuba, 1970). Licenciado en Lengua Inglesa, escritor y editor. Ha publicado Las palmeras domésticas (narrativa, 1996), en˙trance (narrativa, 1997), Templos y turbulencias (poesía, 2004), Regreso a Utopía (novela, 2007), Los senderos despiertos (poesía, 2007), El salvaje placer de explorar (cuentos, 2014) y Gravitaciones (poesía, 2018). Sus textos se incluyen en antologías editadas en varios países de América y Europa.

Puede adquirir el libro aquí: Colisiones verbales / Words colliding – Ilíada Ediciones


Buscando

No hay yo detrás de estas palabras.
No hay poesía, ni alma
aullando / cantando / gritando sus miedos o esperanzas.
No hay aliento tras la voz.
Sólo la ilusión de un ser,
una similitud ficticia disfrazando el vacío
donde ves tu propio reflejo.
Yo es un espejo, yo es un velo y un hueco.
Yo es tú.
Tú es un espejo y un velo y un hueco: palabras
colisionando.
No hay poesía,
ni verdad en lo que se dice.
Lo que se dice es el eco de incontables ecos
cíclicos / reciclados / traducidos / multiplicados
en la superficie de lo que dice «yo».
Un enigma buscando
su origen y su fin y el propósito
de su búsqueda, de su discurso.
No hay poesía,
no hay sino poesía,
mundos-palabras colisionando donde «tú» es.


Esperanza

Caminas solo por los pasillos vacíos.
Mantienes la distancia
y escrutas los rostros tensos en la fila.
Ves tu propio rostro
tenso y cansado en el espejo convexo
mientras la cajera guarda los productos en una bolsa
con sus manos ocultas en guantes de látex azul.
Saturado de noticias apocalípticas
has ido de una tienda a la otra,
buscando alimentos, papel sanitario, baterías…
Y has encontrado muy poco.
Aún así, te consideras afortunado
cuando la cajera te desea buenas noches.
Sus labios están cubiertos, sus ojos apagados,
pero imaginas una sonrisa detrás del barbijo
y regresas a casa en la fría oscuridad
con suficiente esperanza para resistir otro día.


Revoluciones

Cuando llegué
la revolución estaba en casa.
La multitud entraba por las ventanas
con sus himnos, sus gritos, sus alarmas de combate.
Cada rincón, cada sueño expresable
eran propiedad colectiva.
Sólo en el cuarto de abuela había calma,
sólo allí, ocultos de la vista, mudos
en un anaquel del closet, los santos meditaban.
Podía oírse aún a Dios en el mutismo de abuela,
podías verlo en sus ojos
ante la foto de Lenin que había en la sala.
El día que abuela murió,
papá puso sus santos en una bolsa plástica
y los tiró discretamente a la basura.
Años después hizo lo mismo con la foto de Lenin.
Eran los años noventa.
Lo recuerdo flaco y barbudo,
estrujando la imagen con rabia.
En el lugar de Lenin
hay ahora una foto de Arizona
y papá protesta oprimiendo los controles
de un nuevo aparato que, inexplicablemente,
dejó de funcionar.


Ante la vista de alguien

Todo esto ocurre ante la vista de alguien.
Las recriminaciones, los gritos,
el llanto mudo de quienes hacen sus maletas y parten,
y la acritud de quienes quedan
mirando en la ventana la ausencia
después de la pelea… Todo ocurre,
todo se rumia y vuelve a ocurrir, reflejado
—torcido por el rencor, la culpa, la añoranza—
en las astillas del espejo donde alguien
desde el futuro escruta y recompone
con los fragmentos dispersos de nuestra voz
el origen de su propio dolor.
Todo esto ocurre
de mil formas distintas
ante la vista de alguien.
Y aunque te empeñes en conducir
por cursos heroicos tu relato,
aunque parezca que es posible esconder
tras una máscara conveniente los exabruptos,
los golpes bajos,
la insidiosa erosión de las palabras y los modos;
aunque guardes tus penas tras una sonrisa de acero,
todo continúa ocurriendo:
el aroma salvaje de las antiguas quimeras,
la entrega incondicional, las sucesivas traiciones,
el otoño de los amantes en su larga posguerra
y la caída súbita de los velos.
Todo sucede con perfecta nitidez,
aunque siempre distinto, distorsionado, reencuadrado,
ante la vista de alguien,
alguien que se nos parece un poco
y nos juzga sin compasión ni compromisos,
como juzgamos nosotros
ahora
el pasado.