Popurrí

(Fragmento de novela homónima de próxima aparición en Ilíada Ediciones)

Bernardo Javier Castro Reyes (Puerto Padre, Cuba, 1975). Poeta, narrador y artista del performance. Entre otros galardones obtuvo premio en el III Salón de Arte Erótico UNEAC- Las Tunas, en 2009 por su Performance “Reservado de Manuela”. Entre 2002 y 2005 fue miembro del Taller Literario “El Cucalambé”. Ha trabajado como promotor cultural en la Dirección Municipal de Cultura de LasTunas y como Especialista de Promoción Teatral en el Consejo Provincial de las Artes Escénicas. Actualmente es productor teatral en los grupos Huellas, Kaos Teatro y Total Teatro. En 2018 publicó el libro «Cuentos Cínicos», por Ediciones Santiago. En 2020 Ilíada Ediciones publicó su poemario Miscelánea.


Después del túnel abrí los ojos, respiré ¿De quién soy? ¿Cuál familia es esta? ¿A qué banquete me invitan?

Una voz misteriosa dijo: Eres la hija de la brisa y el fuego. El clamor del verano. La savia de la planta que da frutos abundantes a su tiempo. Eres la ligereza del pájaro, el buen gusto. El regalo en quien todos se verán y en todos te veré.

Nunca más el túnel.

Nunca pienses nunca más. Ni el túnel ni tú. Ni tu respiración, ni tus ojos, ni lo que miras. Ni tus actos. Nada es verdadero, sólo aquello al final de la oscuridad. Te invito a que lo descubras.

El árbol de ancha sombra me cobijaba. Sentí que una sutil fuerza me puso de pie, di los primeros pasos: Floté en un manto de flores silvestres, al abandonar en el fango el miedo que me impedía volar.


Natacha

Salió de Puerto Padre una mañana lluviosa de mayo en la colmillo blanco destino Matanzas. El pelo recogido en un haz de pensamientos contra la indiferencia y la miseria del pueblo que dejaba atrás. Sabía que era un viaje sin regreso, aunque volviera y edificara un castillo a sus nostalgias junto al mar y a los barcos. Aunque se comprara una finca (no muy lejos) y con el paso del tiempo, se convirtiera en la doña Bella de la región, protagonizando una historia similar a la telenovela que tuvo paralizado al país tantos meses.

¡Ay Cabrona!

Sabía que irse a Varadero significaba perder la tranquilidad, sus doce horas de sueño, el ardor de los convictos que la visitaban…

Sabía que era renunciar a sus carreras (desnuda) por la costa, a sus visitas a casa de tía Aurelia. Tata, cariñosa y comprensiva. La que más le daba ánimos para irse y no mirar ni un segundo la herencia de blasfemias…  

¡Maldita cruz a los veinte años, vaya que le costaba cargarla! O tirarla en la primera cuneta que viera y a desahogarse en un lugar diferente. Abierta a las oportunidades, Oh, salir del hueco y no dejar deudas. Hazte invisible, dijo Tata Aurelia al entregarle el pote de miel bajo la mata de caimito. Llama la atención brevemente cuando salgas. Después que atrapes a la víctima, te escondes y le das a beber agua con esta miel. Un día me dirás si da o no resultado.

Salió por el campo de maíz creyendo en firme que un nuevo camino se abría a sus pies, así lo decía Tata y ella nunca se equivoca. Además, con probar nada se pierde. En Puerto Padre no pasaba de ser una vendedora de café mal vestida y hambrienta, carajo, viendo pasar por su calle a muchachas elegantes de la mano de algún ricacho, rumbo al aeropuerto.

¡Había que moverse en otra dirección!

Camaroncito que se duerme, se lo lleva la corriente, declamó Anita arreglándose las uñas. Hojeaba una revista de modas. Descruzó los brazos, observando a la muchacha. Iba a una cita con el capitán del barco filipino que entró al puerto ¡Ya tiene una hembra jugosa para engañar las noches en tierra lejana!

No regresaría, aunque tuviera que volver cientos de veces. ¡Burla!, ¡Maldición! Estaba harta. Aguantó durante años, pero el tiempo de dar el salto había llegado. Anita no entendió la despedida. Simplemente, adiós, perra, que te encuentren bien y te complazcan. ¿Oye, qué volá? Where do you go? 

Besos, colmillo blanco, mano en el cristal.

Dos tragos de guachipupa en el estómago, tres noches sin dormir.

Adiós, porque no hasta luego. Ya no nos pintaremos las uñas juntas, no iremos a las descarguitas con los novios del momento. No oiremos en tu grabadora los casetes de Luis Miguel y Vico C. Adiós, perra. Si te olvidas de mí, mejor. Haré lo posible por olvidarme de ti, mi única amiga. Haré lo posible por olvidarme de todos.

Tata lo decía: Ella no pertenece al puerto, ni al susurro de las olas. Ella sabe que hay que dar un paso firme, si en verdad quieres algo que valga la pena. Ella lo esperaba. Era como un ave sin rumbo en sus deseos más oscuros. Como vampira chupando la energía de los otros. La de boca grande y piernas blanquísimas, un manjar para los cerdos.

—Amárralo, hazle el trabajo bien, no te momees. Aquí no hay de otra. Sí o sí. No me vengas con cuentos de camino o con una barriga. Sabes que, si llegas así, te acepto y lo criamos o lo que sea, pero, musa… Has las cosas bien, sigue mi consejo que no te vas a arrepentir.

El día de mañana me lo agradecerás.

Vienen tiempos difíciles y estoy muy vieja pa’ estar aguantando paquetes.

—Ay, Tata

—Nada, pa’lante

—Sí o sí, Tata

—Y recuerda, no te cambies ni te vendas por basura.

Se acomodó en el respaldo. Miró la noche en movimiento a través del cristal ¿O era su movimiento arriesgado en la noche? Tarde para arrepentirse. La colmillo blanco entraba en Santa Clara. Sabía que era un viaje sin regreso. ¿Dejo algo de valor? La tía le había dicho que ni en ella pensara, que borrase el casete: Sigue tu camino, métetelo en la cabeza: Nunca más vendedora de café, ni aguatera en los campos del preuniversitario. Nunca más la mamalona de los reclutas por cinco pesos. ¡No! Esa etapa ya fue. Ahora, mijiiiita, afínquese. Los ojos de la bruja se le aparecieron en la oscuridad al salir de Santa Clara. Ay, Tata, sí, vas conmigo. Píntate el moño de rojo, se te ve mal canoso. Ah, si un día me va bien, te voy a poner a vivir como una reina.

En Matanzas experimentó angustia (al entregar el paquete a la flaca desgreñada y comerle cuatro tamales con fricasé de ovejo) se despidió en un “Cuídese, escríbale a mi tía”.         

—Suerte, nena, que te vaya bien. Gracias por las yerbas, Aurelia siempre tan atenta —Un diente negro le bailaba en la boca.

Contempló la casa de tablas y techo de tejas al lado del puente en derrumbe. Tuvo deseos de vivir allí. Primera vez que estaba en Matanzas y le gustaba su aire limpio y fresco. Hubiese entrado a la casa y, una vez en la sala o en el patio, la reclamaría como herencia… Si fuera presidenta del país o de la Asamblea Popular: traslado de sus moradores a una propiedad confortable y digna. Esa casa le gustaba de veras. El puente y la idea de vivir allí por tiempo indefinido. ¡Qué burrada! Siguió caminando en dirección a la terminal de ómnibus. De Matanzas, en una Icarus, a Cárdenas. De Cárdenas a Varadero, en taxi.

Olga estaba esperando en la casa del portal enrejado en figuras de madera, viejo diseño de cuando aquello fue un escondido litoral y algunos postores levantaron las primeras residencias de veraneo. La playa no importaba más que para los que la descubrieron y veían sus bellezas y potencialidades. Otra cosa fue la inversión a largo plazo del Gobierno, que demoraría décadas en consolidarse.

El enrejado estaba podrido en las esquinas y tocando el techo.

La mulata salió a la acera en jeans y blusón rojo, le babeó dos besos en cada mejilla y le dio un apretujón de judoca.

Primera vez que veía un implante de pelo blanco. Olga medía seis pies. Ojos verdes como las hojas del limonero. Un encanto. La delicia puesta en venta en el clandestinaje de 1990.

—Sapisapi, ese es mi nombre aquí. No te presentes con tu nombre, ¿sabes? Debes ponerte un apodo antes que te lo pongan. Y date a conocer por los lugares que te voy a llevar después de las doce, nunca trabajamos de día ni cerca del hotel o de la playa. Cucha bien: a la playa vamo a bañarno. Si alguien te pregunta de dónde eres, o tu número de carné… le dices que estás de visita en casa’e tu tío. O de luna de miel, o cualquier cosa por el estilo. No puedes decir que viniste porque viniste, ahí te joden.

—De acuerdo.

—Sapisapi, llámame así a partir de ahora.

—Mire usted, Sapi.

—No, Sapisapi.

—¿Y ese nombre de cutarera?

—Me gusta, pepilla. Tú tendrás que llamarte Lucy.

—¡Eh!

—Sí, un buen nombre. Coralia o La Cestera, dale, tú escoge. El tape que te buscamo es vender cesto en el negocio’ el socito. 

Un hombre robusto salió al portal con dos vasos de limonada, los puso en la mesa de mimbre, se tocó el panzón bostezando y dijo: Voy pal’ agua, qué carajo. Salió calle arriba con su short de palmeras, los brazos peludos y las piernas afeitadas. Primera vez que veía unas piernas masculinas afeitadas. Le dio risa la calva brillando al sol, aquel tanque Sherman que trotaba metiendo los pies en la arena. ¡Ahorita vamo!, gritó Sapisapi.

Carne fresca y olorosa pa’ los turistas. A discotequear, siempre hay uno que se muere por ti.

—En este oficio hay que ser paciente, como Isolina Carrillo, que se pasó no sé cuántos años pa’ escribir “Dos Gardenias”. Ya está, con una sola canción se hizo famosa y le ha da’o la vuelta al mundo. Tengo mi propia melodía y todo se hace a mi tiempo. Hay que aprender de la gente grande. Por si acaso, fumando espero al gallego que más quiero, y mientras fumo, bueno, vendo esto y lo otro… me desplazo en tres direcciones a la vez, que no estudié por gusto… a mí no me echan con espuela’ e pineo, mi vida.

Escuchaba a la mulata como una discípula talentosa frente a la ingeniera en los retruques de la isla. Parecía el ideal balzaciano de la percepción. Un acoso a los europeos (en tanguitas por la playa, moviéndose cachonda, venga, venga, le compraban helados, le hacían invitaciones). Los mato con el chachachá. Oe pepilla, tienes que verme moviendo el culo delante de esos blancones… te miran como un flan. Son rubios y ojiazules, de espaldas anchas. Bellos con barbas, lampiños, Ah, me los he comío de todos los colores.

—Cabrona.

—Prepárate, si quieres progreso, te la tienes que pelar. Lo de los cestos y las figuritas es un tape de día. Aquí hay mucho control, ahora más que están haciendo hoteles nuevos y dale Juana con la cantaleta del retén y el pasaporte. Las cosas están cambiando. Dicen que van a entrar más turistas, van a despenalizar el dólar… aunque fíjate: en Varadero el dólar camina siempre, esto es otro país.

—Me gusta.

—Y eso que llegaste hace poco y no lo has vivío. Deja que le cojas la vuelta, ¡pero de verdá!

—¿Cuánto llevas aquí?

—Dos años y medio, ya quiero hacerme una casa.

—Usted sí que tiene esperanza, lucha. Tengo que aprender de vos, hermana.

—Prefiero la fe. Con la esperanza te caes a la menor agitación, pero la fe es otra cosa. Con voluntad logras lo que quieres.

—Si usted lo dice… ¿Ni aquí en el cuarto puedo llamarte Olga? ¿No puedo cantarte “Olga, la tamalera”?

—Así no vale, mi querer. Somos profesionales, no cometas una indiscreción.

—Pero no me pongas esos ojos así, parece que me vas a matar.

—Ponte pa’ la cosa que el da’o está malo. 

Juego de cartas. Entra el aire caliente por la puertezuela, canciones de Oscar de León.

—Ese dominicano es fanático a Melao de Caña, la oye como trenta veces al día.    

—Vamo a decirle que lo cambie.

—Pepilla, compórtate, no estás en tu barrio ni mucho menos.

A beber té y a comentar los juguetes que una italiana vende seis cuadras abajo.  

—¡Sí! He tenido de esos, no será la primera vez que me compre uno —sonríe, apretando los muslos. Mata un mosquito en el pareo color naranja. 

El señor Delgado recordaba las aventuras de una princesa congolesa que terminó como pulsera en Jamaica. Pasaron las horas y las risas. Viento del Norte. Viento del Sur. Proyecciones, un negocio legal, no tengas miedo. El caso Ochoa y los otros. La barbarie en el Oriente Medio. Los rusos están medio blanditos. Jajajá Jijijí Jojojó. ¡Tumbaron el muro de Berlín! Dicen que Mandela es un héroe en Sudáfrica. ¿Y los chinos qué? ¿Y los yanquis? ¿Y ahora qué va a pasar?

Unos tragos de ron Santiago oyendo Nocturno.

A Sapisapi le hacían reír las canciones de sus padres cuando se conocieron en la manigua, la voz engolada del locutor, las ocurrencias de la guajira tímida y mal hablá.

—Es las doce, mulata, arriba.

Cogieron las jabas y salieron en bicicletas por los árboles de ramas en el piso. Oscuridad total en el sendero.

Cien libras de café.

Olor a mar.

Viento del norte.

—Si nos cogen con esto, sabes que nos parten al medio ¿no?

—¡San Sereníco!

—No está de más rezar. Me llevo bien con el jefe’ e sector, pero si nos coge en el brinco… Que se quede con todo, yo le doy el culo y tú también… Que nos bote de aquí, pa’ salir suave.

—Mulataaa

—Sapisapi

—A mí nunca me la han metío por ahí.

—¿En serio?

—Nunca

Se rio de lo lindo bajando la jaba de la parrilla. Entraron al garaje, Natacha quejándose con su carga en la espalda.

—Lucy. Ese es tu nombre de lucha a partir de ahora. Y atiéndemeee, quiero deciiirte algoo…