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De un lado de la reja, el prisionero;
del otro, el hombre libre.
Un tercero sentado al borde de la reja:
"¿Cuál es el prisionero cuál
el hombre libre?".
Ellos tampoco saben cuál es
el prisionero y cuál el hombre libre.
Los confunde la reja y el tercero
de arriba que vuelve a preguntar:
"¿Cuál es el prisionero cuál
el hombre libre?".
Y después les anuncia: "Yo soy
el tercero sentado en el borde de la reja",
y más adelante: "Se terminó
la última visita".
El hombre libre se sienta.
El prisionero no viene a verlo más.
Artemisa, 1983
Hubiera preferido cantar blues
en cualquier pequeño sitio lleno de humo
en vez de pasarme las noches de mi vida
escarbando en el lenguaje como una oca.A. P. (DIARIOS)
Porque tú no querías ni siquiera
vivir. Ser un cuerpo más
entre millones y millones de cuerpos
maldiciendo la forma caprichosamente amable
en que fueron colocados sobre el Universo.
Nadie contó contigo
para alistarte en el Mundo. Para inscribir
tu nombre y tu rostro en la Gran
Nómina. Nadie
te preguntó si querías llamarte Alejandra
Pizarnik y nacer en Buenos Aires un día
y a una hora del año 1936.
¿Por qué entonces
no clavaste tus níveas encías
en las paredes del vientre de tu madre y gritaste
como la posesa que fuiste (ya en vida ya
en muerte) hasta que se le reventaran
los tímpanos al Creador y de pura
compasión te descreara?
Tenías el valor. Tenías las manos limpias
y algunas buenas razones. No nos culpes ahora
por ese bar de mala muerte
al que te confinaron para cantar blues
por toda la eternidad por
toda la eternidad por
toda la eternidad...
de Claudiantonia
En el tatuaje de tu espalda
consigo adivinar las líneas que faltan en las palmas de mis manos.
Sobre la tinta verde se despliega la angosta geografía que alguna vez
configuré en un sueño y nunca más y nunca volvió a rasgar con su filosa realidad
el entusiasmo de mis noches. Ahora recorro el paisaje el dibujo
encerrado la silenciosa explosión que retiene tu piel como un mensaje para nadie
escrito en una piedra invisible y lanzado con amorosa furia y para siempre
al abismo del mar.
Confusión de los peces
que se refugian en torno y murmuran con acento grave la voluptuosidad
de la grafía el sonido interior las canciones el peso de los significados
que ahora asciende y yo escucho encima de este océano inmenso mal repartido
entre la severidad de mi insomnio y el sabor el vaho la amarga paz
que despide tu cuerpo al dormir.
A duras penas
logro separar la corporeidad del vacío y los alegatos de la alucinación. Grabo
en el aire una falsa leyenda y comienzo mi lectura de la soledad
con un gesto aprendido a propósito en las madrugadas de ayer. Hay
una predestinación en la agonía no despiertes ahora duerme finge
que estás viva duerme no despiertes nunca.
Si al menos
cesara el tableteo del reloj su inclemente neón arrojando números a la pantalla
con la misma celeridad con que avanzan las sombras hacia
las fantasmales afirmaciones del espíritu ¡si irrumpiera al menos en la habitación
la memoria de este instante grabado con lava rencorosa en el mapa
de una vida anterior! Yo sabría qué hacer cómo acunar la lengua del dragón
para que fuera salterio su fuego y no himno crónica de la miseria y no
recuento miserable del fuego común respirando por la lengua de los dragones
comunes para complacer el hambre de fiesta de este circo ya no
humano que desborda sus graderías de aplausos sombreros al viento vivas
al dragón que sufre en silencio porque nadie comprende su ademán
su grito su mueca profunda detenida en la alta noche sobre la espalda
de una mujer desnuda.
Duerme.
Ya no tienen remedio los caminos que erré. Encontrarán su castigo en los tribunales
del alba. No despiertes ahora duerme no conozcas mi nuevo rostro.
Ruego porque no hayan entrado a tu sueño los artificios de mi dolor duerme.
No escuches ni siquiera mi ruego. Duerme duerme no despiertes ahora.
Nunca
Bogotá, 1994
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Imagen de portada:
"José Martí"
Damaris Betancourt. 2005