En el mar del sentido

Nadie nos cuida en el sueño
Cristóbal Domínguez Durán
Pre-Textos. Valencia, 2022

Tras la edición en 2018 de Secuelas, premio “Arcipestre de Hita”, Cristóbal Domínguez Durán (1993) publica Nadie nos cuida del sueño, premio “Universidad Carlos III de Madrid”.

En uno de los poemas más breves del conjunto, el autor vejeriego concluye: “Quiero vivir/ una imagen nunca antes/ vivida”. Y, desde ese renovado imaginario, el sujeto poético se afana en indagar en otros universos desde los que establecer coordenadas carentes de lo racional e inventariar una cartografía intuitiva, en donde se presientan el eco de los ángeles o los fantasmas del sueño “que vuelven a decir/ palabras como quien acurruca/ en las manos madroños caídos”.

En el decir de Domínguez Durán hay una itinerancia identitaria con argumentos que alientan la ficción, que rozan otros entes capaces de hilvanar geografías atemporales. Claro que, para ello, es inevitable aceptar el devenir de espacios que permitan dirigir la mirada hacia lo mítico, lo utópico, lo alegórico: “Se manifestó un día/ igual que un ectoplasma/ pero su presencia, con el rostro/ lleno de cien ojos o más/ fue tan rápida que no alcancé/ a contárselos./ Sé que en algún momento/ antes de irse me dejó dos de esos suyos/ los dos con los que ahora veo/ observo los nervios secos de las hojas/ que caen y llena de Tierra/ la Tierra”.

Dividido en tres apartados, “Desvivirse”, “Nadie” y “Presencias en el sueño”, el volumen se alinea de manera unitaria en la reformulación de una existencia que siempre es consciencia y, en donde lo cotidiano, pueda ser desprendimiento o abandono, mas a su vez, alimento indisoluble para lo venidero. El poeta gaditano anhela advertir de la pureza que sigue anidando en su pretérito y su mañana, y mediante la tensión versal de su discurso tender puentes para ser cómplice de todo aquello que pueda saber a enigma y a presagio: “Argonautas o leños flotando/ en el mar del sentido (…) Algo tartamudea/ desde el fondo/ del cerebro/ pero quien está ahí/ e intenta expresarse/ terminará por ser/ entendido (…) Para no llegar al colapso/ estar siempre en la búsqueda/ de nuestra propia interpretación/ No preferir nunca/ la ignorancia/ no preferir nunca/ no escribir”.

Tras las huellas de la arcadia

Y me llamaron Ashé
Walter Lingán
Editorial Adarve, Madrid, 2022

Walter Lingán tiene ya un largo recorrido en el oficio de narrar ficciones, así como en el activismo cultural que inició en la década de los años 70 y prosiguió en Alemania, a donde inmigró en 1982. Una larga lista de publicaciones ha ido consolidando una valiosa e interesante producción narrativa que espera aún una valoración de la crítica especializada. La variada producción temática de este escritor abarca desde el género fantástico, como la novela Un cuy entre alemanes, hasta el realismo social como en Koko Shijam, El libro andante del Marañón, y funde en su obra una visión actual del país, así como también la impronta de un escritor peruano de la “diáspora”.

En su reciente novela, Y me llamaron Ashé, (Editorial Adarve. Madrid. 2022. 472 pág.), Lingán vuelve al realismo para recuperar y rememorar esa arcádica infancia y el niño que habita en cada uno de nosotros. El regreso a San Miguel de Pallaques (Cajamarca-Perú) está teñido tanto de la infaltable nostalgia que afina la vena poética del narrador como de la visión crítica e irónica del pasado que en muchos pasajes coquetea con un tono carnavalesco. Recordando San Miguel y el año de su nacimiento Ashé, 1952, dice el narrador/protagonista:

“…que en aquel entonces era una aldeíta encimada en la Cordillera de los Andes. Por esos años el Perú era gobernado por un regordete general que respondía al nombre de Manuel Odría, un militar golpista… (pág. 15).

El ejercicio de memoria con que el narrador/protagonista (Ashé) irá reconstruyendo su pasado y el de su pueblo sobre el fluir de sus recuerdos va a navegar entre dos aguas: el recuerdo poetizado de un tiempo pasado y una visión crítica del momento que le toco vivir, ambos condimentados de un humor blanco que no resta fuerza a la denuncia social, tono acorde con la visión del niño o el adolescente que lo experimentó, pero que es narrado desde un tiempo posterior a los hechos, a la manera de una autobiografía. Esa reconstrucción es también la de San Miguel, que vive y crece como un personaje más, y es un referente constante en la novela. Así también está descrita la épica de los campeonatos de fútbol donde los héroes alcanzan la gloria del triunfo o sufren los reveces de la derrota.

“Esos trofeos eran disputados a sangre y a goles. Infinidad de veces volaban pedazos de uñas de los pies acompañados con pedazos de cuero sangrante. Como nunca perdimos, con esos trofeos llenamos la sala de la señorita Olga Linares”. (Pág. 44)

Por como suelen aflorar los recuerdos, el tiempo en la novela no es lineal. La narración va y viene siguiendo el curso asociados a hechos, anécdotas o personajes, pero los días y los meses transcurren, las inquietudes de la infancia van quedando atrás y con la llegada de la adolescencia van aparecen otras nuevas. El surgimiento del deseo, el descubrimiento del amor, las penas del desamor hacen carne en los personajes trastocando su mundo y transformando el humor blanco de la niñez en la picaresca de los aprendices de adultos.

“Uf, por primera vez la miré y descubrí lo rica que era. Puta madre, qué guapa que es la Colorada, pensé mientras la observaba, le hacía ojitos. Y ella también parecía mirarme, pero en realidad yo no era objeto de sus ojos”. (Pág. 200)

Surge también otra épica, la del héroe apasionado que ha de vencer a las fuerzas que se oponen a que su amor se consume. “Nada detiene a un Homo sapiens enamorado”, dice el narrador al ver cómo la familia de la nada desaprueba su relación con la “Colorada” y la someten a una severa vigilancia que el enamorado debe burlar para poder conquistarla.

Junto con la épica del deporte convive con una épica por obtener una educación que les permita lograr la superación personal y un futuro mejor; desde los esfuerzos por conseguir los útiles escolares mínimos para la primaria y secundaria en San Miguel, hasta buscar los recursos para estudiar en una universidad en Lima a donde Ashé es mandado luego del sonado escándalo por haber “robado” a la “Colorada”.

“Después fuimos a su habitación que tenía en la vivienda universitaria. Mira, hermanito, aquí puedes estudiar, pero que alguien te de para los pasajes. Aquí, como sea la pasamos. Mira, en este cuartito dormimos cinco, estamos apiñados, tú ya no alcanzarías, hermano. Todo está en que tengas alguien que te apoye…”. (Pág. 368)

Y me llamaron Ashé es también la historia de un migrante provinciano en la capital, sus avatares son los mismos de todos aquellos que intentan probar fortuna en Lima, pero estos avatares no son contados desde la crudeza que pudo tener en el momento que ocurrieron, sino que han sido destilados y curados con el bálsamo del tiempo transcurrido, esa curiosa alquimia los torna en recuerdos añorados, parte indesligable de una existencia que cobra sentido en el ejercicio del recuerdo y que son suficientes para justificar una existencia. San Miguel de Pallaques es el cordón umbilical que une y da sentido a todos los personajes, el escenario constante de la novela, independientemente del lugar donde suceden los hechos narrados, la arcadia a la que todos desean volver o intentan recuperar, el gran retablo de las ensoñaciones colectivas, la indeleble impronta grabada en cada uno de ellos. Con esta novela, Walter Lingán pinta su aldea para crear un universo y tender un dulce camino de retorno a la infancia.

Rara avis de la actual narrativa cubana

Mouche
Margarita García Alonso
Ediciones Exodus, Miami, 2022

Hacía mucho tiempo no leía una novela tan original, tan rompedora, tan distinta. Una novela que, al tiempo que construye un complejísimo mundo de traumas humanos, atrapa al lector y lo va conduciendo por un singular mundo que me hacía recordar esos universos propios tan vivos que construyeron, por sólo citar dos casos antagónicos, los autores de Alicia en el país de las maravillas, el polémico Lewis Carroll o de El reino de este mundo, el gran Alejo Carpentier.

Hablo de Mouche, de Margarita García Alonso, publicada por Ediciones Exodus en Miami.

Lo primero que llamó mi atención es el particular uso del absurdo cotidiano para definir la psicología de su protagonista: Linsana Mouche, inmigrante ilegal, niña, sonidista, cantante, cuya obsesión es grabar sonidos, entender sonidos, singularizarse a través de ese mundo distinto… Se trata de un absurdo que vincula aspectos muy del día a día, los sueños, por ejemplo, las alucinaciones postraumáticas luego de un accidente, las muy selectivas miradas que esta muchacha lanza sobre esos otros que la rodean, llámense Hermes o Martín, Sabetodo De La Cuadra o Laumi… Es, y es lo que más importa, un absurdo que podemos experimentar todos, está ahí, lo vivimos, lo encontramos en cada paso que damos, pero solamente llegará a nosotros (como llega a Linsana) si decidimos ver nuestra realidad también con esas perspectivas. Un absurdo natural, nada forzado, que brota alrededor del personaje y, en muchas ocasiones, llega a definirlo.

Lo segundo es la capacidad de traslación, una especie de don de ubicuidad mediante el cual la protagonista logra revivir casi al mismo tiempo ante nuestros ojos diversos momentos del pasado y presente de ese conflicto existencial que ella va viviendo: salto de un ojo inquieto podríamos decir, con esa ligereza y esa agilidad expresiva que simula el aleteo de una mosca (porque Mouche es mosca en francés y ese apellido en la protagonista es un leitmotiv con el que la escritora juega en toda la novela)… sus amigos, su familia, momentos definitorios en su existencia, van a surgir a lo largo de la trama como pequeños manantiales  de sentido que nos ayudarán a responder o, al menos, a entender las preguntas que Linsana se va haciendo. Y esa capacidad de movimiento escénico, montado sobre las alas de ese particular absurdo del que hablábamos antes, y además enriquecido gracias a un virtuosismo narrativo que nos permite ver lo que vamos leyendo, imprime aún más distinción a esta novela.

El tercer aspecto es justo ese virtuosismo. Margarita García Alonso demuestra en esta obra que es una excelente poeta. Y es que el aliento poético de cada escena, las descripciones que hace Linsana de los escenarios que frecuenta, sus contradicciones humanas mostradas a través de ese lenguaje específico tan elegíaco que tiene el mundo del sonido van edificando capítulo a capítulo el corpus lírico que define la personalidad compleja, soñadora, rebelde,  de Linsana Mouche.

Complementan el mundo de esta novela, y de su peculiar protagonista, referencias sutiles y casi siempre volátiles a Cuba, alusiones a los traumas del exilio, insinuaciones sobre el complicado reto de comprender y fundirse en otras culturas, puntadas críticas a la deshumanización que envenena el espíritu de ciertas sociedades europeas… Pero lo que importa es la lucha del personaje porque se produzca esa caída de las máscaras, esa insistencia suicida en vivir ahogados en las convenciones sociales, esa doblez de la especie humana que ella observa curiosamente como una mosca posada en una repisa. 

Textos breves pero esenciales, definitorios

In your face, papi. Arte, política y sociedad civil en Cuba
Mabel Cuesta
Ediciones Advana Vieja, 2022

Voy a hablar de alguien a quien admiro y aprecio. Y en este mundo de la cultura ya eso deja claro algo: voy a hablar bien de esa persona. Y no es difícil hacerlo: quienes conocemos a Mabel Cuesta, a quienes muchos conocerán como poeta, narradora y ensayista, sabemos que se trata de alguien con una honestidad a toda prueba, alguien que (dicho en buen cubano) le canta las cuarenta a cualquiera, alguien que ha demostrado un apasionado humanismo al poner por encima de cualquier discusión o diferencia política el bien de nuestra gente, de nuestro pueblo, de los sufridos cubanos de a pie…, alguien que, además, defiende sus ideas sin acudir a los odios y los ataques, tan usuales hoy en nuestra cubanidad.

Dicho lo anterior, quiero hablar de In your face, papi… que bajo el subtítulo Arte, política y sociedad civil en Cuba nos zambulle en un amplio espectro de circunstancias y conflictos desde una de las perspectivas más honestas que he leído en los últimos años: Mabel, en este libro, se nos muestra como si nos hablara, con ese desenfado que la caracteriza, sí, pero también con esa sapiencia que ha ganado en todos estos años en el mundo de las letras cubanas. Esa honestidad en su voz, esa sinceridad con la que analiza asuntos de la más compleja y controvertida «Cubanidad» —término que ha comenzado a imponerse en los análisis sobre la realidad cubana observada desde la cultura y la filosofía— es lo que hace que este libro, editado por Aduana Vieja, sea una pequeña joya del ensayo.

Pero, precisemos esa definición genérica: nos encontramos aquí con un modo muy rico, y creo yo que más efectivo, de asumir el ensayo: lo testimonial, la búsqueda de ciertas verdades conflictivas a partir de la experiencia propia como escritora, como crítica, como ciudadana…, como cubana simplemente, confiere a estas páginas un sello de originalidad que, al menos yo, echo de menos en un entorno en el que abundan los ensayos sesudos, escritos en un lenguaje alambicado / rebuscado / encartonado por las imposiciones académicas…, un lenguaje el de esos libros que, además, necesita ser descifrado por nosotros, los pobres mortales… el altísimo valor comunicativo de este libro es, por ello, indudable. 

Mabel, en sus palabras de presentación, define este libro con términos como “breve colección de comentarios y artículos”, como “conjunto de textos variopintos”… y nos deja la sensación de que su trabajo estará signado por el peso de esa palabra: “breve” y de lo que en términos intelectuales significa “brevedad”… Todo lo contrario: son textos breves pero esenciales, definitorios, importantes en los tiempos que corren… en simples palabras: este libro y las piezas que contiene le hacen un inmenso homenaje a ese dicho que se le atribuye a Baltasar Garcián, que asegura que “lo bueno, si breve, dos veces bueno”.

He leído aquí un exquisito análisis sobre la relación íntima e intelectual de Lidia Cabrera y Josefina Tarafa; he leído uno de los más lúcidos análisis del conflicto migratorio cubano; he leído un humanísimo desnudo sobre esos conflictos que surgen en alguien que llega al exilio y tiene que enfrentarse/compartir/combatir/asimiliar los dolores y las experiencias de otros emigrados intentando no contaminarse de tantos odios y heridas abiertas; he leído una de las crónicas más hermosas, desde el impacto de una canción que todos los cubanos cantamos alguna vez: «Cuba, qué linda es Cuba», sobre el endiosamiento que hicimos del líder de la Revolución Cubana y de cómo la misma historia y el comportamiento de ese personaje se encargó de expulsarlo de nuestras vidas; y he leído acercamientos muy personales pero también muy cuestionadores y sinceros a la obra de algunos colegas músicos (pienso en Carlos Varela y Pablito Milanés, nuestro querido y eterno Pablo), escritores (pienso en Georgina Herrera), cineastas (pienso en Eduardo del Llano o en los realizadores del documental Sueños al pairo), y de sucesos nacionales o universales que derivaron en profundos fenómenos sociales como el apresamiento de Luis Manuel Otero Alcántara, las marchas del orgullo gay en Cuba, las controversias musicales y políticas entre importantes protagonistas de la música cubana, la pandemia de Covid…

In your face, Papi. Arte, política y sociedad civil en Cuba, en resumen, es una lectura que sugiero porque reúne todos los ingredientes que, en mi opinión, hace que leer sea una experiencia única: es una lectura grata, es una lectura que nos llega como una confidencia que nos hará sentirnos cómplices de muchas cosas, y, aún más importante, es una lectura que nos hará pensar.

Fútbol, crimen y criollismo

El carnaval de los espíritus
Mario Suárez Simich
Ediciones Altazor, Lima, 2021

El carnaval de los espíritus (Lima, Altazor, 2021) de Mario Suárez Simich es una admirable novela policial que, desde este subgénero, se enlaza con otros, específicamente, con el histórico (tándem que ya el autor había ensayado en su primera novela El paraíso del arcángel San Miguel, Naylamp, 2003). Inmersa en los recursos de la novela negra y del neopolicial latinoamericano, ambientada en una Lima de finales de los años 30 del siglo pasado, en el marco del campeonato sudamericano de fútbol de 1939 y del inmediato carnaval, a través del detective del Cuerpo de Investigación y Vigilancia Alberto Kisich -eventual y transitoriamente convertido en detective privado- cumple, en principio, con el requisito del crimen por resolver, pero deviene -se complejiza en realidad- con las conspiraciones políticas del Perú bajo el mandato de Benavides. Simich maneja exitosamente el suspense para presentarnos un relato que progresa desde el confuso suicidio de un empresario italiano (Filomeno Bianco) a manos de una confabulación entre ambiciosos empresarios y la participación de un astuto estafador -que hace las veces de médium-, hasta el develamiento del golpe de Estado a Benavides fallidamente encabezado por el ministro Rodríguez y compañía.

Nos ofrece una detallada reconstrucción de la sociedad peruana -si bien el centro de Lima y alrededores son el eje central, las menciones a otros espacios tanto de la misma ciudad, así como del país y del orbe son frecuentes-, la pasión por el fútbol (el caso se inicia con una relación tangencial que es la muerte del italiano, cuya amante, Raquel, resulta amiga de la novia de Víctor Bielich, delantero de la selección peruana, amigo de Kisich), lo popular criollo, las diferencias sociales, el marcado racismo de las clases pudientes y los arribistas; además de la música y la literatura de la época entre otros fenómenos sociales y expresiones culturales. En medio de una sociedad convulsa por los efectos de los cambios que se avecinan en el mundo, ad-portas de la Segunda Guerra Mundial, de la presencia de los fascistas en el Perú y del aprismo, cual ruido de fondo, que terminará siendo determinante en la resolución del caso que investiga Kisich.

Novela en la que no faltan los golpes, secuestros, reglajes, reuniones peligrosas, la femme fatale, etc., pero en el que destaca el aprendizaje del detective, pues, ante todo, Kisich es un miembro del cuerpo policial, y será su superior, Aliaga, quien le ayude a afinar sus capacidades, con ese llamado de las entrañas que todo buen investigador, señala, debe sentir y seguir. No obstante, Kisich no es un personaje unidimensional, pues asistimos a su vida cotidiana, a sus afectos por la joven Lucía, sus visitas a la quinta donde reside, en medio del carnaval de vida que significa lo popular y sus expresiones; al recuerdo de su infancia en Lima, así como de su primera vida en la Jauja de sus abuelos y de su padre croata. Todo ello a través de un depurado lenguaje, que se percibe tanto en las descripciones, como en el relato directo de los personajes, en el que el que el ingenio juega un rol principal.

Como toda buena novela policial, El carnaval de los espíritus no es solo un relato de crímenes resueltos o no, sino que apunta también a ofrecernos una imagen histórica de la sociedad y, para el caso, de nuestras intrigas palaciegas, pues como se señala al cierre de la novela: “Total, qué es la historia política del Perú sino una larga y sangrienta crónica policial” (294).

Conocer a Amadís Montalbán de Gaula, alias Popol Vuh

La tabla
Armando de Armas
Ediciones Exodus

He leído La Tabla. He conocido a Amadís Montalbán de Gaula, alias Popol Vuh, hijo de Perión y Ericena, natural de Cienfuegos, nacido el 28 de enero de 1853, ciudadano cubano…

Con esas señas, ¿cómo voy a identificarlo a ciencia cierta?

Acaso he conocido a uno de sus alter ego. Tal vez al niño irreverente que madura entre Jehová y la utopía socialista; que se hace hombre y quiere ser escritor, o chulo, si le faltara el talento, porque comprende que la literatura y la chulería no son más que subterfugios para saquear lo ajeno. Tal vez al caballero andante que frecuenta cervecerías en Cienfuegos, desfaciendo entuertos o formando él mismo la bronca desde la marginalidad más conspicua.

A pesar de todo —y a pesar de sí mismo—, Amadís termina protagonizando la aventura más alucinante que pueda imaginarse en la Cuba revolucionaria. ¿Es por eso La Tabla la novela que muchos dicen esperar sobre la revolución cubana? Si lo es, ¿por qué tanto silencio? Si no lo es, ¿por qué tanto silencio? Uno puede evitarla: el libro —en la edición de Exodus, 2020– tiene 439 páginas, pero después de leerla no hay manera de permanecer indiferente.

¿Es Armando de Armas un “novísimo”? Recordemos que, aunque publicada por primera vez fuera de la Isla, La Tabla fue escrita íntegramente en Cuba y justo mientras la entonces naciente generación producía sus primeros títulos. ¿Puede un creador escapar al espíritu de su época? ¿Es Armando un narrador sin etiquetas, extraño a una literatura nacional que, sin embargo, se nutre de temas similares mediante la obra de sus contemporáneos?

Lo que sí hay en él, sin dudas, es una voz auténtica con la que el pequeño Amadís nos cautiva, creciendo con la novela hasta hacerse hombre, escritor, delincuente, preso y balsero.

Amadís, es decir, Armando, es tan irrespetuoso que ignora olímpicamente al lector y la estructura aristotélica del relato, desfigura las técnicas narrativas que se aprenden en el Centro Onelio, y despliega un largo etcétera de extrañamientos estéticos que convierten La Tabla en un laberinto inaccesible… o casi inaccesible. Intuyo que nada es casual, por cierto, y mucho menos naif.

No hay diálogos y la novela misma es un diálogo sin pausas, ¿tal vez un monólogo? Amadís habla desde sí y para sí, y cuando no parece posible, cambia la perspectiva del narrador y nos sorprende con una voz desconocida, a veces objetiva, otras omnisciente, y aquí viene la apoteosis: el párrafo se convierte en una verdadera sinfonía textual.

No hay capítulos (la novela se divide en dos partes enormes), pero ella misma es un capítulo abarcador sobre la Historia de Cuba, sobre la Cultura de Cuba en su dimensión más prístina y en fin sobre la Cubanidad (ese tan llevado y traído concepto que Angel Callejas de Velazquez parece querer reformular a 90 millas de la Isla, como si cubanía y extraterritorialidad fueran nociones culturalmente compatibles.

En fin, he leído La Tabla.

He navegado en canoa hecha con tablas de palma y he visto ahogarse a Calibán; me contaron que Camilo saltó del avión por voluntad propia; estuve en Angola con el Chévere y un UNITA me noqueó de un estacazo en la frente; sangré de un navajazo en el hombro en un bar cienfueguero, y me fugué de una guagua Girón en el tramo de carretera que va de Mal Tiempo a Cruces.

Seis décadas de revolución es demasiado para una novela, pero basta una novela para sufrir sus punzadas, el dolor de sus espinas, como espadas de erizos invisibles, y “¿cómo quitarme la ponzoña inoculada por un erizo?; con una tabla, tabla de la ley, que alguien te dé con una tabla de la ley en la planta del pie (…) hace falta una gran tabla para matar a la ponzoña”.

Lean La Tabla, está en Amazon. Digan después si me equivoco.

Puede conseguir el libro aquí: La Tabla – Armando de Armas – Ediciones Exodus, 2020

Afán de lo cotidiano

Compás de espera
María del Carmen Mestre
Editorial Metamorfosis, 2023

María del Carmen Mestre (Felanitx, Mallorca), lleva varias décadas construyendo una obra sincera y coherente. Su quehacer poético está jalonado por destacados premios -“Ángaro”, Alcaraván”…,- y su decir en prosa ha tenido en el relato un fiel aliado.

En 2013, dio a la luz su primera novela, Aquella canción de Elvis, donde se adentraba en una historia donde la pérdida de la inocencia se entremezclaba con la búsqueda de un compromiso vital más novedoso y fructífero. Escribí, entonces, que los personajes allí reunidos eran fácilmente reconocibles y familiares, pues la prosa de la autora balear tenía, además de los citados ecos poéticos, una difícil sencillez que aproximaba de inmediato al lector a la intimidad de los actantes.

Una década después, publica Compás de espera, cuyo hilo conductor comparten Susana y Diego, una pareja que empieza a caer en la apatía y rutina del matrimonio. Con estos mimbres, aderezados con la aparición de Julián, un constructor que atraviesa penurias económicas y de un común amigo, Alfredo, la narración va creciendo mediante una trama bien equilibrada a la hora de dosificar los acontecimientos.

Recomendaba Chejov no relativizar la trascendencia de los elementos que van apareciendo en cada relato y, aquí y ahora, María del Carmen Metre se afana en exprimir hábilmente cada una de las circunstancias que doran el ánima de sus protagonistas. Y lo hace, en muchas ocasiones, mediante diálogos plenos de agilidad, reveladores del peculiar carácter de cada uno de ellos y completando un sugerente cuadro instrospectivo. Porque la incertidumbre de las figuras  aquí reunidas se torna, en suma, sugerente y cuasi utópico afán, sobre todo cuando se alcanza a descubrir el empeño de cada cual en encontrar sentido y finalidad a su respectiva existencia.

Una de las mayores virtudes de esta novela es la forma en que la escritora mallorquina maneja los tempos narrativos y cómo sabe detener y acelerar la acción. La analepsis, la prolepsis y la elipsis son también recursos hábilmente insertados al hilo de estas páginas que dan fe de un vigorosa expresividad verbal, construida sabiamente sobre la reconstrucción y exploración de las relaciones afectivas.

¿Cómo medir la emoción?

La medida del helio
Daniel Barrera Blake
ALJA Ediciones. México, 2022

La medida del helio (ALJA, 2022) es el primer cuentario publicado del narrador Daniel Barrera Blake (Matamoros, 1977), que incluye 13 cuentos, un número alegre y emotivo, por todo aquello que la supersticiosa sociedad ha querido endilgarle a lo largo del tiempo, la triscaidecafobia, o el temor al número 13; edificios sin piso 13, que si Judas era el invitado número 13 a la que se convertiría en la última cena de Jesús, alias El Cristo, entre muchos más pasajes de la cultura; sin embargo, a Daniel el número 13, como toda la construcción de su obra, le sirve también para imprimir el sórdido retrato en el que quiere plantear a los personajes de cada uno de sus cuentos:

“Preferí no pensar en mi mujer, siempre tan proactiva; acababa de partir rumbo a la azotea para tirarse al vacío. Partió con la entera convicción de que lograría su objetivo de conocer a Dios. Me aseguró que, como sus verdaderas intenciones eran reunirse con el Altísimo, el suicidio no contaría como pecado y podría entrar al cielo sin problemas”. (La máquina inútil, pág. 91).

“Ambos estaban igual de sorprendidos, se abrazaron regocijados en su milagro.” (Habitaremos de nuevo, pág. 17).

“Y sin embargo yo estaba feliz y escuchaba su voz temblorosa del otro lado.

—Está colgado, Paulina. El niño está colgado, como un… pantalón.” (La medida del helio, pág. 24).

Personajes que han sido construidos rozando a fuerza de las obras de Jorge Ibargüengoitia (con su humor negro: El apuro de Faustino, Nunca me lo cuentes todo), de Juan Carlos Onetti (y sus personajes sórdidos y sin salida: Perdido entre los expedientes), narraciones cercanas a Julio Ramón Ribeyro (con su visión de lucha ante la pobreza: Dos toneladas de realidad) o de Mario Levrero (historias fantásticas de lo cotidiano: Hogar, perfecto hogar, Esa sonrisa torcida y La máquina inútil). De esta forma, Daniel hace evidente sus influencias, pues bien ha asimilado la literatura latinoamericana del siglo XX, para asentarla en historias muy cercanas a nuestro tiempo:

“Con cada reporte que leía, las viejas convicciones de su juventud le prendían como brasas en el pecho.

Soraya, estudiante de medicina, veintidós años, pantalón blanco y blusa de rayas, de busca desde antier, no fue el novio, el tipo anda de viaje” (Perdido entre los expedientes, pág. 52)

El libro presenta una arquitectura que nos hace reflexionar dentro una emoción, que luego es golpeada por un divertimento, y luego de nuevo otra carga de emoción profunda. Así es como el autor decidió el armado del libro que nos presenta.

Justo es decir que a muchos lectores, la presencia de los divertimentos le sacarán sin duda una carcajada; sin embargo, para aquellos que se decidan y avancen, encontrarán entre las lecturas el poder de una emoción profunda cuando el autor plantea el amor hacia los hijos, la preocupaciones por la infancia, por los y las desaparecidas, así como el enamoramiento adolescente, la pérdida del habla, de la cordura, de la salud, o de la propia vida en pareja y sus muchos espacios irresolubles, como el económico, o la misma pasión que suele diluirse con el tiempo; incluso podemos sentir la soledad como lamento que viven la gran mayoría de sus personajes: la chica que se suicida, el personaje paria que nada hace para brindar apoyo a la pareja, y que solo vive, sin premura, aletargado en la dicha de pensar y sentir.

Uno de los trabajos más poderosos de la obra, es el cuento que da nombre a todo el cuentario: La medida el helio:

“Después caí en cama, enfermo por alguna infección ordinaria; nueve días de postración terminaron dando paso a lo inevitable: mis huesos desaparecieron; se licuaron, se volvieron de gelatina o sabe Dios qué carajos les pasó”. (La medida del helio, pág. 24).

Es un texto brutal y descarnado de una familia ante la anómala condición de su hijo, como una metáfora de nuestra sociedad actual, las infancias diferentes, y como la sociedad mira sin querer mirar; juzga lo que no quiere comprender e incluso aceptar. Todo contado desde la voz del niño que sufre la anomalía. Un texto en verdad hermoso por su capacidad de generar empatía, párrafo a párrafo escuchamos la voz de aquel pequeño y cómo describe el comportamiento y las actitudes de sus padres:

“Mi madre intentaba disculparse y negar mi particular condición (…). También por las miradas en la calle, en esos paseos en los que me llevaban de globo, con un hilo amarrado a la muñeca; o peor, cuando me inflaban con aire normal y entonces terminaban arrastrándome por las aceras de manera inevitable, pues ya no flotaba. La gente miraba sin querer mirar, disimulaban de la peor manera y mis padres lo sentían. Y se avergonzaban.” (La medida del helio, pág. 27).

“Unos días antes de nuestra última cita con el doctor, mi madre se rehusó a continuar con los paseos, después de que, en el último recorrido por el museo, una insolente mujer se había atrevido a señalarme con el dedo y mofarse de mi manera de flotar.” (La medida del helio, pág. 29).

Es un cuento exquisito, que podría formar parte, y lo digo sin ninguna duda, de cualquier antología de la historia del cuento hispanoamericano. Es uno de los mejores cuentos que alguna vez haya leído, y pertenece y da lustre a esta colección de cuentos de Daniel Barrera Blake, que les invito a conocer, a leer hasta el final, conscientes de las emociones que les desatará, incluidos los divertimentos que salpicarán sus sentidos. ¡Ya lo verán!

Morir de lejanía

Los nadies
William Alexander González Guevara
Hiperión. Madrid 2022


Con el aval del premio de poesía joven “Antonio Carvajal”, ve la luz Los nadies, primer poemario de William Alexander González Guevara. Este nicaragüense de veintidós años, estudiante de un doble grado de Lengua y Literatura más Periodismo en la Universidad Rey Juan Carlos, remite en su bautismo lírico a una materia donde prima la realidad social vigente.

Confiese el autor en una nota previa, que es este un poemario “que escribí -más del 90 % de la obra- de los 11 a los 17 años de edad. Desde mi llegada a España allá por 2011 (etapa final del colegio) hasta mis vivencias de adolescentes en Carabanchel, barrio obrero del sur de Madrid, donde me he criado y desarrollado la segunda parte de mi vida hasta hoy en día”. Así que, desde esa óptica íntima, más rotundamente empírica, el sujeto poético se hace mensajero de los aspectos cotidianos a los que ha enfrentado su destierro: inadaptación, desamparo, terca burocracia, dificultades económicas… “Al mutismo se enfrenta el inmigrante,/ al transcurrir senderos de penuria,/ al dolor que generan los kilómetros./ El inmigrante evita morir de lejanía”.

Continuar leyendo «Morir de lejanía» ›

Don de su belleza

La lentitud de la deriva
Federico Gallego Ripoll
Mahalta Ediciones, 2022


Hay en el ser humano una inclinación al bien conforme a la naturaleza de la razón, del cual deriva su instinto de conservación, su anhelo de supervivencia. Son distintos los modos de concretar tales preceptos, si bien, es cierto que la escritura es uno de ellos. Y en el reino de la poesía, su potencia común es la voluntad de conectar, de transmitir un mensaje que sea alianza verdadera para el lector.

Desde esa premisa, Federico Gallego Ripoll lleva décadas trasladando su lírica realidad hasta su lectores, fieles sin duda a una trayectoria coherente, solvente y cómplice. Ahora, La lentitud de la deriva añade un título más a su dilatada obra y lo hace con la misma sabiduría y la misma virtud intuitiva de siempre.

Continuar leyendo «Don de su belleza» ›