Santa María de Guía, isla de Gran Canaria, 1967. Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid. Ha trabajado en medios de prensas provinciales y nacionales, así como en distintos gabinetes de comunicación. Ha publicado las novelas Por si amanece y no me encuentras, Los años baldíos, Un hombre solo y sin sombra, Cómo ganarse la vida con la literatura, Las derrotas cotidianas, Los suplentes, Sentados, Queridos Reyes Magos y Yo debería estar muerto. La novela corta El motín de Arucas, el libro de relatos, El Parque, los libros de aforismos y relatos cortos, Tierra de Nadie y Equipaje de mano. Y los libros de poemas Tiempos de Caleila y Una Noche de Junio (accésits en el Premio de Poesía Ciudad de Las Palmas de Gran Canaria), y El Color del Tiempo (Premio Esperanza Spínola). También ha publicado un libro de memorias de infancia titulado Música de papagüevos y la recopilación de artículos de opinión Psicografías.
Estrellas fugaces
Ella saltaba las olas como si siguiera siendo niña.
Tenía una promesa con Neptuno que nunca me contó.
Yo iba golpeando el agua por la orilla de la playa,
agitaba aún más la espuma que removían las olas
y dejaba que cientos de gotas saltaran luminosas por el aire.
Por unos segundos las gotas se volvían bellas y eternas,
brillantes destellos que encandilaban como estelas oceánicas,
chispeantes esquirlas que plateaban la quietud de la tarde.
Pensé en nosotros, en ella y en mí, pero no dije nada.
También éramos gotas que brillábamos en medio de los charcos.
No le dije que tras el fulgor volveríamos al anonimato de las aguas.
Ella seguía saltando las olas y de vez en cuando me besaba.
Yo creo que iba pidiendo los mismos deseos imposibles
que se le piden a todas las estrellas que nacen fugaces.
Mar de otoño en primavera
Este mar triste de otoño en primavera,
una avenida que atardece mojada por la lluvia,
bufandas que ya estaban olvidadas en los cajones,
paraguas que rompe el viento de la costa,
y tú tratando de explicar por qué me dejas.
Aún recuerdo cada una de tus palabras
confundidas con el olor de la tierra mojada
y la brisa de mar adentro que traía el viento.
No es que no me quisieras,
ni que hubieras dejado de adorarme.
Según tú fue el tedio, el hastío,
los domingos aburridos e interminables.
Dices que no hay otro, ni otra, ni ninguno,
que es parte de la vida esta derrota.
En fin, que el futuro te regale divertimentos,
que nunca más te venza la desgana y la monotonía,
ni el desamor, ni el desencanto,
ni te quedes jamás, dios no lo quiera,
ante uno de estos mares tristes de otoño en primavera.