Y la rumba me llamó

Manuel Rodríguez Ramos (Jatibonico, Cuba, 1953) Licenciado en Lengua Española y Literatura General por el Instituto Superior Pedagógico “Enrique José Varona” de la Universidad de La Habana. Graduado del Master of Arts en New Mexico State University de Las Cruces. Ph. D. en University of Arizona, Tucson. Fue profesor titular de Literatura Hispanoamericana en el Instituto Pedagógico “José Martí” de Camagüey, y guionista y realizador de documentales en Cinematografía Educativa (CINED). En 1989 escribió y llevó a escena en la Casa de la Cultura de Plaza, en La Habana, la obra teatral El Rey de las Aves. También en los años 80 tradujo para el Instituto Cubano del Libro una muestra emblemática de literatura brasileña. De 1999 a 2013 se desempeñó en Madrid como guionista, director y productor de documentales. Su filmografía la componen más de treinta títulos, entre los que destacan Lezama, inalcanzable vuelve (1989)Retrato de Gastón Baquero (2013) y Las vivencias poéticas de Francisco Brines (2016). Ha desarrollado también una sostenida labor docente en torno a la dirección, la escritura de guiones y la teoría y la práctica del documental en varias instituciones académicas.


Todo aquel que piense que está solo y que está mal
tiene que saber que no es así,
que en la vida no hay nadie solo…

Corría la primera semana del mes de septiembre de 1999, mi primera temporada de exilio en Pozuelo de Alarcón, Madrid. Sufría la incertidumbre del recién llegado, con mi esposa todavía en Cuba, a riesgo de ser retenida en la isla. Eran días de tristeza, cierta depresión y algo de angustia, pensando que estaba solo y mal. Afortunadamente comenzaban por esos días las Fiestas Patronales con una deslumbrante explosión de fuegos artificiales, encierros taurinos, y jubilosas orquestas amenizando los bailes populares en las plazas. Joviales actividades que hacían prevalecer un ambiente de diversión y buena acogida en la pequeña ciudad.

Una de aquellas noches alguien tocó a mi puerta, era Alfonso, un esmerado floristero, un buen amigo español, para invitarme a uno de los conciertos que tendría lugar en esos días festivos, cuya programación yo desconocía.

–¿De quién se trata? –le pregunté.

Entonces me mostró el programa, y un maravilloso afiche, y unos discos de Celia Cruz, una de sus cantantes preferidas.

Programa del Ayuntamiento.

–¿Sabes quién es? –me preguntó, sonriente.

–¡¡¡Azúcar!!! –grité entusiasmado. Y el sábado partimos a disfrutar de aquella función de gala, con profunda emoción.

El lugar del concierto, Auditorio El Torreón, es un hermoso coliseo en cuyo graderío se puede beber alcohol mientras se disfruta del espectáculo. Y allí, en cuanto estuvimos sentados, Alfonso extrajo de su mochila una botella de ron Habana Club, dos vasos, un poco de hielo, unas ramitas de albahaca (pa’ la gente flaca, dijo), y de tapas unos granitos de maní picao, cao, cao. Y así, con la vida convertida en un carnaval, disfrutábamos mucho mejor del mítico concierto; que se tornó más interesante cuando Alfonso se percató de que yo miraba con especial curiosidad al pianista de la orquesta.

–¿Lo conoces? ¿Sabes quién es? –me preguntó entre Quimbara y Burundanga.

–Creo que sí. Su cara me parece conocida –le comenté, mirando hacia el músico que veíamos desde lejos.

Cuando el concierto terminó, con profunda nostalgia habanera, después de cantar, bailar, aplaudir, vitorear, Alfonso sugirió que nos acercáramos a los camerinos; un área muy restringida, pero cuidada por un guardia al que conocía desde su infancia.

–Hola, macho –lo saludó con afectuosidad–. ¿Podemos hablar un momento?

–Sí. Dime.

–Necesito que me hagas un gran favor. Este amigo es un cubano recién llegado, un tremendo fan de Celia Cruz. ¿Pudieras dejarnos entrar para quedarnos en el pasillo y verla pasar de cerca? Sería estupendo. Tremendo regalo le harías a este tío.

–Está  bien –dijo el guardia, esbozando una sonrisa–. Pueden quedarse junto a la escalera que conduce a los camerinos, para que la vean bajar, pero, sin molestarla. La queja por asedio de una estrella como esa me dejaría sin empleo. 

Escaleras por donde bajó Celia.

–Tranquilo, hombre. Allí estaremos de pie, como dos fantasmas –aseguró Alfonso, y abrazó a su amigo cuando abrió la puerta para dejarnos pasar.

Entonces, ocurrió el milagro. Ya en el interior del edificio, ubicados al pie la escalera, vimos de pronto bajar al pianista de la orquesta, y entonces, emocionado, supe que se trataba de Wicho, uno de mis vecinos en La Habana, un buen amigo, un músico excelente.

–¡¡¡Manolón!!! ¿Qué haces aquí? –gritó, preguntó Wicho, y nos dimos un fuerte abrazo.

Con brevedad nos informamos sobre nuestras aventuras de exilio, y después hice que se conocieran ambos amigos, y Alfonso enseguida le pidió a Wicho un favor a partir de cierta desmesura.

–Una de las cosas que Manolo más ansía en su vida es conocer a Celia Cruz. Desde que se enteró de este concierto lleva días comentándome sobre eso. Por ello es que estamos aquí –le comentó Alfonso, exagerando, y después le pidió un favor–. ¿Pudieras presentársela cuando pase frente a nosotros?

–Claro que sí. Ella no está en ná. Te la presentaré –me aseguró Wicho, dándome una palmada en el hombro.

–Celebremos entonces esta maravilla –dijo Alfonso, y sacó de su mochila el ron que le quedaba, los vasos, y nos hizo brindar.

Después salieron los otros músicos, se acercaron a nosotros y bebieron directamente de la botella mientras conversaban en alta voz. Fue el momento en el que entró el guardia, alarmado por el escándalo. Y Alfonso se le acercó sonriente.

–No te asustes. No habrá problema. Son los músicos de la orquesta los del escándalo.

–Bueno. Pues que siga la fiesta entonces –dijo el policía, más relajado; pero enseguida, algo nervioso, subió la mirada por la escalera de los camerinos–. ¡Por ahí viene Celia!

Entonces me acerqué a Wicho y le pedí que se la presentara primero a Alfonso, que me había invitado al concierto y había hecho posible que estuviéramos allí junto a ellos.

–Celia, te presento a este amigo español.

–Encantada –dijo ella, y sonrió.

–¿Pudiera, por favor, firmarme estas joyitas? –pidió Alfonso y le mostró varios discos, un par de afiches, y algunas fotos; y a todo fue añadiéndole Celia su nombre. Después, el agradecido español abrió su mochila y extrajo un hermoso ramo de flores–. Aquí tiene, para la diosa de la noche.

–Gardenias para mí. Muchas gracias, joven.

Sillas utilizadas para sentarse durante la conversación.

Después Wicho hizo mi presentación, informándole que yo era un cubano recién exiliado. Y entonces Celia le preguntó al asombrado guardián amigo de Alfonso si había un lugar donde pudiéramos sentarnos a conversar; y él, muy diligente, buscó dos sillas de terraza, las acomodó   en un rincón, y hacía allí nos fuimos.

Comenzaron entonces las preguntas: ¿Cómo saliste de Cuba? ¿Cuándo llegaste? ¿Por qué te veo un poco triste?

–Llevo dos meses fuera de Cuba, y todavía mi esposa está allá, bloqueada, y eso me crea mucha incertidumbre –le comenté luego de responderle en detalle las preguntas anteriores.

Entonces se acercó a nosotros Pedro Knight, y luego de un saludo afectuoso, le recordó a Celia que en el Ayuntamiento los estaban esperando para una cena de homenaje.

–Ya lo sé. Está bien. Que esperen –fue su rítmica respuesta, seguida de otra pregunta–. ¿De qué parte de Cuba eres?

–De Jatibonico –le respondí, teniendo en cuenta mi lugar de nacimiento, y sobre todo la canción de su “ahijado” Willy Chirino.

–Por favor te lo suplico; háblame, háblame, háblame de Jatibonico –dijo con ritmo cercano a la canción, y nos reímos mucho, y me sentí más relajado–. Qué bien. Te veo mejor. Es que eres muy fuerte, muchacho. De Jatibonico a Pozuelo, tremendo cambio.

Fue el momento en el que se acercó a nosotros uno de los músicos de su orquesta para recordarle la honorífica cena, y Celia le pidió que esperaran un poco, que ya estábamos terminando.

–Bueno, ¿y qué haces? ¿En qué trabajas? –siguió preguntando.

–Soy director de documentales. Trabajo en una productora pequeña, que durará poco. Pero donde se trabaja bien.

–¿Y por qué no hacemos juntos un documental?

–Me encantaría. Sería lo mejor que me podría pasar –le dije, muy animado.

–Cuando viaje otra vez a España nos veremos y hablaremos de eso. Tenemos que ir pensando cómo lo vamos a titular –dijo, sonriente.

En aquel momento se acercó nuevamente Pedro Knight, y Celia condescendió a la partida.

–Está bien, vamos, que el muchacho ya está mejor –aseguró, y se despidió con un beso, abandonó el teatro, y salió con su esposo hacia la calle.  

Alfonso y yo seguimos a la pareja hasta la limusina parqueada frente a El Torreón, donde esperaban los músicos. Entonces, junto a la puerta abierta, antes de subir al automóvil de lujo,  se volvió hacia mí y tuvo un comentario final: “al documental lo llamaremos Kikiribú Mandinga, como a la negra Tomasa”. Y después, sonriente, hizo un hermoso gesto de despedida, ocupó su asiento, cerró la puerta, y la limusina partió dejándonos cargado de emoción.  

–¡Cómo sois los cubanos! –dijo Alfonso, expresando su admiración en cuanto quedamos solos–. Es increíble que una súper estrella como esta te haya dedicado más de media hora de conversación. No se despidió de ti hasta que te vio animado, aun sabiendo que en el Ayuntamiento la esperaban para cenar y homenajearla.

–Así es amigo mío. Gracias a ti he tenido una de las mejores experiencias de mi vida.

–Vayamos para un bar. Se trata de un gesto de humanismo que hay que celebrar.

–¡Qué viva la Reina de la Salsa! –la glorificamos luego, haciendo entrechocar las copas de vino.