Antihéroes y perdedores de todo tipo

La leyenda del río
Frank Correa
Iliada Ediciones, 2022

Si Santiago, el personaje de El viejo y el mar, de E. Hemingway, estuvo 84 días sin pescar un pez que lo sacara de apuros; Rascacio, el protagonista de La leyenda del río, de Frank Correa, cumplió 100 días sin encontrar nada en el fondo del mar, aunque “Se metió en el agua los cien días hiciera o no buen tiempo, aguzado por el hambre de la familia y la premonición de hallar algo que cambiara su destino.”   

Quizás el 84 no es alegórico a la desdicha del viejo Santiago ni el 100 insinúa la odisea diaria del joven Rascacio, quienes sobrellevan la pobreza y la desesperanza con valor y tenacidad, pero apuestan por resolver su dilema; sobre todo Rascacio, que “Vivía en una casucha junto al mar en Jaimanitas, con su esposa Amatista y una hija de tres años llamada Zafiro… / andaba en short, descalzo, sin camisa, en una interminable carrera de la bodega al pan, a la carnicería, al puesto de viandas”.    

Han pasado 70 años entre la edición de El viejo y el mar -el homenaje de Hemingway a los pescadores de Cojímar- y La leyenda del río -Ilíada Ediciones, Berlín, 2022-, el homenaje de Frank Correa a Jaimanitas y sus gentes, víctimas del igualitarismo programado por la oligarquía que arruinó a Cuba, donde vivió y escribió Ernest Hemingway hasta que los guerrilleros tomaron el poder.  

Estas novelas cortas coinciden en el tema -el mar y la pesca-, en el afán de aventuras y en imaginación, así como en los párrafos breves, la longitud de las frases, la música interna de las palabras y el ritmo del conjunto. Divergen en el tiempo, en el propósito de cada autor y en las peripecias de los personajes. El protagonista de Hemingway es un anciano solitario empeñado en romper su mala racha y demostrar su valía; el viejo pesca y evoca a Dios y sus aventuras en las costas de África y de las Islas Canarias, pues es natural de Lanzarote, como Gregorio Fuentes, el capitán del yate Pilar, de Hemingway. Mientras Rascacio, el héroe de La leyenda del río, es más buzo que pescador de altura: “Su oficio consistía en bucear en las playas todos los días, tras las prendas que por descuido pierden los bañistas”, como otros pescadores tamizados por la ficción.

En la página 11 de La leyenda del río, al describir “la casucha” de Rascacio, el autor hace un guiño al gran narrador americano: “Estaba enclavada en la orilla izquierda de la pequeña ensenada de Jaimanitas, muy cerca de la desembocadura del río. Frente al hotel “El viejo y el mar” de la Marina Hemingway…a doscientos metros en la otra orilla”.

Para “hallar algo que cambiara su destino”, Rascacio, como los héroes de la tragedia griega, se mueve y sufre en silencio sus reveses, expresa sus anhelos y emociones, observa al mar y explora al río “en cuadrículas”, comparte con pescadores y buzos, acompaña a su mujer a hospitales en ruinas para abortar al segundo hijo, a lo cual renuncia tras el análisis de sangre y dialogar con el feto y con una anciana sensata. En medio de su búsqueda y ensueño, “…sintió miedo de morir, como un símbolo de la lucha del hombre contra el hambre”. 

En La leyenda del río, como en las tragedias griegas, hay un coro de rostros y voces que no canta ni repite augurios sobre la mutación del buzo pues son, como el protagonista, parte del drama y testigos de huracanes, derrumbes, exhumaciones, huelgas, prisiones… En esa “lucha coral” los diálogos son precisos y los personajes vigorosos: Margot la espiritista, Luisa ojos secos, los pescadores Pejediente, Atila, Luisón, Chiqui, Joaquinito, Elías y Alfredo Bocañanga; el judoca Miguelito el melón, el capitán La sombra, el trovador Héctor tortilla, Papo el negro y Pascual el inventor.

Según el autor, “La soledad del buzo… supera a La soledad del corredor de fondo y a la de Robinson Crusoe antes de llegar Viernes, los dos únicos libros que Rascacio había leído…” Al decir de Amir Valle, esa soledad deviene en tragedia: “…a partir de un sorprendente hallazgo se genera una exquisita y apasionante historia de absurdos cotidianos, extremismos ideológicos y bajas pasiones humanas. Un juego de espejos perfecto para mostrar las caras oscuras y los entresijos más corrompidos de una sociedad supuestamente paradisíaca en la que sus criaturas deambulan como fantasmas perdidos en busca de la luz al final del túnel”. 

No hay artificios en la escritura de este autor, quien se nutre de las experiencias propias y recrea sucesos y personajes de su entorno,  narrados de forma casi ingenua pero con palabras precisas y una sutil estrategia de seducción que usa el humor y el absurdo al desgranar la doble vida, el vacío existencial, el éxodo, la locura y otros problemas. Esa apuesta por el realismo es palpable también en sus crónicas y poemas.

Las novelas y relatos de Frank Correa, como las del gran Pío Baroja, no parten de la quietud, sino del movimiento de los personajes, realistas pero no costumbristas, vitales y ajenos a juicios morales o patrióticos a pesar del entorno maniatado por la ideología, el nacionalismo y la coacción. La movilidad narrativa es tan cinematográfica como testimonial, bordea las piruetas existenciales de los personajes y la rispidez del discurso político que modela todo lo social. Si Un jugador sin corona es un juego literario sobre tramas reales que atrapan al lector, La leyenda del río parte de un pueblo, un río y un hombre cuyo afán de cambio en un entorno rudo y represivo nos seduce y conmueve.    

Frank Correa se inició en las letras con el libro de relatos La elección, el poemario La puesta necesaria y la novela El tren, que logró el Premio La Casa por la ventana. En 1991 ganó los concursos de cuentos “Regino E. Boti”, “Ernest Hemingway” y “Tomas Savigñon”; en 2011 publicó Pagar para ver en Latin Heritage Foundation, y en 2012 obtuvo el Premio Novela de gaveta “Franz Kafka” con Larga es la noche y el Premio de la Fundación Nuevo Pensamiento Cubano a su novela La mujer del escritor.

Estas obras revelan su oficio para armar historias, la destreza en el montaje de los diálogos y la capacidad para fabular sus circunstancias y apropiarse del desarraigo, el lenguaje y la enajenación de personajes tan vitales y auténticos que parecen salir del papel y montarse en un tren, en un camión, una balsa o volver a la cárcel como le pasó al propio Frank antes de emigrar de Guantánamo a La Habana como albañil y reciclarse luego como cronista independiente.

En La leyenda del río, como en otras piezas narrativas de Frank Correa, hay un trasvase continuo de temas y personajes que se nutren entre sí, cambian de escenario y confunden los límites, seres en fuga, combatientes olvidados, jugadores de juegos prohibidos, policías, borrachos, ciegos y pícaros, jineteras (prostitutas) que malviven o “vuelan” a otros “paraísos”, antihéroes y perdedores de todo tipo que desacralizan la épica del poder en aquella isla atrapada por discursos fallidos.

Con dos metros de infierno sobre las palabras

Los que no sueñan más que con la luz
Odalys Interián
Editorial Dos Islas, 2022

El poeta Wallace Stevens dejó unos aforismos sobre la poesía que recomiendo por la cantidad de sugerencias que proponen. Por ejemplo, hay uno que dice: “Cuando se deja de creer en Dios, la poesía es esa esencia que ocupa su lugar para que la vida resulte aceptable”. No diré si estoy de acuerdo o no con eso; esto no va de los aforismos del poeta estadounidense, esto va del último libro de la gran poeta, escritora y editora Odalys Interián, “Los que no sueñan más que con la luz”. Y si lo cito (el aforismo) es porque lo que dice el poemario, y en general toda la poesía de Odalys, colisiona con él de un modo como mínimo curioso.

Si se mira ese conjunto, o sólo el título que digo, se verá que no hay que dejar de creer en Dios, tampoco creer, ni siquiera tiene que haberse creído en él antes, para que la poesía realice esa función: la de hacer “que la vida resulte aceptable”. Pero  puedo ir más lejos y preguntar: Y si es así, a quién le hace la vida más aceptable: ¿al poeta? ¿Al lector? ¿A ambos? Y aún más allá: ¿Siempre la poesía hace “que la vida resulte aceptable”? Para responder, al menos a esto último, basta con pensar en lo que sucedió cuando se publicó la novela de Goethe “Las penas del joven Werther”2.

Es decir, la función de la poesía no es exactamente esa. Personalmente no tengo claro si hay una sola función o un número específico de ellas que se le puedan atribuir. A veces sospecho que depende de la cantidad de buenos lectores. Y que tampoco eso tiene que ver con la que el autor pudo tener en mente cuando escribía. Si es que, por supuesto, puede existir un poeta que “racionalice” a tal extremo su quehacer.

Creo con Wallace Stevens, eso sí, que la poesía es una forma de melancolía. Pero también de alarma, de miedo, de cólera, de amor… de urgencia. En fin (y con esto se explican muchas cosas) de sentimientos. Y es eso (sentimientos) lo que nos transmite Odalys en cada uno de sus libros. En cada uno de sus poemas. En cada uno de sus versos.

Y “Los que no sueñan más que con la luz” no es una excepción, al contrario. Hablamos de un bello libro de unas 107 páginas, en las que en cada una encontramos eso: sentimientos. Sentimientos que se suman a los de sus libros anteriores, a veces repitiéndose, pero al modo del llevado y traído río de Heráclito: nunca se sienten igual. O eso nos hace creer la poeta con su embrujo.

El título parte de los  versos del poeta sirio Adonis “A veces alaban las tinieblas / los que solamente sueñan con la luz”.3 Algo que es otra clave importante para entender lo que vamos a leer y lo que hemos leído ya de la obra de Odalys. Porque una vez más nos introduce (no diré que para alabar, porque no es eso, pero lo hace) en las tinieblas.

Obsérvese si  no que en la primera parte, además del exergo antedicho, sitúa este elocuente y sin duda hermoso subtítulo  “El cadáver que se cierra como un guijarro sobre la luz”. Y el primer verso que sigue dice taxativamente “Hoy la poesía sirve de poco”. Un verso doblemente inquietante cuando precisamente nos disponemos a leer poesía. Un verso que en cierto modo  retrotrae a la idea de Adorno que Primo Levi suscribió en términos muy similares4. Pero enseguida percibimos un interesante matiz: Odalys lo hace de un modo intencionalmente contradictorio: ¡escribiendo poesía! Esto es, introduciendo en la praxis su negación.

Algo así sucede también con el asunto — por llamarlo de algún modo— “de las tinieblas”. La oscuridad que recorre su obra es una oscuridad peculiar; al fondo brilla una especie de horizonte en llamas o, más exactamente, algo parecido a la luz que se refleja en el cielo nocturno cuando, a lo lejos, hay un incendio. Ella lo dice de un modo mucho más hermoso y elocuente: “Detrás de todas las oscuridades / hay girasoles blancos.” Porque la muerte, tan presente en todo lo que escribe (tan presente en esas tinieblas que recorren gran parte de su obra) es, en principio, una muerte derrotada. Esto, sin duda, tiene una explicación, pero el porqué en este caso es un elemento residual, interesante si acaso para otro tipo de estudio, no para la poesía en sí. Si lo enfocamos solo en el sentido del hecho o del producto poético,  entenderemos que ese tratamiento de la muerte tiene una connotación metafórica que desborda el cauce de cualquier concepción extraartística. Y es eso lo que le da un auténtico valor estético y, si se quiere, ético. Veamos un ejemplo:

El millar de muertos girando en el aire / como negros girasoles / apagan el sol. / Como gavillas de trigo en su volatilidad / traspasan el largo hospedaje de las luces /  y entran como un incendio / en el globo del ojo / de Dios.”

Como se puede ver, ahí está la trascendencia. En esas “gavillas de trigo” (obsérvese: los muertos trocados en “gavillas de trigo”) que entran “como un incendio en el  globo del ojo de Dios”. Hablamos pues de la envergadura que, en el plano divino, debe tener esa aberración.

Pero curiosamente en este libro Odalys no insiste en la idea mística de la resurrección como vía reparadora (o, insisto, trascendente) del error que, según esta idea, supone la muerte. No, esta vez la poeta piensa además en una muerte que se produce como consecuencia de la barbarie, algo que enfrenta de un modo que podemos calificar, en el sentido humanista, como “militante” o de “compromiso”. Esto significa que se detiene críticamente en el morir y —para que se entienda— no pasa al otro lado, que sería el de la “reparación”. Incluso llega a decir:

Un crimen vivir / digo / en silencio / esperando como corderos / la hora del degüello.

O:

“No voy a rogar un puñado de paz / Voy a cantar con la boca del muerto / que no sepultaron.”

Y más adelante, manteniendo la coherencia de esta visión, introduce una sabia e inusitada definición (o redefinición) de la muerte, que traigo a colación sobre todo por su valor estético; por su misterio… por el acierto poético, en fin, que supone:

Pero la muerte / son esos tulipanes”.

De modo que en ningún momento abandona, en aras del concepto, la “responsabilidad” estética. Sus imágenes vuelven a ser insuperablemente demoledoras, exactas y sugerentes en (o por) su avasalladora riqueza.

Pero antes de concluir observemos, aunque sea brevemente, la estructura. Es algo que importa, porque hasta ahora hemos hablado de la muerte o de las tinieblas, y eso no es todo el libro ni mucho menos. En la segunda parte, titulada “Lo que digo preservará mi  nombre” se abre a otro aspecto importante para la poeta: el hecho de escribir. Aquí “dialoga” con Gelman, con Emile Dickinson… Y para ello sitúa delante suyo (de la poeta o del personaje poético) un espejo. Y vuelve a ser implacable.

Porque no miro como tú / no ignoro lo que mis ojos tocan.”

“He bailado sobre sus cuchillos. / He parloteado como un loro / toda la demencia de la luz.”

“La poesía plantándose / como el árbol de los buenos frutos. / Vibrando para el hombre. / Como si todo hoy nos emboscara / las plenitudes /los pobres asedios / esa pizca de eternidad que llevan las palabras / ese nudo de mundos que van desovillándose. / El cadáver que se cierra como un guijarro / sobre la luz.”

Y, por último, en el tercer apartado que titula “Sin tu boca cómo digo aire, pero sin ti cómo digo el amor, cómo lo digo”; en este tercer apartado, digo, festeja “!las atroces amarguras del amor”. El amor que “Trae ese viento de libertades.”

“El amor llorado por mí / ahora vive en mi llaga.”

“El mayor de todos los riesgos / es el amor.”

Aquí hallamos una vez más la dura limpieza (el duro candor) de sus imágenes. El amor elevado a su condición inefable. Quiero decir: Su lado físico es —si es que es— sólo un destello; un fugaz y pálido destello.

Y a modo de resumen

Estamos, por tanto, frente a un poemario en tres tiempos impecablemente engarzados: El de la barbarie; el de la escritura y el del amor. Esas tres fases forman una sólida unidad, con poemas sin geografía y sin datos temporales específicos, que producen, además de esa sensación de solidez, una aún más perturbadora de absoluto o  universalidad.

Debo añadir, por último, que leí “Los que no sueñan más que con la luz” en un momento especialmente oportuno. Digamos que lo necesitaba. Entrar en ese mundo brutal (en el buen sentido) me ayudó (supongo que por efecto de una inconsciente técnica de  psicología inversa: la llamada “intención paradójica”) a superarlo. Porque me atrevo a decir que se trata de uno de los libros más logrados de Odalys, si es que algo así puede decirse de una obra tan sostenida y homogénea como la suya. Es —así lo dice José Hugo en el magnífico prólogo—, un libro muy inspirado. Un libro  —añado— que,  más allá de la dureza de sus imágenes, nos transmite “ese discurso del amor / que centellea / para mostrar lo vivo”5, en contraste con esos dos metros de infierno que pesan sobre las palabras6… sobre la vida.

Releer a Vallejo

Los poemarios fantasmas de César Vallejo
Jorge Nájar
Sinco Editores, Lima, 2022

Uno de los problemas (o misterios) filológicos más interesantes de la literatura peruana tiene que ver con la manera en que se nombró y organizó el conjunto de poemas que César Vallejo no alcanzó a ver publicados.

En el mes de julio de 1939, a un año y poco más de la muerte de Vallejo, la viuda del poeta, Georgette Philippart y el historiador Raúl Porras Barrenechea, logran en París la publicación de su poesía póstuma bajo el título de Poemas humanos. Esta edición fundadora contenía también los textos que se conocerían luego como Poemas en prosa, así como los poemas que conformaban España, aparta de mí este cáliz.

El punto es que se ignora de qué manera el poeta habría definido finalmente el orden y la publicación de la mayoría de estos poemas. Desde la edición, ordenamiento y lectura de Georgette y Porras, surgieron otras, que intentaron recomponer las piezas de este rompecabezas. Marco Martos nos ayuda a recordar algunas: Ricardo Silva Santisteban prefirió usar Poemas póstumos; Américo Ferrari los llamó Poemas de París.

Una cuarta posibilidad es la planteada por Juan Larrea –amigo de Vallejo, ambos fundadores de la célebre revista Favorables París Poema–, que divide la producción póstuma de nuestro poeta en dos conjuntos: Nómina huesos y Sermón de la barbarie. Un aspecto interesante de la discusión, siguiendo a Martos, es que el propio Vallejo habría considerado muchos de estos títulos como posibilidad, entre ellos “Libro de poemas humanos” y “Nómina de huesos”.

Dicho esto, estas líneas saludan la aparición de Los poemarios fantasmas de César Vallejo, edición del poeta peruano Jorge Nájar que sigue el planteamiento de Juan Larrea, quien utilizó precisamente la expresión “poemarios fantasmas” para referirse a la producción póstuma de Vallejo.

Volver a Larrea implica releer a Vallejo. Y releer a Vallejo significa enfrentarse a un caleidoscopio, figura que encierra por mérito propio las múltiples direcciones que puede tomar la lectura como acto creativo. Parecería una cuestión de segundo orden discutir si Vallejo decidió o pensó ordenar sus textos de una manera determinada; sin embargo, descorrer ese velo ofrece siempre nuevas posibilidades de sentido.

Nájar describe con puntillosidad el contenido del fantasmal libro vallejiano. Y reflexiona con agudeza: “¿Qué aporta este primer libro fantasma? [se refiere a Nómina de huesos] En primer lugar, la hegemonía en Vallejo de la poesía sobre todas las otras exigencias de la vida. Además de lo que él mismo dejó anotado en una de sus libretas: ´No es poeta el que hoy pasa insensible a la tragedia obrera…´, estamos ante la confirmación de que en su obra plantea una de las poesías más intensas del siglo XX escrita por un bárbaro escapado de una aldea andina para venir a extraviarse en el río de las calles de la ciudad más cosmopolita en los días previos a la Segunda Guerra Mundial” (p.25).

A eso se añade que esta poesía, aunque mantiene lazos con Trilce, apunta a nuevos derroteros: la confrontación de la experiencia urbana, una reescritura de los vínculos maternofiliales, el relativo alivio de su angustia existencial por el entusiasmo que provoca el socialismo en el poeta y por supuesto la sutil construcción de una identidad que mira al universo sin descuidar la presencia andina. Según Wolfang Iser, en el vínculo entre el texto y el lector se halla la única posibilidad de vida del texto y para ello es necesario que el lector tenga una postura proactiva. Esta edición de Vallejo según Larrea y acometida con rigor por Jorge Nájar nos invita, justamente, a reavivar el fuego de la lectura.

Después de tanto afán

Vida salvaje
Juan Ramón Santos
Hiperión. Madrid, 2022

Dos libros de relatos, cinco novelas, varias traducciones al castellano de obras portuguesas, el premio “Edebé” de Literatura Infantil (2021) y dos poemarios, acreditan la versatilidad de géneros en los que se mueve Juan Ramón Santos (1975).

La publicación de Vida salvaje -galardonado con el “Valencia” Institució Alfons el Magnanim”-, reafirma una voz lírica de madurados acentos en donde “… todo parece por hacer,/ en que la claridad es un regalo/ de este raro misterio que es la vida”. Consciente de que la existencia es una quimera, a veces promesa, a veces apariencia, su decir se hace alianza al par de una naturaleza que gira en derredor de su costumbre. Y así, en la primera parte del libro, “Día de campo”, el poeta placentino se cobija “entre los árboles del huerto, / la más sabia lección de resistencia”. Y, además, se deja ganar por los dones infinitos de la tierra para avivar la memoria y la dicha de segar el césped, de contemplar las flores amarillas de septiembre, de prender con las manos los frutos de la higuera, de aprovechar la sombra de los chopos, de hacerse, en suma, animal y alimento de su propio y vívido hábitat: “Que la vida, después de tanto afán,/ en realidad es poco más que eso:/ una siesta, las hojas de una hiedra,/ un remanso de verde y de frescura,/ el placer e sentir que respiramos”.

En su segundo apartado, “El emboscado”, la tenaz incógnita de las estaciones convoca un puñado de inspirados haikus donde se conjugan la esperanza, la lluvia, el alba, el mirlo…, y que se alzan frente al enigma de lo humano: “No reconozco/ al hombre que se asoma/ en el riachuelo”.

Como coda, “Aprendizaje”, memora el definitivo adiós de los seres cercanos y queridos (“Hoy uno lleva demasiadas pérdidas/ a cuestas como para, aún,/ creer en una muerte reversible”) y ahonda en la desposesión, en la soledad y desamparo que sucede a lo finito. Más aferrado de nuevo a la acordanza, a los instantes que fueron ventura, Juan Ramón Santos concluye un poemario intenso, honesto, donde aúna sabiamente lo terrenal y celestial; o lo que es lo mismo, el tiempo y el espacio que nos hace más libres, más humanos: “Hay lágrimas que llegan a destiempo,/ al cabo de los años,/ cuando mientras recoges la cocina/ se te viene a los labios a traición/ la copla que escuchaste tantas veces/ en labios de tu abuela”.

Para el amor o la nada

Los dioses destruidos
Lola Tórtola
Rialp. Col. Adonáis. Madrid, 2023

Distinguido con un accésit del premio “Adonáis”, Los dioses derrotados es el primer poemario de Lola Tórtola (1997). Un bautismo lírico que sorprende por la fuerza expresiva de su verso y la reflexión intrínseca que atesora su discurso.

Dividido en dos apartados, el primero que da título al conjunto y “Un destrozo endiosado”, el volumen converge en una conciencia que late por lo ido y lo futuro, que se busca en las huellas que trazaron una senda y en las pisadas que aún restan por andar. Porque la autora murciana se adentra en una escritura que se hace existencial y empírica, en un decir que aúna sus viajes extranjeros -Italia, Grecia…- y desvisten en sus singladuras la intimidad y el propósito de su ánima: “Voy a encargar un dios nuevo,/ lo haré a nuestra imagen y semejanza:/ pasará/ su bello cuerpo las noches en vela/ y no sabrá nada”.

Lola Tórtola se sabe inmersa en una realidad que pareciera presentar grietas, fallas por donde la vida se desequilibra (“Lo heredamos todo destruido”). Por eso, su anhelo es construir un diálogo común que sea alternativa al diario acontecer, que deje atrás lo artificial, lo vacuo y hable de frente con la naturaleza de lo humano: “He acechado el brillo, y avanzando por la cobertura de la sombra/ he encontrado el pliegue de la luz/ y me lo he puesto entre los dedos”. Y con esa lumbre, precisamente, el yo lírico va iluminando estas páginas donde también caben la memoria y el olvido, la dicha y la tristura, en una suerte de mapa íntimo que cartografía las regiones del corazón: “La única parte mía del caudal de mi vida/ será para el amor/ o la nada”.    

Lo que antaño fuese juventud, fantasía, afán, es ahora incertidumbre, recelo, complejidad. Mas queda esperanza, pues la edad no es ahora una simple ventaja, sino un valioso privilegio desde el que remontar la mirada y fundar un horizonte sin fronteras: “No temas si notas por dentro arder las venas”.

En suma, un libro para entender y entenderse desde lo profundo, para disfrutar de la exuberancia de un verbo honesto, legitimado en “el finito olor de la vida”.

Las palabras precisas

El cielo roto de Shanghái
Estefanía Cabello
Bartleby Editores. Madrid, 2022

Tras la publicación de 13 segundos para escapar (premio de poesía “Gloria Fuertes”, 2017), Estefanía Cabello dio a la luz La teoría de los autómatas (2018), premio “Valencia Nova” de la Institució Alfons el Magnánim. De aquel poemario, dejé anotado que la identidad del ayer y su mudanza se erigían en temática principal. A la escritora cordobesa, no le era posible volver el corazón a lo pretérito ni tampoco dejarse cautivar por la incertidumbre del mañana, pues sus párpados se abrían silentes hacia nuevos horizontes prendidos a la duración de lo vivido: “Crecer no es aprender a despedirse”.

Ella, y su poesía, han crecido en este tiempo y, de ello, da cuenta El cielo roto de Shanghái, un volumen que respira reflexión y lucidez y que se sostiene desde un yo vulnerable, inclinado hacia el estupor y la soledad, hacia los interrogantes que procura el lenguaje: “¿Cómo creer en las palabras precisas,/ cómo saber lo que está dentro de mí…?”.

Esa búsqueda interior deviene en la incertidumbre de una realidad ilimitada que roza lo onírico y se dirige sin premura a los territorios ya hollados. A sabiendas de que cuanto su boca pronuncie será espacio venidero por descubrir, la autora aprehende con mimo toda la semántica de su decir y la ofrece de forma puntual, certera. Y así, entrelazada al tiempo que inunda su circunstancia, alumbra los versos conjugando lo terrenal y lo mítico: “Todos estos caminos me unen a ti/ y el mirar a través de techos/ que se abren al mar. Has venido para mostrarme/ a Eros joven y a Eros adulto”.

Al igual que para Gaston Bachelard la casa natal era no sólo origen sino también, hogar de sueños, de ilusiones y de estabilidad, para Estefanía Cabello la poesía es la morada donde reconducir la patria de la infancia, el refugio donde refundar sus creencias. Y, desde esa sugestiva atalaya, su cántico alcanza su mejor expresión en este libro de madurados y preclaros acentos, pues su verbo se hace semilla y cosecha, piel y cuerpo habitables al son del ayer: “Yo solo hubiera ido hasta el final,/ porque solo se puede ir hacia el final/ y hasta el fondo,/ en lo que dice el ruido/ en mis ojos. Muy lejos de mí/ hay una niña que baila/ frente a un espejo y se pregunta/ si hace frío ahí fuera”.

El oro de ese tiempo

Poemas con patatas y una margarita
Ana María Drack
Torremozas. Madrid, 2023

En 1970, Ana María Drack editó el primero de sus diecisiete discos. Su música y su voz fueron cómplices de una generación de mujeres que encontró en la canción protesta un vehículo de expresión durante el periodo de transición político y social de nuestro país. En 1984, publicó el primero de sus cinco poemarios, Poemas con patatas y una margarita, que reedita ahora Torremozas.

    Dividido en tres apartados cronológicos, “1968 – 1973”, “1973 – 1978”, “1978 – 1983”, el volumen radiografía -en cierta manera- la situación de la mujer española en unas décadas en las que fue progresando hacia la liberación, la autonomía, la igualdad, y, sobre todo, hacia una identidad vital con plenos derechos. 

La autora ilicitana va tornando su verso en clamor y desahogo: “Ya no tengo el horario de agujas y calceta (…) Ya no espero impaciente/ que regreses a casa,/ no tengo que dar cuerda ya/ a ningún reloj./ Ahora escribo/ y soy libre de morir/ cuando quiera”.

Lo cotidiano se alinea con la memoria y se hace realidad concreta en un proceso de despojamiento y desposesión desde el que el sujeto poético consigue deshojar las ataduras e ir despertando desde sus propias virtudes. El verso se hace catarsis (“Me busco en las palabras/ de todo lo que escribo”) y renace con pureza a través de los pensamientos y los actos que van creciendo, que van renombrándose. Porque un velo amatorio, de mutua comprensión, quiere coronarse sobre todo cuanto está sabiendo a esperanza: “Me basta el hombre simple/ que entienda mis poemas/ y me quiera a destiempo/ (cuando no hay Luna Llena)./ Que comparta conmigo/ la cocina y la noche,/ que busque en el océano/ la razón de la vida/ y en la tierra sembremos/ entre los dos un árbol”.

     Lo narrado, lo evocado, lo fabulado, conforman una visión integradora de una conciencia confesional, que quiere reafirmar su dignidad, que anhela ocupar instantes espacios propios y comunes, y cuya aspiración primigenia sea el saberse en un universo justo e igualitario: “Comparto lo que oyes,/ lo que ves, lo que sientes,/ el oro de ese tiempo/ que devoramos juntos./ Comparto la distancia/ que compartes conmigo/ y, como tú, espero/ que encontremos respuestas”.

Lo inefable del asombro

Nada desaparece para siempre
Jorge Villalobos
Pre-Textos. Valencia, 2022

Con el aval del XXXVI premio “Unicaja”, se edita Nada desparece para siempre,de Jorge Villalobos (1995). Es la tercera entrega del escritor marbellí tras La ceniza de tu nombre, premio de la Crítica de Andalucía Opera Prima (2017) y El desgarro, premio “Hiperión” (2018).

Construido con precisión sobre una atmósfera de acentuado lirismo, el volumen recorre la relación del amor y la muerte en una suerte de canto vital y pleno de acordanza. El verbo se torna recapitulación que precede a una íntima toma de conciencia y desde el que se es capaz de reescribir una simbología visionaria, benefactora.

 “Aunque cueste aceptarlo, hoy ya sabes/ que la vida es aquello que dijeron:/ una casa, un trabajo, una familia”, se lee en el poema que sirve de pórtico. Consciente de que “el asombro, la aventura, lo inefable” fueron el anhelo que ahora marca distancias con la edad, el yo lírico busca redimirse de cierta orfandad que dejó en su interior la consumada experiencia de lo acontecido. Porque, como paisano del tiempo y su circunstancia, Jorge Villalobos se expresa sin máscara alguna dando paso a una oralidad de sabios y certeros ritmos, de milimétrica textura, de cromático impresionismo, con la que pretende, además, incidir en lo balsámico de la palabra: “Quiero que mi poesía sea útil/ que salve alguna vidas (…) Que estés a gusto en estas líneas/ como en las buenas camas de hospital/ modernas, que se elevan con un mando/ para que estés tranquilo./ Dedicar mis esfuerzos, que parezca un hotel./ Cada rincón con su metáfora/ y con su ambientador”.

El valor seminal de estos poemas ahonda en el originario esencialismo de un verso depurado, de reflexiva autenticidad, que sirve para dar cuenta de la contumaz búsqueda de lo trascendente. Y, aquí y ahora, el poeta cordobés alza lo mejor de su voz en textos clarividentes, que revitalizan su fidelidad creadora y que hacen de su grito enamorado, humano y lírico compromiso: “Lo más difícil de tu muerte/ no fue verte quieta en el ataúd,/ ni tampoco llevarlo a hombros,/ sentir el peso de la pérdida (…) Lo más duro fue besar una última/ vez tu frente/ helada, rígida, distante”.

En el mar del sentido

Nadie nos cuida en el sueño
Cristóbal Domínguez Durán
Pre-Textos. Valencia, 2022

Tras la edición en 2018 de Secuelas, premio “Arcipestre de Hita”, Cristóbal Domínguez Durán (1993) publica Nadie nos cuida del sueño, premio “Universidad Carlos III de Madrid”.

En uno de los poemas más breves del conjunto, el autor vejeriego concluye: “Quiero vivir/ una imagen nunca antes/ vivida”. Y, desde ese renovado imaginario, el sujeto poético se afana en indagar en otros universos desde los que establecer coordenadas carentes de lo racional e inventariar una cartografía intuitiva, en donde se presientan el eco de los ángeles o los fantasmas del sueño “que vuelven a decir/ palabras como quien acurruca/ en las manos madroños caídos”.

En el decir de Domínguez Durán hay una itinerancia identitaria con argumentos que alientan la ficción, que rozan otros entes capaces de hilvanar geografías atemporales. Claro que, para ello, es inevitable aceptar el devenir de espacios que permitan dirigir la mirada hacia lo mítico, lo utópico, lo alegórico: “Se manifestó un día/ igual que un ectoplasma/ pero su presencia, con el rostro/ lleno de cien ojos o más/ fue tan rápida que no alcancé/ a contárselos./ Sé que en algún momento/ antes de irse me dejó dos de esos suyos/ los dos con los que ahora veo/ observo los nervios secos de las hojas/ que caen y llena de Tierra/ la Tierra”.

Dividido en tres apartados, “Desvivirse”, “Nadie” y “Presencias en el sueño”, el volumen se alinea de manera unitaria en la reformulación de una existencia que siempre es consciencia y, en donde lo cotidiano, pueda ser desprendimiento o abandono, mas a su vez, alimento indisoluble para lo venidero. El poeta gaditano anhela advertir de la pureza que sigue anidando en su pretérito y su mañana, y mediante la tensión versal de su discurso tender puentes para ser cómplice de todo aquello que pueda saber a enigma y a presagio: “Argonautas o leños flotando/ en el mar del sentido (…) Algo tartamudea/ desde el fondo/ del cerebro/ pero quien está ahí/ e intenta expresarse/ terminará por ser/ entendido (…) Para no llegar al colapso/ estar siempre en la búsqueda/ de nuestra propia interpretación/ No preferir nunca/ la ignorancia/ no preferir nunca/ no escribir”.

Tras las huellas de la arcadia

Y me llamaron Ashé
Walter Lingán
Editorial Adarve, Madrid, 2022

Walter Lingán tiene ya un largo recorrido en el oficio de narrar ficciones, así como en el activismo cultural que inició en la década de los años 70 y prosiguió en Alemania, a donde inmigró en 1982. Una larga lista de publicaciones ha ido consolidando una valiosa e interesante producción narrativa que espera aún una valoración de la crítica especializada. La variada producción temática de este escritor abarca desde el género fantástico, como la novela Un cuy entre alemanes, hasta el realismo social como en Koko Shijam, El libro andante del Marañón, y funde en su obra una visión actual del país, así como también la impronta de un escritor peruano de la “diáspora”.

En su reciente novela, Y me llamaron Ashé, (Editorial Adarve. Madrid. 2022. 472 pág.), Lingán vuelve al realismo para recuperar y rememorar esa arcádica infancia y el niño que habita en cada uno de nosotros. El regreso a San Miguel de Pallaques (Cajamarca-Perú) está teñido tanto de la infaltable nostalgia que afina la vena poética del narrador como de la visión crítica e irónica del pasado que en muchos pasajes coquetea con un tono carnavalesco. Recordando San Miguel y el año de su nacimiento Ashé, 1952, dice el narrador/protagonista:

“…que en aquel entonces era una aldeíta encimada en la Cordillera de los Andes. Por esos años el Perú era gobernado por un regordete general que respondía al nombre de Manuel Odría, un militar golpista… (pág. 15).

El ejercicio de memoria con que el narrador/protagonista (Ashé) irá reconstruyendo su pasado y el de su pueblo sobre el fluir de sus recuerdos va a navegar entre dos aguas: el recuerdo poetizado de un tiempo pasado y una visión crítica del momento que le toco vivir, ambos condimentados de un humor blanco que no resta fuerza a la denuncia social, tono acorde con la visión del niño o el adolescente que lo experimentó, pero que es narrado desde un tiempo posterior a los hechos, a la manera de una autobiografía. Esa reconstrucción es también la de San Miguel, que vive y crece como un personaje más, y es un referente constante en la novela. Así también está descrita la épica de los campeonatos de fútbol donde los héroes alcanzan la gloria del triunfo o sufren los reveces de la derrota.

“Esos trofeos eran disputados a sangre y a goles. Infinidad de veces volaban pedazos de uñas de los pies acompañados con pedazos de cuero sangrante. Como nunca perdimos, con esos trofeos llenamos la sala de la señorita Olga Linares”. (Pág. 44)

Por como suelen aflorar los recuerdos, el tiempo en la novela no es lineal. La narración va y viene siguiendo el curso asociados a hechos, anécdotas o personajes, pero los días y los meses transcurren, las inquietudes de la infancia van quedando atrás y con la llegada de la adolescencia van aparecen otras nuevas. El surgimiento del deseo, el descubrimiento del amor, las penas del desamor hacen carne en los personajes trastocando su mundo y transformando el humor blanco de la niñez en la picaresca de los aprendices de adultos.

“Uf, por primera vez la miré y descubrí lo rica que era. Puta madre, qué guapa que es la Colorada, pensé mientras la observaba, le hacía ojitos. Y ella también parecía mirarme, pero en realidad yo no era objeto de sus ojos”. (Pág. 200)

Surge también otra épica, la del héroe apasionado que ha de vencer a las fuerzas que se oponen a que su amor se consume. “Nada detiene a un Homo sapiens enamorado”, dice el narrador al ver cómo la familia de la nada desaprueba su relación con la “Colorada” y la someten a una severa vigilancia que el enamorado debe burlar para poder conquistarla.

Junto con la épica del deporte convive con una épica por obtener una educación que les permita lograr la superación personal y un futuro mejor; desde los esfuerzos por conseguir los útiles escolares mínimos para la primaria y secundaria en San Miguel, hasta buscar los recursos para estudiar en una universidad en Lima a donde Ashé es mandado luego del sonado escándalo por haber “robado” a la “Colorada”.

“Después fuimos a su habitación que tenía en la vivienda universitaria. Mira, hermanito, aquí puedes estudiar, pero que alguien te de para los pasajes. Aquí, como sea la pasamos. Mira, en este cuartito dormimos cinco, estamos apiñados, tú ya no alcanzarías, hermano. Todo está en que tengas alguien que te apoye…”. (Pág. 368)

Y me llamaron Ashé es también la historia de un migrante provinciano en la capital, sus avatares son los mismos de todos aquellos que intentan probar fortuna en Lima, pero estos avatares no son contados desde la crudeza que pudo tener en el momento que ocurrieron, sino que han sido destilados y curados con el bálsamo del tiempo transcurrido, esa curiosa alquimia los torna en recuerdos añorados, parte indesligable de una existencia que cobra sentido en el ejercicio del recuerdo y que son suficientes para justificar una existencia. San Miguel de Pallaques es el cordón umbilical que une y da sentido a todos los personajes, el escenario constante de la novela, independientemente del lugar donde suceden los hechos narrados, la arcadia a la que todos desean volver o intentan recuperar, el gran retablo de las ensoñaciones colectivas, la indeleble impronta grabada en cada uno de ellos. Con esta novela, Walter Lingán pinta su aldea para crear un universo y tender un dulce camino de retorno a la infancia.