Otro lunes. Revista Hispanoamericana de Cultura. Mayo 2007. Año uno. Número uno

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Datos de la revista, mayo 2007, año 1, número 01
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Notas (para una conversación) sobre la diáspora cubana

Jorge Luis Arcos

Página 3

Y, por último, otra pregunta al parecer obvia, pero creo que pertinente. Se nos ha dicho y se le dice todavía al pueblo de Cuba que de no hacer triunfado la revolución, la influencia del american way of life terminaría por hacer desaparecer nuestra identidad cultural como nación. Pero, ahora mismo, no veo otra influencia cultural más constante, ni más poderosa en Cuba que esa; y, además, ¿es que los argentinos, los mexicanos, los peruanos, los brasileños, los venezolanos..., han perdido acaso sus identidades culturales? Después de cuantiosos siglos de dominación romana, no sólo las particularidades regionales no desaparecieron, sino que a la postre emergieron de ellas los estados nacionales, las lenguas romances, etc. Después de otros varios siglos de conquista y colonización españolas, América Latina es un fresco de diversidades culturales regionales. Bueno, los ejemplos podrían ser innumerables. Pero ¿cuál es la cultura que se quiere salvaguardar con la revolución en Cuba, más allá de sus notables éxitos iniciales de justicia social y de expansión de la educación y la salud, a los que no debe renunciar, por cierto, ningún país, si actualmente la juventud de ese país sólo piensa en emigrar y espesar todavía más una diáspora, es decir, una dispersión sin paralelo ni antecedente en la historia de Cuba? Diáspora trágica, por lo demás, porque a diferencia de otras migraciones que suceden ahora mismo, esas personas no pueden en su gran mayoría volver a regresar a vivir a su país, donde pierden por el solo hecho de irse, todos sus derechos. Aquí, salvando las distancias, ¿no funciona una perversa lógica casi fascista?

Regresando a la historia, no es ocioso tampoco recordar que las guerras de independencia no marcaron el cese de la emigración española hacia la mayor de las Antillas, antes bien esta se mantuvo incesante hasta después de la Guerra civil española inclusive. Todo esto confirma el hecho objetivo de que Cuba fue, preponderantemente, un país receptor de inmigrantes hasta el fecha y el acontecimiento que divide en dos mitades, dos épocas al siglo XX insular: la revolución cubana del primero de enero de 1959.

VI

Según el tema que nos ocupa -y al que trataré de ceñirme en la medida de lo posible a partir de ahora-, el paulatino acrecentamiento de esa diáspora habría que datarlo inexorablemente a partir de esa fecha. Sospecho que de no haber ocurrido la revolución, Cuba no hubiera seguido un derrotero desemejante al del resto de las naciones hispanoamericanas con respecto a la cada vez más creciente migración hispana hacia los Estados Unidos, país donde, como dijera en una ocasión Beatriz Garza, la creciente emigración hispana amenaza con subvertir el conocido verso de Rubén Darío en su "Oda a Roosevelt": "¿cuántos millones de hombres hablaremos... español?", aunque eso no pasa de ser una hipótesis muy relativa. Por lo demás, estos trasvasamientos culturales ocurren a muy largo plazo, y de lo que se trata ahora es de historiar y problematizar la historia pasada más reciente hasta llegar a la actual.

En una primera etapa, ocurrió una emigración, digamos, clásica, dentro de la lógica de las revoluciones. En un principio, emigraron los representantes del régimen depuesto, directamente comprometidos con la tiranía de Fulgencio Batista. En una etapa inmediatamente posterior, cuando comenzaron las nacionalizaciones de empresas norteamericanas, emigró la mayor parte de la burguesía cubana estrechamente vinculada al capital norteamericano e, incluso, una buena parte de los empleados de esas empresas, a los que se les denominaba como aristocracia obrera. Hasta aquí todo parecía hasta cierto punto previsible, como también la suerte de guerra civil que comenzó con la derrotada invasión de Playa Girón con la complicidad del gobierno de Estados Unidos. Pero entonces ocurrió una vuelta de tuerca más y esa fue la proclamación del carácter socialista de la revolución, lo cual era un paso no previsto ni siquiera por la plataforma ideológica del Movimiento 26 de Julio, contenida en parte sustancial en la defensa conocida como "La historia me absolverá" y en posteriores declaraciones públicas del propio Fidel Castro, tanto durante la insurrección armada como inmediatamente después del triunfo revolucionario. Esta última radicalización ya sí motivó la emigración de una mayor cantidad de personas que, incluso habiendo participado y/o apoyado la insurrección armada contra el régimen anterior, no profesaba, por prejuicio o por convicción, el credo marxista-leninista. Finalmente, la instauración de un solo partido, una sola prensa, etc., típico de los regímenes totalitarios, y la implementación en 1968 de la llamada "ofensiva revolucionaria", la cual, a diferencia incluso de la experiencia de otros países socialistas, borró toda rastro de pequeña propiedad privada, con la excepción de las tierras que habían sido otorgadas al campesinado, profundizó todavía más el abismo entre el poder revolucionario y una buena parte de la población. Simultáneamente, la persecución a los homosexuales, que condujo durante un tiempo a la creación de los tristemente célebres campos de concentración o UMAP, la persecución religiosa y, en general, la persecución de todo aquel que no se ajustara a un estricto patrón social e ideológico diseñado por el gobierno revolucionario, continuó eliminando de la vida social a vastas porciones de cubanos. En general, se proscribía la diferencia, la diversidad que le es inherente a toda sociedad y a la propia naturaleza humana. A fines de la década del setenta, ya puesta en marcha la "ofensiva revolucionaria", se apostó toda la economía del país a una zafra de diez millones de toneladas de azúcar que al fracasar dejó al país en la ruina. Una de sus estrafalarias justificaciones ideológicas, que recuerdan ciertos experimentos voluntaristas chinos cuando la llamada revolución cultural, consistía en la construcción simultánea del socialismo y el comunismo. Así como la utopía de un hombre nuevo que viviera según una ética comunista basada solamente en estímulos morales y no materiales. Pero se olvidaba que la utopía comunista no preconizaba la miseria generalizada como estado permanente de la población. Incluso la teoría marxista clásica preveía la construcción del comunismo en sociedades desarrolladas. Pero, en fin, no es mi objetivo historiar pormenorizadamente la historia de la revolución cubana sino señalar cómo en su propia naturaleza, en su mismo proceso de desarrollo, estaba implícita la decantación de porciones significativas de su población, más allá incluso de aquella que podía asumir una posición abiertamente contrarrevolucionaria. Ya a principios de la revolución, ante el miedo de la educación atea y comunista, una campaña de la oposición que preconizaba la pérdida por parte de los padres de la patria potestad, dejó el triste saldo de miles de niños enviados sin sus padres a los Estados Unidos, que fue conocida como operación Peter o Pedro Pan, y que finalmente obligaba a sus padres a tener que marchar a toda costa hacia el exilio. Se debe recordar que el gobierno revolucionario, sobre todo en la década del sesenta, enfrentó una oposición armada dentro de la propia Cuba, con el apoyo, siempre inoportuno, de los Estados Unidos. Esa fatal ingerencia de sucesivas administraciones norteamericanas, bloqueo mediante, y que alcanzó su cúspide más dramática con la Crisis de Octubre, dejó preparado el terreno para una eterna paranoia de guerra, de estado de excepción perpetuo que, a la postre, parecía justificar la pérdida de casi todas las libertades civiles y que terminó instrumentando una sutil o abierta represión, según el caso y la coyuntura, ya no contra los enemigos directos de la revolución sino contra todo aquel que disintiera mínimamente de los lineamientos de la política castrense. Se perdieron los márgenes, los matices, se borraron las diferencias. Se era revolucionario o "gusano". En definitiva, la revolución cubana es un ejemplo de cómo ninguna revolución o cambio social, por altruistas que puedan ser sus utopías de justicia social, puede coartar la libertad del individuo, ni mucho menos darse el lujo de prescindir de partes apreciables de su población, porque esas víctimas ¿de quien sino de la propia revolución serán víctimas? Esto para no referirme al costreñimiento de los derechos de la persona, sin los cuales no puede prosperar ninguna verdadera democracia ni ninguna utopía redentora.

La historia posterior es más conocida. Luego de la debacle económica de la zafra del setenta, donde se vio implicada toda la economía del país, con la previa eliminación de todo resquicio de pequeños comercios, de servicios, de pequeña propiedad, el país se encontraba en la ruina más desoladora. Entonces no se encontró otra alternativa que la dependencia económica de la URSS y la entrada de Cuba en el CAME. El sueño de independencia volvía a ser seriamente mediatizado. Si bien Cuba pudo salir relativamente a flote gracias a los subsidios soviéticos, una muy relativa y siempre precaria mejoría material no pudo apreciarse hasta la década de los ochenta. Ni el despegue económico ni el hombre nuevo advenían nunca. Precisamente en el año ochenta, cuando el éxodo del Mariel hacia los Estados Unidos, se puso de manifiesto que, como dijera Horacio a Hamlet, había "algo podrido en el reino de Dinamarca", porque entonces los que emigraban masivamente no eran los personeros del régimen anterior, ni la burguesía cubana, sino en su gran mayoría jóvenes "formados" incluso durante la Revolución. En esta ocasión, se hizo evidente, ya desde una perspectiva ética incluso, el fin de la llamada Revolución. Se organizaron los -ahora mismo de nuevo retomados- mítines de repudio públicos de corte francamente fascista contra las personas que manifestaban su deseo de abandonar el país y que eran vejadas sin piedad hasta en sus propias casas. Se les llamó entonces "escorias" y, para colmo, se les vinculó, en un alarde de homofobia pocas veces visto en la historia, con los homosexuales. Un títular de Granma proclamó en primera página: "¡Que se vaya la escoria, que se vayan los homosexuales!". Simultáneamente, se realizó una purga en las universidades para expulsar a los homosexuales o a todo aquel que no se comportara dentro de los parámetros de la más pura ortodoxia ideológica, a lo que se le llamó "proceso de profundización de la conciencia comunista". Fueron "invitados" a abandonar el país delincuentes comunes que cumplían largas penas de cárcel, amén de presos de conciencia, que se encontraban en las cárceles cubanas. Asimismo, embarcaron a enfermos mentales que vivían sin familia en hospitales psiquiátricos. Todo para tratar de dar la imagen de que se iba "la escoria" de la sociedad. Recuerdo a conocidos míos que fingieron ser homosexuales para irse del país. Recuerdo también, y esto todavía es más triste, a homosexuales jóvenes que querían creer y participar en la Revolución y que se marcharon simplemente porque tenían un legítimo miedo. Piensen un momento en esto: jóvenes que tienen miedo de vivir en su país. ¿Qué revolución se puede fundar con estos presupuestos de miedo, de exclusión social y de no respeto a la diferencia? Me he detenido particularmente en estos hechos porque estos fueron los que conformaron la primera experiencia generacional de envergadura sobre la que puedo dar fe. Yo terminaba entonces el último año de la universidad y era militante de la UJC. Pero ya nada, a partir de entonces, volvió a ser lo mismo para mí.

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