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Paso por alto muchas cosas, entre ellas mi propio proceso de conciencia a lo largo de la década del ochenta, de paulatino desencanto y escepticismo con el credo que me había sido inculcado desde niño por mis mayores. El último acto es todavía más conocido: la repercusión que tuvo la caída del muro de Berlín y la posterior desintegración de la URSS, en la ya absolutamente dependiente economía insular, con la consiguiente instauración del sombrío "período especial en tiempos de paz" y, finalmente, la conocida crisis de los balseros del año noventa y cuatro. La imagen de gente humilde construyendo precarias balsas caseras para abandonar el país, con la extraña anuencia de las autoridades, parecía como un crimen fríamente premeditado, una sangría necesaria, un holocausto impune. De nuevo la expulsión consentida de una parte de la población, la misma que días antes podía ser encausada legalmente si intentaba abandonar "ilegalmente" su patria. De nuevo el culpable era, por supuesto, el "enemigo" imperialista. Pero, yo pregunto, ¿se puede llegar más lejos contra su propia población? ¿Qué canto de sirena, por maravilloso que sea, como no sea en realidad la desesperación mayor, cercana ya al delirio o a un presunto suicidio, puede provocar que una persona en sus cabales se monte en una frágil balsa con toda su familia y se arriesgue a perecer en las aguas del golfo? Fue el tiempo además en que se entronizó la prostitución y una corrupción generalizada que, como se ha reconocido recientemente con temor por el propio gobierno, parece no tener fin, y que puede realmente ya no minar las bases de esa Revolución sino las raíces mismas de la nación cubana. Pero, entonces ¿se quiere salvar las "conquistas de la Revolución", como dice la propaganda oficial, o se quiere salvar el poder de una sola persona y su casta acompañante a toda costa? ¿Puede el hecho hipotético de querer salvar esas "conquistas" tener un precio tan alto de corrupción de una nación, de miseria generalizada, de pérdida de fe por parte de la juventud, donde se encuentra actualmente el mayor por ciento de emigrantes potenciales? ¿Qué Revolución forma hijos para que su único horizonte incierto pero esperanzador sea abandonar el país?
He tenido forzosamente que referirme a los acontecimientos políticos más conocidos porque sin ellos no se comprendería la naturaleza peculiar de la llamada diáspora cubana, que, como ya se adelantó, difiere notablemente, por su naturaleza misma, y por las condicionantes negativas que implica para el que emigra, de otras migraciones contemporáneas. Indudablemente hay un fondo común de pobreza, consecuencia del subdesarrollo endémico de las sociedades del llamado Tercer Mundo o sur, donde indudablemente hay una no poca responsabilidad histórica por parte de las otrora potencias coloniales y neocoloniales. En fin, esto es otra historia, no menos dramática. Pero mi interés es singularizar, dentro de ese panorama general, el caso cubano, que el gobierno quiere diluir dentro de una problemática migratoria universal, no reconociendo la naturaleza segregacionista de un régimen totalitario que sólo trata de proyectar una imagen de Revolución para un afuera legítimamente ávido de justicia social o para izquierdistas nostálgicos de perdidos o inencontrables paraísos terrenales (porque, por cierto, estos no han existido nunca en ningún tiempo y lugar) y para un adentro cautivo y privado de libertades.
Quisiera referirme, por último, al componente cultural de la llamada diáspora cubana, nombrada así, por cierto, muy recientemente. Primero fueron "gusanos", "bandidos", "apátridas" -como si hubiera personas que tuvieran derecho a la patria donde nacen y otras no-; luego fueron "escorias" (e increíblemente "homosexuales", como ya vimos). Luego, de repente, cuando se hizo necesario el dinero de las remesas familiares de una comunidad que se estima en casi dos millones de cubanos en el exterior, cerca del 20 por ciento de la población cubana, fue nombrada como "la comunidad cubana en el exterior". Pero hay algo extraño aquí, porque esa comunidad no tiene derecho para regresar a vivir a su país, ni tener ninguna propiedad en el mismo, ni recibir ninguna pensión por concepto de años trabajados en Cuba, ni puede votar en las risibles elecciones del llamado Poder Popular, remedo orwelliano de democracia socialista, donde un tirano es eterno o es sucedido en vida por su hermano -como si se tratara de una nobleza real y desembozadamente nepotista... Pero, ¿de qué hablo? ¿Democracia donde hay un solo partido, el que está desde siempre en el poder y que se autoproclama inmortal, y al que no pueden ni siquiera pertenecer todas las personas que viven en Cuba, siendo esa su única y permitida opción política, si no cumplen determinados y estrictos requisitos diseñados por los mismos que detentan el poder? Más recientemente, simultánea con esa llamada "comunidad cubana del exterior", de la que el gobierno no puede prescindir económicamente so pena de desaparecer, porque representa el segundo ingreso de divisas al país, toda aquella persona que disienta, por muy pacíficamente que lo haga, tanto en Cuba como fuera de Cuba, y se pronuncie por una transición pacífica hacia la democracia, es tachado de mercenario al servicio de una potencia extranjera, agente de la CIA, anexionista y miembro de una cada vez menos representativa "mafia cubana" de Miami? Entonces habrá que convenir en que nada ha cambiado y que la llamada diáspora cubana parece que no tendrá fin, mientras que no cambien las condiciones que la hacen posible, en su doble naturaleza traumática, universal y nacional.
Pero esa diáspora es también cultural. Como advertía muy sagazmente un periodista cubano, Alejandro Armengol, en Cuba el discurso oficial rehuye el término de exilio porque sería al menos embarazoso calificar de exiliados a casi dos millones de personas, y se prefiere el eufemismo de "comunidad cubana en el exterior", y, en el plano de la cultura, se tolera el concepto de diáspora, sobre todo porque el propio gobierno sabe que es un fenómeno que lejos de decrecer aumenta año tras año. La paradoja fragante es que una parte significativa de esa diáspora está conformada por numerosos artistas e intelectuales cubanos nacidos o cuando menos formados dentro de la propia Revolución -incluso una buena parte de ellos formados en la URSS y en los (ex)países socialistas-: pintores, músicos, escritores, actores, bailarines, deportistas, médicos, ingenieros, economistas, filósofos, historiadores, científicos, periodistas, en fin, lo que se pudiera llamar las fuerzas vivas de un país. Entonces, esos, todos, a los que se suman los más humildes trabajadores, donde se han ido acumulando varias generaciones como en un palimpsesto infinito (al menos las dos últimas generaciones "formadas" incluso por la Revolución y nacidas en ella), ¿son gusanos, escorias, anexionistas, apátridas, mercenarios de una potencia extranjera? ¿Dónde está el hombre nuevo? ¿En qué otro futuro inalcanzable sobrevendrá? ¿Tendrá que existir eternamente una Cuba dividida en dos dolorosas mitades? ¿Será posible alguna vez la reconciliación, como diría Lezama, "total y dulce" entre todos los cubanos? ¿Existirá alguna vez una Cuba, como quería Martí "con todos y para el bien de todos"? ¿Podrá la diáspora revertirse como un valor positivo para la futura reconstrucción del país? Pues bien, a manera de invitación para un intercambio de opiniones, quiero terminar leyendo un poema no de un cubano, sino del poeta mexicano José Emilio Pacheco, donde dice:
El mañana
A los veinte años me dijeron: "Hay
Que sacrificarse por el mañana".
Y ofrendamos la vida en el altar
Del Dios que nunca llega.
Me gustaría encontrarme ya al final
Con los viejos maestros de ese entonces.
Tendrían que explicarme si en verdad
Todo este horror de hoy era el mañana.
Este texto fue leído por el autor en la Casa de América de Madrid 5 de marzo, 2007 ypublicado
inicialmente en el blog de Santiago Méndez (Chago) http://eforyatocha.blogspot.com
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Imagen de portada:
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