Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Mayo 2007. Año uno. Número uno

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Datos de la revista, mayo 2007, año 1, número 01
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Notas (para una conversación) sobre la diáspora cubana

Jorge Luis Arcos

Página 2

En primer lugar, en su conocido soneto "Oda a la piña", donde, como ha apuntado Cintio Vitier, se revela la primera diferenciación, a través del contrapunteo de las frutas. Si los poetas hispanoamericanos, al decir de Pedro Henríquez Ureña, "cantaron en odas clásicas la romántica aventura de la independencia", Zequeira, a pesar de su españolidad radical -era militar y defendió la corona española contra los independentistas americanos-, era, acaso para su pesar, también poeta, e inaugura, junto a Manuel Justo Rubalcava, la primera subversión. Con la retórica neoclásica e imaginería grecolatina, Zequeira va a prestigiar un fruto de la tierra "cubana" para igualarlo con los de la metrópoli. Por eso Cintio afirma que el separatismo comenzó por la pelea de las frutas. Pero había dicho que "acaso a su pesar", porque Zequeira (que escribía tan bien o mejor que sus modelos peninsulares) nunca fue bien ponderado como poeta en la isla del azúcar que en el fondo detestaba, y sufrió amargamente por ello. Su caso es notoriamente escandaloso o subversivo: se oponía a la cultura de la clase emergente, la sacarocracia criolla, hija del boom del azúcar, y se refugiaba en la cultura anterior, casi patriarcal y hacía el elogio del cultivo del tabaco y no de la plantación azucarera. En este sentido, Zequeira era un reaccionario o, por lo menos un conservador, sobre todo porque, más allá de la condicionante económica, que no ética, de progreso capitalista con mano de obra esclava, se situaba en las antípodas de la clase que a la postre propició la lucha por la independencia, aunque, como se sabe, en el caso de Cuba, con un notable retraso con respecto al resto de los países hispanoamericanos, lo cual va a marcar una significativa singularidad histórica que, en parte, ha condicionado otras posteriores, hasta llegar a la última que padecemos hace casi ya medio siglo, aunque ya agonizante: la revolución cubana, que tiene el dudoso mérito de haber propiciado una de las diásporas más largas y dramáticas de la historia contemporánea.

Pero la impronta de Zequeira, que rebasa con mucho la estrictamente literaria, para alcanzar connotaciones psicosociales de diversa índole, no queda ahí. Con su poema "La ronda verificada la noche del 15 de enero de 1808", Zequeira escribe el texto más raro para comenzar una literatura nacional: con un "yo" inicial que puede anticipar el de Versos sencillos de Martí, el poeta se transfigura, para los otros que no le reconocen, en muerto, esqueleto, fantasma, extranjero, anfibio, animal prehistórico... Confunde, para colmo, las letras con la armas. En una suerte de viaje interior por las murallas de la ciudad el poeta realiza un viaje hacia la (des)identidad, y siente incluso ese "yelo", ese frío que muchos años después distinguirá a Casal y finalmente a Lorenzo García Vega. Se debe reparar también en que la confusión de las letras por las armas apunta ambiguamente tanto a su no reconocimiento como militar como a su identidad de poeta. Ya en otro soneto se había expresado Zequeira "Contra la guerra". Es decir, se siente extrañado de sus dos cualidades sobresalientes: militar y poeta. No es casual entonces que termine refugiándose en una locura poética con el don de la invisibilidad y con un significativo delirio de grandeza; locura poética también anticipada en sus "Décimas", donde inaugura otra corriente marginal de nuestra poesía: el disparate, que llega hasta otro poeta alucinado: Samuel Feijóo. Es curioso que aquí el poeta prolongue el equívoco inicial de Colón, cuando pensaba haber arribado, como Marco Polo, a la tierra del Gran Khan... Dice Zequeira: "Carlos XII, rey de China...."

En fin, he querido hacer preceder mis reflexiones sobre el tema de la diáspora con el recuerdo de este otro viaje simbólico, interior, que tiene tanto en común con otros viajes muy contemporáneos dentro de la llamada corriente del insilio insular, suerte de exilio o destierro dentro de la propia isla, es decir, dentro de las invisibles murallas de la isla o ciudad. Por cierto, esta imagen me recuerda el título de una antología de poesía muy querida por mí, Doce poetas a las puertas de la ciudad, compilada por Antonio José Ponte, donde un grupo de jóvenes poetas de la llamada generación de los ochenta se dan a conocer como habitantes de una periferia, unas márgenes, una suerte de limbo fantasmal dentro de una ciudad ya en ruinas. No es ocioso indicar que la mayoría de ellos optaron por marchar al exilio, y que algunos conformaron el grupo poético conocido como Diáspora (s). No por gusto tampoco, un poeta suicida, Angel Escobar, y que llevó el tema o, mejor, la trágica vivencia de la desidentidad, hasta lindes indecibles, parafraseara una frase de Cintio de Lo cubano en la poesía y se preguntara de nuevo pero desde otro espacio-tiempo, desde otra sensibilidad y diferente percepción de la realidad: "¿Dónde están ahora los muros de nuestra fundación?" El otro poeta suicida, Raúl Hernández Novás, en la estela de Casal y de Lezama, emprende en su poesía incesantes viajes simbólicos, llega a crear incluso una suerte de geografía simbólica, visionaria, y en uno de sus poemas arquetípicos escribe. "Ya no basta la vida. Hay que viajar"

IV

Pero regresemos a la historia. Extinguida, como en otras islas de las antillas, la población aborigen, Cuba se convierte muy rápidamente en una tierra de inmigrantes. En primer lugar, por vocación o destino militar o económico, aunque también como posibilidad para limpiar pasados conflictivos, se dan cita allí españoles de diferentes procedencias. En segundo lugar, por esclavitud forzada, son arrancados de o comprados en su tierra y llevados a aquella isla, para ellos entonces nada paradisíaca, africanos de diferentes etnias y culturas. De la población aborigen, ya en la primera mitad del siglo XIX, apenas quedaban sobrevivientes, lo que le hace decir a Plácido en versos significativos: "Hoy vagan como las hadas al resplandor de la luna". De manera que lo cubano finalmente se conforma por adición primero, y por mezcla posterior, después, de dos culturas foráneas, sobre la base de la desaparición de la población original y de la salvaje esclavitud de otra. Suerte de pecado original que le hace reparar a Heredia en "las bellezas del físico mundo y en los horrores del mundo moral", y a Martí en que "la esclavitud de los hombres es la gran pena del mundo". No habrá pues apenas resistencia en esa "triste tierra", para Miguel Velázquez ya en el siglo XVI, "como tierra tiranizada y de señorío", para la inmigración. Simbólicamente había que llenar un pavoroso vacío. Una cultura había quedado sumergida, y sólo podía ser recuperada como mito. "Con un cocuyo en la mano / y un gran tabaco en la boca / un indio desde una roca / miraba el cielo cubano", escribió el Cucalambé, que continuó la tradición del disparate de Zequeira, como sobre todo después Seboruco. A mediados del siglo XIX se trata de camuflar la protesta separatista con una provisoria recuperación de nuestros orígenes con la corriente poética nombrada como siboneyismo. Por cierto, acaso no sea ocioso indicar que los aborígenes cubanos habían emigrado hacia la isla desde el continente, desde Centroamérica y muy especialmente desde la actual Venezuela. Eran, en cierto modo, restos venidos a menos de antiguas culturas precolombinas. Con posterioridad, ya en el siglo XX, hubo una emigración de braceros yucatecos hacia el oriente del país, que Manuel Moreno Fraginals cree que es la causa equivocada de que se piense en la supervivencia de aborígenes cubanos, porque todavía pueden apreciarse rasgos anatómicos de los llamados indios en regiones como Baracoa, por ejemplo, que se ha mantenido más aislada que otras regiones del resto del país. Otra migración significativa, esta francesa, sucedió también en el oriente como consecuencia de la Revolución de Haití. Otra menor, jamaicana, de negros hablantes de inglés. Pero, sin duda, la más significativa culturalmente, luego de la española y la variadísima africana, fue la china, desde fines de la segunda mitad del siglo XIX y que se mantuvo viva hasta la década del cincuenta del siglo pasado.

No por gusto se ha escrito mucho sobre la capacidad de la isla para asimilar culturalmente la inmigración; de cómo -a diferencia, por ejemplo, con el destino de las diferentes migraciones en los Estados Unidos- la primera generación nacida de inmigrantes foráneos ya se comporta y es asimilada como netamente cubana, ayudado esto, además, por una poderosa mezcla étnica y cultural. Es decir que, con la excepción de una emigración política muy de élites durante casi todo el siglo XIX, pues solo hacia su final, con motivo de la devastación de la riqueza material del país por las dos prolongadas y cruentas guerras de independencia, no se comenzaron a establecer las primeras colonias de cubanos, en su mayoría pobres, en los prósperos Estados Unidos, Cuba ha sido históricamente un país receptor de inmigrantes. E, incluso, esta última migración aludida, se atenuó mucho con el advenimiento de la República, y no es hasta la décadas del cuarenta y del cincuenta cuando de nuevo, por motivos políticos pero también por motivos económicos, comienza a haber una cierta emigración hacia los Estados Unidos, para nada desemejante de otras de diversos países hispanoamericanos, en lo que influía mucho sin duda la muy acentuada relación cultural entre Cuba y el país del norte, que, a partir de la guerra hispano cubana norteamericana del 98, con las sucesivas ocupaciones militares norteamericanas y su poderosa impronta económica y cultural, llegaron a convertir a la isla en la primera neocolonia del mundo occidental y marcaron para siempre, para bien y para mal -como suele suceder en estos casos- la cultura cubana contemporánea, al punto de que un ensayista del renombre de Roberto Fernández Retamar ha llegado a reconocer que, por las peculiaridades de la historia insular, Cuba es el país más español y más norteamericano de Hispanoamérica. Mucha de la discutida impronta cultural de la llamada globalización, acaecida después del fin de la Guerra Fría, que hoy conoce o padece incluso la Europa del primer mundo, fue un fenómeno acaecido en Cuba durante alrededor de medio siglo de República.

V

Una digresión necesaria: Está todavía por estudiar en profundidad el peso real, múltiple, negativo y/o positivo, de la cultura norteamericana en la conformación de la cultura cubana contemporánea. Ya hay interesantes estudios recientes que abordan esta insoslayable problemática desde el punto de vista de la música, la imagen cinematográfica, el deporte, la educación, la arquitectura, los numerosísimos anglicismos, y un sin fin de hábitos psicosociales y culturales en general. Sospecho que este conocimiento se asentará en un futuro no muy lejano. La conocida polarización entre la revolución cubana y el imperialismo norteamericano, más la propia historia anterior, han conspirado para que no se tenga un conocimiento objetivo de esta importante faceta de la llamada identidad cultural cubana. Pero esa relación existe, y es muy poderosa; y creo que no tengo que aclarar porqué se ha producido en un sentido sobre todo, desde Estados Unidos hacia Cuba, aunque a la postre termine por producirse el movimiento inverso. Esto es, una vez creada la impronta cultural, esta deviene con el tiempo una necesidad, y su brusca castración (a veces se tiene la turbia e inquietante sensación que se trata apenas de una posposición), en un corte traumático en el mismo cuerpo de la cultura cubana. Tal vez por ello el llamado american way of life, en muchas de sus manifestaciones culturales (me es indiferente ahora elucidar, valga aclarar de nuevo, si en un sentido negativo o positivo, porque eso introduciría un grado de subjetividad difícil de definir), no haya podido ser borrado del imaginario colectivo de la nación cubana. Y, en gran parte, una zona decisiva de la llamada diáspora cubana se verifique en ese país. Solo quiero finalmente hacer una advertencia: que ello a la postre ha redundado en un enriquecimiento cultural para Cuba (y no para los Estados Unidos, donde la impronta cubana es casi nula), relación típica, como ya advirtió Fernández Retamar en Calibán, de este tipo de confrontación cultural entre un país poderoso y otro dependiente... En este sentido, ciertamente, Estados Unidos está muy lejos de haber aprendido las lecciones positivas del imperio romano, y de su prolongación con el imperio colonial español. Aunque eso sí, quién lo duda, su impronta cultural es objetivamente poderosa (que Martí llegó a ilustrar con el oxímoron de una civilización devastadora). Curioso que no haya quedado casi ninguna impronta de la larga presencia de la Unión Soviética y de los llamados países hermanos de la Europa de Este (a los que Lezama llamaba, por cierto, con evidente choteo cubano, la Moscovia....), a no ser dentro de una élite cultural y sólo con referencia a otra élite cultural de aquellos países -pienso en el excelente cine de élite soviético, polaco, húngaro, checo... Su influencia, impuesta artificialmente, fue también devastadora, al menos durante una década, pero no perdurable en términos culturales. La percepción general ha sido de resistencia cuando no de rechazo. Acaso habría que estudiar, como ejemplo de una perniciosa influencia, los hábitos totalitarios, que sí han creado una percepción psicosocial de la realidad muy semejante. Porque por muy negativo que pueda ser para la conformación integral de una persona lo nocivo de la exportación globalizadora del llamado american way of life, más nocivo ha sido sin duda la suplantación absoluta de la persona dentro de un estado totalitario, donde desaparece por completo la posibilidad de elegir o disentir. Creo que, paradójicamente, los tres componentes conformadores de la identidad cultural cubana: la africana, la hispana y la norteamericana funcionaron como un valladar frente a esa invasión en cierto modo bárbara. Hoy, lamentablemente, con respecto a los Estados Unidos, acaso parece a punto de cumplirse la reiterada profecía del conocido poema de Kavafis, "Esperando a los bárbaros".

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